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Paradojas de la igualdad y la meritocracia

La dedicación a los libros es una pasión. Los lectores de oficio solemos encontrar, a cada momento, un autor o una obra de especial interés, sin noticias anteriores. Y la cadena sigue de manera interminable, hasta el final de nuestros días. Ahora me quiero referir a uno que recibí de obsequio por estos días, de los entrañables amigos Heriberto y Mónica, copartícipes en la vida de Aleph. Se trata de “Igualdad – Qué es y por qué importa” (Ed. Debate, 2025), un diálogo entre Thomas Piketty (Economista, experto en desigualdad económica, vinculado como profesor e investigador a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y a la Escuela de Economía, en París) y Michael J. Sandel (Investigador en ciencia política de la Universidad de Harvard; su curso sobre Justicia es el más acogido).

Se trata de un examen juicioso de temas palpitantes en los tiempos que corren, con referencias históricas y alusión especial al proceso comenzado en los años 80, conocido como “era neoliberal”, sin perder la visión de entender el proceso continuo hacia una mayor igualdad en las comunidades, con mejor acceso a los bienes fundamentales, a las formas de participación y a la dignidad debida al ser humano. Se indican los motivos por los que la desigualdad sigue siendo un gran problema: la falta de acceso de todos a los bienes básicos, la condición en la política, con la concentración de poder en grupos y personas, con desmedida ambición en el todo es posible, sin concretar los ideales de la democracia, y la dignidad, en el reconocimiento de la persona merecedora de consideración, estímulos y apoyo. Al importar cada vez más el dinero, como forma de la desigualdad y del poder.

Se tratan temas de la desigualdad en la educación, la sanidad, la vivienda y el trabajo. Señalan la diferencia entre Europa y Estados Unidos, donde en la primera esos sistemas hacen parte de la lógica de lo público, y en EUA hacen parte de la lógica del beneficio económico. A pesar de todos los problemas imperantes, señalan los avances en las formas del “Estado social”, en otros ámbitos llamado también “Estado de bienestar”. En el siglo XX se fue desarrollando una forma de contrato social, para que la clase media tributara en impuestos y la clase alta un poco más, pero con tendencia al fracaso -hoy por reconocerse- por cuanto la clase alta no tributa lo que debía. Con la consecuencia de cierto alejamiento del sentido social de la prosperidad. Indican la preocupación por lo progresivo en la mercantilización de la vida social, con realce en la importancia del dinero, incluso con efectos en la educación superior que al hacerse más dada al mercantilismo, genera desigualdad en su acceso, y fomenta en los estudiantes la ambición de formarse para ganar dinero, con pérdida de lo esencial en el proceso de enseñanza-aprendizaje: el conocimiento, la solidaridad, la vida con dignidad. Circunstancia que de igual modo “corrompe a los profesores”, en expresión de los autores.

Se ocupan de examinar las ideas de éxito y meritocracia con sus consecuencias, con alusión al libro de Sandel: “La tiranía del mérito” (2020). Se destaca el mérito cuando uno acude a un especialista médico para un procedimiento, en la confianza que tenga mérito en el oficio. La tiranía del mérito aparece en el abismo entre ganadores y perdedores, ahondado desde los años ochenta, con secuelas de profundizar las diferencias y con la radicalización de posiciones, en especial en la política. Abismo relacionado con las desigualdades crecientes en la posesión de bienes, en la riqueza; también con el éxito. Es el caso de quienes coronan una carrera en la vida social, suelen estimar que ese éxito es debido a sus propios méritos, en los empeños por lograr posicionarse en escalones de arriba en la sociedad, sin tomar en cuenta que sus empeños involucran más personas, en la familia, en la educación, en las labores. Lo relacionan con la meritocracia, en principio atractiva, al considerar que si todos tienen iguales oportunidades, los ganadores se favorecen. Consideran que aún en la forma más perfeccionada tiene su matiz de oscuridad, puesto que corroe el bien común, en tanto que quienes coronan el éxito se envanecen por considerarse con resultado de sus esfuerzos, con desconocimiento de la suerte o buena fortuna que tuvieron al haber tenido las oportunidades, al desconocer el apoyo y estímulo de otros, como se refirió antes. La meritocracia fomenta la vanidad de los ganadores y el desconsuelo de los perdedores. También se ha impuesto el desprecio por aquellos que al proponerse cumplir con una carrera universitaria, no lo consiguen, asignándoles el fracaso como culpa de ellos, con desconocimiento de las circunstancias. Sandel dice que todo aquello fue una consecuencia de las meritocracias del éxito convertidas “en compañeras morales de la globalización neoliberal”. Piketty en concordancia afirma lo brutal de la ideología contemporánea de la desigualdad por la manera de celebrar a los ganadores y de culpar a los perdedores por su mala suerte. Víctimas del mito de si te esfuerzas suficientemente, triunfarás.

