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Apuntes de mis Diarios

Junio 14 de 2025. Te entiendo. Pero en los últimos tiempos (muy recientemente, en realidad), me he visto llegando a algún estado mental donde la comprensión y la esperanza prevalecen en oposición a la frustración y la desesperación como solía reaccionar en el pasado.

Una de las cosas que me ayuda mucho es la meditación. Trato de hacerlo todos los días a menos que me pillen en un día frenético (que también sería sobre todo mi culpa). Cuando medito en el Amor, la Luz y el Poder, trato de profundizar en cada uno de esos aspectos. Por ejemplo, ¿es posible amar sin llevar nuestra luz interior? ¿Es posible soportar la luz sin fomentar el poder? ¿Cómo puedo transformar mis deseos y deseos en voluntad y poder? ¿Cómo puedo desarrollar más compasión? Con el tiempo, las respuestas vendrán. Se manifestarán como reflexiones sobre nuestras acciones pasadas y como preparativos para otras futuras.

Mucha gente va diariamente al gimnasio, todos comen todos los días (a menos que ayunen), pero tendemos a olvidar nuestro alimento espiritual diario que consiste en meditación, bendiciones, oración, gratitud, perdón, asombro, servicio y así sucesivamente…

Poco a poco transformándonos, nuestro entorno inmediato también se transformará. Tu llama encenderá una vela a tu lado y así sucesivamente.

Cada pequeña acción cuenta. Cada bendición. Cada oración. Cada acto de bondad desinteresado. Todas las cosas horribles son material de noticias y todos sabemos que los medios de comunicación no sólo nos informan (lo que no es malo en sí mismo) sino que muchos de ellos también manipulan a la gente para mantenerlos bajo un estado de miedo y odio.

El amor es lo opuesto al miedo. Mientras crecemos en el amor, luchamos contra el miedo. A medida que vibramos más alto, podemos curarnos a nosotros mismos y a los que nos rodean. Esos son los pasos de «bebé» requeridos para salvar el mundo, en mi opinión. Y si somos muchos, seremos imparables. Así que no nos rindamos. La esperanza es más importante ahora que nunca.

Junio 13 de 2025. Quizá una de las razones por las que el fragmento pessoano que acabo de compartir resonó tanto conmigo es porque en tres años que llevo siendo la «amante visual» (para usar las palabras de Pessoa) de alguien, siempre he aceptado ese destino de ser quien contempla y admira en la distancia, incluso al punto de abstenerme de acariciar la idea de considerarlo un amor platónico o una fantasía. 

De algún modo, mi corazón sonríe ante la realidad de saberme apenas presente y de no ser siquiera alguien de su círculo cercano. 

Tengo una amiga que cree que lo mío es timidez o miedo al rechazo y me pone como ejemplo a una amiga muy tímida que tuvo la valentía de «declarársele» a una persona comprometida entregándole una bella carta (para nunca más volver a acercársele). Pero no, ella no entiende (o yo no atino a explicar) que mi existencia anodina y discreta es un lugar feliz desde el que puedo verle a él libre, desentendido de mi fervor. 

Otro argumento que ella me presenta es que no hay «impedimento» (ninguna cuestión ética a considerar). No obstante, aún así, me niego rotundamente a considerar la posibilidad de la «conquista», pues esto sería algo totalmente opuesto a la defensa de su libertad. 

El no ser correspondida (es decir, no ser contemplada con esta misma admiración, agrado e interés) no es algo doloroso. ¿No es, en cambio, más doloroso recibir un amor al que no podremos corresponder? 

Por esto mismo, no hay espera ni esperanza. Solamente un demorarme en el asombro.

Junio 8 de 2025. Ante el espejo podemos quedarnos en la ilusión de confundirnos con la imagen. Una imagen que es tan fiel como lo permita la velocidad de la luz en su viaje de ida y vuelta, es decir, nunca actual ni simultánea. Y mis ojos, ¿cómo son? ¿cómo podré saberlo? 

