René Uribe-Ferrer y su desempeño en la Filosofía
Hoy te parece un error algo que en otro tiempo amaste como una verdad o como una cosa bastante verosímil: ahora tú lo rechazas y te jactas de que esto representa una victoria de tu razón […] Nosotros negamos y tenemos que negar, porque algo dentro de nosotros quiere vivir y afirmarse, ¡algo que tal vez nosotros no conozcamos aún, ni siquiera atisbábamos! –dicho sea esto a favor de la crítica.
Federico Nietzche (La ciencia jovial. Libro I, 307)
Se trata de un volumen que reúne en especial artículos de prensa, con el propósito de reseñar libros de filosofía, lo que le permite ocuparse de grandes filósofos, y de los temas fundamentales de la filosofía, desde los griegos hasta los más contemporáneos, con el carácter de universalidad. Allí están las reflexiones sobre Juan Duns Scoto, Spinoza, Kant, Rousseau, Darwin, Husserl, Bergson, Russell, Nietzsche, Ortega y Gasset. Además de sus consideraciones sobre la educación, la ciencia y la misión del profesor.
Es reiterada su crítica al positivismo y al pragmatismo, en la forma de predominio de la técnica y la sujeción del hombre a la enajenación por la técnica.
El libro recoge apartes fundamentales del ensayo de Otto Morales-Benítez escrito para la primera edición de los “Escritos filosóficos” (1989). Exalta la personalidad de Uribe-Ferrer en sus condiciones de ilustración y en las maneras de comunicar con claridad en los conceptos y en la escritura. De igual modo valora su talante de profesor, con apego a la motivación de los estudiantes por los estudios de la filosofía, en exposiciones moderadas sin énfasis. De discreto ascetismo hasta con evidencia en su porte personal. Respetuoso de los demás, pero sin ocultar sus creencias de fe religiosa, “limpia y sin gazmoñerías”, dice Otto, ni sus convicciones de pensamiento.
Su primera preocupación es la razón de ser de la filosofía, con alusión a Sócrates, creador del nombre. Se ocupa del tema al referirse a libros de Arthur C. Danto, Stephan Körner y J.M. Bochenski. Al bosquejar los aportes de estos autores llega a la conclusión de no poderse saber a ciencia cierta cuál es el objeto de la filosofía, en virtud de la oscilación continua en sus límites. Y nos recuerda la afirmación de Kant al decir que no se aprende filosofía sino a filosofar. Recuenta los problemas básicos de los que se ocupa siempre la filosofía: conocimiento y verdad, el valor, el ser y lo Absoluto, como una realidad compleja e inagotable.

Resalta como épocas gloriosas de la filosofía la Grecia del siglo V a.C., el siglo XIII en la Europa medieval y la Francia del siglo XVII, pero con la observación de haber sido una labor de sectores en minoría. Anota como en el siglo XX se llegó a la extrema especialización, en los casos, por ejemplo, de la lógica matemática y de las investigaciones lógicas (Husserl).
Refiere la contribución en Francia del “Centro de estudio y promoción de la lectura” con obra que se ocupa de tratar, a manera de divulgación de las grandes corrientes modernas del pensamiento del marxismo, la fenomenología, el existencialismo, el psicoanálisis, la epistemología, el estructuralismo, el pensamiento técnico y las ideas políticas. Aprovecha el tema para volver a la pregunta “¿Qué es, a fin de cuentas, filosofía?”, con la consideración de hacer filosofía cuando se formulan preguntas, por cuanto la filosofía es un hacer del espíritu, no la erudición.
Al referirse a la civilización Micénica (siglos XVI al XII a.C.), acude a la poesía por la falta de documentación histórica, en especial a Homero y a los mitos que le sirvieron de apoyo. Nos recuerda la aseveración de Aristóteles quien expresó que hay más verdad en la poesía que en la historia.
