América Latina y África. Diálogo con el otro lado del espejo
En la Feria del Libro de Madrid de 2017 tuve la fortuna de conocer a un gran hombre, Max Liniger-Goumaz (Suiza 1930-2018); fue en la presentación de su libro Guinea Ecuatorial Memorándum (Grupo Editorial Sial Pigmalión-Casa de África, Madrid, 2017); con prólogo de Valentín Oyono Sa Abegue y cuya traducción al español, así como el epílogo, estuvo a cargo de Djongele Bokokó Boko. Ante mi surgía un hombre que amé y admiré instantáneamente. Lo que más me impactó fue el respeto y el amor con el que habló sobre Guinea Ecuatorial; y el otro aspecto que se reveló ante mis ojos fue que supe de inmediato que estaba al frente de un verdadero Humanista; así, con mayúscula. Se trató, por supuesto, de una experiencia que he tenido muy pocas veces en mi vida; no porque no haya tenido la fortuna de conocer personas muy cultas, eruditas, inteligentes, sino porque ser “humanista” va mucho más allá de la sapiencia y de la cantidad de libros que se hayan escrito o leído. Para mí el Humanismo pasa obligatoriamente por el respeto hacia mis congéneres; y cuando éste no existe, no puedo hablar de “Humanismo” sino de “conocimiento”. Y respeto fue lo que escuché de labios de Liniger-Goumaz; más aún, lo vi en sus ojos azules y transparentes. Por eso lo amé. Aún no sabía que su breve intervención, apoyada por Valentín Oyono Sa Abegue, iba a abrirme una puerta desconocida y que el paso de ese umbral me llevaría a un mundo en cierta forma desconocido para mí.
Por el momento volvamos a la mesa donde se presentaban varios libros sobre la República de Guinea Ecuatorial. Ese día conocí diversas opiniones sobre ese país que de repente surgía ante mis ojos de forma inusitada; no porque no supiera de su existencia sino porque nunca me había detenido a pensar en él. Una de las primeras personas que habló esa mañana fue un señor de avanzada edad, y que por lo tanto había trabajado en Guinea Ecuatorial cuando aun era una colonia española. Recuérdese que su independencia del yugo colonial solo se dio el 12 de octubre de 1968. Y yo, colombiana, latinoamericana, me encontraba de frente con un “colonizador” que en cierta forma lamentaba que Guinea Ecuatorial ya no fuera una colonia; incluso, en el 2018 cuando le increpé, por decir, sin sonrojarse, que el pueblo guineano era inferior al español, otro de los áulicos del desaparecido Imperio Español me “explicó” que si se hablaba de “inferioridad” era porque dicho pueblo no tenía una lengua escrita antes de la llegada de los españoles y que gracias a ellos habían aprendido a leer y a escribir. Como si la tradición oral, inmensamente rica en cosmogonía, en leyendas, en cuentos, nunca hubiese existido en Guinea Ecuatorial. En otras palabras borraba de un tajo la antropología cultural. Mi intervención no les gustó y trataron, como buenos “patriarcas colonialistas”, de impedir que yo siguiese hablando. Y por supuesto que yo estaba indignada, como lo había estado un año antes donde el señor en cuestión había repetido el mismo discurso de la “colonización buena” en Guinea Ecuatorial. ¿Colonización buena? ¿Decir eso ante varios guineoecuatorianos y latinoamericanos que nos encontrábamos en el recinto? Ni que decir que lo recibí como una enorme bofetada. Máxime que la fecha de independencia de Guinea Ecuatorial, como acabo de anotarlo, fue el 12 de octubre de 1968. Es decir, yo, que nací a finales de 1955, hubiese podido ver la luz en plena colonia española. Pero además esa fecha me ponía enfrente del fatídico 12 de octubre de 1492 cuando las tres carabelas llegaron a la isla de los Taínos -a la que Colón llamaría La Española-; ya sabemos que posteriormente ese territorio se dividió en dos países, República Dominicana y Haití. Este último es el Estado más pobre del continente americano y uno de los más pobres del planeta. En otras palabras, una minúscula África en la que el colonizador, en este caso preciso Francia, no dejó ni migajas para poder construir un país. Porque ese es el “colonialismo”, arrasar con todo, destruir los cimientos, barrer con las riquezas del suelo; y cuando parten, obligados por el pueblo que se subleva, dejan a una población sin preparación para los menesteres administrativos -como fue el caso de los países de América Latina-; o bien ponen como “presidente” a una marioneta manipulada a control remoto por el Estado que había sido “colonizador”. Este es el caso preciso de Guinea Ecuatorial, puesto que España impuso como presidente a Francisco Macías Nguema; una especie de títere y tirano que obedecía ciegamente los intereses políticos y económicos del país que había sido su verdugo.
