«Alma mía lejana»: apuntes para «Amelia», de Jorge Zalamea, editados por Catalina Rodríguez-Rodríguez
Mi cuñada Amelia Costa era una síntesis encantada de belleza, dulzura, sencillez, discreción y paciencia. Todas virtudes indispensables para manejar a un hombre tan difícil como Jorge.
Luis Zalamea
En el archivo de Jorge Zalamea Borda que conocí en el segundo semestre del año 2012 predominan los textos políticos, las críticas sociales y las traducciones. Mi tarea era encontrar un texto que me apasionara lo suficiente como para obligarme a desempolvarlo y a mostrarle la luz de la transcripción. Pero ninguno de los textos que “sabíamos” allí estaban me emocionaba lo suficiente. Yo quería descubrir otro Zalamea, yo quería leer en letra manuscrita una faceta distinta, yo quería palpar con las yemas de los dedos a un autor diferente al ya supuesto.
Detrás de todas esas facetas tan conocidas debía prevalecer alguna, que siendo distinta, lo humanizara para mí y para sus lectores. Así que busqué hasta que encontré un texto corto titulado “Noticias para Amelia”. Lo leí como por intuición, como por no dejar nada inexplorado y de pronto me abrazaron sus letras, me abrazó el dolor de sus letras. No sabía, en ese momento, quien era Amelia, incluso llegué a pensar que podía ser un personaje ficticio pero un par de preguntas bastaron para reconocer en ella al primer amor de Jorge Zalamea Borda.
Luego, junto con Patricia Zalamea, descubrí varios textos más que el autor había escrito para ella. Todos eran escritos póstumos, escritos que ella nunca leería, pero que la enaltecían como a pocas. Como dice en Memorias de un diletante Luis Zalamea el hermano de Jorge Zalamea Amelia se fue convirtiendo, a través de la lectura, en una “síntesis encantada de belleza, dulzura, sencillez, discreción y paciencia”. Amelia se fue convirtiendo en una síntesis encantadora que logró acercarme a la idea de ella no solo por mujer sino, sobre todo, por amada.
Amelia, en este pequeño fragmento de la obra de Jorge Zalamea, se convierte en la representación de la amada, la posibilidad de ver más allá de la función discursiva del autor. Es Amelia, precisamente, la que abre las puertas de la obra de su esposo, la que logra que esta extienda sus limites y se complemente.
Todo esto es posible gracias a que la persona amada se convierte en una exteriorización del amante y del amor mismo. Amelia es una exteriorización del mismo Zalamea, una versión de una de las posibilidades que este puede ser; y a la vez es una representación del amor porque a pesar de que las maneras de amar son distintas el amor, al menos como concepto, siempre es el mismo. En la persona amada reside el amor y el amor, por su parte, al cercarnos, nos hace más parecidos los unos a los otros y entonces, finalmente, termina por ponernos en el mismo plano del autor de estos escritos póstumos. Así la persona amada se convierte también en una manera de humanizar al autor y a su obra.
Lo que resulta innegable es el hecho de que detrás de todo autor siempre se encuentra la figura de la persona amada. Algunos autores transforman una parte de su vida y de su amor en obra, como Dante al introducir a Beatriz en la Commedia. Otros, mantienen a la persona amada al margen de su creación literaria y la esconden en la intimidad, como Pessoa con Ofelia. Y hay algunos que incluso juegan con la figura de la amada y la hacen personaje secundario de su más grande obra, como García Márquez en Cien Años de Soledad con Mercedes Barcha.
Pero lo que realmente termina convirtiendo a la amada en un elemento importante con respecto al autor es que ésta, en gran medida, condiciona la dimensión literaria del mismo. De ahí la importancia que el mismo Zalamea concede Amelia en los textos que siguen, de ahí que su dolor profundo parezca salirse de las páginas para arrastrarnos en su suplica, de ahí que de todos los textos que pude leer de primera mano en el Archivo de Jorge Zalamea estos fueran los únicos que lograran incluirme en su realidad.