Reseña el libro de sir Cecil Maurice Bowra, “La Atenas de Pericles”, que le sirve para ocuparse de la Grecia Clásica en el siglo V a.C., en el período que comienza con la derrota de los persas en Salamina (480 a.C., aprox.) y termina con la rendición de Atenas ante Esparta (404 a.C), que corresponde a la desintegración de la unidad helénica ocasionada por las guerras civiles del Peloponeso. Cita las contribuciones de Píndaro en la poesía lírica; de Esquilo, Sófocles y Eurípides en la Tragedia; de Aristófanes en la Comedia; de Heródoto y Tucídides en la ciencia histórica; de Sócrates en la filosofía, y la arquitectura de la Acrópolis.
En esa relación, se ocupa del liderazgo de Pericles, con centro en Atenas, desde haber sido designado general en el 454 a.C. Es un producto de la democracia que le es anterior pero con él llega a su forma culminante. Las democracias que luego se han establecido tienen ese trasfondo histórico, auncuando con modalidades de organización diferentes como en Francia y en Estados Unidos, entre otras en busca de un gobierno en el que prevalezca la justicia.
En diversos de sus artículos reitera la crítica a las formas del positivismo, con alusión a Rudolf Carnap (1891-1970) como el “representante más autorizado y fanático” del positivismo lógico. Refiere estimados sobre los axiomas, la razón y la intuición. Califica de ingenua la creencia en el progreso indefinido cientifista (no científico), que tuvieron los pensadores de la Ilustración en el siglo XVIII y los positivistas del XIX, que sigue dándose a la manera de “fanatismo”.
Con referencia a Russell trata el tema de la inducción en la ciencia, con las justificaciones analítica, inductiva y pragmática, en diversos autores.
La filosofía analítica es motivo para ocuparse de una corriente muy dominante en el siglo XX, con antecedentes en “La filosofía del atomismo lógico” de B. Russell y en los trabajos del “Círculo de Viena” a partir de 1929, con Wittgenstein de maestro clásico. La filosofía analítica tiene campo abonado en universidades de Inglaterra y Estados Unidos, con retroceso del existencialismo. El autor considera que la fenomenología y el existencialismo son más profundas que la filosofía analítica.
Critica la manera como se ocupan del análisis lingüístico quienes han pretendido eliminar los problemas de la metafísica, al considerarlos como seudoproblemas; problemas que el autor considera como los fundamentales de la “auténtica filosofía”.
Se ocupa el autor más a espacio de controvertir a Carnap por el rechazo de este a la metafísica. Carnap define la metafísica como “todo enunciado que pretenda presentar un conocimiento sobre algo situado por encima o más allá de toda experiencia”. Al exponer las citas claves en la obra de Carnap, dice encontrar sofismas, o paralogismos: el mencionado autor se equivoca cuando establece que si un enunciado no es verificable por la experiencia carecerá de sentido y no afirmará nada; también le reprocha que la verificación sea solo por los sentidos, puesto que no considera otras dimensiones distintas a la experiencia directa, como son la experiencia del espíritu (Unamuno), la experiencia de la temporalidad (Agustín), la experiencia religiosa y mística (W. James, Bergson).
También enjuicia la manera como Carnap juzga la poesía lírica puesto que, según él, no tiene función representativa sino solo expresiva. Uribe-Ferrer acude a una cita de poema de Baudelaire alusiva al amor de las nubes que pasan, como maravillosas, para anotar que se trata de una vivencia con una afirmación.
El autor concluye su análisis crítico al dar por seguro que la metafísica es similar a la poesía, por cuanto también afirma verdades. Cita a Aristóteles: “hay más verdad en la poesía que en la historia”. Y agrega que se sabe más acerca de los griegos por los poetas líricos Píndaro y Safo que por los historiadores. Igual se sabe más por Platón que por el positivismo de los sofistas.
