La gran claridad de la Edad Media
* Como en el número 208 de la Revista Aleph se publicó del mismo autor el artículo titulado “La leyenda negra de la Edad Media”, en este nuevo ensayo Gonzalo Soto Posada se refiere a las luces de dicho período, en claro contraste con aquella supuesta edad oscura. El tema del presente ensayo es discutido en forma extensa en el libro del mismo autor que tiene por título Filosofía medieval. El profesor Soto Posada es Licenciado en filosofía y letras de la Universidad Pontificia Bolivariana, Doctor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, Italia, y Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.
1. No pretendemos en este ensayo crear una leyenda dorada de la Edad Media. Lo que pretendemos es mostrar sus luces y con ello establecer que, como cualquier período histórico, tuvo sus valles y sus cumbres. Estas cumbres son sus luces que, a nuestro real parecer, brillan con ímpetu propio y le dan consistencia a este momento de la historia. Como los mismos medievales reconocen son enanos montados sobre hombros de gigantes y por ello ven más allá de sus gigantes, griegos y romanos. Este más allá le da un color y un calor que empapan los ojos y los restantes sentidos. Entramos casi en efervescencia mística y arrebatados y poseídos por los dioses, es decir, entusiasmados, podemos balbucear y dar señales, cual los oráculos griegos, que desocultan lo oculto en el aparecer de sus producciones. Éstas, cual silbidos y chirridos, penetran en el que las contempla y éste resta ensimismado y con un balbuceo exclama como el salmista: ¡cuán magníficas y admirables son tus obras Señor! Y con el Aquinate pedimos comenzar, dirigir el proceso y coronar la obra. Manos, pues, a ésta.
2. La primera luz es el arte gótico. Su iniciador, Sigerio de san Dionisio, inspirado en las obras de Dionisio Areopagita, nos revela que una catedral gótica es pura luz, altitud infinita y colores que conmueven al espectador. Este, en su conmoción, queda mudo y como en la teología apofática del Areopagita, habla de lo que contempla con estupor y en silencio sólo alcanza a proclamar: placet, agrada, satisface, cumpliéndose la definición de belleza de Tomás de Aquino: es bello lo que visto agrada, gracias a su perfección, proporción y claridad. La obra de arte deviene, por lo mismo, una expresión de cambio interior y metanoia que nos posee y, en el repicar de las campanas, el resonar de los cánticos, el juego de luces y colores sólo balbucea: ¡Santo es este lugar! La Encarnación vuelve a repetirse y con nuestros finitos labios sólo cabe un inmenso aleluya, repleto de alegría y fervor, anticipando el cielo en la tierra.
El gótico que nace con el renacimiento comercial y urbano es también una expresión del gozo de vivir. Las cosas como entes creados son dignas de admiración y respeto y, por lo mismo, de la recta ratio factibilium: la recta comprensión de lo que debe fabricarse, crearse, producirse. Es la techne o ars como traducen los latinos. El edificio gótico como arte es una fabricación de la creatividad humana que se revela como una construcción del talento humano. Este despliega todos sus conocimientos para que la obra le hable al espectador de la relación Dios-hombre-naturaleza, relación que hace del artista un cocreador de la obra divina como creación. Esta cocreación complementa la obra divina como una prolongación de la mano, gracias al artista. La geometría euclidiana le sirve para ello. Y desde ella se inventan los arbotantes como sostenedores del edifico, que hacen posible los vitrales y los rosetones con sus expresiones del diario vivir y la economía de la salvación. Estos vitrales y rosetones hacen pulular la luz como reflejo de la Luz divina que ilumina el conocimiento humano. En este pulular de la luz divina, el que contempla dicha luz, queda absorbido por ella en un arrebato extático que lo llena de gozo divino y ganas de vivir bien para hacer de la vida, en imitación, una obra de arte como una estética de la existencia. Arte y vida se dan la mano y en este darse la mano, el gótico es otra estética de la existencia que, como auto poiética, nos recuerda que la ética es una poiesis de la existencia. Poiesis que se hace cada día en el devenir de la vida como flujo constante de avatares a los que se enfrenta, como el edificio gótico, con creatividad y virtud.