Una de las escenas que recuerdo con más nitidez del Mundo de Sofía es cuando Sofía ve su reflejo guiñando ambos ojos. También Alicia rompe el hechizo y atraviesa el espejo. ¿Qué intentan decirnos ambos misterios? Quizá que la única manera de evitar el destino de Narciso está no en creer que la imagen no existe o que es falsa, tampoco en creerla más real que nosotros, sino en devenir el espejo mismo: un dispositivo tanto para la simetría como para la síntesis. A lo que un espejo puede aspirar (si pudiera) es a encontrar el paisaje que más merezca la pena re-crear.

Junio 4 de 2025. No me avergüenza leer las cartas que le mando a mi «yo» del futuro cada año. La que escribí hace un año llegó esta mañana a mi correo y dice:

«Escribirnos de cara al futuro es creer en la Vida, es sostener una fe en algo tan frágil como el soporte vital de estas funciones. Quizá haya vida para rato, pero imaginar que así será hace de esto un juego interesante. Hoy no pienso en sueños ni proyectos. El presente es lo único real. Ha sido un día bello y los regalos no han faltado. La vida y la salud no me faltan. Eso, esto, es el presente. No espero nada de nadie ni de mí. Nada busco, nada temo. Mi vida ha de volcarse en ayudar a otros. Seguiré mi autoconocimiento mientras se expande mi amor por el universo. ¿Qué otra misión podría estar cumpliendo acá? Gracias, Vida, por esta conciencia local. Aquí estamos siendo uno con el Todo.»

Junio 2 de 2025.  Aprender del ridículo propio.  (Texto largo y, quizá aburrido e innecesario). Hace unos días armé una de mis famosas pataletas en redes anunciando que me iba y, según mis palabras, posiblemente de forma definitiva esta vez (ahora me río de mis ocurrencias). Los que llevan tiempo conmigo en este espacio virtual saben que mi presencia aquí ha sido muy intermitente en los últimos años y que siempre que me salgo lo hago arguyendo alguna razón, casi siempre distinta a las anteriores. En esta última oportunidad no hice alusión (como en ocasiones pasadas) al tiempo que «desperdiciaba», a lo «irreal» que es todo aquí, al riesgo de caer en un narcisismo que nos lleva a curar (si no es que a manipular) nuestra historia como la de alguien con una vida «perfecta», etc. No, esos argumentos, una vez expuestos, no merecían que me enfrascara en ellos como un tocadiscos dañado. Miento, ahora que lo recuerdo, sí mencioné algunas de estas cosas, pero mi principal argumento giraba en torno a lo abusivas que son las políticas de privacidad de Meta. 

Al haber enviado esa publicación sentí que quedaba en mí un rescoldo de amargura: aquel sinsabor que nos deja la indignación que no provoca un cambio positivo. La actitud de la ‘quejetas’ que no actúa en modo solución. 

Paralelo a ello, andaba en medio de una lucha interna relacionada con la dualidad: con cierta frecuencia suelo (espero poder usar pronto ese verbo en pasado) aventurarme a juzgar cada acto como bueno o malo según mis categorías morales. Al hacerlo, sin darme cuenta, me preocupaba más por la rectitud que por el Bien. Después de unos días de reflexión me di cuenta de que ambas situaciones estaban emparentadas: la primera era un síntoma de la segunda. 

Empiezo a entender de dónde viene mi oscilación alrededor de la dualidad. Según las conclusiones sacadas en la introspección, he buscado validación externa: mostrar el espectro de mis valores, hacerles ver a otros mis « colores », mis opiniones, lo que considero justo o injusto, cierto o falso, bello u horrible. Empatizar con quienes piensan de forma similar, pedirles que me acojan en su clan. O, muy genuinamente, hablar cuando sentía que era preciso hacerlo, ya sea para elogiar lo que considerara « puro», «elegante» o «refinado»; o para mirar de soslayo lo que no entrara en ese canon. Es decir, me estaba convirtiendo en una ‘biempensante’, ‘neoburguesa’ y ‘posuda’. Exagero (eso espero), pero el caso es que el plano de las opiniones será siempre un campo limitado de acción y el motor de una actitud que hace más profundas las ilusorias líneas divisorias entre humanos. 

