Las humanidades en la época de las inteligencias artificiales
Lección al recibir el Doctorado h.c. de la Universidad de Caldas; 22 de julio del 2026
El historiador Fernand Braudel dividió el tiempo histórico en el tiempo corto de los acontecimientos y los individuos, el tiempo intermedio de las instituciones y el tiempo largo de las estructuras sociales. Además, propuso la metáfora del océano para imaginarlos: el primero duraba igual que las efímeras olas del mar, el segundo como los ciclos de las mareas y el tercero era equivalente al lecho marino, casi inalterable en las profundidades. Sin embargo, presiento que algo ha venido cambiando y doy algunos ejemplos personales. A los 15 años fui al nevado del Ruíz por primera vez y el refugio estaba rodeado de una gruesa capa de nieve. Volví con cincuenta años y éste se encontraba sobre un terreno seco, rocoso y la nieve solo se veía a lo lejos, en la punta de la montaña. Me vinculé a la U. de Caldas como primíparo de medicina con 18 años. Aprendí anatomía disecando cadáveres reales en el anfiteatro del primer piso del edificio central. En las noches estudiaba en mis cuatro gruesos tomos de Testut Latarjet y tomaba apuntes a mano con un lapicero kilométrico en un cuaderno de hojas anilladas. Me levantaba a la madrugada y durante tres horas leía a Homero, o a García Márquez, o a Bertrand Russell.

En esa época mi segunda casa fue la biblioteca de la Facultad de medicina y también la sede de Palogrande en la que descubrí a Nietzsche, Walter Benjamin y Lévi-Strauss. Comencé a redactar mi primer libro en una vetusta máquina Underwood que me regaló mi padre. Me gradué de médico general a los 24 años. A los 26 años ingresé a la especialización de Medicina interna y compré mi primer computador. Fueron tres años muy intensos, en los que los residentes hacíamos turnos seguidos de ocho días en el Hospital de Caldas, pero igual despertaba al alba y leía a Rulfo o a Marguerite Yourcenar. A los 30 años me nombraron profesor de Medicina interna y la lectura de ciertos artículos científicos implicaba solicitar a la biblioteca la compra de la revista y si se aprobaba se debía esperar entre tres y seis meses para que llegara. A los 36 años me trasladé como profesor al Departamento de filosofía y letras. Durante siete años enseñé a Borges, literatura de ciencia ficción, bioética y filosofía china. Me gradué de especialista en literatura hispanoamericana y de magister en filosofía con énfasis en epistemología. La idea de mi novela sobre Wittgenstein, titulada Pensamientos de guerra, me surgió en una clase del doctor Garrett Thompson.
Conocí esa nueva e incipiente herramienta digital llamada «internet» y luego se crearon las bases de datos y los chats con expertos de todo el mundo, que permitían un asombroso intercambio de información. Con 43 años volví a la docencia en medicina y me jubilé a los 62. Aparecieron las inteligencias artificiales y comenzamos a vivir una época impensada, que nadie sabe, con certeza, qué generará y a dónde nos encaminará.
Durante 44 años habité, sin interrupciones, el espacio físico y cultural de la Universidad de Caldas y cada día me dejó enseñanzas. Escribí y publiqué 35 libros en ese tiempo y continué levantándome muy temprano a leer o releer obras de literatura o de filosofía. Con amigos de la universidad como Roberto Vélez Correa o Tulio Marulanda Mejía, para recordar solo a los muertos, conversé muchas horas sobre escritores, artistas y poetas. La Universidad de Caldas, una institución pública que me permitió estudiar todo lo que sé, ha sido y es un oasis de conocimiento, libertad y diversidad cultural. Es fundamental defenderla y amarla en estos oscuros tiempos, cuando los fascismos del pasado han regresado al mundo disfrazados de democracias y con las armas contemporáneas de la manipulación virtual de los algoritmos y los simulacros de la realidad.
¿Qué seguirán siendo las humanidades en esta época del ChatGPT y de Grok? Pienso que la respuesta se encuentra en los versos de un poema de T.S. Eliot: «¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?» Las humanidades representan el faro que puede iluminar la infinitud de los datos y transformarlos en conocimiento al servicio de las personas. Ojalá que en la recién creada Facultad de inteligencia artificial de la universidad se construya un currículo que tenga una sólida formación complementaria en humanidades. La academia puede contribuir a hacer la diferencia y ayudar a formar una tecnología que engrandezca lo humano; la otra perspectiva es la de una degradación cognitiva de la humanidad por su dependencia pasiva a las nuevas máquinas.
Las humanidades son el camino que nos lleva al lejano horizonte en el que se intuye la sabiduría. Esta se encuentra —entre otros lugares y símbolos— guardada en los clásicos y se vislumbra mediante el ritual de una persona que lee y piensa en soledad. Todos somos viajeros existenciales y cada vez que salimos de la casa iniciamos un viaje arquetípico, como Ulises, que nos puede traer de regreso o no. Pero también todos podemos ser un Leopoldo Bloom, el protagonista del Ulises de Joyce, quien en la cotidianidad de un día normal percibe que es atravesado por las fuerzas cósmicas de los mitos perennes.