Así fue como Guinea Ecuatorial me abrió sus puertas; enfrente mío estaban dos hombres completamente disímiles entre sí. Uno que formó parte de los funcionarios españoles que tenían todo el poder económico, político y religioso, necesarios para avasallar al pueblo guineoecuatoriano; y otro, Max Liniger-Goumaz, que trató por todos los medios de conocer a fondo la cultura Bubi y Fang; las dos etnias principales del país en cuestión. No solo trató de desentrañar su cultura y su inmenso legado oral y escrito, sino que además estudió y divulgó su geografía, su historia, su economía. Hay momentos así, momentos raros y únicos, en los que nos confrontamos en cierta forma, y para decirlo de una forma coloquial y judeocristiana, al infierno y al cielo. Y por supuesto que me quedo con éste último; el otro, el “funcionario verdugo”, no tiene ni siquiera nombre; al menos para mí. Al día siguiente volví a encontrar al sr. Liniger-Goumaz; aun no sabía que sería la última vez que lo vería y que podría hablar con él; pocos meses después falleció. Y en esa ocasión estaba acompañado por un hombre joven cuyo rostro se quedó grabado en mi memoria. Ese mismo joven lo volví a encontrar en la Feria del Libro de Madrid de 2018; así que me le acerqué y le dije que lamentaba mucho el deceso de su amigo; ese hombre joven, que se había quedado grabado en mi memoria, era el escritor, investigador y feminista Juan Riochí Siafá (Ësàasi Eweera).
Desde entonces hemos estado contruyendo una hermosa y valiosa amistad; es así como hace poco menos de un año me propuso que hiciera la introducción de una antología que estaba preparando sobre diferentes escritores africanos. Me refiero a la Antología de la literatura hispanoafricana y afrodescendiente, bajo el sello editorial de Diwan Mayrit (colección Diwan África). Por supuesto que su petición me sorprendió en todo el sentido de la palabra; y sin embargo, no dudé ni un minuto en aceptar ese inmenso reto que él ponía en mi camino. De todas formas me hice algunas preguntas, tal vez la más reiterativa fue : ¿Por qué escogía a una colombiana para escribir la presentación de una Antología Africana ? Leí la obra con mucho cuidado, tratando de encontrar la razón de ese enigma ; y aunque había leído su prólogo la explicación se me había escapado. Es solo cuando me senté a escribir este breve ensayo que entendí la razón que lo había llevado a pensar en mí entre tantas otras personas que hubiesen podido escribir esta breve presentación de la Antología de la literatura hispanoafricana y afrodescendiente; posiblemente mejor de lo que yo puedo hacerlo. Y cuando lo entendí, leí de nuevo el prólogo escrito precisamente por él y encontré exactamente lo que estaba buscando:
Haciendo un breve recorrido por la literatura afrohispánica o afrohispanoamericana, podemos destacar que ésta abarca y ocupa un amplio escenario de diversas tradiciones. Como le ocurre a literatura africana de expresión castellana (literatura hispanoafricana), la literatura afrohispánica ha ocupado un lugar marginal en la reflexión y debate sobre la experiencia cultural de los descendientes de los africanos en toda América. Se trata en este sentido, de una literatura que no ha sido estudiada en su conjunto sino desde el punto de vista nacional. Es decir, cada nación se preocupa por su producción literaria de manera particular imposibilitando la creación de nexos. Haciendo que el objetivo de la producción literaria afrohispánica sea constituir y analizar un corpus de prácticas y textos literarios que representan, interpelan, simbolizan y dialogan con una experiencia histórica singular que tiene que ver precisamente con los orígenes africanos, los encuentros culturales atlánticos con el orden imperial español, la trata de esclavos, la desterritorialización cultural y lingüística, el asentamiento en amplios lugares del continente americano y contactos con otros grupos sociales, la explotación social, el racismo e invisibilidad social. Tratándose de esta forma, de una construcción crítica. (Juan Riochí. Ësàasi Eweera. “Antología de la literatura hispanoafricana y afrodescendiente. Textos literarios, científicos y académicos”; p. 5)