Meditando el asunto más a fondo, he visto que si he de estar en el mundo de las comunicaciones (lo cual incluye medios de mediano alcance como las redes sociales), debo olvidarme más de mí misma y volcarme hacia los otros, hacia aquello que pueda serle útil al mundo en tiempos convulsos como estos. Recordar las cosas que nos unen y los aspectos positivos de toda situación (incluso de lo que suelo criticar). De nada sirve una llama brillando tímidamente en un rincón solitario y expuesta a los elementos. Lo que el mundo precisa es de un fuego abrasador que nos purifique, que brille con toda la luz colectiva en la que las luces individuales se fundan. A ese fuego es al que quiero entregarle mi luz. 

Todo esto para decir que mi ser me pide volver a elevar la voz y que no me quede, pusilánime, regodeándome en la vergüenza, en la vanidad de mi pequeña voluntad personal o en la auto-lástima. No hay tiempo que perder. 

Todos nosotros poseemos algún talento y con él viene también una gran responsabilidad. Mi « arma » de elección, si es que así puedo llamarla, suele ser la pluma. Una pluma a la que no le falte la punta afilada, pero sobre todo, a la que no le falte nunca levedad para acariciar con ternura el alma del otro. 

PS : sí intenté salirme del todo de Meta, pero primero pedí una copia de mis publicaciones. El link que me enviaron para descargar la información nunca funcionó. También escribí una carta exigiendo transparencia y declarando mi oposición a sus políticas. No sucedió nada. Aceptaré que esas batallas se perdieron. Pero no me entristece que así haya sido. por alguna razón tenía que volver a las redes, a pesar del momentáneo (pero recurrente) ridículo. 

Por su paciencia, comprensión y atención, muchas gracias.

Agosto 1 de 2024. En la mañana bebí el rocío de las plantas y me di cuenta de lo que soy para una rama o una hoja. Vi el amanecer. Tengo todo lo que preciso para ser feliz. Flores blancas llueven sobre nuestros corazones. Tantos caminos y la única Verdad es el Amor. 

Mayo 21 de 2024. Tu carta me deja con el estremecimiento telúrico de un volcán que estuvo mucho tiempo dormido. La releí pasada la medianoche y tuve que aguantar las ganas que tenía de responderte en ese preciso instante. Al irme a la cama pensaba en cómo llevaba un buen tiempo sintiendo que no sabía para qué escribir, ni qué escribir, ni para quién. Tanta tinta, tanto papel, tantas publicaciones en las ferias de los libros, tantos lanzamientos, tantas preguntas de la gente («¿cuándo sacas un nuevo libro?») incitándonos a escribir. Y yo, de un tiempo para acá, sintiendo rebeldía hacia mi propia escritura. Escondiéndome de mi propio deseo. Quizá temiendo a hacer el ridículo y a pasar por una impostora (alguien que escribe sin estudios ni credenciales literarias). Pero escribir para alguien que sí nos lee es distinto. Hago una pausa en este hilo de pensamientos para darme cuenta de que estoy quizá confundiendo escribir y publicar. Escribo casi todos los días en mi diario. Sé que no es un texto publicable, pero preciso de escribir(me) y leer(me). Escribirte a ti es un acto también al margen de lo publicable y, por eso, disfruto de esta pequeña rebeldía: puedo jugar a ser escritora sin ser una o sin creer que lo soy. O puedo, simplemente, darme cuenta de que hay formas literarias que son tan puras y honestas como la correspondencia y que no son, necesariamente, una forma menor. Escribirnos es distinto a conversar, es distinto también a escribir un texto de otro género aunque lo escribiéramos sobre nosotros y evitáramos la ficción. 

Releo el párrafo que llevo hasta ahora. Veo que no corresponde a la carta imaginaria que estaba escribiendo de respuesta mientras te leía. Me gusta constatar que mi escritura conversa caprichosamente con tu mensaje y pareciera mandarse sola. 

PS: siguen cayendo higos salvajes de la higuerilla que extiende sus ramas sobre el tejado de esta casa. Por alguna razón, ese ruido como de pepa de aguacate haciendo tracatatatatá al rodar sobre las tejas de arcilla cada cinco minutos, me pone de buen humor. A esta hora (casi las 2 am) se escucha mucho más fuerte. También las campanas de la iglesia aquí cerca sonando cada media hora me alegran sin motivo. Mi hermana quiere hacer podar el árbol porque le molesta el ruido de esos frutos duros que caen locamente convirtiendo el tejado en una maquinita de pinball. Para mí es todo un encanto: qué árbol tan fértil y voluptuoso, sus frutos parecen ser infinitos. 