Abordan en común el tema de la igualdad como una ambición, con realce de la solidaridad y la formación de comunidad. Ponen de presente la necesidad imperiosa en las ciudades de construir infraestructura cívica, espacios públicos, que favorezca la vida en común, los encuentros de personas de distinta clase social, con la posibilidad de crear costumbre y talante, con disposición propicia para recordar el carácter comunitario de todos nosotros.

Los autores se ocupan de igual modo de los problemas de las migraciones humanas y de capitales, del cambio climático, con insistencia en alcanzar la cooperación internacional, menos hipócrita que tenga en cuenta realmente al Sur. Son claros en señalar la conveniencia para los países ricos en la generación de impuestos de los grandes capitales, del orden del 15%, cuando los países del sur se beneficiarían solo de un 1%. Hacen referencia de la aprobación en la ONU para realizar una “convención fiscal de Naciones Unidas”, con la excepción de Europa y de EUA, lo que no tuvo mayor eco internacional, ignorando la confianza, la justicia nacional y la redistribución Norte-Sur.

Ante la situación del cambio climático, proponen la necesidad de llegar a un consenso internacional, con la importancia que en cada país los gobiernos se ocupen de tomar decisiones de política, ya mismo, para hacer lo que más puedan, en favor de la disminución progresiva de C02, con alternativas de energías renovables. Sugieren que los países de mayor desarrollo generen impuestos altos a las grandes empresas y a los multimillonarios para una redistribución de apoyo al Sur, con el objetivo de disminuir en gradualidad sostenida las emisiones contaminantes. Algunos países occidentales, incluido EUA, han tenido la disposición de acordar un “mercado de compraventa de créditos de emisiones de carbono”, pero es indispensable que haya una gran reducción de emisiones de Europa y Estados Unidos. Hay un parámetro comparativo que utilizan, los niveles de emisión per cápita. Mientras en Europa se registran más de 10 a 12 toneladas per cápita (1990-2000), China dispone de 8 a 9 tons. Piketty señala: “Lo que haría falta… es que una fracción específica y precisada de un impuesto mínimo global a los principales milmillonarios, a las multinacionales, vaya a parar directamente a países del Sur, en función de sus poblaciones respectivas y, tal vez, en función también de su grado de exposición al cambio climático.”

Al final se recuerda el ensayo de J.J. Rousseau sobre el origen de la desigualdad, de si ella se originó al inventarse la propiedad, o si es el resultado de cómo nos reconocemos y cómo nos consideramos unos a otros. A su vez se plantea en Rousseau el tema de la desigualdad no tanto en disponer de la propiedad, como en la acumulación ilimitada de la misma y en pocas manos, con la consecuencia en la concentración de poder.

Se trata de una interesante obra, con diálogo de dos personalidades del pensamiento, informadas sobre situaciones cruciales de nuestro tiempo, con exploración de sentidos y busca de salidas, sin caer en el fatalismo ni en posiciones dogmáticas. Responden al juicioso y libre examen de situaciones en el mundo y de problemas por abordar con sensatez y oportunidad.

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