Variaciones en el tiempo del pasar
Personajes de la antigua Grecia, la Clásica, abruman en sabiduría con metáforas en palabras asentadas con ponderado destino. Las preguntas se formulan con la inquietud de la duda y en el diálogo se descubren caminos de comprensión para otras dudas. La cadena del saber golpea a la puerta del encanto.
Diotima, mujer de Mantinea, instruyó a Sócrates sobre Eros y el amor, en diálogo exploratorio, con recurso de los dioses y el misterio de encontrar a Eros, a mitad del camino, entre lo mortal y lo divino. Diotima le dijo: si alguien no cree que carece de algo, no puede desear lo que no cree necesitar. Ser amante de las cosas buenas, la gran lección.
Lapidaria sintonía de las estrellas, redunda en simetrías de infinito. La compostura expansionista del Universo, congracia en maneras del azar, con la vida del antes y el después. Las estrellas vigilan los signos de la realidad y la esperanza.
En el alba se anuncia el crepúsculo, con maneras ocultas de interpretación, y en el lapso se extiende la sospecha en lo subrepticio de lo que ocurrirá. La sorpresa llega con entonación de colores, en el espectro de la belleza. La noche entra en el fulgor de olvido y el sueño disipa la preocupación.
Bienvenida la sombra de la nube, por las calles olorosas a tierra quemada. Bienvenida la palabra en el silencio de la noche, con el supuesto de la espera. Bienvenido el gozo en el placer de la bienaventuranza, derruida por los apóstoles ensombrecidos en la agonía del crepúsculo.
Tibieza en el soñar despierto, sometido a la punta de lanza en el pecho. Nada de gracia en el riesgo del canutillo de somnolencia e hidalguía. En lo tibio del soñar irrumpe la bagatela, con el propósito de la rosa en el huerto. La gracia se sumerge en la ternura de un beso, entre labios sembrados de anhelo.
Ensamble de adormideras en la cuna del olvido, se torna en posesión iconoclasta. La reverencia de los supuestos declina las palabras, como acto de fe y superpone la arrogancia al olvido. El ícono de la razón simula cadenas de golosina, con el peso inapropiado del deseo.
Posesión de luces en la amapola de la dicha, hace tierna la mirada en el paisaje y confirma el poder de la aurora. Amapolas perfumadas atrapan la súplica de la quejumbre, en las estaciones del desamparo, al igual que toman distancia entre las piedras del camino. La mirada opaca la razón de ser.
La noche da pasos sin contención de sombras y las estrellas miran a la conciencia del Universo. Entre tanto unas especies duermen y otras despiertan sus instintos de sobrevivencia. La inteligencia de las plantas desata conversaciones por las ramas y las raíces. Los búhos acicalan la mirada al acecho.
Se llega a donde se está, con tropiezos e ilusiones, al amparo de la dicha del despertar cada día, con la alegría de vivir y capacidad de sortear los encantos y desencantos propios del camino. La ilusión es el apego a un después, con holgura de dudas y comprensiones, en actuaciones de realidad.
Quedan los recuerdos impregnados de dolor y sátira, sin la huida de escenas escabrosas. El cerebro no borra todo aquello de lo rotundo en los impactos y sin disponer de intención, en cualquier momento salta el tormento. Para amortiguar la inquietud del después, nos decimos: ¡la vida es hoy!
[La Patria, 10.V.2026; p. 26]