Y si traigo a colación esta cita es porque precisamente toco algunos de estos temas centrales de la historia latinoamericana y por ende de los lazos que nos unen a África. Y yo no diría solamente la producción afrohispánica ; al menos en el caso de Colombia la presencia africana está por todos lados ; no en vano nuestra danza nacional es un legado de África ; me refiero a la Cumbia. Sin olvidar decenas de otras danzas que nos trajeron los esclavos ; y con ella, la música, los mitos, las leyendas ; incluso el acento del Chocó (en el Pacífico colombiano) es una herencia clara de África. Podría decir, sin miedo a equivocarme, que cuando nos miramos al espejo, vemos las huellas de ese continente que llevamos en la sangre ; es más, cuando escuchamos los tambores nos paramos a bailar y a batir las palmas como si se tratase de un ritual íntimo y milenario del que no podemos ni queremos sustraernos.
Y luego de este enunciado, un poco largo pero necesario, quisiera decir que antes de leer la Antología de la literatura hispanoafricana y afrodescendiente ya me había internado un poco en la literatura africana. Básicamente con Léopold Sedar-Senghor, ese gran poeta francófono, pensador, lingüísta, y dos veces presidente del Senegal ; así como a algunos otros poetas senegaleses ; y por supuesto había leído con verdadera fruición al gran Chinua Achebe. Por otra parte, y bajo el consejo de Juan Riochí, leí Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie ; y mucho antes, en el 2006, Contours du jour qui vient (Premio Goncourt des Lycéens 2006) de Léonora Miano ; y por supuesto podría enumerar a algunos otros autores africanos cuyos libros están en los anaqueles de mi biblioteca y a los que he leído con interés ; como Mia Couto, por ejemplo. Lo que quiero resaltar es que la lectura de algunos de esos escritores me han conducido por uno de los universos literarios que me son caros. Me refiero a la presencia de la tradición oral, su influencia en la narrativa y ese mundo surrealista, onírico, mitíco, tan cercano a los autores del Caribe. No me refiero solamente a Gabriel García Márquez sino a Alejo Carpentier (Lausana, 1904 – París1980). Sobre todo a este parráfo maravilloso de su conferencia Conciencia e identidad de América dictada en el paraninfo de la Universidad Central de Venezuela el 15 de mayo de 1975:
En el año 1943 voy a Haití, casualmente, en compañía del actor Louis Jouvet y me hallo allí entre los prodigios del mundo mágico, de un mundo sincrético, de un mundo donde hallaba al estado vivo, al estado bruto, ya hecho, preparado, mostrado, todo aquello que los surrealistas, hay que decirlo, fabricaban demasiado a menudo a base de artificio. … Surge en mí esa percepción de algo que desde entonces no me ha abandonado, que es la percepción de lo que yo llamo « lo real maravilloso », que difiere del realismo mágico, y del surrealismo en sí. (Alejo Carpentier. “La Novela latinoamericana en vísperas de un Nuevo Siglo y otros ensayos”. Siglo XXI Editores, 2a edición, abril 1981; p. 102)
Lo que quería decir Carpentier es que la « realidad » haitiana, y porque no decirlo caribeña, galopa en espíritus, en fuerzas de la naturaleza, que para un europeo en particular, o un occidental en general, solo son producto de la imaginación en el mejor de los casos o de una mente febril en el peor de los diagnósticos de algún médico que consideraría que la persona a la que escucha hablar tiene síntomas esquizoides.