Sobre la filosofía analítica alude en especial a A. J. Ayer (1910-1989), con los antecedentes del Círculo de Viena y su difusión a partir de 1929, incluso con referente en el empirismo del siglo XVIII. Pero con el antecedente más cercano en el “Tractatus Logico-Philosophicus” de L. Wittgenstein, publicado en 1921, con posición radical en el análisis lógico, pero contrario a los dogmatismos tradicionales. Uribe-Ferrer comenta en especial la obra “Los problemas centrales de la filosofía” de Ayer, para examinar con síntesis su posición sobre la metafísica, desentrañando que se trata de actitud contra Platón, de cierta manera, y muy especial contra Descartes, Spinoza, Leibnitz y los continuadores ingleses de Hegel, que de conjunto, según el autor, representan la “corriente idealista”. Además, critica a Ayer por no haberse ocupado del realismo metafísico de Aristóteles, continuado por sus discípulos de la Edad Media y los modernos.
Uribe-Ferrer hace énfasis en el método de diálogo que consagró Platón para abordar temas de la filosofía, con procedimientos imparciales, de tal modo que intervienen diversos personajes con posiciones distintas, pero al final se impone la posición de Platón, o se queda en un punto sin salida, una aporía.
Interesante la manera como el autor reseña el libro “La filosofía del derecho” (1976), de Abel Naranjo-Villegas, en su cuarta edición. Destaca el estilo de la exposición y el modo como dilucida el objetivo de la investigación, no en la búsqueda de la verdad sino de la realidad, al tomar en consideración la existencia de cuestiones sociales donde no cabe tratarlas de verdaderas o falsas, sino de reales. Asimismo, anota que la visión de Naranjo-Villegas es de metafísica radical. Y la manera como trata la idea de naturaleza humana, que no es solo física y causal sino también como razón, en tanto es cultural. Este sucinto estudio de la obra de Naranjo-Villegas le permite concluir con la afirmación que “la filosofía es la más práctica de las ramas del conocimiento. La más vitalmente práctica, pues en ella está involucrado el sentido de nuestra vida personal y de la vida de la humanidad toda.”
Sobre Rousseau, el autor califica su obra “Del contrato social” de haber sido decisiva en la historia política mundial, a partir de 1789. Y al compararlo con Voltaire dice haber calado más profundo el primero. Al mencionar el “Emilio” se aparta de considerar esta obra como un aporte exclusivo en educación, más bien la considera como una descripción de la naturaleza humana, con la trascendencia de la libertad como “atributo distintivo”, además de considerar al ser humano en comportamientos no regidos por las leyes del mundo físico, puesto que es él quien elige el significado y el sentido de la vida. Destaca la manera como Rousseau trata la libertad en “Del contrato social”, con las consecuencias políticas que derivan de ella.
Uribe-Ferrer se ocupa en dos amplios ensayos de las obras de Friedrich Nietzsche (1844-1900) y de Ortega y Gasset. Al primero alude como “desasosegador” del pensamiento, pero uno de los máximos filósofos del siglo XIX. Su influencia primera fue sobre los escritores, en virtud de su obra tener una inocultable fuerza poética, como en los casos de D’Annunzio, André Gide y Thomas Mann, a quien considera haber captado lo más profundo de su pensamiento. Identifica la prestancia filosófica de Nietzsche por el sentido metafísico de su obra. Otro aspecto que considera es la incidencia política en Hitler, pero aclara que este tomó solo aspectos dispersos de Nietzsche para sustentar su barbarie, como en las exaltaciones de la fuerza física y de la guerra. Destaca “Así habló Zaratustra” como “la obra más poética, más bella, estricta y sintéticamente filosófica” entre todas sus obras. Con mención a líneas polémicas de su obra: el superhombre, la voluntad de poder, el eterno retorno, relativismo historicista, entendido este por Uribe-Ferrer como especie de “relativismo positivo”.
Interesante el comentario que hace de la manera como Baldomero Sanín-Cano descubrió y divulgó a Nietzsche en Colombia, comenzando por la relación en diálogos con José-Asunción Silva, con el conocimiento de sus obras fundamentales en alemán. Recuerda que Silva alude a Nietzsche en la novela “De sobremesa”, y Guillermo Valencia tiene influencia de aquel en el poema “La parábola del monte”.
