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La ‘polymétis’ de un matemático

En 2021 la editorial francesa Les Belles Lettres publico, bajo el título Les mathématiques comme métaphore,  los ensayos escogidos de Yuri Manin.  En la contratapa de esa publicación se dice lacónicamente: “Nacido en 1937 en Crimea, Yuri Manin es uno de los grandes matemáticos contemporáneos. Notablemente conocido por sus trabajos en geometría algebráica y diofántica, ha recibido numerosas recompensas internacionales”. La obra distribuye sus casi seiscientas páginas en tres grandes secciones: la primera se ocupa de la naturaleza del conocimiento matemático y, haciendo especial énfasis en los legados de Poincaré, Cantor y Gödel, se detiene en las nociones de verdad y rigor contrastándolas con el sentido común.  La segunda sección trata de las matemáticas en la física, los problemas de la medida, de la dimensión, de la ley, del espacio-tiempo, de las relaciones entre las dos disciplinas, de las variedades de la experiencia científica. La tercera, inesperadamente, da un salto: es una colección de “ensayos varios”. Allí aparecen los escritos del autor sobre el arte, el carnaval, los mitos, los ritos, el amor.  El primer ensayo de esta tercera parte se titula “El trickster mitológico: Ensayo de psicología y de teoría de la cultura”. Al pasar, sin formula de transición, de Minkowski y los problemas de la métrica del universo curvo al trickster mitológico, Yuri Manin, con una pirouette, da un salto de trickster, y en ese salto sufre una transformación: de matemático deviene en antropólogo, sociólogo, psicólogo, historiador del arte, poeta;  en lo que concierne al trickster, se convierte en lúcido analista de la cultura.

También el libro, al llegar a su tercera parte, cambia su presentación de manera repentina. Antes estaba vestido de corbata negra; en sus páginas de pulcra tipografía ocasionalmente se destacaban algunas ecuaciones, derivadas, integrales; ahora, después del salto, se ven llenas de las ilustraciones más dispares: la portada del tesauro renacentista Margarita philosophica, una partitura de Bach, un bisonte de las cuevas de Lascaux, un grabado de Durero, el retrato de Bakhtine, un “Arlequín” de Picasso, el cabaret “Voltaire” en  Zurich, que era frecuentado por Lenin, la miniatura del ‘Loco’, procedente del Salterio de Jean de Berry (c. 1390) y otras más.  De su anterior estado, en ellas sólo quedan, como marcas de fábrica, las tablas de logaritmos de Napier, la gráfica con la demostración del teorema de Pappus y tres fórmulas algebráicas. Luego viene un grupo de poemas. En su nueva forma, esas páginas de la tercera parte hacen evocar las imágenes variables, fragmentadas, recortadas, reflejadas por los espejos del traje que a menudo luce el trickster en comedias y carnavales. Son muestra de la turbulencia del mundo social, de la vida inestable y caprichosa de las gentes y de sus cosas a lo largo de los siglos; señalan fugazmente ese otro mundo, que contrasta de manera tan abrupta con la limpieza, el rigor, la completitud, la independencia y la consistencia que son los ideales de las matemáticas. No obstante, detrás de esa apariencia dispar, casi caótica, -más de indisciplina que de interdisciplina, como escribe Pierre Lochak en el Postfacio (p. 556)- está una intuición, una capacidad de comprender que supera a la ordinaria y aún a la del científico. Es la clase de intuición que muestra Dalí en su “Alucinación parcial. Seis imágenes de Lenin sobre un piano”, cuya reproducción se incluye en ese “libro raro …y extraordinariamente inteligente” (Lochak p. 541). Una intuición ‘chamánica’, pudiera decir un antropólogo: la intuición característica del trickster (cf. Lochak loc. cit.).

Les mathématiques comme métaphore, tomadas ellas a su vez como metáfora, muestran cómo un gran matemático puede, a su manera, volverse trickster sin dejar de ser un gran matemático, y que la obra de un gran matemático puede revelarse como la pirueta de un trickster;eventualmente,como la creación de un sociólogo, de un antropólogo o de un psicólogo que no le teme a los tricksters. Pero, ¿qué, quién es el trickster? Manin lo define claramente en su ensayo:

 
Conocido con el nombre de ‘astuto mitológico’ (rusé mythologique en francés, göttlicher Schelm en alemán, plout en ruso), [es] portador de una serie de características físicas y comportamentales, medio cómicas y medio demoniacas. (…) El análisis de sus funciones narrativas muestra que el ‘astuto’ es un compañero cómico, un hermano gemelo -o un doble toma-pelo [moqueur], un negativo fotográfico- de otro personaje: el héroe cultural (Manin op. cit.: 329).

