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Un «anacronismo» del siglo XX: Arturo Suárez-Dennis (1887-1956)

Tal vez ningún investigador podrá dar cuenta nunca de la manera exacta en la que se interesó por un tema, hasta el punto de no dormir tranquilo si no se ponía en pos de reconstruir los pasos de ese tema, de ese personaje, de ese fenómeno, de esa situación. Tal vez ninguno, pero yo sí.

Era una noche de septiembre de 2008. Era una reunión en un apartamento del centro de Bogotá. Éramos diez personas tratando de fundar lo que todo amante de los libros y de la literatura ha querido fundar alguna vez en su vida: una editorial. Era una época en la que todavía fumaba. De esa noche queda una foto que alguien tomó con un celular: yo (mi imagen desenfocada) estoy de perfil y expulso el humo del cigarrillo por la ventana, por entre las rejas blancas de esa ventana. Al igual que la imagen desenfocada, poco queda ya de lo que pareció ser tan claro esa noche; como la mayoría de editoriales que se planean, la de esa noche existió por el tiempo que duraron las reuniones (¿Dos, tres, cuatro?), en la mente y en los sueños de los diez asistentes.

Lo que sí quedó claro para mí de esa noche fue un nombre que surgió en las palabras de uno de los asistentes y que es el centro de esta crónica –aunque no lo parezca aún–: Arturo Suárez. Las palabras hablaban de una abuela que leía fervorosamente las novelas de ese desconocido escritor colombiano y, como ella, muchas mujeres más adoptaron a Suárez como su novelista predilecto. La “fiebre” por las novelas de Suárez se demostraba en el hecho de que el título de una de sus novelas (que tuvo veinte reediciones) había convertido el nombre de “Rosalba” en una moda, en un fenómeno viral; además, lo más interesante para mí: a Suárez lo leían mujeres que no poseían bibliotecas ni habían recibido una educación muy formal, mujeres (como la abuela de aquel asistente a la reunión, como mi bisabuela misma) que se ocupaban de los oficios domésticos en las casas de distintas familias.

Pasaron casi cinco años para volverme a encontrar con el nombre de Suárez. Pasó también un viaje y una conversación con una mujer maravillosa de 80 años (Susana Zanetti), quien mientras me deslumbraba mostrándome la biblioteca que cubría todas las paredes de su apartamento, me convenció de la importancia de estudiar a los lectores y sus lecturas. Luego de ese viaje y de esa conversación llegó a mí la relectura de un libro en donde el nombre de Suárez volvía a aparecer en el horizonte; el libro era del historiador colombiano Renán Silva y el nombre volvía a aparecer porque era uno de los autores más vendidos en las Ferias del Libro que se hicieron en Colombia entre 1936 y 1946, durante los gobiernos de la llamada República Liberal. Silva me dio la justificación y las primeras huellas impresas para ir tras los pasos de Suárez.

Silva también me dio las primeras lecciones en este aprendizaje de investigar a los lectores, sus lecturas y las ediciones compradas-leídas. Era una tarde de 2014 y Silva me esperaba en su casa. Mis preguntas resultaron inútiles, pero sus respuestas resultaron ser la puerta que me hacía falta atravesar para dejar hamacándose a la teoría literaria e ir en busca de su historia y de su práctica. Recuerdo que, a partir de ese día, leí muchas cosas, reuní los poquísimos y casi monosilábicos datos que existían sobre la vida de Suárez y conseguí algunas de sus siete novelas y de sus dos libros de cuentos largos;[1] elaboré algunas inferencias y, lo más importante de todo para mí: descubrí que las novelas de Suárez no eran “populares” del todo, porque fueron leídas también por hombres y por mujeres de élite (económica, social y cultural).

¿Cómo seguir las huellas de un escritor del que solo se conoce el nombre y datos demasiado imprecisos e ínfimos sobre su trayectoria social y literaria?, ¿tiene realmente importancia saber quién fue y cómo consiguió ser uno de los autores más leídos de la primera mitad del siglo XX en Colombia? Sí, sí la tenía, sí la tiene para mí. No quería tranquilizarme “interpretando” sus novelas; no quería detenerme en la elucubración de su “estética”, de su estrategia narrativa para “atrapar” a sus lectores; no quería repetir aquellas escuetas valoraciones que clasificaban a Suárez como un escritor “popular”, apto para vender en cigarrerías. No quería nada de esto, pero, ¿por dónde empezar?
 