Pues bien, ese ingrediente de « lo real maravilloso », al que alude Carpentier, es lo que viví con la lectura de la Antología de la literatura hispanoafricana y afrodescendiente, dirigida por Juan Riochí (Ësàasi Eweera). El mundo de Achebe o de Ngozi Adichie o de Miano o de Mia Couto estaban allí presentes en varios de los autores que Riochí nos presenta en esta obra, de la que estoy segura va a convertirse en una lectura obligada para alguien que desee acercarse a la literatura africana en general y guineoecuatoriana en particular.
Ahora bien; ya he hecho un paralelo entre la literatura del Caribe con la literatura africana desde el punto de vista de « lo real maravilloso » ; no obstante, tal y como lo anota Juan Riochí en su prólogo, otras de las características que unen a estos dos mundos es el pasado colonial, y por supuesto, la trata de esclavos. No en vano, tal y como nos lo recuerda Alejo Carpentier, la trata negrera, como se conoce en América Latina a esa gran infamia que fue la esclavitud,
se ejerció en Cuba hasta 1882 y clandestinamente hasta 1890. Y yo he conocido en mi infancia negros en Cuba que no habían logrado aprender nunca una palabra en español y con quienes había que entenderse en una jerga extraña. He conocido negros que habían llegado en los sollados de la trata con anillas de hierro en el tobillo. (Alejo Carpentier, Idem; p. 94).[1]
Y Juan Riochí nos dice en su prólogo que Las literaturas hispanoafricanas y afrohispánicas o afrohispanoamericanas
tienen en común; por un lado, la lengua castellana como medio de expresión cultural y por otro lado, el continente africano como nexo y punto de partida. Estos puntos en común se condensan fundamentalmente en los orígenes africanos, la trata de esclavos, los encuentros culturales atlánticos con el orden imperial español, la explotación social, el racismo y la invisibilidad social.
Lo que me lleva inevitablemente a hablar de los niños haitianos a los que se les denomina comme [2] los Restavék!(Restes avec!; o sea, ¡Quédate con ellos!) En realidad son niños que son abondonados por sus propios padres en una familia que los recibe y los trata como esclavos. No tienen derecho a ir a la escuela y deben trabajar prácticamente como adultos desde edades muy tempranas y en horarios extenuantes. Duermen en condiciones miserables y se alimentan con los restos de la familia que los esclaviza. Además están expuestos a todo tipo de maltrato y de abuso sexual ; y si llegan a morir en manos de sus victimarios pues poco o nada sucede. El Estado haitiano cierra los ojos ante esta pavorosa realidad. En otras palabras, si bien Haití fue el segundo país de América, después de los Estados Unidos, en obtener su independencia y el primero en abolir la esclavitud, ésto, al menos en parte, solo se quedó en el papel. Los Restavék son esclavizados, explotados e invisivilizados, no por una potencia extranjera sino por sus propios coterráneos.