A continuación, Manin ofrece como ejemplos de ese carácter al Loki de las mitologías nórdicas, a Hermes de los mitos griegos, Surdon de los mitos osetas, Wakdjunkaga de los Winnebago, el Cuervo de los Tchouktches  de la península de Kamtchatka. Aquí añadiremos, porque es ineludible, al griego  Odiseo, el Odiseo ‘de los muchos ardides’, el de la polymétis, tan bellamente estudiada por Jean-Pierre Vernant y Marcel Detienne en Les Ruses de l’intelligence. La métis des Grecs (Paris, Flammarion, 1974). A Proteo, el dios de las transformaciones de la Odiseay las Geórgicas; al Puck de Shakespeare; al Panurgo de Rabelais; al Felix Krull de Thomas Mann; al Burlador de Sevilla; al Coyote de las mitologías de Norte-América Occidental; al Zorro de Esopo y del folclor francés de la Edad Media; a Robin Hood;  al Hermano Conejo de las leyendas afro-norteamericanas; a Anansi, del folclor afrocaribeño y a Warimi, Bokanea, Wmá-Uatú o Kúwai de los mitos de los indígenas vaupesinos colombianos. A veces ese carácter es legión, como en el caso de los gnomos, los pitufos, los lutins o los estudiantes. “La juvenilidad (sic.) está en el corazón del complejo del trickster”, señala Manin (p. 332). En la literatura, en el mito y en la práctica, el estudiante ha sido un trickster durante siglos, desde antes del ‘clever Nicholas,de Chaucer y haste el presente, pasando por su compatriota el Rakewell de Hogarth, el francés Panurgo de Rabelais, los “estudiantes diableantes” españoles, … y llegando a los “piratas” de Gorgona y a los “talibanes” de la Nacho en Bogotá.  La lista es interminable porque el trickster es una figura universal que, haciendo gala de su fama, se ha colado en la mente de casi todas, si no de todas las sociedades que han existido. Estudiado por Radin, Jung, Eliade, los grandes mitólogos, antropólogos, psicólogos y folcloristas, su presencia es forzosa en el elenco del que forman parte el héroe y el villano, el sabio y el tonto, el amante y la mujer amada; ese es el económico tarot cuyas cartas proporcionan a los humanos los modelos extremos del comportamiento humano. El énfasis de sus rasgos puede variar y en una situación puede ser el juglar, en otra el mago, en otra el loco, en otra el sabio. En una es el ‘gracioso,’ como se decía en el teatro español de los siglos XVI y XVII,  o el jester, joker o fool, según figuraba en el tetro isabelino. Tonto en apariencia, pero sólo en apariencia y sólo para los verdaderos tontos, porque siempre era el fool el que tenía las claves para comprender lo que sucedía y conseguir lo que se quería. Para ciertos efectos puede ser el mismo sabio Odiseo, que gracias a su métis engañaba a cíclopes,  a sirenas y navegaba entre Escila y Caribdis, burlándose de los todopoderosos del Olimpo; para otros, es la Pantera Rosa o el Chapulín Colorado, que toman por asalto las casas de las personas corrientes para permitirles escapar, siquiera por un rato, de los sinsabores diarios, de las angustias y de los temores, que son tan universales  como el propio trickster; personas que son dibujos de historieta, o dibujos de historieta que son personas -no se sabe. No obstante, en ocasiones deja de ser jocoso, y sin dejar de despertar el afecto que siempre suscita en quienes llegan a conocerlo y se identifican con él, se vuelve trágico; tal el Gavroche de Los Miserables, o irónicamente trágico, tal el Charlot de  Tiempos Modernos y el Cantinflas de Caballero a la Medida.