Indagando sobre Amelia llegue a un retrato en blanco y negro con la firma de Leo Matiz en la esquina inferior derecha. Resultó tan hermosa como las letras lo habían anticipado. Después de verla y de leerla fue que descubrí que el mejor retrato que pudo hacerse de Amelia Costa lo hizo Jorge Zalamea a través de sus letras. La muerte y el recuerdo punzante e inagotable fueron, al parecer, sus cómplices. La voz que el autor construye para nosotros es una voz que le habla al “silencio de esa casa de ausencia”, una voz que anhela lo que tuvo y que cree en que el mundo después de la muerte y el de antes de la muerte pueden conectarse. La voz del autor en las páginas siguientes es la voz de un enamorado y así enamorado y dolido nos enamora de sus letras.
Esta transcripción surgió entonces de la necesidad de recrear ese retrato, de la necesidad de rescatar a esa mujer amada, de la necesidad de transportar la voz del enamorado, de la necesidad de concluir de alguna manera ese anhelo inconcluso que sentimos venir hacia nosotros desde el texto. Queremos que Amelia logre existir en cada uno de los lectores porque lo que Jorge Zalamea logró con sus textos, tal vez intencionalmente o sin darse cuenta, fue inmortalizar a esa mujer que amó tan a su manera.
Cuando se escribieron los textos aquí recopilados Amelia ya había muerto, como ya se dijo, en esa realidad difusa que imaginamos del otro lado del espacio temporal de los manuscritos y sin embargo seguía estando viva en la pluma de Jorge Zalamea. Estaba viva en su pluma y empezó a estar viva también para mí desde la primera lectura. Así que esta pequeña recopilación de textos pretende que la Amelia que Jorge Zalamea quiso revivir para sí mismo reaparezca a través de la certeza de su muerte viva también para nosotros.
Nota Filológica
Los textos aquí transcritos son inéditos y pertenecen a dos cuadernos, cuaderno No 21 y cuaderno No 6, que se encuentran en el archivo que Patricia Zalamea la nieta del autor conserva. Todos surgieron a partir de un ejercicio para el seminario de Edición de la Universidad de los Andes que dirige Jerónimo Pizarro.
El primer texto “Noticias para Amelia” lo encontramos en un cuaderno de pasta negra, fabricado en Roma que contiene también algunos comentarios acerca de una traducción y un pequeño escrito político.
Los textos que le siguen a “Noticas para Amelia” forman parte de un segundo cuaderno situado por el autor en el año de 1944 y fabricado en México, lugar de residencia de Jorge Zalamea en esa época. Los textos de esta recopilación componen las primeras ocho páginas del cuaderno.
Contamos con la ventaja de que en estos escritos para Amelia, Jorge Zalamea corrige muy pocas cosas, las ocasiones en que encontramos tachaduras, añadidos o cambios son muy escasas. La transcripción se presenta en limpio pero se indican en notas al pie las ocasiones en las que existen correcciones sustanciales.
Las correcciones a partir de los últimos textos, sin embargo, se hacen más recurrentes. Podríamos intuir que sucede así debido a que a partir de ahí los escritos dejan de ser noticias o apuntes póstumos dirigidos para una sola persona, para convertirse en textos que presentan una escritura que quiere comunicarse con un público más extenso, un público que se extiende a partir de la figura de Amelia. De este modo Amelia, a partir del trascurrir del cuaderno, deja de ser causa y consecuencia de los textos de Jorge Zalamea para convertirse en el motivo y en la renovada excusa para la escritura. La corrección más frecuente es el cambio de una palabra por otra, a pesar de que ambas puedan integrarse a la misma frase. Este cambio parece surgir de una re-lectura que el mismo autor hace de sus textos después de escritos.
Para que el lector pueda tener una idea más clara de la distribución en la que el autor dispuso los textos manuscritos se incluirá el número de la página siguiente entre corchetes [ ] justo después de la última palabra de la página anterior.
