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Superación del pasado como tarea literaria

Querido padre: Antes de morir me despido de ti.

Tanto que nos gustaría vivir, pero no nos dejan,

nos matarán. Tengo tanto miedo de esa muerte,

pues a los niños pequeños los arrojan vivos a la

fosa. Adiós para siempre.

Tuya, J.

(Carta de Judith Wischnjjatskaja, de doce años,

Byten, Polonia, julio de 1942).

Archivo del Monumento al Holocausto, Berlín

En 1947 se reunió al sur de Baviera un grupo de escritores -conocido luego como el grupo 47– con el fin de purificar el lenguaje alemán de la inmundicias a que el nazismo lo había sometido, inaugurándose así la Verganheitsbewältigung (superación del pasado). De la primera de las expresiones de que era necesario ocuparse fue de la solución final, que dio como resultado el Holocausto, Shoah, en hebreo, según el aviso de un escritor judío del grupo. Once años después, en 1958, asistiría a otra de las reuniones del grupo 47 un personaje inédito que iba a demostrar con el tiempo que nadie conocía la literatura alemana como él. Quería colaborar en la limpieza de las inmundicias nazis que persistían sobre el lenguaje una década después.

Procedía de Polonia donde había sido deportado en 1938, al concluir el bachillerato alemán que su padre se empeñó que cursara en Berlín, en lugar de Varsovia donde era nativo y vivía su familia.

Mientras duró el gueto de Varsovia sirvió de intérprete al Jefe de la ocupación alemana, traduciendo al polaco y, viceversa, las comunicaciones públicas que se dictaban en el comando alemán.

A los judíos que lideraban el gueto, el joven intérprete les informaba por trascorrales de lo que iba a suceder. Cuando todo estuvo listo para el asalto final al gueto y la consecuente deportación a los campos de Auschwitz y Treblinca, el joven intérprete tomó de la mano a su novia que no había cumplido los diez y siete años y se encaminó hasta el vagón en que iban a ser trasportados. Cuando el soldado le ordenó que subiera al convoy y él se dio cuenta de que se trataba de un muchacho de diez y seis años, de origen checo, con la imagen del desconcierto reflejada en el rostro, agarró la mano de su novia, soltó la maleta y se dio a la fuga con la muchacha. Cuando sintió el ruido del cerrojo del máuser accionado por el soldadito, dijo a la novia,

-No te detengas, ése no va a disparar, no es alemán. Y, efectivamente, no hubo disparos.

Se refugiaron en una alquería. La luna de miel que comenzó aquella noche entre aquel intérprete, que respondía al nombre de Marcel Reich-Ranicki, y la moza ha durado hasta hoy, próximos como están a cumplir ambos los noventa años. Convertido, con la mudanza de los días, en el patriarca de las letras alemanas, una palabra de Reich-Ranicki- siempre fundamental -puede consagrar a un autor o derribarlo de su pedestal.

Después de escuchar leer a Günther Grass un par de capítulos de El tambor de Hojalata le auguró que si seguía escribiendo libros como ése obtendría el Premio Nobel.

Y usted ¿quién es, preguntó entonces el escritor: un polaco, un alemán o qué?

Hay todavía una posibilidad de ser, respondió el tal Reich-Ranicki:

-Soy medio polaco, medio alemán y un judío completo.

Hace poco tiempo, al encarar la obra de Robert Musil el autor de El hombre sin atributos, Reich.-Ranicki ha dicho enfáticamente: de las tres mil y pico páginas escritas por este autor se salvan unas quinientas, lo demás es paja. Así se las gasta el hombre.

Reich-Ranicki no hizo otros estudios desde el punto de vista académico que los del Abitur ,el bachillerato alemán. Pero basado en su autoridad literaria ha elaborado por vez primera, en cincuenta tomos, el canon de la literatura alemana Quien no aparezca ahí no cuenta como escritor en Alemania.

En 1976 hice un seminario con él en la Selva Negra sobre Max Frisch, un autor suizo de lengua alemana fundamental. Reich-Ranicki dijo entonces: la diferencia entre un autor suizo como Max Frisch que escribe en alemán y un escritor alemán es que el suizo no se siente abrumado por el peso de la culpabilidad. El Holocausto no sólo afectó a quienes lo padecieron directamente, el problema es que no dejó indiferente a nadie. «Tienen que conocer el campo de concentración de Strudhof en los Vosgos franceses», recomendó al final del seminario a los estudiantes no alemanes.

