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Aleph, para no terminar vencidos

La revista Aleph “es parte de la historia de dos personas y de una ciudad. Es la historia de Carlos-Enrique Ruiz y de Livia González. Y es parte de una ciudad: la ciudad de Manizales y de quienes, desde dentro o fuera, han actuado, de alguna manera, para conservar abierta esta ventana al mundo del espíritu. Esta ventana abierta al mundo, que ha sido la revista Aleph, nos ha permitido ver y ser partícipes de las ideas que ocupan a los hombres de distintas latitudes” . Acojo ahora estas palabras pronunciadas por nuestro apreciado amigo Heriberto Santacruz, en su intervención en homenaje a los 25 de años de Aleph en 1991, ocasión en la cual también participaron otros dos reconocidos intelectuales y colaboradores habituales de sus páginas: Luciano Mora-Osejo y Rubén Sierra-Mejía.

Aleph igualmente hace parte de la historia personal de quienes, en su condición de lectores o colaboradores, se asoman, como dijo Heriberto, a esa ventana abierta al mundo del espíritu para “ver y ser partícipes de las ideas que ocupan a los hombres”. De Aleph supe desde mis años de estudiante de bachillerato en el Instituto Universitario de Caldas, cuando hasta nosotros llegaban los coletazos de los movimientos y revueltas estudiantiles que a nivel mundial identificaron los alucinantes años 60, después de los cuales el siglo XX sufrió sus cambios sociales y culturales más determinantes, quizás hasta 1989 con la caída del muro de Berlín, cuando se dio otro inicio y también comenzó para mí otra historia con Aleph, la de colaborador, con un artículo sobre el arte en Heidegger. Hasta entonces, mi relación con la revista era la de un lector que en silencio se alegraba de poder alimentar con ella dos pasiones de su vida: el entusiasmo por la literatura y el arte y el interés por la ciencia; vale decir, la pasión por los asuntos de los sentimientos y por los de la razón. Y hacia comienzos del año 2006, en la edición 137, fue una verdadera y grata sorpresa ver mi nombre entre los integrantes de su Consejo editorial y que el maestro Carlos-Enrique Ruiz me incluyera generosamente, también en silencio, entre sus colaboradores cercanos.

No puedo menos de reconocer que Aleph en realidad es una fiel compañera de nuestro paso por la vida, porque no se trata de una publicación cuyo fin sea presentar trabajos académicos, donde por lo general sólo interesa encontrar uno o dos artículos relacionados con nuestro interés profesional especializado, cercados por un lenguaje técnico, cargados de referencias y alejados de los afanes de la vida. Es el modelo de publicación al que las autoridades universitarias del país le otorgan el mayor valor con sus criterios de indexación y a los que, por fortuna, Aleph jamás podrá corresponder. Ella es, más bien, el refugio amoroso para quienes también queremos fundar con metáforas y palabras libres de conceptos otro mundo que como humanos es el que en realidad nos pertenece.

Somos como aquellos viajeros que cuando arriban cansados con los suyos a un lugar desconocido, sin haber previsto aún donde pernoctar, sienten un intenso desamparo y desolación hasta cuando encuentran donde refugiarse. Y es, justo, cobijo lo que ofrece Aleph en medio de la aridez del mundo de la producción lucrativa a todo costo, del consumo, de la publicidad, de la farándula y la figuración. Sus prodigiosas puertas están abiertas desde 1966 para dar abrigo a todas las dimensiones de la cultura: la ciencia, el arte, la poesía, la filosofía, la política, la economía, etc.; a todas las tendencias, estilos y gustos; desde los más reconocidos escritores a nivel mundial hasta las jóvenes generaciones. Siempre ha procurado que todos esos intereses se expresen mediante la creación literaria y el ensayo, consciente de que seguramente Montaigne, el maestro del ensayo, se hubiese muerto de hambre si su producción tuviese que ser calificada con puntos para ganarse el pan.