Esa explotación social e invisivilidad, que Riochí bien anota, la podemos encontrar en Chambacú, Corral de negros, o en Changó, el gran putas, o en Chimá nace un santo, entre otros, de Manuel Zapata Olivella (Colombia 1920-2004). Zapata Olivella, además de escritor, fue médico, antropólogo e investigador ; escribió varios libros y cientos de ensayos sobre lo que en Colombia se denomina la Afrocolombianidad. Por otra parte, su hermana, Delia Zapata Olivella (1926-2001), fue una de las más grandes figuras del folklor; fue la creadora y directora del ballet homónimo y con el cual viajó por todo el mundo, llevando la música y danzas del Caribe y del Pacífico colombiano e imprimiendo en letras de oro el nombre de nuestro país. Al igual que su hermano Manuel, Delia fue una incansable investigadora ; gracias a ella el rico folklor salió de pueblos de la Colombia profunda y hoy forma parte de nuestro patrimonio cultural intangible. Uno de sus discípulos, Carlos Jaramillo Vega, es hoy por hoy uno de los más grandes investigadores de danza contemporánea en Colombia ; es fundador de la compañía y la Escuela de Danza Triknia Khabelio, y muchas de sus coreografías tienen como fuente de inspiración el rico folklor colombiano. Es de anotar que precisamente es en estas dos regiones (Costa Atlántica y Pacífica) donde se concentra la mayor cantidad de descendientes de los esclavos ; por lo que la música y danza son un legado contundente del folklor del África negra.
No obstante, hay otro factor que nos une a África, en el caso específico de los colombianos, y del que se habla muy poco, es el aspecto idiomático. Una de las palabras insignes en Colombia es « Macondo » ; aunque muy pocos saben que su origen es Yoruba y que quiere decir « banano ». La otra palabra que utilizamos a diario es « combo », que quiere decir « grupo ». Imagino que tenemos muchas más ; y por supuesto tenemos inifinidad de apellidos de orígen africano. Estoy segura que « macondo », ese hermoso vocablo que suena a tambores, es ahora reconocido prácticamente en todo el planeta ; y eso gracias a Gabriel García Márquez.
Y como no hablar de la danza principal del Pacífico colombiano, el Mapalé. Y en esa misma región están Los Alabaos, esos cantos magníficos que acompañan a los muertos al más allá. De esa región podríamos nombrar a poetas excelsas como María Teresa Ramírez, Elcina Valencia y Mary Grueso ; las tres Almadres ; título honorifíco otorgado por el Encuentro de Mujeres Poetas de Roldanillo.
Por otra parte, en la Costa Atlántica -léase Caribe colombiano- están las lenguas créole y palenquera. La lengua « créole » la hablan los habitantes de la isla de San Andrés y la « palenquera » los habitantes de San Basilio de Palenque. Este último fue un pueblo que fundaron los esclavos cimarrones, el primer territorio libre de esclavos en América Latina ; de ahí que varias de las lenguas que hablaban se hubiesen fusionado con el castellano aprendido en las plantaciones de donde habían huído. Es importante anotar que hace algunos años esta comunidad publicó un libro de cocina; cuyo título es Kumina ri Palenge pa tó paraje” (Cocina palenquera para el mundo). Escrito en lengua palenquera y en español por algunos de los habitantes de San Basilio de Palenque y que para ese momento aun no sabían leer ni escribir; durante más de dos años asistieron a clases para poder publicar esta joya culinaria y cultural. Posteriormente el libro fue traducido al inglés y francés; y en el 2014 obtuvo el premio Gourmand World Cookbook Awards. Este galardón es el de mayor importancia en ediciones culinarias. En dicho libro se recopilan quinientas cincuenta recetas de la cocina palenquera. No obstante, el legado culinario africano se extiende mucho más allá de San Basilio de Palenque:
El Caribe colombiano se enriquece con los hábitos alimenticios de los esclavos venidos de África y con los cocos que venían en los barcos negreros; no hay que olvidar que hacían parte de la estrategia de los esclavistas para que los esclavos no se les murieran de deshidratación, ya que con esta fruta se suplía el agua, y además les proporcionaba proteína y grasa. (Berta Lucía-Estrada E., “La cocina como manifestación cultural e histórica”, artículo publicado en la Revista Panorama Cultural, 14 de febrero de 2019).[3]
No hay que olvidar que uno de los principales pueblos africanos que llegaron a América, en esa diáspora infame que fue la Trata de Esclavos, fue el pueblo Yoruba; escuchemóslo de la voz del gran poeta cubano Nicolás Guillén :
Son número 6
Yoruba soy, lloro en yoruba
lucumí.