Fuimos un domingo. Pasado el arco de entrada en el que se podía leer aquello de que El trabajo os hará libres, dejando a un lado en un nivel más bajo los barracones donde se habían hacinado a los presos, se llegaba a una especie de plaza donde se levantaba en el centro una horca. Era el espectáculo de los domingos- dijo la guía- ese día era ajusticiado el preso que peor comportamiento hubiera tenido durante la semana a la vista de los demás. Uno cada domingo, pero todos los domingos, a las doce. Razón tenía Paul Celan de que la muerte es un maestro que vino de Alemania. Descendimos luego al horno crematorio. En la boca del horno se encontraba el calzado del último hombre incinerado. Quienes iban a ser pasto de las llamas recibían un tiro en la nunca en el pasadizo que los conducía al horno. Más arriba, bordeando la montaña, se encontraban la cámara de gas y, al otro extremo, el laboratorio donde se llevaban a cabo los experimentos iniciales con seres humanos que iban a ser enviados luego a Estrasburgo a los dominios del Dr. Mengele.

Era en marzo; en mayo el campo de concentración mejor conservado fue volado misteriosamente. Y así fue como figuré entre uno de los últimos visitantes de Strudhof en los Vosgos Franceses.

Por aquellas fechas, según nos dijo la muchacha francesa que servía de guía, había visitado el campo el escritor austriaco Thomas Bernhard. Cuando terminó el recorrido -contó la guía- el hombre se sentó en uno de los bancos, se agarró la cabeza entre las manos y en esa actitud permaneció durante dos horas.

Thomas Bernhard presentaría en el Burguertheater de Viena en 1988 una de las obras de teatro más polémicas vistas en Austria. Se titulaba Heldenplatz, La plaza de los héroes.

El protagonista de la obra es un profesor de matemáticas judío que muere el día anterior a que se de inicio al relato, pero su figura gravitará sobre los personajes que componen el elenco de la misma manera que las voces histéricas de la Anexión de Austria al Tercer Reich resonaba como una alucinación en la cabeza del profesor Robert. Durante un buen número de años había sido profesor en Oxford. Volvió a Austria, su tierra natal, a petición de los científicos austriacos del momento que consideraban al profesor Robert uno de los matemáticos más importantes del mundo en ese momento.

Pero poco a poco desde el balcón de su apartamento que daba justamente a la Plaza de los héroes, las voces de antaño comenzaron a resonar en sus oídos de manera que pronto comenzó a darse cuenta de que el regreso había sido un error.

«En Oxford no hay plaza de los héroes, en Oxford no estuvo nunca Hitler, en Oxford no hay austriacos, en Oxford no chillan las masas de la manera que lo hicieron en la plaza de los héroes», dijo al regreso a Austria, reclamado por sus compatriotas que lo consideraban uno de los mejores matemáticos del mundo.

El profesor Robert fue victima de los efectos secundarios que perduraban doce años después de concluida la guerra. Esta obra, La plaza de los héroes de Thomas Bernhard es una imagen de la Shoah a lo largo del tiempo: de su influencia, de la forma como sigue horadando conciencias.

El gobierno alemán acaba de abrir los archivos del Holocausto, de la Shoah, al público. Es el ITS o servicio Internacional de Búsqueda. Se trata de 50 millones de legajos. Puestos en fila alcanzan una longitud de 25 kilómetros. Se trata de 17 millones de víctimas de una forma o de otra y ello de acuerdo a la información recogida en los archivos de los funcionarios del III Reich. Directa o indirectamente, como en el caso de Reich-Ranicki que escapó de la muerte por pelos o como en el de Thomas Bernhard cuya literatura está impregnada de la Shoah -previsiblemente después de la visita a Strudhof en el silencio de cristal de los Vosgos Franceses- los efectos de la Shoah persisten todavía. Por más que trate de ignorarlos ese amojamado señor de las medias blancas que es, de momento, el presidente de una país musulmán.

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Edición No. 146