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Lo insumiso y lo dominable en el pensamiento de Antanas

En el año de 1988 la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá) editó el libro “Representar y disponer”. Y, siguiendo una práctica muy propia de la academia, lleva un extenso subtítulo: “Un estudio de la noción de representación orientado hacia el examen de su papel en la comprensión previa del ser como disponibilidad”. Es costumbre de la academia que muchos de los trabajos surgidos en ella se publican con títulos extensos, o subtítulos si los hubiere, para dar a entender que son el resultado de un trabajo de investigación. Precisamente el libro “Representar y disponer”, es el texto de la tesis presentada por Antanas Mockus para optar al título de magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia y que mereció la calificación de laureada.

Pilar González-Gómez

Contra todo lo esperado, el libro solo tiene un único capítulo titulado “La representación”, el cual se desarrolla en 6 sub divisiones, cada una de las cuales, a su vez, presenta numerosas divisiones, cortas muchas de ellas, con abundantes notas de pie de página.  El libro remata con tres apéndices, cortos pero muy valiosos por los problemas de investigación que sugieren, respecto de la noción central del estudio. En el primero se refiere a los conceptos de representación e intuición en Kant; el segundo “Representación y ética del discurso”, a Habermas, y el tercero a “Nietzsche y el poder de las representaciones”.  

El comienzo 

El libro está inspirado por dos ensayos de Martin Heidegger: La época de la imagen del mundo y La pregunta por la técnica. Pero, contra lo que se pudiera esperar, no se trata de un trabajo exegético, ni mucho menos uno de los numerosos escritos, puramente descriptivos, dedicados a este pensador y redactados con una jerigonza heideggeriana incapaz de mostrar el verdadero alcance crítico de su pensamiento.  Es cierto que el lenguaje del propio Heidegger es intrincado, pero una vez comprendidas sus claves de lectura se capta la profundidad y radical novedad de sus ideas acerca del mundo y el ser humano.  

Afirmamos, entonces, que el libro de Antanas Mockus está “inspirado” por dos ensayos de Heidegger, no que esté aplicado a su obra. Y, de manera más precisa, no es acerca de algún aspecto particular de su pensamiento; está centrado, más bien, en explorar las distintas maneras como la noción de representación ha acompañado el sentido de la verdad y el ser que subyace a cada momento de la historia, desde Grecia hasta nuestros días, para demostrar que el ser de nuestro tiempo ha quedado reducido al aspecto de su disponibilidad. 

Se parte de una afirmación primordial: que toda la historia está determinada por el olvido del ser. En Grecia significó que las cosas en su devenir, en su insumisión, en su inestable y múltiple comparecer ante los hombres se pierden en beneficio de su consideración “esencial”, dada por lo que en ellas nunca cambia y siempre es constante. Esto es visible solo en el enunciado lógico y teórico, de suerte que se presenta una diferencia entre, por ejemplo, “la belleza” enunciada como concepto y la belleza concreta de la muchacha de Tracia. Por un lado, tenemos, entonces, las cosas singulares delante de los sentidos, que usamos para hacer frente a todas nuestras actividades cotidianas, de las que gozamos o por las que sufrimos; acontecimientos y cosas que acompañan la existencia de los hombres y que los poetas cantan; por otro lado, esas mismas cosas se perciben como situadas más allá de su presencia singular, física y empírica, como ideas y conceptos. Gracias a éstos surgió la filosofía como un saber (metafísico) que suplantó el relato mítico de sucesos y acontecimientos como fuente de conocimiento verdadero sobre el mundo y el hombre. De acuerdo con tal concepción, el ser de un caballo, de un hombre, etc, no consiste en sus características particulares visibles (nombre, peso, estatura, color, edad; que varían en cada uno y de individuo a individuo), sino en su idea esencial, que trasciende todas esas determinaciones empíricas. La esencia es el ser real, las cosas (los entes) son solo su apariencia. Ella es universal, constante, siempre presente y, por lo tanto, lugar de la verdad. Las cosas singulares no son verdaderas, ellas simplemente muestran u ocultan lo que son, porque la verdad y la falsedad se sitúan en el enunciado o en el juicio.   

A esta versión del ser de lo ente como esencia (idea, substancia) le siguió la medieval, según la cual lo que es se muestra de dos maneras: o como ser creador o como ser creado. Es manifiesto que el primero tiene la preeminencia, en consecuencia, ser, de modo eminente, es Dios y todas las cosas deben a él lo que son (su ser). En la época medieval, en consecuencia, todo está referido a Dios: el saber, el actuar y el hablar; así como antes, entre los griegos, desde cuando surgió la filosofía, todo lo asumido como real quedó referido a esencias y sustancias. 