Como soy un yoruba de Cuba,
quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba,
que suba el alegre llanto yoruba
que sale de mí.
Yoruba soy,
cantando voy,
llorando estoy,
y cuando no soy yoruba,
soy congo, mandinga, carabalí.
Y como no hablar de la Santería, la religión animista que surge del sincretismo entre diversas religiones africanas y el catolicismo. La Santería se encuentra principalmente en Cuba y República Dominicana ; y en Brasil está el Candomblé, o culto de los Orishas. En Uruguay está el Candombé, una mezcla de religión, música y danza, reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. En Haití encontramos el Vudú , otro sincretismo religioso , es, ante todo, una creencia liberadora . Tal y como acaba de explicarse Haití fue el segundo país americano, después de Estados Unidos, en obtener la independencia y el primero en abolir la esclavitud. Este episodio histórico fue narrado por Alejo Carpentier en una novela titulada El reino de este mundo (1949). Es importante anotar que en Haití la mayoría de la población habla créole haitiano(kreyòl ayisyen)[4] , y solo el 10% habla el francés ; por lo general es la élite del país, y su conocimiento es necesario para poder acceder a un cargo público ; este dato es clave para poder entender las grandes desigualdades sociales, educativas, culturales y económicas que asolan a Haití.
Este breve vuelo sobre el legado cultural de África no quedaría completo si no hablara de la medicina ancestral. En Cuba, por ejemplo, es bien conocido que en cada puesto de salud hay un médico convencional, -es decir, formado en la medicina aleopática- y otro alternativo –léase medicina tradicional u homeopática-, por lo que cada centro posee una huerta medicinal ; es así como los cubanos pueden decidir cual de las dos opciones les conviene más. En el caso de Colombia es importante anotar que desde hace dos años funciona la primera Universidad de Medicina Tradicional ; e incluso el saber ancestral de las Parteras del Pacífico ya forma parte del patrimonio cultural intangible de la nación[5]. Otro dato importante es que desde el 1 de enero del 2020 existe el Ministerio de Ciencia y Tecnología, y la ministra es Mabel Torres, una bióloga nacida precisamente en Quibdó, la capital del Chocó.
Con esta rápida visión sobre América Latina hemos visto que los lazos que nos unen a África son indisolubles, llevamos su huella marcada con tinta indeleble, su cultura, sus lenguas, su tradición oral, sus tradiciones , su música, sus danzas y creencias religiosas, forman parte de nuestra cultura. América Latina no sería la misma sin ese enorme e invaluable patrimonio que nos legaron los esclavos. Y precisamente porque estoy convencida de ello es que he podido encontrar en la Antología de la literatura hispanoafricana y, de Juan Riochí (Ësàasi Eweera), ese otro lado del espejo que me hace menos huérfana y que me pone al frente de una parte de mi propia herencia cultural.
Ahora bien, ¿Cuáles son algunos de esos creadores que participan en la Antología que motiva esta contribución?
Los primeros nombres que se me imponen por encima de todos los demás son los de Donato Ndongo-Bidyogo, Justo Bolekia Boleká, Francisco Zamora Loboch, Eugenio Nkogo Ondó, Remei Sipi Mayo, Véronique Solange Okome-Beka, Ciriaco Bokesa, Eugenio Nkogo Ondó, Joseph-Désiré Otabela, M´bare Ngom Faye, Mbuyi Kabunda Badi y Juan Riochí (Ësàasi Eweera). Incluso tengo la gran fortuna de haber escuchado a Donato Ndongo-Bidyogo, Justo Bolekia Bolekáy a Francisco Zamora Loboch en la Feria del Libro de Madrid en los años anteriormente mencionados. Ni qué decir cuánto placer intelectual y estético me produjo escuchar a esos escritores que surgían ante mí con una fuerza inmensa e inusitada.
