Algunos Sanchos, algunos Quijotes, algunas quijotadas admiradas: diez apostillas
Ya no puedo volver al Quijote embriagado y al Sancho sobrio. Un grupo de teatro de Bogotá, el de la Candelaria, montó hace cerca de siete años, bajo la dirección de Santiago García, un Quijote tremendo, alucinante, con un Caballero de la Mancha absolutamente consciente de que deliraba y un Sancho absolutamente capaz por momentos de interpretar las cosas tal y como las llegaba a ver el Quijote desde su más completo delirio.
Se ha indicado que nuestro tiempo es el del fin de los macro-relatos, el fin de los grandes delirios compartidos, donde una interpretación de la historia permitía e impulsaba enormes quijotadas individuales o colectivas. Se trata de un fin nada exento de nostalgias.
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Contemporáneamente Quijote es quien persiste en la acción y en la interpretación no convencional de objetos, acciones y personas, aún cuando cada rato sufra el vértigo de una visión plana y desencantada de la realidad, de los otros y de sí mismo. Es el que delira a sabiendas, el que sabe que los demás se dan cuenta de su delirio. Es el que adivina que los demás también tienen capacidad de delirar, pero la mantienen controlada, reprimida y la ejercen si acaso sólo por momentos.
Tal vez el principal encanto de las novelas es poder reconocerse uno de manera variable entre varios personajes, distribuirse en las identificaciones. En efecto, uno no se identifica solamente con uno solo de los personajes, uno reconoce varias facetas propias, realizadas o posibles, encarnadas en esos distintos caracteres y esas diversas trayectorias vitales. Mi vida hubiera podido ser la de un Sancho siempre preocupado por la morada, por el punto de llegada dónde dormir y por la angustia de contar con viandas, ropa y compañía para el día siguiente. De hecho lo ha sido. También hubiera podido ser la de un Quijote absolutamente engolosinado con el camino, con la jornada, consciente de mi apuesta por la fuerza de las interpretaciones y de mi apuesta por la confianza. Confianza en la confianza es el bellísimo título de un capítulo de Confianza, un librito -contundente como pocos a pesar de su mala traducción- escrito por Niklas Luhmann. Conclusión: a veces las quijotadas funcionan. A veces no hay alternativa.
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Durante un tiempo creí que era fácil instalarme permanentemente en la certeza así como había sido fácil instalarme casi irreversiblemente en la duda. Si se me permite una caricatura, lo nuevo traducía una relación con Dios judía, y lo viejo una relación agustiniana. De hecho, poder saltar del trabajo absolutamente inscrito dentro de un paradigma a la conciencia clara de relatividad y limitación de ese paradigma, y viceversa, fue lo que más me enseñó la filosofía. Y la vida lo agradeció.
La próxima quijotada que nos espera será considerar con enorme sutileza y cariño y consistencia a aquellos colombianos que han optado por la ilegalidad. Significará plantearles con total sinceridad que su negocio, su forma de reproducirse, es absolutamente insostenible, por destructiva, para ellos y para el país. Pero también ellos han sido por momentos Sancho Panzas y Quijotes extremos. Y en la vida, tal vez desde el comienzo, como en la versión de la Candelaria, Sancho cuida al Quijote y el Quijote cuida a Sancho.
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Una quijotada admirable fue protagonizada en Onzaga, un municipio de menos de 10.000 habitantes de Santander, Colombia. Un grupo pequeño de ciudadanos, ante el anuncio de la llegada de un grupo ilegal que prometía acabar con el abigeato (y que ya lo había hecho en municipios vecinos mediante tenebrosas acciones de limpieza social), se dio a pintar en las paredes del casco urbano una sola consigna: “Los ladrones son nuestros”. Y, créalo o no el lector, el grupo ilegal optó por no entrar. No conozco mejor resumen del estado de derecho: la sola consigna y la voluntad que en ella se expresa impidieron el camino fácil de la supresión del otro. Kant, en la Paz perpetua (debo la cita a Guillermo Hoyos), dice palmariamente que lo grave de la guerra es que crea más malos de los que suprime.
El Quijote es un aporte como pocos a la reflexividad, a la conciencia del delirio en medio del delirio, a la capacidad siempre presente de mirar las cosas también sin el delirio. Indica el drama de comprender que ambas miradas están condenadas a coexistir sin poder anunciar de antemano cuál predominará cuándo y por cuánto y a cuánto costo para sí y para la humanidad.
A mi también se me han subido los libros a la cabeza, también por momentos he intentado justificar lo injustificable y mirar el mundo como si una interpretación llegara a justificarlo todo con tal de defenderse ella y de realizarse. Por eso entiendo cada vez más esas parejas absolutamente absurdas, que presentan hoy una interdependencia total: ¿qué sería del pobre estado autoritario sin el terrorismo? ¿y qué sería del pobre terrorismo sin el estado autoritario?
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Un Quijote raro (que terminó momificándose a sí mismo: su momia la pude visitar en la Universidad de Londres) fue Jeremías Bentham. Quiso probar que la consideración a las razones y los intereses más prosaicos, el respeto total por nuestro sanchopancismo, podía llevar, si se era asumida de manera consistente, a una moral y a un derecho que garantizaría la mayor cantidad de felicidad en el mundo. Tomarse en serio a Sancho Panza es posiblemente hasta ahora la mayor quijotada exitosa de la historia de la humanidad.