Mayo 18 de 2024. Salimos a la carretera. Desde hace un rato llevo puestos los audífonos para no oír la programación de Tropicana de la que el conductor disfruta como compañía. Aunque no tengo acceso a internet durante el trayecto, me doy cuenta con cierta alegría de que tengo una playlist de música folk en Spotify. Las canciones le dan cierto aire de road trip a este recorrido intermunicipal. Algunos de los artistas son Sufjan Stevens, Bill Callahan, Simon & Garfunkel, Cat Stevens, Bob Dylan, Nick Drake, Andrew Bird y Leonard Cohen. En un comienzo, pensé en escuchar el libro de Hugo Mujica «La carne y el mármol» utilizando la aplicación que lee textos en voz alta. Desafortunadamente, pocos minutos de lectura me convencieron de postergar esa exploración hasta que encuentre una opción de voz menos robótica que la que me ofrece el sistema. 

Mi mamá duerme a mi izquierda. Va sentada en el centro del asiento trasero. Me deleito y enternezco en contemplarla. Gustavo, su esposo, va junto a ella. Adelante, como copiloto, va Constantino. También él lleva audífonos. No sé qué escucha, pero supongo que son los Arctic Monkeys, pues sé que le encantan. Ahora que lo conozco mejor sé que es música de ese estilo lo que va escuchando y no ragas de la India, meditaciones budistas o sonidos de cuencos tibetanos como se me habría ocurrido sospechar hace unos años. Pensarlo o saberlo nuevamente un poco más terrenal (con novia, con apetitos de este mundo, con pequeñas ambiciones materiales) hace que se dibuje una sonrisa en mi rostro. Ya no está dentro de mí ese superyó que me juzgaba forzándome a alcanzar una transformación inmediata que emulara no solo a las personas más serenas y sabias que tenía a mi alrededor sino a los grandes santos y santas de las distintas religiones (y también aquellos sin confesión alguna). Ya no siento que tengo que ser «tan buena» como él o como el Buda o como Jesús. Jajaja. Hasta la imagen de monje compasivo y bondadoso que pueden emanar personajes como Hugo Mujica se transforma en la del hombre igual a mí, igual a nosotros, que siente emociones humanas y totalmente naturales («¡estoy harto de los pobres!»). 

Mi pensamiento estuvo divagando respecto a esas figuras de «santidad» en el mundo y luego empezó a merodear respecto a la humanidad sin calificativos como «santidad». La humanidad en sus infinitas representaciones contingentes y singulares. Puedo, a veces, sentir mucho amor y mucha emoción al ver al otro. Esto que soy, esta brizna de consciencia, se expande y se vuelca en el asombro por la existencia del otro. Es como si, últimamente, mis ojos se abrieran cada instante por primera vez. Todo puedo verlo como nuevo, todo se convierte en un poema que está continuamente escribiéndose en mi alma. Ya no me parece que mis pensamientos están sucediendo en el plano de lo conceptual o de la razón, sino que mis cogitaciones son formas de la poesía o de la meditación. ¿Qué tan peligroso o apropiado puede ser que todo pueda resultarme potencialmente bello? No lo sé. Estoy al mismo tiempo muy viva y muy consciente de mi finitud. El saldo de días y milenios en que estuve no-viva, antes de nacer, el mundo existía siendo como es. Solo es posible que ahora esté viva para darle una mirada subjetiva a este mundo. Me es imposible verlo como es, pero siempre está naciendo en mí. La lámpara que ahora veo parece doblar sus rodillas. El ruido de un fruto duro que acaba de golpear el tejado está expandiendo sus pequeñas ondas sonoras hasta desaparecer. Pero yo lo recordaré. Releeré algún día esta carta y ese golpecito sonará de nuevo. Suena como el árbol que cae en un bosque despoblado. Es decir, suena. Así como en otros planetas con atmósfera hay ruidos que solo dios puede escuchar. ¿Qué sonaba, entonces, antes de que nuestro planeta tuviera aire? Es inefable el asombro de constatar que millones y millones de cosas han sucedido sin nosotros. La vida alcanza un sentido (si lo hay) por el único hecho de existir brevemente en este mundo.  Me detengo en estas últimas cinco palabras: existir-brevemente-en-este-mundo. 