Justo Antanas parte de cuatro indicaciones de Heidegger y que, para él, resultan decisivas para su trabajo: una primera indicación es, “que a cada época parece corresponder una pre-comprensión específica del ser y de la verdad” que en ella impera (p. 11). Una época no se debe entender como usualmente se toma en la periodización histórica, como si en verdad todos los sucesos delimitados por fechas datables fuesen homogéneos. Cada época puede, más bien, caracterizarse por lo que es privilegiado en su comprensión del ser. Pero también por lo que en esa comprensión es desplazado, relegado a un plano secundario e incluso excluido. Habida cuenta de ello, tanto en la pre-comprensión griega del ser como lo permanentemente presente y en la de los medievales como Dios, se privilegia una visión trascendental, que desatiende como verdadero lo variable, lo terreno y lo empírico; es decir, lo que en las cosas no se deja capturar mediante ideas o conceptos.  Así, desde Grecia se impone que ser es lo dominable, lo que permanece y puede ser sometido

A partir de tal presupuesto se configura la segunda indicación clave en el trabajo de Antanas Mockus: que la versión moderna del ser y la verdad puede abordarse mediante el privilegio cartesiano de la noción de representación. Precisamente el libro de Antanas se ocupa casi todo en explorar esta noción de representación, por considerarlo un paso necesario para examinar la comprensión previa del ente propia de la Modernidad. Además, la reconstrucción de tal noción que él emprende, busca hacer explícita la adecuación entre el representar moderno y el cálculo, que es la tercera indicación que encontró, junto con las dos primeras, en el ensayo La época de la imagen del mundo, de Heidegger. 

Por último, el libro Representar y disponer, aborda un asunto crucial para nuestra época. Con base en una cuarta sugerencia de Heidegger en su ensayo La pregunta por la técnica, según la cual en la época contemporánea el ente aparecería pre-comprendido en su ser no solo como representable, sino también y sobre todo como disponible, Antanas intenta describir el modo en que la representación posibilita el cálculo y el diseño.

Dos problemas por resolver

Como resultado de su minucioso y riguroso trabajo investigativo sobre la noción de representación, Antanas deja apenas esbozados dos grandes problemas, para que en el futuro se aborden: 1. “La pregunta de si efectivamente la comprensión contemporánea del ser se determina cada vez más desde el desarrollo científico y tecnológico” (p. 11). En realidad pareciera como si solo tuviese valor, y fuese única fuente de realidad y verdad, aquello que podamos transformar en tema de investigación y objeto de consumo, de suerte que el mundo se ha ido vaciando de las cosas significativas para el ser humano. Ello hasta el punto de presenciar hoy algo muy inquietante, y que cuando se publicó el libro de Antanas (1988) era apenas una posibilidad futura: a cambio de cosas, el mundo se llena de datos e información, porque la digitalización lo descorporeiza y lo desmaterializa. Es claro que las cosas queridas y silenciosas, que en verdad nos anclan al ser, siguen allí, pero cada día pierden más protagonismo en la existencia habitual y común; e, incluso, los seres humanos van siendo suplantados por avatares.

El segundo problema formulado es: ¿Cómo pueden llegar a decidirse las relaciones entre ética y disponibilidad? (p.12). Con el despliegue de la disponibilidad y con el entusiasmo planetario hacia su ilimitada ampliación, se presenta una arremetida de lo disponible sobre lo ético, que produce un progresivo vaciamiento del reino de los fines. El antiguo sentido de ethos como morada, se aplica esta vez al lenguaje, además de al actuar, “porque consideramos nuestro ser como ser que siempre es en medio del lenguaje… el lenguaje es la morada que hace acogedor al ser. Vivimos en el lenguaje y es éste el que hace al mundo habitable y hospitalario, trabajable y comprensible” (p. 198).

Sinembargo, la arremetida de lo disponible y la representación orientada por el cálculo, nos desarraiga del lenguaje y la palabra significativos que nos interpelan y nos dicen cosas, para conducirnos a otro discurso en el que interesa la corrección y verdad o su mero carácter de herramienta de información. El lenguaje es, así, obligado a una progresiva reelaboración que tiende a vincularlo cada vez más estrechamente con la acción eficaz. En aras de proteger “la objetividad”, se trata del lenguaje impersonal de la ciencia y funcional de la técnica. Los actos humanos son examinados desde “las teorías de valores”, “las tablas o escalas de valor”, y terminan desarraigados de la vida y la tierra, sometidos a regularidades externas como los deberes. 