En este contexto, el gótico con su policromía, altura infinita, mágico juego de arbotantes y sonidos campaniles se convierte en la ciudad en la que se hace, en una insignia y sello de la creatividad humana, que lanza un llamado a crear, producir y fabricar objetos bellos que, como tales, convierten al hombre en un artista, en especial del objeto bello de su existencia.
3. La segunda claridad que queremos traer a colación son los ideales caballerescos y el amor cortés. La caballería, en medio de sus vicisitudes feudales, nos aporta dos valores fundamentales. La courtoisie o cortesía y la proudhommie o lealtad, valor, fortaleza, fidelidad. La cortesía no es la mera etiqueta o protocolo de las cortes; es una forma de comportarse con dignidad y decoro para que el ideal de la humanitas se conserve en la Edad Media; es la kalokagathía griega del caballero medieval. Ser cortés es desplegar la belleza y la bondad en todas sus posibilidades humanas. Esta reconstrucción medieval de la paideia griega debe apuntar a ser en la vida un caballero, no en el sentido militar de la investidura, sino del comportamiento ético. Ser cortés es un ideal de vivir bien haciendo de la vida, como dijimos antes, una obra de arte. Es lo que todavía se quiere decir de alguien al tildarlo de todo un caballero: servicial, amistoso, digno de ser reconocido como excelente persona. En este sentido, la cortesía no son los protocolos, como dijimos, de las cortes de los nobles señores; llegó a ser un ideal de humanismo. Es, como reza, el diccionario de la Real Academia: demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona; su contrario es grosería, descortesía, rudeza. Este comportamiento, por el cual, somos afectuosos, respetuosos, atentos con alguien nos convierte en señores de bien.
Por su parte, el amor cortés es el refinamiento erótico del amor del enamorado a su dama; excluye todo asomo de sexualidad, de modo que la dama se idealiza y viene cantada en los ricos y poéticos versos del cantor enamorado de su dama. Es la poesía de los trovadores que promueve la reivindicación de la mujer en el Medioevo. Se escribe generalmente en lengua occitana y expresa una delicada ternura hacia la dama, casi siempre vista en esta época con una actitud misógina. Esta ternura elevaba a la mujer social y espiritualmente, merecedora del homenaje de su amado. Trobar es una forma de amar y cantar lírico. En el trobar, las cantigas de este amor reciben una expresión poética y se cantan en las cortes, como la de Leonor de Aquitania. El que no ama está muerto en vida. Se respira por todos los poros de la piel y ésta se eriza al ver a su amada, aunque sea en la clandestinidad y furtivamente. Es un arte de amar elegante, exquisito y fino, adúltero y lleno de peripecias amorosas que tratan de domar el deseo erótico o de expresarlo lírica y herméticamente; esta economía del don amoroso llega a un amor casi que imposible, pero que dota de sentido la vida del amante, que entra en trance al cantar a su amada y le sirve como un vasallo a su señor. Es mi dama, mi señora que domina los sentimientos del amante y le hace cantar eróticamente domesticados sus deseos sexuales.
4. La tercera luz es la creación de la universidad. Esta surge en la Edad Media como un fenómeno urbano que tiene su oficio en los diversos servicios que presta la ciudad a sus habitantes. Es el oficio de enseñar y aprender: universitas magistrorum et scholalium: asociación de maestros y estudiantes. Universidad significa prioritariamente un gremio asociado en torno a un oficio, en la división social del trabajo urbano. Son las escuelas catedralicias causa de su nacimiento. Y al nacer allí se conserva el conocimiento y se crea, a través de la lectio, quaestio y disputatio. Nada del magister dixit. Todo se discute y se critica conservando renovada la tradición. Con sus tres grados de bachiller, maestro y doctor, la sociedad se lucra del oficio del intelectual. Este reproduce y produce saber, lo pone en función de la sociedad y crea utopías. Con fundada razón, en Las Partidas de Alfonso X el sabio, se determina que es ayuntamiento de maestros y de escolares que es fecho en algún lugar con voluntad e entendimiento de aprender los saberes.