Leer a todos los autores que forman parte de la obra que nos ocupa ha sido una experiencia inconmensurable y muy enriquecedora. No obstante, habría que resaltar de nuevo que los ítems que están presentes a todo lo largo de los textos y autores escogidos son, por supuesto, la presencia del mito, las leyendas y los cuentos africanos – ese extraordinario patrimonio cultural intangible que poseen todos los pueblos y que forman parte de su identidad sociocultural- ; y por supuesto hay que resaltar otros ítems presentes en casi todos los textos ; me refiero a la colonización, al exilio político y a la migración.
Y por supuesto hay otro ítem muy importante, y que une de nuevo a África con América Latina, como podría unirlo a cualquier otro continente, me refiero al Feminismo. Las autoras anteriormente mencionadas, así como Victoria Evita Ika,Sylvie Mengue M’obame, Paula Pimentel Blondet, entre otras, y Juan Riochí (Ësàasi Eweera), hurgan en la sociedad patriarcal y denuncian sus excesos ; muchos de ellos verdaderos pilares de la religión judeocristiana. Además están los Estados que no quieren entender que hay que luchar contra el machismo y la misoginia; puesto que al hacerlo podrían perder no solo miles, tal vez millones de votos, sino que sería abrir las puertas a un cambio social, político y económico en el cual el patriarcado perdería a su vez grandes cuotas de poder y control. Es claro, además, que todo ésto necesita de un consenso de toda la sociedad; puesto que no se puede pretender erradicar el machismo sin los hombres. Lastimosamente muchas mujeres, por no decir la gran mayoría, siguen educando a los hijos en esa cultura oprobiosa del patriarcado; ellas mismas se oponen a los cambios y bajan la cabeza ante la iglesia, el Estado y la sociedad.
En esta breve presentación sobre la Antología de la literatura hispanoafricana y afrodescendiente, presentación que desearía unir a dos continentes que convergen en diversos ángulos que van desde el aspecto histórico al cultural, quisiera compartir un fragmento de un poema que escribí en el 2011 cuando aun no había visitado África. Podría decir que es un pequeño obsequio que le hago a ese hermoso continente, a sus pueblos y a la inmensa impronta que dejaron en América; y sobre todo, es el reconocimiento que hago cuando veo el rostro de algunos de mis ancestros reflejado en el espejo.
Nunca he ido a África
África anida dentro de mí,
acuclillada yace en el pozo profundo de mi memoria.
Los dioses tutelares me hacen guiños
me tienden la mano
cargada de abalorios.
Sus dedos, largos como la aurora,
huelen a mirra,
el aceite los hace sedosos,
rasgan las cuerdas de una cítara
-hallada en una ciudad antigua,
abandonada por dioses aún más antiguos.
Y años después de haber escrito este poema, fuí invitada a participar en el Salón del libro y de los editores de Casablanca, SIAL 2018 . Una vez terminada la Feria del Libro viajé al Desierto del Merzouga. Allí tuve la oportunidad de visitar Khamlia, un poblado de descendientes de esclavos[6]. Es importante anotar que Marruecos solo abolió oficialmente la esclavitud en 1920 y los mercados que la abastecían siguieron operando en la clandestinidad hasta 1922[7]. Incluso algunos esclavos jamás recobraron su libertad ; siguieron realizando trabajos forzados en la casa de los amos hasta su muerte. Y si bien esto es lo que puede leerse en Wikipedia, el guía me explicó que la trata esclavista solo desapareció a mediados del siglo XX. Es de anotar que el guía pertenece a la etnia Tuareg ; etnia responsable de la trata de esclavos en Marruecos.