El otro ensayo sobre José Ortega y Gasset (1883-1955) cubre diversos aspectos de su obra, con referencia a los autores que se han ocupado de ella, desde los comienzos con la intrepidez de estimarlo como uno de los grandes filósofos, hasta valorado por la serenidad de autores que lo ubican en lugar justo, sí como pensador y escritor de calidad, con anotación de las contribuciones fundamentales.
Uribe-Ferrer escudriña en autores intérpretes de la obra de Ortega hasta formarse su propio juicio, en apartados sobre el “Yo y las cosas”, el “Perspectivismo”, “La razón vital”, “Dios a la vista”, “Importancia y significado de Ortega”, “La realidad radical”, “La razón viviente”, “La razón histórica”, “Fenomenología y razón vital”, “El epistolario de Ortega” y el recuento de las diversas etapas de la “Revista de Occidente” fundada por Ortega en 1923.
Hay una expresión de Ortega que ha hecho carrera: “Yo soy yo y mi circunstancia”, síntesis de su pensamiento que permite comprender la relación ineludible entre lo que se es como individuo, como persona, y el medio circundante, la realidad que palpita y estremece.
Discute los diversos enfoques que se encuentran en la obra de Ortega, por caso el perspectivismo, como conciliación entre el relativismo y el racionalismo. Ortega considera que para quienes niegan la verdad, tampoco el relativismo podrá asumirse en serio, el cual es en últimas escepticismo, en oposición a toda teoría. Ortega llega a la conclusión de la necesidad de ligar la verdad y la razón con la vida.
Uribe-Ferrer en sus reflexiones asevera el peligro que es acudir a las comparaciones en filosofía, puesto que puede llegarse a confundir identidad con semejanza. Ortega encuentra la razón vital en especie de salida al racionalismo y al vitalismo, con enunciados relativos a un tiempo nuevo deseado donde la cultura, la razón, el arte y la ética sirvan a la vida.
El autor en tanto establece que en Ortega la idea de “realidad radical” conduce a plantear una nueva comprensión del conocimiento. Pero anota que desde Aristóteles hasta Descartes, la filosofía conserva la concepción de Parménides en el ser inmutable y eterno. Ortega procura eludir a Parménides y reivindicar a Heráclito.
Uribe-Ferrer redondea su estudio sobre Ortega y Gasset enunciando las contribuciones que estima esenciales del pensador español: 1. El perspectivismo, en la idea de la validez de todas las corrientes del pensamiento; 2. El historicismo, en la intuición mayor para comprender el pensamiento humano; 3. El “yo soy yo y mi circunstancia”, como fórmula integradora de la realidad, y 4. La razón viviente. Complementa advirtiendo que no son creaciones propias de Ortega, pero si tuvo la capacidad de formularlas con sentido integrador.
