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Amor sin rostro

Málaga huele a jazmín entre cirios y saetas
                                                          

  Antonio Chacón-Méndez

 

Taddy, un pescador corpulento, de sangre andaluza, mientras caminaba por el Paseo Picasso, pensaba en todas las amigas que había conseguido a través de la línea telefónica. Su móvil ya no era un teléfono, sino una prolongación de su cuerpo y parte de la rutina diaria. Aceleraba el paso para acercarse a algo que le diera  sombra, pues el sol canicular hacía estragos en su cabeza descubierta y sus brazos emanaban agua a través de los poros, como si se tratase del más fuerte verano de toda su vida.

En ese afán, movía sus dedos incesantemente y golpeaba el teclado con sus dos pulgares respondiendo mensajes, unas veces cortos y otras, de gran calado; de vez en cuando hacía uso de sus “manos libres” y contestaba llamadas de sus admiradoras. Su caminar se parecía a una carrera contra el tiempo, pues según sus cálculos el termómetro marcaba 42° a la sombra;  sentía que su pulso se aceleraba desmedidamente y la energía que almacenaba en su hígado llegaba hasta la última reserva.

Miró hacia la derecha y descubrió el chiringuito “La Malagueta” en la playa del mismo nombre, administrado por un conocido de vieja data, era nada menos que Pepe, el tío del Mediterráneo, ese hombre que contaba historias rápidas con lenguaje entrecortado andaluz. Taddy recortó la distancia con sus pies y saludó, como de costumbre: ¿Qué haces, tío? Tirando, tío, a qué te dedicas? Esperando a que la marejada amaine para reanudar la pesca de arrastre, respondió el marino.

Para evitar alargar el diálogo, de una vez ordenó un tinto de verano, esa bebida cordobesa elaborada con vino tinto, gaseosa, hielo y rodaja de limón; bebió a sorbos desesperadamente hasta encontrar el fondo del vaso, se recostó en el espaldar de la silla y empezó a agitar la rebanada del cítrico con movimientos circulares que a veces interrumpía y los dirigía en sentido contrario. Cayó en la cuenta de que el fuego descendía en su cuerpo, cerró los ojos y trató de hacer un inventario rudimentario de sus últimos días. Vinieron a su memoria algunos eventos, como la final que le ganó España a Holanda, el matrimonio de su hermano Iker, el terremoto en el Japón, la marcha de anteayer y los besos de Irina, esa rubia que lo embelesó durante una noche.

Dirigió su mirada al horizonte y en su camino se encontró una gaviota cabecinegra que jugaba con las térmicas, simulando una cometa de papel; se dejaba arrastrar por el viento y de vez en cuando era llevada  casi hasta la superficie del mar, momento en el cual batía sus alas para emprender veloz ascenso y reiniciar el juego acostumbrado. En el argentado camino al África podía observar embarcaciones que dejaban entrever sus formas con chimeneas zigzagueantes y a su alrededor, avecillas que consumían los desperdicios que lanzaban al mar los pescadores; el avistamiento de aves fue interrumpido por el aleteo de dos alcatraces que sobrevolaron el chiringuito y se zambulleron en el mar en pos de la misma presa. Taddy recuperó la conciencia, miró el reloj y las manecillas indicaban las dos y treinta; se le había pasado la hora acostumbrada para llamar a Ana Belén, esa moza que había conocido en la Estación María Zambrano y a quien frecuentaba los fines de semana, una vez terminada la faena de pesca.

Era el único número que no tenía grabado en la memoria de su móvil, pues lo sabía de memoria, no sólo por la cantidad de veces que lo marcaba, sino por la importancia que tenía para él; tratando de recuperar los minutos perdidos, hundió el teclado con sus dos pulgares a toda velocidad; sin mirar la pantalla y mostrando cierta suficiencia, hundió la tecla verde y esperó la timbrada. Al otro lado, una voz femenina contestó: -Diga?. No era la voz conocida de siempre, era más gruesa y correspondía a una mujer de mayor edad, razón por la cual hundió la tecla roja para finalizar la llamada. Insistió con la tecla verde, esperó unos segundos y escuchó la misma voz en el auricular. “No puede ser que me equivoque dos veces”, pensó para él. “Intentaré la última vez”.

Acosado por el tiempo y la ira, reinició la llamada; después de la primera timbrada escuchó nuevamente esa voz desconocida. “Diga, a quién necesita?”. No sabía si colgar o hablar y decidió lo segundo.” Necesito a Ana Belén, no es éste su móvil?”. “No, soy Francisca y éste ha sido siempre mi móvil.”.

No tuvo otro remedio que alargar la conversación, en la cual pudo darse cuenta de que la moza vivía en Madrid y trabajaba en “La Rosa Bar y Tapas” en el barrio Palacio, un lugar de comidas, pinchos y tapeo. Se acercaba a los veinticinco y cursaba tercer semestre de Arte Dramático en la Universidad de Nebrija; se interesaba por la literatura y el deporte extremo y cuando el tiempo podía alargarse escuchaba a Perales, Serrat  y a Raphael. Pero algo sí calaba en su alma, su voz era melodiosa y angelical; parecía estar escuchando la voz de una estrella de Hollywood. El tiempo transcurrió rápidamente y la reserva de minutos en el móvil de Taddy se agotó.