Noticias para Amelia / por: Jorge Zalamea
13-XI-46[1]
Lo sabías antes ―[2]¿y cómo no lo sabías mejor ahora?―: la cándida malicia con que el desesperado corazón se alimenta. Son ya más de dos años el tiempo de tu ausencia, de tu silencio, de mi inútil esfuerzo por acercarme a ti, o acercarte a mí. No quieres o no puedes darme noticias tuyas. ¿Me permites que yo te las dé del mundo que tan sosegadamente quisiste y que a ti te amó[3] con inesperada justicia?
21-X-944[4]
Recuperarte, será un largo dolor y una inalterable paciencia. Pero tendrá que llegar el día en que vuelvas a mi vida, creada de nuevo en mi propio tormento y ya no perecedera.
Con tu ausencia, vuelvo a tener la sensación alucinante que tuve mientras no te conocí: la de que los hombres, mis semejantes, no son sino máscaras. Sólo contigo me fue dado conocer la autenticidad del ser humano. Nadie que te conociera dejará de hablar de tu bondad y tu gracia, de tu misteriosa belleza, de tu inefable don de amistad; pero acaso sólo yo sepa hasta qué grado fuiste verdadera.
¡Con qué sencillez confundías la fe en Dios con el amor a la tierra!
La vigilancia discreta fue el ejercicio predilecto de tu corazón. [3]
¿Cómo podré creer en la inmortalidad del alma después de que dejaste incumplida tu promesa? Te he llamado en vano. Si no respondes, es porque…Tu amor, lo sé, era más fuerte que la muerte. Con él hubieses vuelto a mí desde la sombra o la luz del trasmundo.
Es como si me hubiesen vaciado las entrañas. Y me hubiesen enceguecido. Es como si mi lengua no distinguiese ya los sabores. Y se hubiese retirado la sal de la vida. Y andase a tientas, entre gentes de humo y cosas de ceniza. Porque no me respondes, porque no cumples ―porque no puedes cumplir―tu voluntad de acompañarme desde…¿dónde?
La noche y la soledad son ahora tu reino, tu parte no compartida. Vives en el silencio y la sombra, a costa de mi anhelo y mi inútil esperanza. Tu sabes que apenas vivo ahora[5] para esperar el momento en que me dejen solo, en el silencio sin medida ni hora. Entonces [4], en vez de espantarme de la indiferencia del universo, te llamo y me quedo largamente a la escucha. Pero ni la sombra de tu mano desciende sobre mi cabeza, ni el soplo de tu aliento me roza, ni el propio corazón siente que tú, invisible, sigas de amorosa centinela. Es entonces cuando el dolor tan difuso y variable, se hace duro, pesado e irremediable.
22-X-944[6]
El despilfarro adorable de tu caridad y tu ternura
Paseo sin ti. Todo lo que veo lo refiero a ti. Como si fueses a mi lado, en una tenaz[7] presencia que aumenta mi dolor y mi nostalgia. Si veo algo hermoso en la vitrina de un comercio, mi ciego amor me mueve a comprarlo para ti[8] al mismo tiempo que la tremenda verdad me recuerda que ya no puede haber para ti otro regalo que el del amor desesperado y la memoria [5] lancinante.
¿Tampoco hoy vas a hacerme un signo? Mira que en mi transida soledad de amor, bien pudiera frustrarse todo lo que tu vigilancia defendió en diecisiete años. Ya te lo he dicho: sólo en ti conocí una mujer auténtica, un ser verdadero, una persona sin máscara. Y tú supiste ―sin decirlo nunca― que nada era más necesario ni más ejemplar para mí, que vivir al lado y con el tierno consentimiento de esa autenticidad humana que hacía de ti una alumna maestra, no ya de tu propia vida, sino de cuantos en torno a ti vivían.
Donde están el amor y la caridad, está Dios, -quedó dicho por San Pablo. En ti vivía el reflejo de ese Dios. Tal vez ese sea el secreto de que los hombres y las bestias te amaran en un grado que sólo tu ausencia ha sabido decirnos.