El trickster puede ser bueno, muy bueno, o malo, muy malo. La tradición judeo-cristiana impidió que ocupara su lugar entre las divinidades o semi-divinidades buenas, positivas. No recuerdo a ningún trickster que figure en la Biblia, ni en el Viejo ni en el Nuevo Testamento. Es verdad que  San Francisco de Asís, un santo hippie, tiene mucho de trickster bueno, y no hay duda de que merecería ser reconocido por ello; pero se han hecho esfuerzos para encasillarlo en la solemnidad. También es verdad que en el ritual cristiano, en la Edad Media, aprovechando un descuido se coló el trickster en las Fiestas de Locos de la Epifanía, pero la Cuaresma lo desterró arrinconándolo en el Carnaval, el cual, de todas maneras, aparentemente dejó de ser la Saturnal romana para tristeza y aburrimiento de buena parte de la. Cristiandad. En la tradición judeo-cristiana, el trickster fue malo, muy malo: el trickster fue el Diablo. Este sí, por largo tiempo ha hecho muchísimas diabluras arrastrando la cojera por la que se le reconoce en muchos lugares. Por eso, aquel viejo, “encorvado por los años y blanco como la nieve”, Jorge de Burgos,  le dedicaba el tiempo que le quedaba de su larga vida a impedir que se conociera la parte perdida de la Poética de Aristóteles, la que trataba de la comedia, envenenando el manuscrito que apareció en la biblioteca de su abadía. La risa, para el monje, era signo de estulticia; estaba contra Dios y sus mandatos, que eran extraordinariamente serios. Por eso, en el “Combate entre el Carnaval y la Cuaresma”, esta última, del lado derecho, del de la Iglesia, pálida y enflaquecida y montada en un carro tirado por un dominico y una  carmelita, tan flacos como ella, se enfrenta en duelo contra un glotón y borracho Gargantúa, que procede del lado izquierdo donde funciona la maligna taberna. La Cuaresma acomete con una pala con dos  arenques; el otro, seguido por una multitud de juerguistas que botan cartas de la diabólica baraja y se dedican a molestar y a hacer ruido –tricksters muy seguramente- ataca con un asador, con el cual ya ha ensartado una cabeza de cerdo, un pollo y otros pequeños pasabocas. Verdaderamente, una batalla campal como la que valerosamente pelearon las huestes del presidente Bush, la del Bien contra el Mal.  


Se ha dicho que en la tabla de Bruegel se representan los dos lados del ser humano; quizás, más bien, a sus dos actitudes rituales básicas, la del humor y la de la solemnidad. Shakespeare, ese genial antropólogo simbólico y analista psicológico del Renacimiento tardío, que pensaba como matemático pues en sus obras jugaba con invariantes, morfismos y operaciones, presenta un bello modelo de los dos polos con una comedia de carnaval.  Precisamente se trata de la de la noche de Epifanía, es decir, la de las Fiestas de Locos. En  su Twelfth Night  hay dos situaciones implícitamente contrapuestas; una, principal, la otra secundaria. Por un lado se tiene que, luego de un naufragio, Viola, una bella joven, se disfraza secretamente de paje para pasar desapercibida, se hace llamar Cesario y entra al servicio del duque de Orsino. Su atuendo convence tanto y de manera tan natural, que engaña a los demás durante siete años. Para que se deshagan los varios entuertos que causa, es necesario que, al final, despliegue ante todos su cabello para demostrar que es una mujer. Por otro lado está Malvolio, un personaje solemne, estirado y antipático que, al aparecer sonriente y luciendo medias amarillas por una mal intencionada broma que le hacen, solo provoca risa, burlas y desconcierto, cuando él espera con eso enamorar a su amada. Malvolio, a diferencia de Viola, con su cambio en el vestir se vuelve incongruente; su nueva apariencia choca con la imagen severa que de él se tiene, es decir con su máscara-persona. Todos, en todas las sociedades andamos enmascarados; el término ‘persona’ procede del latín ‘persona’, que significaba ‘máscara de actor’ o ‘personaje teatral’. En la sociedad, todos somos actores y desempeñamos algún papel: el de padre o madre, profesor o alumno, policía o ladrón, juez o reo, jefe, alcalde, senador, y para cada uno de esos papeles hay una cierta máscara: un cierto atuendo, un cierto comportamiento. Malvolio, en realidad, no se enmascaró; puede decirse que, cuando se puso las medias, dejó caer su máscara solemne, y que la nueva no lo enmascaró bien. Desnudo quedó; su ser ordinario salió a lo público destacado por el contraste entre su adusta persona y sus medias amarillas. Pasó a ser una fórmula mal formada. Por el contrario, durante un tiempo Viola verdaderamente se enmascaró, y enmascarada desempeñó el papel que le correspondía desempeñar a su máscara en el sagrado orden social.