En estos recintos del saber y surgimiento de los intelectuales y su función social, se integraban los saberes por facultades: artes, derecho, medicina, teología. Fue la estructura originaria de la universidad, con sus colegios donde vivían las naciones distintas de la universidad. Esta vivió conflictos permanentes como la lucha entre seculares y mendicantes, la relación entre filosofía y teología, las naciones con sus constantes enfrentamientos, las huelgas, la lucha por su autonomía. Todo ello dinamiza la corporación universitaria y le da la impronta de su ser, siempre cargado de amenazas, anatemas y divisiones. Lo cierto del caso es que estas asociaciones son un patrimonio cultural de las ciudades y estas centran su orgullo en ellas, pues les da prestigio y un más económico por la multitud de los estudiantes venidos de diversos lugares: alojamiento, comidas, ropa, tabernas, matrículas y un sin fin de circulación monetaria.
5. Ocupémonos de la risa en el Medioevo. Es la cultura popular que pone patas al revés la cultura oficial. Ésta se manifiesta de múltiples maneras: lenguajes procaces, dichos y refranes, fiestas, parodias, críticas a la cultura dominante u oficial, representaciones teatrales… Sobresale el carnaval y sus transgresiones a lo oficial. Son tres días de jolgorio antes del miércoles de ceniza donde todo vale. Este caos y desorden de lo establecido se manifiesta en las comidas, el vino, la máscara, la risa pascual… Estas manifestaciones con las fiestas de los locos, de los reyes…crean un ambiente festivo e inusual, que permiten desembarazarse de las reglas vigentes y dar rienda suelta al instinto en sus variadas escaramuzas. El dios Baco se instala en su trono y desplaza al dios de Jesucristo. Y el todo está permitido campea a los cuatro vientos haciendo y deshaciendo todo lo establecido. Desaparecen los rangos sociales, las distinciones sexuales, la jerarquía feudal… y el caos y el desorden hacen de las suyas. Ya no hay tiempo sagrado, todo se seculariza y Príapo deviene su signo principal.
Son días para reivindicar la corporalidad y dejar de lado la espiritualidad. El cuerpo y todas sus exigencias en el comer, beber, erotismo, desorden…se instalan socialmente y con su ruido y chirrido las pasiones devienen el protagonista vital. Reviven las Lupercalia, las dionisíacas y las saturnalia de la cultura clásica y esta continuidad discontinua, dota al carnaval de un hálito cristiano que viene descalificado y ridiculizado El clero es objeto de burla y los misterios cristianos puestos al revés se entronizan y parodian.
6. Demos cuenta de los goliardos. Éstos desaparecen del escenario medieval en el siglo XIII por presión de la cultura oficial. En 1803 se descubrió por azar un manuscrito en el monasterio benedictino de Beurn en Baviera. Fue publicado con el nombre de Carmina burana en 1847. Contiene unos 250 poemas en los que la ya mencionada cultura de la risa se hace presente en forma intensa y extensa. Se burlan y critican la cultura oficial y la ponen patas al revés, como antes se ha indicado. La rueda de la fortuna rige la vida humana y el erotismo, el vino, la taberna, el juego son puntos clave de su reflexión. El clero, sobre todo, es objeto de crítica y burla. Además, con la primavera renace el amor y con éste, el deseo erótico vuelve a brotar. Hay que vivir alegres, aprovechar la juventud, danzar, reír, beber, comer, hacer uso de la sexualidad en forma profunda, pues somos polvo. Todo juega con el carpe diem horaciano porque el tiempo pasa veloz. Este vivir la vida con sus placeres es el nuevo decálogo para que la alegría de la vida impere sobre la seriedad y la mortificación del cuerpo y las pasiones desaparezca. El nuevo monasterio es la taberna y sus alegrías corpóreas. El vicio destierra la virtud y se hace primacía vital. Debe ser cultivado como forma de vida y un gaudeamus intenso. Este modo de vivir es atacado por la seriedad que habla de los goliardos como vagabundos, chocarreros, maldicientes, blasfemos, dados a adulaciones fuera de lugar, que se profesan clérigos para escarnio del clero. El país de Cucania es su ideal. Es el lugar de la abundancia y de la tierra que mana leche y miel. Es un lugar imaginario que, como relato fundacional, deviene un mito clásico de la cultura medieval.