“La pesquisa”

Es agosto de 2015 y yo tengo la excusa perfecta para viajar a Manizales –la ciudad en donde mis padres aseguran que me concibieron y que nací, pero de la que no tengo recuerdos ni quedan huellas en mis documentos de identificación–, la ciudad en donde todo parecía indicar que había nacido Arturo Suárez, en 1888. Las librerías de viejo, de usados, de segunda, de libros leídos, son una buena opción para empezar. Don Octavio y su hijo me ofrecen las novelas que me faltan por leer y yo las compro todas, a precios que podrían ser los de libros nuevos; es la nueva moda “vintage”, me dice alguien, una nostalgia muy “hipster”. Una nostalgia que sí existe por los libros de Suárez en Manizales, pero no para los treintañeros –mis contemporáneos– que ni siquiera lo conocen, sino para quienes hoy recuerdan esas novelas de Suárez que leyeron en su juventud; es por esto, me dice don Octavio, “que no puedo dejarle el libro más barato”. Cuando salgo de las librerías con mi bolsa llena de libros y mi billetera ya sin la plata que estaba reservada para los próximos dos días, me siento en un maravilloso café ubicado en la segunda planta de la imponente Catedral de Manizales –sí, exactamente allí–, abro mi bolsa y uno de los libros; mi regalo es que ese libro está dedicado y firmado por el mismísimo Arturo Suárez.

Las horas pasan y yo continúo haciendo lo que se supone vine a hacer a Manizales. En un mismo día me entrevisto con el editor e historiador Pedro Felipe Hoyos y con el abogado y periodista Hernando Salazar Patiño. Como quien no quiere la cosa, les pregunto a ambos por Arturo Suárez. Pedro Felipe me comenta, como de paso, que su tía conoce a la hija de Suárez y que esta, hace poco, se reencontró con su hermano. Tal vez nadie podría imaginar mi emoción; ¿Quién iba a decir que los hijos de Suárez estuvieran vivos? Pedro Felipe me promete hablar con su tía y conseguirme información sobre los hijos de Suárez. Más tarde, de uno de los tantísimos libros de la enorme biblioteca de Hernando Salazar, se desprende un recorte de periódico pequeñito. El libro es la edición de Rosalba publicada por el admirable editor Arturo Zapata, en Manizales; el papelito es una noticia biográfica de Suárez que me informa que no nació en Manizales, sino en Pereira. Dos horas después, Hernando me llamará para confirmarme un dato: Suárez sí estudio en Manizales, en un colegio muy tradicional de las primeras décadas del siglo XX.

Los días pasan entre bibliotecas, llamadas y entrevistas, y las noches revisando correos electrónicos que me informan de más teléfonos y direcciones a las que debo llamar y escribir, con la esperanza de conseguir algún dato de Suárez. Un escritor colombiano, desde Canadá, me dice que no pierda el tiempo, que hay escritores más importantes, que valen “de verdad” la pena y no como Suárez, que fue apenas un “imitador”. Apago el computador y vuelvo a mirar la letra y la firma de Suárez en su libro, y me voy a la cama pidiendo, como en un rezo, que Pedro Felipe se acuerde de Suárez y llame a su tía.

Estoy en la Biblioteca del Banco de la República de Manizales, revisando periódicos viejos y, así, de la nada, veo en una de las páginas un anuncio sobre el consultorio del doctor Arturo Suárez. Días después, alguien me confirmará que ese doctor es uno de los hijos de Suárez y me dará el teléfono de una poeta manizaleña que fue su amiga; la mujer me dirá luego que Suárez ya no vive en Manizales. Busco un directorio de los pocos que quedan en la ciudad y trato de ubicar el apellido Suárez; anoto el número y llamo, pero el teléfono ya no existe. En la Sociedad de Mejoras Públicas (donde estoy mirando viejas revistas), le pido a la secretaria que me deje llamar al 113; pregunto por Arturo Suárez, pero me dicen que no tienen ningún registro en la ciudad de él. La secretaria me escucha y me dice que el doctor Arturo Suárez Ortega estuvo afiliado a la SMP hasta hace tres años y que ella debe tener su número telefónico; también me dice que su consultorio quedaba cerca de allí. Llamo, pero nadie contesta, así que decido ir al consultorio: un local ahora vacío alrededor del que, me dicen los administradores y empleados del edificio, decenas de personas hacían fila para que el doctor Suárez Ortega los atendiera. También me confirman que el doctor se ha retirado hace poco y ahora vive en un pueblo cerca de Manizales, en un clima menos frío y ceniciento que el de la bella ciudad.