En una de sus especies, el trickster es un abusivo bromista; juega con desenmascarar, con publicar lo secreto y construir fórmulas mal formadas; juega con desnudar. En esos juegos emplea algunos de sus trucos favoritos. A veces deliberadamente se pone medias amarillas y hasta se desnuda para mostrar lo que todos quieren ocultar. Mostrando lo que nadie muestra se hace profanador; al hacerlo denuncia lo falso del orden social y lo ficticio del orden cultural. Al desnudarse, es el niño que grita: “el emperador va desnudo” y hace que la gente estalle en carcajadas viendo al emperador. Éste, entonces, deja de ser el emperador, pues todos se percatan de que también ellos van desnudos debajo de sus vestidos y de que sus vestidos no son ellos mismos, sino apenas sus vestidos; el que era el emperador queda igual a los demás, aunque ahora todos bajan los ojos y guardan prudente silencio. El popular cuento de Andersen al que aludimos, de raíces muy antiguas y cosmopolitas es, sin duda, altamente subversivo. Enseña a no creer en telas invisibles. La cultura, sin embargo, se teje con hilos invisibles; por eso, de ese truco subversivo deriva el trickster un gran poder: es el poder de Quino cuando dibuja al eminente médico en la playa de Mafalda, sin su bata blanca, vistiendo algo así como una hoja de parra, pero nada más. Es el  poder de los temidos paparazzi que, con hacer público lo privado, tumban las coronas y hacen que se esfumen las aureolas. Es el poder del humor, del chiste, de la caricatura que exagera para hacer ver; el de lo cómico, que sorprende haciendo caer en cuenta de lo que no se había pensado, pero que debía haberse pensado.


Siendo por naturaleza subversivo, ese poder es contrario a lo establecido. Ciertamente amenaza a las gentes de malas costumbres, pero, a la vez, escandaliza a las de “buenas costumbres” y es odiado violentamente por los que tienen poder o se han acomodado bajo las alas del poder. Las burlas no se perdonan fácilmente; en Colombia, el asesinato de Jaime Garzón es una monstruosa prueba de ello.  Se requiere una gran intuición y convicción  para domar ese poder y emplearlo para acabar las malas costumbres, cambiar el poder y remplazar a las “buenas costumbres” por otras buenas costumbres que requieran algo menos de comillas. Para eso se necesita mucho más que la utilitaria y truculenta práctica del político; sus trucos no son los del trickster, en muchas ocasiones son los del simple ladrón que es más cobarde que los otros ladrones. Claro que hay excepciones, pero, desafortunadamente,  tienden a ganarle los que no son excepciones. Tampoco basta la egoísta y panda comprensión de las cosas por el negociante; ese personaje, si es exitoso, es incapaz de sentir como siente el otro, no puede alcanzar jamás su mente, menos a su corazón, sino cuando más, a su bolsillo. Igualmente aquí hay excepciones, aun cuando de nuevo, los no excepcionales con frecuencia ganan la partida. Los tecnócratas también fracasarán en el intento: ¿Puede alguien imaginar a Odiseo haciendo un estudio de factibilidad antes de comenzar su viaje? Otra vez hay excepciones, pero a esas las botan del puesto. Tal vez para domar el poder del trickster sea necesario convertirse en uno de ellos y viajar, como los artistas, los matemáticos y los chamanes, a mundos inaccesibles para el común de los mortales, a los mundos posibles no realizados. Tal vez se requiera conjugar la intuición, la capacidad de desenmascarar, el sentido del humor; la empatía y la simpatía del trickster mitológico con la suerte. Para lo último, sin embargo, nadie tiene la fórmula, ni el matemático, ni el trickster, ni el chamán.


No obstante ya es afortunado, no para el matemático, ni para el trickster, ni para el chamán, sino para aquellos que vivieron con él al mismo tiempo y en el mismo lugar, haber conocido y compartido la esperanza que pudo infundir en una época de desesperanza.  También para quienes recibieron su legado, que quedó en las cosas, en la memoria y, ese sí, en el corazón de las gentes. El legado de un sueño: el de un Presidente honesto, académico, filósofo, sensible a la necesidad del otro, con alma de artista, para quien la consigna del “todo vale” era anatema. Cuyo pudor no consistía en no mostrar lo indebido, sino en no hacer lo indebido. Un Presidente que, si bien no es un trickster, podría encarnarlo en caso de necesidad. Eso pudo ser un sueño, pero, al fin y al cabo, “que todo en la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

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Edición No. 210