7. Otra claridad es la mística. En el Medioevo abundan los místicos, desde Agustín hasta la mística renana. Se considera un exceso de la mente y es el ya citado Dionisio Areopagita el que proporciona los puntos claves para entender la experiencia mística, especialmente con su Teología mística y sus vertientes catafática y apofática. Es algo inefable, inerranable que los místicos medievales expresan a través del oxímoron: tiniebla luminosa, nube del no saber, hermosura siempre antigua y nueva… Su lenguaje es el de los enamorados que narran siempre en términos amorosos su relación con lo divino: tarde te amé, vaciamiento del yo para llenarse de amor de Dios y del otro, arrebato amoroso, trance erótico. Como dirá después Wittgenstein: de lo que no se puede hablar es mejor callar. Existe lo místico De ahí que etimológicamente mística tiene que ver con el verbo mýein que nos traslada a cerrar la boca, musitar, emitir por las narices el sonido, balbucear, dar signos, deseo puesto sobre los labios para incitar al silencio. Esta ascensión del hombre hacia Dios exige purificación, iluminación y unión con lo sacro como un zambullirse en lo divino en una patética de Dios. Es el Cantar de los Cantares como modelo de unión amante- amado, en una sobria ebrietas. Es que Dios es el de muchos nombres sin nombre que produce una delectatio como plenitud del deseo. Ante todo ello sólo cabe el gozo y el júbilo. Y entrar en el misterio de lo divino como sacramento que hace sus hierofanías en las cosas. Es el punto de partida de toda iniciación mística, cuyo decir es indecible y pura paja.
8. Otra conquista medieval fue la ciencia. Si nos atenemos a las agudas reflexiones del profesor Crombie, las ciencias medievales no sólo continuaron y renovaron el legado clásico, sino que prepararon el camino para las ciencias modernas. El maestro medieval de la etimología, Isidoro de Sevilla, nos dice que scientia tiene que ver con scire (saber), y éste se deriva de discere (aprender), pues nadie sabe sino el que aprende. Tomemos el caso de la medicina. Es el tema del libro IV de Las Etimologías. En él, la concepción isidoriana de la medicina está jalonada por la semejanza en sus diversos aspectos. Especifiquémoslo:
La definición misma de salud: “integridad del cuerpo y templanza de la naturaleza, proveniente de lo cálido y lo húmedo, que es la sangre” (C. V, N. 1)[1], nos pone de entrada en el campo de la semejanza: es la armonía y proporción entre estas dos cualidades lo que garantiza la salud. Y la proporción, como sabemos, es una de las maneras propias de funcionar la semejanza.
La composición tetráctica del hombre: es la doctrina de los cuatro humores: sangre, hiel, melancolía y flema. La misma expresión “composición tetráctica” nos remite a la tétrade y sus implicaciones, Recordando y resumiendo, el hombre, ese “ordo quadratus”, en tanto que es cuatro humores, abre las puertas a la teoría y práctica de la medicina que, de este modo, se instala en la perspectiva del saber tetráctico, especificación de la semejanza.
La armonía y proporción de estos cuatro humores es la condición de posibilidad de la salud o de la enfermedad: “ellos rigen la salud y de ellos proviene la enfermedad, pues cuando alguno de estos elementos aumenta más de lo natural produce la enfermedad” (C. V, N. 3). Es de nuevo la semejanza como armonía y proporción.