Regreso a recordar el viaje de esta mañana. Siento que preciso demorarme en las imágenes: una vaca y su ternero en un mudo diálogo íntimo, llamas pastando en un potrero, gallinas muy gorditas y pardas contoneándose del otro lado de una reja, los camiones y tractomulas que pasan por nuestro lado y de los que me quedo observando el eje de transmisión de las ruedas, la robustez de las máquinas, los conductores morenos por el sol y el trabajo, los ranchitos con una moto o un jeep parqueado al lado, la montaña con su falsa perspectiva de cercanía al otro lado del abismo, un pájaro alzando vuelo como una mariposa, nuestro conductor haciendo una parada en un pueblo para saludar a su abuelita, el delantal a cuadritos rojos y blancos de ella y sus dientes muy derechitos y relucientes, su abuelito moreno sentado en cajas vacías de cerveza, sus ojos con el color del agua de la catarata o el glaucoma, el viejito que lee la Biblia en una silla afuera de su casa, el perro echado en el taller de mecánica, el caballo café que lleva una cabuya amarrada al cuello y come pasto junto al árbol que limita su libertad, el gallinazo libre y solitario que rasga el cielo, el señor de ruana color crema que toma tinto en vasito desechable en el parador, mis ojos llenándose de lágrimas al darme cuenta de que soy testigo de todo esto. 

No sé si es que el amor me hace ver todo más bello. Llevaba tu libro en el regazo mientras lloraba de emoción y de finitud. Pensaba en cómo es de breve esta vida y cómo puede ser de eterno el amor. Pensaba, también, en que alguien que se deja amar es alguien que te ama. ¿Tendrá sentido lo que dije? Se podría objetar que existen personas que solo quieren recibir amor sin darlo. Lo contrario es cierto también. Sin embargo, creo que el mundo puede estar ahí dejándose amar por mí en silencio. Mi amor hacia el mundo es un amor sin apego. No necesito desapegarme a la vida si desde ya adopto una actitud de no-apego (por oposición al desapego). Después de la dimensión en la que amo el mundo, está aquella del amor hacia los seres que se relacionan conmigo, aquellos que pueden (o no) amarme también. En ese conjunto del amor universal, indiscutiblemente, están ellos también. Pero hay entonces otro amor, otro tipo de amor que es selectivo, que converge hacia ese otro tan singular y efímero, ese otro totalmente único e irremplazable. Encontrar y acercarse con curiosidad a ese ser, sentirse en casa en su presencia, sentir seguridad y asombro solo parece ser una manifestación del milagro. 

Gracias por recibir estas palabras. Con ellas van también un beso y un abrazo. 