¡Si pudiera contarte cómo esa “Bogotá [6] adorada” para la cual enviabas un beso en tu última carta, te quería! Hasta las gentes que de ti no supieron otra cosa que las gracias tuyas referidas por terceras personas, sintieron tu ausencia como una misteriosa calamidad y se inclinaron sobre mí con una ternura que era obra tuya, tu sencilla, tu tácita enseñanza.
Hay como una luz incierta en mi dolor, en mi irremediable soledad: el conocerte ahora, el saberte ahora mejor que nunca. Cuando estabas conmigo, el orgullo de sentirte mía[9], me impedía darme cuenta cabal de tan inusitada riqueza[10]. Ahora sin ti, sin tu adorable presencia, sin la actividad de tu desvelado amor, ya sin posible egoísmo, empiezo a entrever que tu misión era más alta que la de regalarme tu amor y concederme tu vigilancia.
En ti, la alegría no era liviana; ni la belleza incitante; ni la inteligencia presumida; ni la bondad ostentosa; ni la moral rígida; ni la amistad calculadora; ni la ternura enfermiza. Pero en ti el amor y la caridad eran como los lirios del campo, que hasta el mismo Dios debe admirarles por su sencilla magnificencia.
¿Recuerdas cuántas veces leímos juntos la primera Epístola de San pablo a los Corintios? Cuando dice: “La caridad es paciente…”, por espejo y en la oscuridad de los designios de Dios, estaba trazando tu más fiel imagen. Ni envidiosa, ni inconsiderada, ni henchida de orgullo, ni inconveniente, ni interesada, ni irascible, ni maliciosa, ni injusta, sino paciente, tierna, regocijada en la verdad excusándolo todo, creyéndolo todo, esperándolo todo, soportándolo todo. ¿Acaso sabía yo al leerte esas palabras, que ellas eran el más delicado mimo, el más alto y cierto piropo que podía hacerse a tu alma? Y hoy sólo puedo gritar hacia el espantable vacío de la noche que todo eso eras tú y que todo eso me fue[11] quitado para que más te amase, pero ya en la irreparable amargura de tu ausencia.
Siquiera un soplo cerca de mí. Me bastaría para creer y fortalecerme. Lo espero, alma mía lejana. Dame esa certidumbre y acaso puedas entonces lograr que mi bajeza se convierta en lo que siempre quisiste fuera yo.
23-X-944
Sólo quisiera pedirte que me dejases llorar un momento entre tus manos. ¿Vendrías? Esperándote, he asesinado al sueño pero tengo la cabeza turbia de los ensueños tuyos, y los párpados como de plomo y los ojos secos.
[1] En 1946 habían pasado dos años desde la muerte de Amelia Costa, la primera esposa de Jorge Zalamea Borda. En este momento Jorge Zalamea ocupaba el cargo de Ministro Plenipotenciario en Italia. Desde allí escribe este pequeño texto.
[2] En el original no hay apertura del signo de interrogación.
[3] En el original se lee: “y que a ti <que> te amó. El símbolo <> se usa para evidenciar la palabra tachada en el manuscrito.
[4] Los textos que se presentan a continuación tienen fecha de 1944, año de la muerte de Amelia Costa. En este momento Jorge Zalamea ejercía como embajador de Colombia en México.
[5] En el original se lee: “Tu sabes que <solo> [↑ apenas]. El símbolo [↑ ] se usa para indicar que la palabra se añade arriba de la palabra tachada.
[6] A partir de aquí el manuscrito está en lápiz.
[7] Este tenaz parece estar acentuado en el original.
[8] Este “ti” y alguno de los siguientes parecen estar acentuados. Para este caso decidimos quitarle la tilde.
[9] La palabra “mía” no está acentuada en el original.
[10] “Riqueza” aparece escrita con s en el original.
[11] En el original la palabra “fue” aparece acentuada.