Este problema es el que esboza Antanas en los dos últimos apéndices de su obra: los dedicados a Habermas y Nietzsche. De Habermas señala, entre otras cosas, la cuestión referente a la relación en la ética discursiva, entre los elementos discursivos y los extradiscursivos. Según Antanas, Habermas cree que la racionalización mediante la comunicación tiene sus límites; éstos no se superan con los individuos aislados, sino en el marco trans-subjetivo de la comunicación, de la autorreflexión y el arte. Por su parte, la propuesta de Nietzsche de “una transvaloración de todos los valores”, no consiste en crear nuevos valores, ni de una acción externa sobre los valores de otros o de comunidades, sino de una acción sobre los propios valores. Dos problemas que, de seguro, Antanas ya no trabajará, y en nuestro país, que yo sepa, solo Carlos B Gutiérrez, quien dirigió este trabajo de Antanas, en parte los abordó en varias de sus obras, sobre todo en su tesis de doctorado en la Universidad de Heidelberg (1976), dirigida por Gadamer y titulada La crítica del concepto de valor en la filosofía de Heidegger (publicada por la Universidad de los Andes de Bogotá en 2009).

Concepciones premodernas de representación

Ya habíamos señalado que en la parte central del libro Antanas explora la noción cartesiana de representación. Para mostrar la radical y novedosa versión moderna de Descartes, inicialmente la contrasta, y es uno de sus valiosos aportes, con tres concepciones premodernas de representación: la repraesentatio de la Patrística, la repraesentatio de Quintiliano y la phantasia de los estoicos. Tres casos que se refieren a una determinada relación entre lenguaje y presencia (p. 30). Desde los griegos, en las fiestas dionisíacas, por ejemplo, representar era “hacer presente”, entonces quien en ellas representaba a Dionisio no era un actor, sino que se asumía como el dios mismo presente entre los celebrantes. Después, con el teatro trágico, ya son actores quienes representan a dioses y héroes, que ya no se hacen presentes, sino que aparecen a través suyo. En los tres casos arriba mencionados se conserva el sentido originario de las fiestas dionisiacas según el cual la representación es “hacer presente”, es poner ante los ojos, es hacer ver y “hacer patente”.

En los tres casos la retórica cumple un papel fundamental. Si de lo que se trata es de poner los hechos a la vista, hacerlos patentes o evidentes, nada mejor que el lenguaje, sobre todo si a través suyo se logra persuadir y se consigue el asentimiento a lo que en él se muestra. Por su parte los estoicos ponían el acento en las imágenes producidas por la fantasía, las cuales representaban lo que se quería dar a conocer. El poder persuasivo de las imágenes es tanto, y produce tanta seguridad, que quien las percibe se siente obligado a su adhesión. Para el estoicismo esto es la verdad, que no se separa ni se conquista a través del discurso, porque el asentir debe resistir el embate crítico del discurso racional (p.93). La verdad es la cualidad de las representaciones-fantasía que se conocen mediante “la percepción” de la imagen resultado de la fantasía, dado que en ella se supone presente la realidad (lo fantaseado). 

Tertuliano es quien introduce el término representación en los textos cristianos. Para ello recurre al sentido de los clásicos latinos, en particular a la retórica de Quintiliano, que busca poner los hechos a la vista, al transformar la cosa, mediante la palabra, en figura para ponerla a la vista. Para éste jamás la verdadera belleza se separa de la utilidad, porque recurrir a procedimientos retóricos es más que mero ornamento, es para alcanzar la evidencia y “pintar”, mediante las palabras, algo que no habíamos visto con claridad (pp. 82-84). También para buscar conseguir la mayor persuasión de su verdad, dado que lo visible es el modelo de verdad y realidad, por lo que la representación ofrece más “evidencia” que la verdad o realidad de lo representado.  De esta manera el conocimiento es percibir lo que se hace evidente en las palabras, quiere decir, es lo más percibido que lo escuchado.  

A la retórica y al cristianismo les es común que la oratio de las palabras logran traer lo dicho a la presencia propia de lo visible, pero en el cristianismo desaparece la conciencia de artificio del lenguaje, que es palabra de Dios. El artificio es, así, divinizado y el poder de la palabra se asume como un atributo sagrado. El conocimiento, sin embargo, sigue vinculado a la percepción, así como en la eucaristía el pan representa -hace presente- la carne de Cristo y éste es la presencia misma del padre, no solo su representante. Lo que nos interesa resaltar es que lo representado subsiste de manera independiente de su representación, por ello el conocimiento es, mediante la percepción de lo evidente (presente en la representación), relacionar ambos términos.  

La época moderna

Con Descartes se abandona progresivamente el arquetipo de la percepción y el sentido de conocimiento se amplía para incluir otros modos de conocer. Si conocer ya no es percibir lo presente (bien como cosa, bien como representación), se convierte en el resultado de una cadena de procedimientos orientados a producirlo, procedimientos cuyo conjunto identificamos como investigación, cuyos resultados se comunican en informes y en un lenguaje especializado.Ésta es la nota esencial de la ciencia, uno de los fenómenos representativos de la época moderna, de manera que todo conocimiento válido es resultado de la investigación científica. 