Khamlia es un poblado reconocido por su música, a la que llaman Gnaoua. Son cánticos espirituales, místicos , y al mismo tiempo les ayudan a bucear en la tradición cultural que trajeron sus ancestros de sus poblados originarios de Ghana. Hoy por hoy estos descendientes de esclavos hablan el Amazigh y cantan en dicha lengua. Esta visita es una de esas experiencias que jamás pueden olvidarse ; por una parte vibraba con su música y sus cantos, y por otra me estremecía al tener al frente mío a algunos de los descendientes directos de esclavos que habían nacido en el mismo año que mi padre (1915). Fue una experiencia muy dura y muy difícil ; no estaba preparada para ello ; nadie me había advertido antes que la esclavitud en África había existido hasta hace tan poco tiempo ; un siglo escaso. ¿O quizá solo setenta o sesenta años atrás ?
Lastimosamente el año pasado (2019) vi un documental titulado Mercado de esclavos de Mauritania, la infamia continúa ; donde hablan del comercio de esclavos en Mauritania [8] . Y a pesar de algunas leyes que prohibirían esta práctica oprobiosa, considerada como Crimen contra la Humanidad, La Trata está lejos de ser erradicada ; se cree que para el 2016 habían alrededor de 43000 esclavos diseminados en todo el país.[9] Y es aquí donde nos damos cuenta que el tiempo se repite, da vueltas en redondo; tal y como lo vemos en Cien años de soledad. Y lo que es peor, es una estirpe condenada no a cien años de soledad sino a miles de años de ignominia y exclusión.
Por último quisiera dar las gracias a Juán Riochí (Ësàasi Eweera) por haberme hecho esta hermosa invitación; haber emprendido este viaje maravilloso, en el cual me enfrenté a un gran reto intelectual, es algo que nunca hubiese imaginado que podría sucederme. A él mis reconocimientos, mi aprecio y mi admiración más profunda.
(En las montañas de Manizales, Colombia – 14 de febrero de 2020)
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[1] Al respecto recomiendo la lectura Autobiografía de un cimarrón (1966), testimonio recopilado por el antropólogo cubano Miguel Barnet; y narrado en primera persona por Esteban Montejo; un antiguo esclavo de 108 años que huye a las montañas, de ahí su nombre de “cimarrón”; posteriormente Montejo luchó en la Guerra de la Independencia de Cuba y en la Batalla de los Cienfuegos contra EEUU. Un texto esclarecedor sobre lo que fue ese gran crimen contra la Humanidad que fue La Trata Negrera.
[2] http://www.touscreoles.fr/2012/02/07/restavek-les-petits-esclaves-dhaiti-en-2012/
[3] https://panoramacultural.com.co/gastronomia/2590/la-cocina-como-manifestacion-cultural-e-historica
[4] Wikipedia: (El créole) “Está estructuralmente basado en el francés, pero mezclado con lenguas del África Occidental, como el wolof y algunas lenguas gbe. Muestra también influencias de otras lenguas africanas, como el fon, ewé, kikongo, yoruba e igbo. Tiene dos dialectos: fablas y plateau.
El criollo haitiano evolucionó como un dialecto del francés hablado por la población negra, pero el francés y el criollo haitiano ya no son inteligibles entre sí, por lo que es incorrecto referirse al créole como un dialecto del francés”.
https://es.wikipedia.org/wiki/Criollo_haitiano
[5] https://www.librosyletras.com/2016/10/las-parteras-del-pacifico-colombiano.html
[6] https://sudestmaroc.com/khamlia-le-village-marocain-qui-vit-aux-rythmes-de-la-musique-gnaoua/
[7] https://lenouvelafricain.blogspot.com/2014/10/lesclavage-au-maroc.html
[8] https://www.youtube.com/watch?v=Qybz9q9hxEs
[9] https://fr.wikipedia.org/wiki/Esclavage_en_Mauritanie