Es mi último día en Manizales y nada me tienta más que emprender camino hacia el pueblo donde puedo encontrar al hijo de Suárez, pero me esperan en Bogotá con una entrevista que debo hacer esa mañana y con fotografías de periódicos cuya revisión debo terminar en la tarde. La entrevista es en uno de los tantos agradables cafés de Manizales y mientras la mañana se va deliciosamente lenta hablando con Carlos-Enrique Ruiz, director de la Revista Aleph, con su esposa Livia y con Nicolás Duque –patrocinador, en gran parte, de este viaje–, de la nada –nuevamente–, aparece una amiga de la pareja; una mujer encantadora quien alcanza a escuchar uno de los nombres de la conversación: Arturo Suárez. La mujer conoce a dos de las hijas del doctor Suárez, pero no tiene sus números de teléfono; ¿Es esto posible? Además de hijos, las nietas del escritor también andan por ahí, viven en Bogotá y una de ellas es escritora de telenovelas.

En la tarde, en la biblioteca de la Universidad de Caldas, vuelvo a los periódicos viejos, uno del año 1981. Voy pasando las páginas y me encuentro con dos anuncios: uno sobre las efemérides de la muerte de Suárez, al lado de un nuevo anuncio del consultorio médico de su hijo. Hojeo una revista más antigua aún –la bella revista Cervantes, elaborada por Arturo Zapata– y me encuentro con la noticia del matrimonio de Suárez en Manizales con una mujer (Inés Robledo Uribe) perteneciente a una de las familias más importantes de la ciudad, y el anuncio de su viaje de bodas a Argentina.

Me tomo mi último café en Manizales, una ciudad en la que el café sabe delicioso –para personas como yo, que ya no pasan un solo día sin tomarlo– a todas horas y en todos los lugares (y en donde lo ofrecen a todas horas y en todos los lugares). Llego al aeropuerto y ya me lo han advertido: pueden dar la orden de cancelar el vuelo en cualquier momento; la ceniza es la dueña y señora de los cielos, de esta pista rodeada de montañas, y aparece sin avisar. Han cerrado el aeropuerto, pero quince minutos después, cuando ya me he ilusionado con la idea de viajar y buscar al doctor Suárez Ortega, la voz en el micrófono da la orden de abordar el avión de inmediato; el embarque más rápido de toda mi historia en aeropuertos. En menos de media hora, el avión se eleva y abandona el verde, el volcán, las cenizas, la pista demasiado corta en donde los aviones pueden, en cualquier momento, seguir de largo, montañas abajo.
 

El regreso

Cuando llego a Bogotá, lo primero que hago es buscar información sobre la nieta de Suárez y allí está su nombre en internet: una entrevista en donde le preguntan sobre la más reciente telenovela que ha escrito y por la que ha ganado varios premios. Adriana Suárez cuenta que encontró un libro de su abuelo en un mercado de pulgas en España y que a partir de ese descubrimiento decidió dedicarse a lo que realmente era su vocación: escribir. Horas más tarde, reviso mi correo y encuentro un mensaje de Pedro Felipe; tengo dos números telefónicos de dos de sus tíos. Ambos pueden darme información de los hijos de Suárez. El momento que transcurre entre anotar los números y llamar es largo; C. me mira y sabe cuánto he esperado este momento.

La tía de Pedro Felipe suena desconfiada y esquiva –con toda razón–; su tío, en cambio, me da el teléfono de su vecino, el doctor Arturo Suárez, y hasta la dirección exacta de su domicilio. Llamo, al fin, a Arturo Suárez hijo y le prometo que en cuanto pueda iré a visitarlo para hacerle una entrevista. Él me dice que aproveche que vivo en Bogotá para contactarme con su hija, quien es la que más sabe sobre el abuelo Suárez, y me da su número telefónico. Llamo a Adriana y su amabilidad y sencillez me tranquilizan; tratará de conseguirme una entrevista con su tía Alba Suárez Robledo, hija del segundo matrimonio (el primero católico) de Arturo Suárez Dennis.