Por otra parte, la representación no es duplicación en imagen, ni la presencia de lo representado, sino, según Descartes, es hacer presente lo real en la conciencia subjetiva. Las cosas en sí mismas, dada su variabilidad y relación directa con lo sensible, no ofrecen garantía de “certeza”, como la que Descartes pide para el conocimiento verdadero. Entonces, llevándolas a un ámbito donde podamos asegurar la certeza de su verdad, sus representaciones son ideas. Así, la única manera de acceder a lo real es lo representado como idea, ella es lo “real objetivo” y no la cosa real por fuera de la conciencia. Descartes toma como modelo de conocimiento evidente a las matemáticas y privilegia la dimensión matematizable de lo real. De esta manera se asegura de las cosas, comprendidas como disponibles para el conocimiento y la acción seguros, de manera que el ser y la verdad se deciden desde la certeza. Solo lo cierto es verdadero y lo verdadero es.

Según tal dimensión, las cosas aparecen a través de sus propiedades geométricas (extensión, figura y posición). Pero como la geometría sigue dependiendo mucho de figuras, Descartes propone simplificarla mediante la elaboración de una “correspondencia” entre proporciones y líneas (o como se afirma hoy, entre ecuaciones y curvas). Así es como desarrolla la geometría analítica.  De igual manera, busca liberar el álgebra de su dependencia de ciertas reglas y cifras, vinculándola al conocimiento de líneas, para hacer posible con ello la interpretación gráfica de las ecuaciones algebraicas. 

Entonces, en las Reglas para la dirección del espíritu, Descartes encuentra que la traducción espontánea de todo lo sensible a figuras y su traducción, tanto como las de sus relaciones, puestas también bajo la forma de figuras, a trazos y signos escritos, ofrece evidencia inmediata con la misma inmediatez intuitiva que se logra con el conocimiento matemático y natural, y responde al requerimiento de todo conocimiento cierto, dado por la captación de las ideas claras y distintas (p. 104).

Gracias a ese procedimiento de representación matemática de las cosas sensibles, ellas se convierten, mediante curvas y rectas, en trazo escrito sobre el papel, donde se puede disponer de ellas al antojo de los planes y proyectos del sujeto. La montaña presente en el mundo deja de ser el ente con volumen, variable en el tiempo, refugio de animales y hombres, el lugar de fuentes de agua, de frutos y flores. Ahora, con el plano cartesiano, se aplana y puede ser llevada en el papel para disposición de quien va a desarrollar un proyecto inmobiliario, explotar su madera o los minerales que alberga. La comprensión previa del ser en la época moderna es la disponibilidad, y, entonces, lo real es lo representado matemáticamente que conduce, como acabamos de ver, a su total aplanamiento y su traducción a un lenguaje universal, preciso y replicable. Así también queda dispuesto para el cálculo. 

La ciencia moderna es volver a presentar (re-presentar), en la conciencia subjetiva, lo real (presente, pero incierto), bajo la forma de figura geométrica o símbolo algebraico.  Para lograr el conocimiento y la captación cierta de la verdad es preciso recorrer los pasos de la investigación, cuyos procedimientos metódicos, afirma Antanas, son guías fundamentadas para realizar el tránsito hacia el lenguaje del álgebra y la geometría (p. 148).  La investigación misma es un procedimiento anticipador para asegurar el objeto y poner las cosas a disposición de los cálculos y proyectos del sujeto, quien, de esta manera, interviene anticipadamente en lo real. Ya antes de que lo real cambie, en el proyecto queda previsto hacia dónde debe cambiar.  

En la modernidad representar es disponer, y es justo la disponibilidad el rasgo esencial de la técnica maquinal, que es como una provocación a las cosas a presentarse como disponibles y una provocación al hombre a disponer de ellas. Y la diferencia entre técnica y tecnología, consiste en que ésta surge por la gran importancia que adquiere el control y el diseño, comprendido éste como el poder resultante de la conjugación entre representación y cálculo para dirigir acciones controladas más allá del ámbito de los signos. Hoy somos testigos de ello en las tecnologías de la información. 

Son, a grandes rasgos, los temas centrales abordados por Antanas en su libro Representar y disponer, del que una presentación como ésta no alcanza a mostrar sus numerosos y elaborados argumentos en torno a la precomprensión del ser como lo disponible, que se impone en la época moderna y contemporánea. Cabría, sinembargo, dejar planteada la inquietud si acaso en nuestra época lo virtual viene a configurar la precomprensión contemporánea del ser. No es este el lugar para extendernos en explorar tal inquietud, pero pensamos en que pareciera como si de nuevo nos encontráramos prisioneros en la caverna de Platón, donde los prisioneros sólo veían sombras de la realidad que tomaban por lo real mismo. Y tal parece, que efectivamente, en mucha medida, hoy lo virtual se ha convertido en más real que la realidad misma.

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Edición No. 210