 Movida por la información que recolectaba sobre el malagueño, Francisca devolvió inmediatamente la llamada, pues quería saber más sobre ese pescador de voz gruesa, quien faenaba en el Mediterráneo y había abandonado el cole después de la ESO para seguir la tradición de sus mayores. Pudo saber de él que su edad se acercaba a la de ella, vivía aún con sus padres y su gran amor era el “Málaga Club de Fútbol”, vecino blanquiazul de la barriada, al cual seguía por toda la península durante la temporada, en las buenas y en las malas; en pocas palabras, era un hincha furibundo. Tasando el tiempo en la pantalla de su teléfono, apresuró la despedida al entender que mañana sería otro día.

Taddy vio que había pasado mucho tiempo en el chiringuito, contó los vasos vacíos y miró a su alrededor; sólo estaban Pepe, el administrador y él. Pagó la cuenta y se marchó a casa por el mismo camino que había recorrido cinco horas antes. Como los rayos de sol ya no eran perpendiculares, su marcha fue lenta y acompañada del recuerdo de Francisca. Mentalmente le hacía preguntas a la interlocutora imaginaria y él mismo las respondía. El portón de su casa, en el barrio La Rosaleda, lo sorprendió; dirigió la mirada hacia el estadio de sus ídolos, subió las escaleras y vio que sus padres se disponían a comer. Se excusó por no acompañarlos, caminó hacia su cuarto, se recostó en búsqueda de descanso y se quedó profundo hasta el día siguiente.

Un nuevo día de verano. Los primeros rayos de luz entraban por su ventana mostrándole el camino hacia la mar, a donde llegó en poco tiempo. En la dársena pesquera flotaba “La Niña Lucía”, ese buque de pesca en donde cambió los libros por redes de enmalle, agalladeras, nasas y palangres. Como de costumbre, saludó con un agitar de mano y entre brincos llegó a la proa para ayudar a levar el ancla. Tres minutos después ya ocupaba su puesto de trabajo, a babor, en donde preparaba los aparejos de pesca con palangre. El ruido ensordecedor de la sala de máquinas no lo dejaba concentrar en la historia de ayer. Como ya había recargado su móvil, marcó automáticamente el número de Francisca; al escuchar su voz, el pecho se le ensanchó para albergar todo el aire que iba a necesitar. En esa conversación en altamar, los interlocutores se contaron dichas, dolores, recuerdos, nostalgias y esperanzas hasta que la faena de pesca requirió toda la concentración de Taddy.

Algunas cosas se sabían, pero era indispensable utilizar la tecnología virtual para acercarse a lo real; querían tener la sensación de presencia y comparar la radiografía que daba el sonido con la imagen de la cámara. Vinieron las videollamadas que se alargaban en las noches, las conversaciones a través de las redes sociales en las cuales sus perfiles, diseñados a voluntad, dejaban entrever el mundo interior de los cibernautas.

Algo cambió intempestivamente el rumbo de la relación; el tres de agosto, al dirigirse a su faena, Taddy encontró un mensaje en la pantalla de su móvil: “Me gustas demasiado y estoy liada”. Ya sabía de quién se trataba y redactó la respuesta que le salía del corazón: “Estaremos cerca demasiado pronto”.

No fue difícil acordar la cita de la vida. La fecha: 12 de septiembre y el lugar en Madrid: frente a la puerta principal del Planetario  en el Parque de Enrique Tierno Galván. Lo demás sería acordado a medida que transcurría el tiempo. Sólo faltaba la hora y fue definida una vez el andaluz adquirió su billete en Renfe, rumbo a Madrid. Llegaría a la capital, ese domingo, a las tres de la tarde y treinta minutos después podría estar frente a ella.

Al acercarse el fin del verano, el azul del cielo andaluz perdía brillo y las gaviotas usaban las perchas de costumbre frente a la estación del tren; muchos viajeros buscaban sus destinos con andar rápido y Taddy, más ansioso que de costumbre, identificó el AVE que lo llevaría a Madrid, Puerta de Atocha. En esa carrera contra el tiempo, desfilaban frente a su ventana, praderas, árboles corpulentos, casas campestres y vestigios de castillos medievales que se perdían fácilmente. Era la película más veloz que había observado en sala alguna. Se atrevió a cerrar los ojos y lo despertó el supervisor de vagones: “Llegamos a Madrid”. Entendió que se encontraba entre el fin de un sueño y el comienzo de la realidad que algún día fue virtual.

Realmente eran las tres y diez de la tarde. Empezó a caminar hacia el Parque de Enrique Tierno, pero notó que su corazón se aceleraba más de la cuenta, oportunidad que aprovechó para hacer más lento su caminar y planear el discurso para el encuentro. Necesariamente tendría que abrazarla fuertemente contra su cuerpo y estampar un beso en cada una de sus mejillas. Le hablaría de planes a futuro, pero, indiscutiblemente, la conocería en persona.

En este juego mental, se topó con el Parque y pudo divisar en uno de sus rincones El Planetario; ya conocía su estructura, pues la había escudriñado, gracias al mundo virtual. Sin embargo, la vía de acceso estaba taponada por policías que impedían el paso. A diez metros, un grupo de paramédicos trataba de reanimar a una joven que se había desvanecido frente a la puerta principal. Como pudo, Taddy se acercó y pudo comprobar que se trataba de su cibernauta amada. Imposible tocarla o hablarle. Lo que le quedaba de vida no le alcanzó para conocerlo.

Un hombre, vestido de blanco, cubrió el rostro de Francisca con una sábana blanca. La ambulancia emprendió veloz carrera, mientras Taddy enjugaba sus lágrimas y el aroma de los jazmines embriagaba el aire.

 

Manizales, agosto de 2011

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Edición No. 163