El apartamento está ubicado en el último piso de un alto edificio sobre la carrera séptima, hacia el norte de la ciudad. Los muebles me dan la sensación de algo que se quedó atrapado en el tiempo: las finas porcelanas en el centro de la mesa, el espejo en cristal de roca, la mesa servida para el té, las telas palidecidas, pero que debieron ser tan refinadas en otros días, las fotografías en la pared, en blanco y negro, de mujeres en trajes formales, como en las elegantes fiestas de las películas del cine mudo y de los años 40. Adriana sentada al lado de su tía y yo en frente de ellas. Alba empieza a rememorar lo que recibo como la epifanía de toda esta búsqueda y sé que, en parte, también Adriana; ella abre una maleta de viaje antigua y empieza a sacar las ediciones de los libros de su abuelo, algunos manuscritos y un álbum de recortes. La luz es terrible, pero hago mi mejor esfuerzo para tener registros de lo que no sé si volveré a ver alguna otra vez en mi vida. Nos sentamos a tomar el té y la merienda. Alba me dice que allí, donde estoy sentada, era donde solía sentarse su padre; luego me lleva a su cuarto y me muestra una fotografía de sus padres y de sus abuelos. Todo el cuarto está lleno de recuerdos, de objetos que Alba conserva como los tesoros de su vida.

 Cuando llego a mi casa y trato de rememorar todo, la idea me llega de golpe: no he encontrado la respuesta; he desechado datos falsos y he encontrado otros que se acercan más a una posible “verdad” sobre el caso de Arturo Suárez Dennis en la literatura colombiana, pero aún no tengo la respuesta acerca de cómo logró ser uno de los escritores más leídos y vendidos de la primera mitad del siglo XX. Alba Suárez dice que su padre recibió sumas ínfimas por sus libros y que fueron las librerías y las editoriales (librerías que en esos años eran también editoriales y distribuidoras, y editoriales que también eran librerías y distribuidoras) las que se quedaron con las ganancias de las ventas, de la popularidad de su padre. Tal vez tenga razón, si recordamos que, en la primera mitad del siglo XX, la transacción más común en Colombia entre los editores y los autores era que estos últimos vendieran de una vez y para siempre los derechos de publicación de sus originales, sin posibilidad de recibir regalías o algún pago adicional por ellos.

Si la respuesta o gran parte de ella está en las editoriales y librerías que publicaron a Suárez, su caso sirve para ilustrar las condiciones adversas de profesionalización del escritor colombiano en la primera mitad del siglo XX y lo mucho que falta por investigar acerca de cómo procedieron y funcionaron esas editoriales, distribuidoras y librerías en el caso único de Suárez y de otros autores o títulos que pudieron funcionar medianamente bien en el estrecho, aunque no despreciable, mercado editorial colombiano de la época. Tal vez ningún otro escritor colombiano gozó de la admiración y el aprecio de tantos lectores (y sobre todo lectoras) como él, en su momento, pero a diferencia de escritores contemporáneos como José María Vargas Vila (otro de los preferidos del público lector), parece ser que Suárez no pudo vivir de su pluma. Su hija lo recuerda como un hombre que nunca buscó el reconocimiento de las autoridades literarias ni ganar dinero con sus libros, pero que vivía para escribir.
 

Una visita pendiente 

Mientras para su hija, Suárez Dennis fue un hombre poco interesado en los negocios (que estaban a cargo de su esposa Inés), para su hijo, el doctor Suárez Ortega, su padre fue un hábil negociante que aprovechó la herencia –aunque no muy abundante, por los demasiados hijos– de su padre y tuvo éxito con la inversión en acciones de varias empresas del país: gaseosas, chocolates, fincas y teatros de Bogotá. Arturo Suárez Ortega me recibe, junto a su esposa y uno de sus hijos, en una agradable casa a las afueras de Viterbo (cerca de Pereira), el pueblo donde vive hace pocos años, desde su retiro de la medicina, que ejerció en Manizales por 60 años. Al igual que sus pacientes a él, el doctor Suárez extraña su oficio, pero disfruta de su vejez. Suárez Ortega me habla de su madre: la bogotana Rosa María Ortega, y de sus esfuerzos para que él y su hermano menor (el arquitecto Alfonso Suárez, recordado por diseñar el Teatro Colsubsidio) accedieran a una buena educación, luego de que su padre hubiera formado una nueva familia junto a los Robledo Uribe.

Al igual que Alba, el doctor Suárez me habla de sus tíos abuelos paternos que fundaron Armenia y de la hacienda que fundó el abuelo Suárez en Pereira –cerca de donde estamos–, donde nació el escritor, y que todavía existe: Malabar. Antes de pasar a almorzar, el doctor Suárez me cuenta sobre el día que se encontró por casualidad, después de varios años, con su padre en Manizales y lo invitó a su casa a conocer a sus nietos. Arturo Suárez regresó a Bogotá, antes de poder cumplir esa visita y allí murió, a los 69 años, una semana después del encuentro con su hijo.