Mayo 13 de 2024. Finalmente no pude escribirte durante el vuelo. El trayecto no fue cómodo y solamente me la pasé en una especie de duermevela al vaivén de las turbulencias. Siempre que estoy allá arriba, en el aire, pienso en la muerte. Antes lo hacía con cierto temor: imaginaba escenarios catastróficos en los que el avión se incendiaba al despegar, se caía desde el aire o se estrellaba al aterrizar. Mi cuerpo somatizaba todos esos temores y, como una niña, le pedía a Dios que mi muerte no fuera trágica. Me daba cuenta de que mi miedo no se trataba tanto de morir en ese instante sino del cómo se produciría esa muerte. Con el tiempo, he aprendido a superar ese temor: hace unos años, caminando por las calles del centro de Bogotá, vi unos aretes que me llamaron la atención en un puesto de artesanías. Le pregunté al artesano el nombre de la flor disecada en aquellos aretes y me dijo que era la flor de la cicuta. No dudé en comprarlos. Pensar en la cicuta había sido la cura para mi miedo a volar. Por aquel entonces, durante otro vuelo turbulento, acudí a Sócrates para calmar mi ansiedad: lo imaginé en su inmensa serenidad ante la muerte. ¿Por qué, entonces, se despertaba en mí aquel miedo solamente en los aviones? Yo quería ser alguien que no le temiera a nada, absolutamente a nada. Hacía tiempo que había dejado de tenerme miedo a mí misma. Así que solamente quedaba aquel único miedo: el miedo a morir en un accidente aéreo. Comencé a preguntarme por qué o de qué tenía miedo. ¿Por los instantes previos, de angustia y terror? Sí, las imágenes podrían ser aterradoras, pero todo acabaría pronto. ¿Tristeza de lo inconcluso, de lo inconfesado? Esto último requería un trabajo adicional de mi parte: entender que siempre habrá cosas inconclusas, que todo en la vida está siendo, en gerundio. Que cualquier malestar por los pendientes en mi larga lista de tareas y proyectos era un producto de mi ego. Para ese ego () es un proyecto en construcción, una especie de work in progress, peor aún: una marca, un producto inacabado. Yo es un producto que debe haber terminado de leer a Borges, a Kafka, a Joyce, a Yourcenar, a los filósofos de cabecera de los que solo ha leído breves apartados. (Yo) se proyecta como un producto que debe haber escrito algo, algo mejor, algo de más largo aliento, algo «que valga la pena» o como la marca de una producción artística interesante, una obra. Y ni qué decir tiene del amor: (yo) debería haber fraguado ya algo concreto y hermoso en ese plano. Ay, visto así, el ego es ese señor de venta de catálogo que viene a mi puerta sin ser invitado. Nada de lo que ofrezca, por atractivo que suene, me interesa. Sí, señor ego: usted hace muy bien su trabajo, es un excelente vendedor, lo veo muy bien vestido y perfumado (parece que le enseñaron que esas impresiones sutiles son importantes en sus clientes), los testimonios de sus clientes son interesantes. Sí, sí, ya veo. Oh, bien, interesante… ¿famosa? No, gracias, creo que no quiero o no deseo eso particularmente. ¿Se puede redefinir el objetivo de la marca en cualquier momento? Suena bien, suena bien… pero no me interesa. Bueno, que tenga un buen día. Sí, sí: si cambio de opinión, le escribo y aprovecho la promoción.

Uff, qué alivio. Se ha ido. La vecina, de plano, no le abrió la puerta. Yo casi me dejo tentar. Miro (en mi mente) aquella biblioteca de mi casa: no es tan vasta como la de tantas personas cercanas a mí, pero tampoco he leído una mínima parte que le haga justicia. Si muero ahora (aunque ya no esté volando), habrá sido un proyecto incipiente. Las fotos (las miles de fotos que no he borrado aún) de mi celular, ¿vale la pena tenerlas? Si muero ya, no hay más de cien, incluso de diez, que puedan pasar a la posteridad como fotos testimoniales y biográficas. Que se vayan, pues, todas. ¿Los amores inconfesados: a qué propósito servían? También al ego de una (yo) que se imagina muriendo «joven» en una historia romántica inconclusa.

Son las 11:30 am y mi hermanito, Constantino, se acaba de despertar después de haberse ido a dormir al abrirme la puerta y mostrarme el sofá que me dejó preparado esta mañana. Él es quien me hospedará durante estos días en Bogotá. Mi hermanito es filósofo. Su novia, a quien aun no conozco, se llama Catalina y es artista. ¿Tendrá ella un ego o habrá logrado desembarazarse de esas promociones en su momento? A veces no sé si necesito un ego. Las veces que he hecho negocios con él todo ha sido muy frenético. Al margen de esas promesas vivo ahora como alguien cuya vida es pequeñita y sencilla. Ese remanso es frágil, pero lo atesoraré lo más que pueda.

(Yo) se ríe con Constantino en la habitación. Presiento que, pronto, habré de ponerle un punto final a esta carta. Un final abrupto, como la muerte. Un final que no me deja decir todo cuanto habría querido decir. Pero recuerdo que escribo sin saber previamente qué quería decir. Lo que quería decir , ¿lo dije?

Seguiré escribiendo cuando pueda. Pero también aprovecharé para leer. La biblioteca de mi hermanito es un paraíso: obras completas de Borges, de Kafka, de Proust, de Hegel, de Deleuze, de Derrida. Obras muy nutridas sobre filosofía oriental, poesía, arte… Muchos tesoros y maravillas.