A la altura de estas apreciaciones, es importante recordar algunos detalles del pensamiento de Ortega. Aludió a la “vitalidad psíquica” en relación con la condición personal que permite la “aprehensión adecuada del medio”. Y de igual modo, la “conciencia moral” trata de adaptar nuestros gustos al contexto social, considerando lo que la sociedad aprueba y desaprueba, lo que implica activar mecanismos interiores para saber qué es lo que se quiere hacer, en virtud de esas normas sociales. También en esta línea de pensamiento, Ortega se plantea la diferencia entre “querer” y “desear”. Establece por “querer” el querer la realidad de algo y a su vez los medios para realizarlo. En cambio, “desear” implica una consideración de más rigor, hasta considerar que “el deseo, en sentido estricto, implica el darse cuenta de que lo deseado es relativa o absolutamente imposible.” También incorpora la expresión “fauna psíquica” para aludir a la preponderancia de la inadaptación en los individuos con mayor presencia que la actitud prudente y útil. (cf. “Biología y pedagogía”, 1920)
Asimismo, conviene recordar otras contribuciones de Ortega, por caso en las nociones de Cultura y de Universidad. La Cultura la define como “el sistema vital de las ideas en cada tiempo”, relativas al mundo y a la sociedad en el tiempo. Y demandó que la Universidad incorpora la enseñanza de la Cultura como sistema de ideas. A la vez, de manera taxativa estableció como función primaria de la Universidad, la ciencia, en los términos: “La Universidad tiene que ser, antes que Universidad, ciencia… La ciencia es la dignidad de la Universidad.” Pero además, dice, la Universidad debe estar abierta a todo lo demás, a la plena actualidad. (cf. “Misión de la Universidad”, 1930)
En contraste, Uribe-Ferrer en apartado sobre “La función del profesor en la Universidad” se plantea contra el peligro de las especializaciones, y más bien insiste en la capacitación integral de los estudiantes, con la misión de formar, ante todo, personas cultas, en la vocación de preparar profesionales calificados en cada una de las áreas. Y agrega que cada profesor además de enseñar una determinada asignatura deberá promover un espacio humanista en el aula y en sus lugares de trabajo con los alumnos, en la ambivalencia de “cultura teórica” y “cultura práctica”. En lo complementario dice que la Universidad y los profesores deben “fomentar y acrecentar la investigación científica.”
Aquí vale la pena volver a Ortega para precisar la idea de humanismo y de humanidades. Alude al origen de la expresión en “humanitas”, con un significado de “civilización” o “cultura”, en el antecedente grecolatino de referencia a comportamientos humanos ejemplares. Cuando se introduce la expresión “humanidades” llega a significar conocimientos y enseñanzas relativos a “obras poéticas, retóricas, históricas, jurídicas, didácticas, que griegos y romanos tuvieron a bien engendrar.” Para llegar a ser “conocimiento de conocimientos”. (cf. “Prospecto del Instituto de Humanidades”, 1948)
El libro de Uribe-Ferrer incorpora también tres artículos sobre la “Revista de Occidente”, con el énfasis en su singularidad en las expresiones de la filosofía por las voces de autores de alto vuelo, de amplia difusión y reconocimiento en Europa y Latinoamérica. La describe en diferentes épocas: la primera, dirigida por su fundador, José Ortega y Gasset, va de julio de 1923 hasta julio de 1936, interrumpida por el comienzo de la guerra civil española, y tuvo once publicaciones por año, con final de un número doble. En la segunda época fue dirigida por su hijo, José Ortega Spottorno, con ediciones mensuales entre abril de 1963 y octubre de 1975. La tercera época comienza en 1980, dirigida por Soledad Ortega Spottorno, y desde el 2007 la dirige un hijo de Soledad, José Varela Ortega. En la actualidad está amparada por la “Fundación José Ortega y Gasset”, con producción de once entregas al año y una edición doble. Algunas ediciones son monográficas.
El libro tratado reúne hacia el final algunas alocuciones de Uribe-Ferrer en actos de grado. Y al final se incluye una conferencia sobre las “Visiones economicistas del hombre en América Latina”, donde objeta el consumismo como una forma de alienación, con críticas al antihumanismo y a los regímenes totalitarios y mesiánicos, con apoyo reflexivo en el “Documento de Puebla” (“III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano”, 1979).
Puede decirse que el libro es un compendio generoso de los escritos del autor, en general compilación de artículos de prensa, con algún ordenamiento metódico, pero queda claro que no fue una obra concebida de manera estructural, pero si da a conocer las inquietudes del profesor, con la discreta insistencia en su fe católica, lo que en alguna medida sesga ciertas interpretaciones de pensadores no practicantes de la misma fe. De resaltar que su creencia no es obsesiva, puesto que le permite abrirse en lecturas e interpretaciones, estimando los aportes fundamentales de los pensadores que trata.

René Uribe-Ferrer (1983; «El Colombiano»)
Manizales, En Aleph, Agosto del 2020