Correspondencias macro-microcósmicas: cuatro elementos = cuatro humores: sangre = aire, hiel = fuego, melancolía = tierra, flema = agua. Oigamos el texto:
“De la misma manera que son cuatro elementos, así también son cuatro los humores, y cada humor imita a su elemento, y así la sangre imita al aire, la hiel al fuego, la melancolía a la tierra y la flema al agua. Cuatro son, pues, los humores que, a semejanza de los cuatro elementos, conservan en salud nuestro cuerpo” (C. V, N. 3)[2].
En otras palabras: así como el orden y la armonía cósmicas están dados por la proporción y por la relación entre los cuatro elementos y las cuatro cualidades, que por simpatía se combinan y mezclan, pero siempre conservando una proporción, el orden y la armonía en la salud, en correspondencia con el cosmos, proviene de la adecuada y conveniente proporción de los cuatro humores. Esta correspondencia doble, entre los humores y con el mundo, explica y posibilita la salud y su curación. Se trata de devolver la proporción perdida: en la mezcla de los humores y en las relaciones con el cosmos. Por algo, la medicina de Hipócrates trabaja con la conveniencia entre remedio, edad, región, síntomas y causas de la enfermedad. Si esto no se da, si el plan de curación no es el propio y conveniente, no viene la salud.
– Los cuatro temperamentos: “… los hombres en los que domina la sangre son dulces y blandos” (C. V, N. 6). La correspondencia humores-elementos se asocia con la correspondencia temperamentos-cualidades. Así como hay cuatro elementos, cuatro cualidades, cuatro humores, hay cuatro temperamentos, cuyos nombres son de todos conocidos. El texto nos habla del sanguíneo[3].
– Presencia del influjo de los astros en la explicación de determinadas enfermedades. Es el caso de la epilepsia, a cuyos enfermos se les llama lunáticos, “porque con el curso de la luna les vienen los males demoníacos” (C. VII, N. 6)[4].
– Presencia de la semejanza en la diferencia: el método mismo de curación es una relación de semejanza o de diferencia entre el medicamento y sus propiedades y la enfermedad y sus síntomas. De semejanza: para una herida redonda una ligadura redonda, para una alargada una alargada, para una enfermedad amarga un remedio amargo. De diferencia: el frío se cura por el calor, lo seco por lo húmedo, los antídotos son lo contrario de lo dado[5]. Todo ello se traduce en los siguientes axiomas, métodos mismos de curación:
CONTRARIA CONTRARIIS CURANTUR. SIMILIA SIMILIBUS CURANTUR (C. IX, N. 5-7). Son la regla de oro de la curación y del uso de los medicamentos[6].
Las cosas como rúbricas o signos de cualidades: porque las hierbas y plantas tienen determinadas virtudes pueden curar. Virtudes que asemejándose o diferenciándose con las propiedades de las enfermedades permiten la curación. De ahí la Dinamidia: libros donde se describen las virtudes de las plantas[7].
Presencia de la astrología y del influjo de los astros:
“Finalmente, el médico también debe saber astronomía, por la cual se conoce la razón de los astros y mutación de los tiempos; pues, como dicen algunos médicos, nuestros cuerpos reciben el influjo de estas variaciones” (C. XIII, N. 4).
En conclusión: la medicina, esa “segunda filosofía” (C. XIII, N. 5), esa disciplina que abarca todas las artes liberales, vemos cómo está posibilitada por la semejanza y sus distintas implicaciones tanto en su definición como en sus usos.
Lo mismo acontece con la alquimia. Está jalonada por la semejanza. La retorta tiene forma oval para corresponderse con el huevo cósmico, del que brotan todas las cosas. Las fases del proceso alquímico: nigredo, albedo, citrinitas, rubedo son cuatro para corresponderse con el orden cuadrado del universo: cuatro elementos, cuatro cualidades, cuatro humores, cuatro temperamentos, cuatro evangelistas, cuatro ríos del Paraíso… Es el contexto de la búsqueda de la piedra filosofal y del elíxir de la vida.