Un abrazo con la cercanía de nuestro territorio raizal, con la calidez de estar pisando el mismo suelo. No es Tusquerres, pero es más cerca. Me alegra estar cerca.

No releeré mi sarta de digresiones antes de enviártela. Que quede así como flujo de pensamiento. Sin que me hayas leído todavía, escribir para alguien es una compañía anticipada. Bueno, ya me leíste (pienso con el deseo y escribo a modo de conjuro).

Mayo 12 de 2024. Mis dibujos de infancia eran estudios en torno a las variaciones y la repetición de alguna misma idea o motivo: doscientos pingüinos en un casquete polar, ninguno igual a otro. Un parque lleno de niños haciendo cosas distintas. Veinte modelos desfilando atuendos. Un grupo enorme de bailarinas. Una fiesta de gatos. Alumnas en una escuela durante el recreo. También la abundancia (porque era lo que en casa faltaba, en cuanto a lo material se refiere): carritos de supermercado llenos de cosas que solamente veía en los comerciales de la tele. En una misma hoja, por economía de papel o de espacio, ponía la mayor cantidad posible de dibujitos. Usaba los empaques vacíos de las cajetillas de cigarrillos de mis papás, los envoltorios de las chocolatinas Jet, los sobres de los documentos que recibía mi abuelito en el correo. Cualquier papel era un tesoro para mí. Todos los reciclaba: los convertía en origami, en dibujos o, en ciertas ocasiones, en poemas. 

La primera película que recuerdo con cierto estremecimiento es la que me remite al primer recuerdo de una salida al cine. Mi mamá me llevó a un club de cine-arte. Yo tenía diez años y vivíamos en Armenia. La película se llamaba Antonia. No recuerdo la película. No era infantil, pero sé que había poesía en aquella obra. Lo que atesoro de ese recuerdo es la compañía de mi mamá. La canción que marcó mi salida de casa me la dedicó también ella: “¿Qué va a ser de ti, lejos de casa? Nena, ¿qué va a ser de ti?”. La canta Serrat, quien es el cantautor favorito de mi madre. Ella me la dedicó a los diecinueve años, edad en la que me fui del hogar para formar otro: mi primer matrimonio… Ah, la herida de dejar el hogar materno tras una quimera. Los golpes de la inmadurez y, al mismo tiempo, la confianza ingenua en mi autonomía. 

¿Sé acaso de dónde viene el color en mis historias? No sé muy bien cuál es mi historia con el color. Pondré atención. Haré memoria. Yo también quiero saber, pues nunca me lo había preguntado.  

Mayo 3 de 2024. Muchas veces no sé qué sentarme a escribir, tanto en general como en particular (es decir, en esta correspondencia). Escribir es otra forma de pensar, así como la bicicleta es otra forma de andar. O mejor: caminar dentro de un metro en movimiento es distinto a caminar esa misma distancia a pie. ¿Pero cuál de las dos analogías sería la de escribir? Y cuando releo lo que acabo de escribir, ¿estoy leyendo, pensando, reescribiendo…? Pienso (y escribo) que saber qué escribir antes de sentarse a escribir no es indispensable. Aquí estoy, por ejemplo, escribiendo sin saber qué más podría decir. Es claro que podría contar muchas cosas. Hablar de mi vida en la escala de lo reciente, hablar de mi vida en la escala de los grandes eventos vividos, hablar de mi vida proyectada hacia futuro. Y no sé. No soy como tú (y otros, pues lo he visto ya en muchas personas) que tienen siempre una buena cita para traerla a colación, una referencia a otro libro, otra canción, otra película. No creo que todo el mundo lo haga con un afán de mostrar su cultura y su erudición. Por lo menos, sé que no es tu caso, así que sobran tus disculpas de la carta anterior. Yo disfruto y aprecio las menciones que otros aportan a las conversaciones. Fue así que, por ejemplo, esa otra noche descargué un libro de Derrida que conversaba ensayísticamente con Nancy. No fue coincidencia: fue porque en varias cartas mencionas a Nancy. El libro que quería ojear de Nancy era el del tacto (no recuerdo el título… tiene el número 53, creo). Como no lo encontré, descargué el de Derrida que menciona a Nancy y a Lévinas. Solo leí un capítulo y medio, pero me atrapó por completo. Me atrapó como también lo han hecho ya en su momento Blanchot y Bachelard (¿será alguna cosa mía con los filósofos franceses? rio…). A lo que iba es que mi memoria no funciona así (desafortunadamente). Yo no logro memorizar (quizá no lo he intentado) los conceptos, las citas, creo que ni siquiera la clasificación de escuelas de pensamiento de todos esos intelectuales. Solo leo filosofía para pensar. Y pensar es como caminar. Tal vez sí se piensa con los pies como decía Lacan (oye, Cata, citaste a un autor, ¡sí puedes! rio otra vez). 