Es decir, nuestro breve tiempo individual también refleja a los modelos institucionales y a las estructuras sociales, que hoy han dejado de ser inamovibles y se agitan como lubinas saltarinas ante la perspectiva real de la aniquilación o la transformación profunda de la especie. Además, existe otro tiempo interior que quizá es lo más humano que tenemos y deberíamos intentar preservar. Nos introducimos en él a través del silencio y la introspección. Los místicos orientales lo han denominado «vacío» y los pensadores occidentales «el ser». Cada uno se puede conectar a ese estado mental por diversas vías, que abarcan lo religioso, o lo racional, o lo poético. Ninguno de esos caminos es excluyente. En esa dimensión de interioridad el ateo, el creyente y el agnóstico conviven en armonía. En la novela de madurez de Hermann Hesse titulada El juego de los abalorios, hay un episodio que alegoriza ese «tiempo interior». Un joven está en el bosque, tiene sed y bebe agua de río en un cuenco de plata. Luego se levanta y retorna a su ciudad, aprende un oficio, conoce mujeres que ama, hombres que odia, se olvida de su infancia, acumula dinero, va envejeciendo, se enferma y cuando se siente morir despierta de su ensoñación y apenas sus labios están saboreando el agua del cuenco.
Tengo 64 años y estoy muy agradecido con la vida. Me sigo levantando temprano en mi jubilación y antes de prender el computador leo o releo durante dos o tres horas alguna obra literaria. Con la vejez releo cada vez más los subrayados de los libros de mi biblioteca personal. Pero también me apetece descubrir nuevos autores y temáticas novedosas. Un lema ha acompañado mi insaciable avidez de conocimiento y fue expresado por el filósofo medieval Alanus ab insulis en una máxima: «Estudia como si fueras a vivir siempre, vive como si fueras a morir mañana». Ayer terminé de redactar el capítulo 30 del quinto y último volumen de mi Historia cultural de la medicina. Se publicará en España en el año 2027. Lo menciono aquí, porque quiero compartir con ustedes la emoción de una asociación que me suscitó saber que la tecnología de edición genética que se denomina CRISPR, surgió del descubrimiento de unas repeticiones palindrómicas de ADN que tienen las bacterias para la defensa inmunológica contra los virus que las atacan. El palíndromo es una palabra o secuencia que se lee igual de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. El grupo literario de Oullipo liderado por el narrador Georg Perec crearon palíndromos famosos como ejemplos de juegos del lenguaje literario. Ahora sabemos, que los palíndromos del código genético serán los que transformarán el genoma de la especie humana. Ojalá este juego no termine en tragedia. Marie-Louise von Franz —discípula de Carl Gustav Jung— encontró hace varios años otra asociación fascinante: los 64 hexagramas que constituyen el antiquísimo libro del I Ching o Libro de las mutaciones, poseen una correlación con las combinaciones matemáticas de los 64 codones que forman la base del código genético y generan los veinte aminoácidos esenciales del ser humano.
Concluyo reiterando mis agradecimientos a la Universidad de Caldas, que ha sido mi madre intelectual, por este doctorado Honoris causa en humanidades; un reconocimiento que se debe a su generosidad institucional y que valoro de manera profunda y sincera porque, como dice el proverbio, «nadie es profeta en su tierra». Que lo otorgue mi propia y única universidad me da una alegría que me acompañará a la tumba. En realidad, es un honor que nunca pensé alcanzar y que aconteció de manera inesperada, pues lo que he hecho desde mi adolescencia hasta hoy en mi vejez es hacer en el día a día lo que siento que debo realizar como un fin en sí mismo. Leo, estudio y escribo al igual que respiro, porque en lo profundo de mi ser presiento que es el trabajo por el que estoy todavía vivo. Hace 40 años descubrí la obra del médico renacentista Theophrast Philipp Bombast von Hohenheim, más conocido como Paracelso. Le debo una novela histórica y ese será mi proyecto cuando culmine el libro que mencioné. Él escribió en uno de sus últimos textos un testimonio que cuando lo leí me estremeció y es inolvidable:
No en la vagancia, no en el bienestar, ni en la riqueza, ni en la charla ni en la comida se asienta la felicidad, sino que cada uno tiene que emplear en el trabajo y en el sudor los dones que Dios o el inescrutable destino le ha concedido en la Tierra, ya sea como campesino en el campo, como trabajador en la forja, en la mina, en el agua, o en la Medicina. La forma correcta está en el trabajo y en la creación, en la acción y el propio esfuerzo; la forma errónea no hace nada, pero habla mucho. No se puede juzgar por lo que dice un hombre, pero sí por su corazón. El corazón sólo habla por las palabras cuando las obras las refuerzan. Debemos usar todas las cosas que usamos en la Tierra para el bien y no para el mal, y nada más que para aquello a lo que están destinadas. No debemos añadir ni quitar nada, ni echar a perder nada ni tampoco mejorar nada.
Si has sido llamado a escribir un libro no dejarás de hacerlo, aunque hayas de esperar sesenta o setenta años o más aún. Si lo llevas en tu interior y le das vueltas en tus pensamientos, no necesitarás precipitarte de inmediato sobre él. No siempre se mantendrá dentro, sino que tendrá que salir como un niño del cuerpo de su madre. Porque sólo lo que es así parido es fructífero y bueno, y no llega nunca demasiado tarde. Ten paciencia, y no veas ya en cada espina una espiga. Espera: vendrá la hora en que todo saldrá de ti. Lo que tiene que nacer de ti y lo que hay en ti saldrá, y no sabrás cómo o de dónde viene o adonde va. Y finalmente lo encontrarás en aquello que nunca has aprendido y nunca has visto.
Nada de lo que he hecho lo podría haber realizado solo, tener la fortuna durante varias décadas de la compañía amorosa de mi esposa ha sido esencial para mí. Por eso, finalizo estas palabras haciendo pública la dedicatoria de mi libro de historia cultural de la medicina que saldrá el año entrante: «A Mercedes: mi gran amor. La compañera interior con quien he recorrido los enigmáticos laberintos de la vida. El ser luminoso que me ha compartido su fuerza espiritual, su dignidad femenina, su corazón bondadoso, su sabiduría instintiva».
Muchas gracias.