Si en Colombia murió gente por defender (o por oponerse) a la enseñanza de Bentham, todavía sería tiempo de proponer como obligatoria en los colegios la lectura del Quijote. ¿Para qué? Para ampliar la posibilidad de reconocerse cada alumno en lo que tiene de uno y de otro de sus personajes. Y para gozar con sus múltiples y contradictorias moralejas: desde “quién no ha sido o no ha soñado con ser un Quijote” hasta “de los Quijotes líbranos señor”.
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Detrás del más obvio mensaje, el de que las apariencias engañan, viene otro más sutil: ciertas emociones y cierta voluntad de buscar acciones (proezas) que permitan sentir orgullo facilitan, inducen, lecturas sesgadas de esas apariencias. Y lo asombroso, lo aleccionador para muchas historias humanas, es que una vez iniciada una narrativa a partir de un malentendido, la narrativa se retroalimenta: las nuevas acciones y reacciones adquieren un sentido compatible con la narrativa previa y de ese modo la refuerzan.
El Quijote es un buen paradigma de literatura reflexiva. Un buen antídoto a la excesiva confianza en un conocimiento de la realidad basado en los libros y en su glorificación de las aventuras principalmente guerreras. Un libro pacifista que trata con distancia y al mismo tiempo con cariño y con respeto los desafueros del espíritu guerrero. A su vez, la ya mencionada preocupación de Sancho por la morada y la invitación del Quijote a gozarse la jornada no solo muestran la tensión entre la orientación a procesos y la orientación a resultados; ilustran, sin tomar excesivo partido por ella, la moderna racionalidad pragmática. Más que hacer una apología del desencanto, documentan con cautela la irremediable dialéctica entre encanto y desencanto.
¿Hay una reivindicación de Sancho Panza? ¿Qué significa? ¿Una menor valoración del honor, una prudencia ante la atribución de intenciones hostiles, una resignación a la cordura?
Milan Kundera culmina Jacques y su amo con una notable escena donde el amo ya no quiere señalar el camino y es el esclavo el que le revela una terrible verdad: “adelante es para cualquier lado”. La misión de proponer la misión sigue viva. Aún si se derrumba la pretensión de que la elección de la misión tiene algún fundamento objetivo.
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Dos personas, padre e hijo, discuten alrededor de una mesa: “que es un seis”, “que no, que es un nueve”. La cámara toma altura y da un giro que permite entender que el enorme signo pintado sobre la mesa es legítimamente interpretado por las dos partes. Rodrigo Guerrero fue el Quijote de la convivencia que produjo y durante meses hizo ver en los canales regionales de Cali y el Valle este claro video. “Ya te conté mi 6, ahora explícame tu nueve” terminó siendo un recurso usado por la gente en muchas discusiones. Ojo, nada de todo lo escrito significa un “da lo mismo” y menos aún un “todo vale”. “Contextualismo sin relativismo” resumiría Ben Ami Scharfstein, un filósofo judío colaborador y buen amigo de Aleph.
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Sin las emociones de la quijotada, la vida pierde sentido.
La reflexión es por si misma una alternativa al paso intempestivo a la acción. Sopesar críticamente diversas interpretaciones de unos mismos hechos es ya de por sí formativo y contribuye a la prudencia.
Sancho encarna tal vez la secularización, pero es una secularización más bien humilde, que no exalta mucho la superioridad de su punto de vista. Si el narrador termina de su lado es más bien lamentándolo: la ética del superhombre era más atractiva. Pero mientras la tentación de matar como solución a la diferencia siga ahí, esta ética, la del superhombre, es auto-destructiva.
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Bogotá, con métodos civilistas, educativos y policivos acaparados por la Constitución, redujo en los últimos 10 años su tasa de homicidios de 80 a 22 homicidios por 100.000 habitantes por año. En la oscuridad, un reciclador mal trajeado me gritó con orgullo “Antanas, ya tengo cédula”. Parte del inventario vital de todo ser humano es haber participado con éxito en alguna quijotada.
Otra alucinante quijotada reciente la viví el 30 de noviembre 2003: más de cien músicos, entre músicos de la calle y músicos de salón o escenario, le pusieron música al artículo 11 de la Constitución Colombiana. Y más de cien ciudadanos nos sumamos cantándolo varias veces mientras asistíamos con orgullo a unos columbarios, hoy en día vacíos, del antiguo Cementerio Central de Bogotá.
Dice el tal artículo 11: “El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte”. Allí se indica la más importante de las quijotadas contenidas en ese proyecto de país que es la Constitución: contener la violencia mediante una justicia reglada y no mediante la venganza propia de la justicia privada.
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Frente a los caballeros reales y a los de los libros de caballería, Sancho Panza y el Quijote sobresalen porque aún siendo su(s) delirio(s) de lejos más extremo(s), al menos que yo recuerde, lo celebrado, lo destacado, lo puesto de relieve, no es nunca la muerte del rival, sino lo pequeño, lo nimio del daño, y el hecho de que cada exceso del delirio fundamentalmente produce auto-destrucción. Así se entiende que las guerras terminan siendo absurdas competencias de acciones de auto-daño (gana quien menos auto-goles cometa y en conjunto, como humanidad, se gana reduciendo tanto la suma de goles como la de auto-goles). Pero la reflexión, y la capacidad de ver las cosas como las ve el otro, llevan a una sana (aunque precaria, y a veces tardía) autocontención.
Quijotes como Martin Luther King o Gandhi, reconocieron y movieron en ellos mismos y en los demás las dos miradas, radicalizándolas y relativizándolas, sucesivamente. Como lo saben hacer en Colombia los indígenas del Cauca en su resistencia a los diversos grupos armados. Tal vez no son héroes. Sólo hacen en cada momento lo que saben que deben hacer. Son maestros de la autocontención.