Regreso al pueblo y tomo el bus de vuelta a Pereira. Le pido al conductor que me deje en la entrada de Malabar y así lo hace. Camino algunos metros y encuentro la entrada a un condominio de casas enormes y rodeadas de un paisaje en el que quisiera quedarme por un rato más. Llego al hotel-restaurante que, en otro tiempo, fue la casa de los Suárez. La persona encargada me mira un tanto incrédula, cuando le cuento el motivo de mi visita, pero luego recuerda que una familia estuvo allí hace un tiempo por el mismo motivo y accede amablemente a que dé una vuelta y tome mis fotografías. Cuando estoy a punto de irme, me pregunta si quiero entrar en el cuarto que “dicen” era el del escritor; abre la puerta y me deja allí. Veo las camas adecuadas para que pasen la noche dos personas; veo los ventiladores, el baño, los muebles adecuados para tener las comodidades del siglo XXI, pero conservando cierta nostalgia decimonónica.

¿Dónde está Arturo Suárez Dennis? No en la imagen de sus hijos que poco tuvieron la oportunidad de conocerlo, como la mayoría de los hijos a sus padres.  No en la imagen de sus esposas, que quizá convivieron con dos hombres distintos. No en las autoridades literarias colombianas que tanto lo despreciaron e hicieron esfuerzos para que su nombre quedara en el olvido. Nos queda de Suárez su amor por el romanticismo y su admiración por el modernismo; nos queda la imagen de los amores con los que todos hemos soñado en algún momento de nuestras vidas y que sigue repitiéndose en las telenovelas de las noches (una de las cuales su misma obra inspiró y otras más a las que su nieta da vida hoy) y más aún en la de las tardes, en algunas películas de éxito de las llamadas “comedias románticas” y en algunas canciones de antaño (una de las cuales él mismo escribió);[2] nos quedan las imágenes de mujeres (por las que la Iglesia católica desaconsejó sus libros) que, a su manera, trataron de hacerle frente a su situación de desventaja, en un mundo de leyes patriarcales; nos queda la nostalgia por el campo.

Ahora que voy terminando la escritura de este relato veo su para qué: aquí lo que ninguna revista académica aceptaría publicar; aquí los detalles que ningún académico estaría interesado en escuchar; aquí todo aquello que se debe obviar y resumir en las presentaciones de los resultados de la investigación; aquí todo –o casi todo– lo que realmente ha significado encontrar cada dato, por mínimo o insignificante que parezca hoy a la luz de las grandes palabras.

Pienso en la abuela de quien me habló por primera vez de Suárez, pienso en aquellas mujeres que guardaban sus libros debajo de sus almohadas o entre el baúl de las cosas más queridas; pienso en mi propia abuela, de quien no sé casi nada y aunque no podría imaginarla leyendo un libro, porque ignoro si alguna vez los hubo en su casa –una de mis tías me dice que leía, sobre todo, revistas–, siento que las historias de Suárez rondaron sus sueños, sus tristezas y muchas de sus frustraciones y alegrías. Son esas mujeres, esas posibles lectoras (y lectores) quienes han permitido que la obra de Suárez permanezca; son esos lectores los que me han enseñado que la historia de la literatura no está solo en los libros que omiten ciertos nombres y resaltan otros, sino en las huellas que van dejando los lectores, los que prefirieron el libro barato recomendado por un amigo o por una amiga y no el que alabó el crítico en la prensa del día. Las preguntas sobre Suárez, sus lectores y los recorridos de sus libros siguen allí y yo continúo en pos de alguna otra respuesta.

 

Bogotá, junio de 2016.

[1] Sus novelas: Montañera, 1916; Rosalba, 1918; El alma del pasado, 1921; Así somos las mujeres, 1928; El divino pecado, 1934; Adorada enemiga, 1943; La llanura eterna –póstuma–). Sus libros de cuentos: Sebastián de las Gracias. El gran cuento antioqueño, 1942; En el país de la leyenda: tres grandes cuentos de Zarzo.

[2] El bambuco “En la romería” (también llamado “Chinita querida”), con música de Alejandro Wills. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=kD1677A8a_c. Consulta: junio de 2016.

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Edición No. 200