Rematemos con la historia. Este saber piensa que la historia es la realización en el tiempo de un plan supra temporal, el plan divino revelado en la Escritura como historia de salvación: creación y caída original, encarnación y redención, juicio final y salvación o condenación: gesta Dei Los medievales inventan un nuevo género histórico: la hagiografía como prosopografía. La más clara revelación de este nuevo género es la leyenda dorada de Santiago de la Vorágine del siglo XIII. En los monasterios, cortes, catedrales se hacen relatos históricos sobre sus historias respectivas o historias del mundo desde su creación. Asimismo, florecen las búsquedas genealógicas y heráldicas y los relatos de una figura particular. Todo para recordar lo sucedido: gesta hominis. Y poner ejemplos de varones ilustres, todo con base en testimonios orales y escritos que se hacen explícitos en crónicas. A los medievales debemos que se haga la cronología histórica con el antes y después de Cristo.
[1] En las citas del libro de Isidoro de Sevilla, la referencia señala con C el capítulo, seguido de su número en notación romana, y una N que indica numeral, seguido de su correspondiente número.
[2] En la perspectiva isidoriana, la tierra también tiene su humor natural: uligio, que nunca la abandona. Es el por qué de los uliginosus ager, terrenos siempre húmedos, a pesar de que algunas veces se secan (L. XV, C. XIII, N. 14). O por el qué de la cinis como cultivo de los campos: aquel incendio por el cual el campo exuda su humor inútil (L. XVII, C. II, N. 2)
[3] En este mismo contexto, si bien no apuntando a los temperamentos sino a otras cualidades humanas como la belleza, nos explica Isidoro cómo la causa de esta es el calor de la sangre (L. I, C. XXVII, N. 9; L. XIX, C. VII, N. 3)
[4] Traducción personal
[5] En el L. XII, C. IV, N. 42 sostendrá Isidoro que el veneno de las serpientes, frío por naturaleza (por algo no atacan de noche sino de día, por algo sólo mata cuando se mezcla con el calor de la sangre) se combate por el fuego, en este caso, nuestro calor vital
[6] Esta idea vuelve a aparecer en el L. XX, C. II, N. 37, al hablar de la relación entre los alimentos y la salud: los cuerpos de los niños y de los jóvenes así como los cuerpos de los hombres y mujeres de edad perfecta, tienen mucho calor interior y, por tanto, es dañoso en estas edades tomar comidas que aumenten el calor, y, al contrario, muy saludable, comidas que tengan frío. En cambio, para los ancianos, cuya naturaleza es fría y su humor es flemático en abundancia, lo mejor es la comida que engendre calor y los vinos viejos. Asimismo (cita Isidoro a S. Jerónimo), y no sólo por salud física sino espiritual (conservar la virginidad), «las jóvenes deben huir del vino como un veneno, no sea que por el calor de su juventud beban y perezcan” (L. XX, C. III, N. 2). El mismo principio, mutatis mutandis, vale en la guerra: las cosas duras más fácilmente ceden ante las blandas. Es lo del ariete, aquel trozo de madera y de hierro, duro y fuerte, usado para derribar muros. Su remedio son sacos de paja puestos en el mismo lugar donde golpea el ariete ya que el golpe de este se suaviza con lo blando o muelle de los sacos (L. XVIII, C. XI, N. 1 – 2). Y ya que antes hablamos de alimentos y salud es bueno observar cómo también una relación de conveniencia entre salud corpórea y alimentos posibilita el que estos se puedan tomar o no. Es el caso del agua como bebida. Debe ser reciente, ello es, cogida de la fuente, río o pozo antes de beberla. No antigua, la cual huele mal, se corrompe y por lo mismo, no es adecuada (L. XX, C. III, N. 1)
[7] Lo mismo sucede con los animales y sus virtudes curativas: la hinchazón producida por la mordedura de la serpiente hydros se llama boa, «porque se remedia con boñiga de buey» (L. XII, C. IV, N. 22). Y con las piedras. En ellas podemos encontrar poderes curativos. Es el caso de la piedra de Menfis, útil en las operaciones de quemar o cortar el cuerpo, pues lo entumece (L. XVI, C. 4, N. 14)