Aleph, en verdad, es un territorio libre y abierto a los afanes humanos, gracias al cual nos damos cuenta de que el mundo no son las cosas que nos rodean, ni es una suma de objetos, de hechos o sucesos, sino de sueños, esperanzas, fracasos, angustias, apremios, nostalgias y deseos; y en virtud de todos estos sentimientos, aprovechando la libertad de pensamiento que la revista ofrece, podemos ver transformado todo lo dado en los universos poéticos que habitamos mientras existimos. El mundo es lo que cada uno construye a partir de lo que tiene, con su imaginación y fantasía, y al fijarlo en la palabra escrita no quiere que se hunda bajo el peso de las obligaciones cotidianas o de la explicación racional precisa. Aleph está abierta para la permanencia de esas creaciones del espíritu.

No es casual que su nombre, asociado a la versión matemática de la teoría de los conjuntos infinitos no numerables de Cantor, según lo explicó el ingeniero Armando Chaves A., en el primer número de octubre de 1966, haya terminado más identificado con el Aleph de Borges. “¿El Aleph? –repetí -Sí, el lugar donde están sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Y es así porque en cualquiera de sus ejemplares, tomado al azar, avistamos infinitos lugares para que los habite quien lo desee de acuerdo con sus gustos, querencias y el ritmo personal que le quiera imprimir a su propia vida. Sus ilustraciones en la pintura, el dibujo, la escultura llevada a foto, el grabado, la fotografía; la poesía, el cuento; el ensayo científico, filosófico o literario; la entrevista. La mirada personal que su director Carlos-Enrique Ruiz tiene de la cultura regional, nacional y universal, es registrada en las notas, junto con la opinión o el comentario de muchos de sus lectores. El tono de las entrevistas muestra que su encuentro con los entrevistados es una experiencia vital, cálida, íntima, distinta a un mero ejercicio periodístico en el que dos personas forcejean por lucirse cada uno a su modo. Y la conversación viva, igual que el manuscrito autógrafo, es como el intento para que la persona del amigo, no sólo sus escritos, todavía nos acompañe en la casa que es Aleph.

Decía Germán Arciniegas: “Aleph de Carlos-Enrique Ruiz sostiene desde Manizales el hogar que ofrece Colombia a los hombres de letras. Carlos-Enrique Ruiz se ha empeñado en sostener una casa abierta para ellos, con una devoción que recuerda sumados los nombres de Tomás Maya (Revista Popayán), Ramón Vinyes (Voces), Antonio J. Cano, y cuantos han dirigido revistas literarias en Colombia… las relaciones que cultiva Carlos-Enrique Ruiz con su revista “Aleph” de Manizales le sirven a Colombia más en la sociedad literaria de Nuestra América y España que ninguna revista de Bogotá”

La carátula 100 (enero-marzo de 1997), un dibujo de Sergio Trujillo-Magnenat titulado “Don Quijote Triunfante”, pareciera ser una alusión irónica cuando asocia el triunfo al nombre de un personaje cuyo único logro fue haberse hecho famoso por sus locuras, mientras que nuestra época piensa todo triunfo en función del éxito en los negocios. Pero gracias a su insistencia en vencer la cordura y en convertir la revista Aleph en una ‘obsesión personal’ durante 43 años, ha podido Carlos-Enrique Ruiz y su fiel escudero Livia González, mantener en pie esta querida casa del espíritu, para quienes insistimos en seguir disfrutando del universo conformado de palabras y gozar de quienes en la vida nos acompañan.

Y si la vida misma se resiste a nuestros deseos, si ante la vida rutinaria donde el Quijote terminó derrotado, como en el poema Vencidos de León Felipe, finalmente tenemos que renunciar a ellos, aventuras como la de Aleph son las que nos impide hundirnos del todo en el vacío. Gracias maestro Carlos-Enrique y Livia por mantener esta casa, admirablemente abierta.

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Edición No. 150