            En realidad, leo (y esto aplica para todas las experiencias estéticas en las que pueda participar) como un acto que tiene su propio universo y su propio espacio-tiempo de intimidad en el momento en que sucede. Entenderlo con la música es más sencillo: solo se escucha la música en el presente. No estoy negando que se pueda recordar y tararear en la mente una melodía, pero no se está escuchando. Ese ando del gerundio es el andar del pensar, del pensando, ya que un pensar es un sustantivo, algo que no me sirve como metáfora. 

PS : en días pasados me aventuré a escribir un poema faltando media hora para que se venciera el plazo de participación en el concurso. Hoy me avisaron que el poema fue seleccionado. (¿Borramos esta anécdota? ¿La ampliamos? En eso estoy pensando…)

… pero la carta tiene que terminar aunque yo me quede pensando. Quizás es como bajarse del metro, aunque este reanude su andar.

Abril 24 de 2024. Somos lo que comemos, somos lo que amamos. En Sánscrito, «Anna (Alimento), es la primera palabra para Brahman o divinidad suprema. Todo el universo es alimento. El Yo interior, Atman, absorbe el alimento que lo representa todo. Todo lo que vemos es alimento para el alma. El desarrollo de nuestra alma depende de nuestra capacidad para absorber y digerir el alimento que da forma a nuestra vida. El alimento o Anna es la base de la vida o prana. Transporta la fuerza vital y la mantiene en nuestro cuerpo. El tipo de alimento que buscamos refleja nuestro nivel de desarrollo. El nivel de conciencia de una persona se revela por el tipo de comida que elige. El Yoga y el Ayurveda insisten en una dieta vegetariana pura, o lo que se conoce como dieta sátvica, que promueve el desarrollo del sattva y posee cualidades superiores de paz, amor y conciencia. El acto de comer es nuestra primera interacción con el entorno. Si esta interacción no se basa en el amor y la compasión, es obvio que todas nuestras demás acciones se resentirán.» 

Tanto el domingo como el lunes fueron días de emociones que intentaban hacerme salir del yo y practicar la compasión. Compasión como sufrir con el otro. No en su lugar, pero sí a su lado. El domingo se organizó un evento cultural benéfico por la población de Sudán: hubo poesía y presentaciones musicales. El lunes volví a Africa, pero en la sala de cine: sufrí con una de las películas más tristes que he visto, Io Capitano. Siento que aún no he terminado de procesar ese dolor que me causa el ser consciente del sufrimiento de otros, la injusticia que se vive en el mundo, saber que miles de personas dejan su alma y su cuerpo en el desierto o en el mar por intentar llegar a “mejor” puerto. Solo en la acción colectiva podríamos encontrar consuelo y transformar la digna rabia en fuerza reparadora. 

Hoy cayó un poco de nieve a pesar de que la primavera ya lleva un mes intentando mostrar su naricita. Nunca me enojo con el clima. Los elementos tienen su voz, sus cambios de humor, su forma de ser episódica y teatral, atmosférica y elocuente. 

Pienso en que hace 22 años yo vivía en Manizales, la ciudad que me vio nacer y en la que vi los más bellos atardeceres. ¿Me dará la vida otro rendez-vous en Chipre algún día? ¿Cómo sabemos dónde empieza un ciclo y dónde se oculta su simetría?

Abril 21 de 2024. Hoy pasé cuatro horas haciendo pan. Ese es otro mundo. El mundo de la cocina lenta y ancestral es muy especial. ¿Por qué dedicarle cuatro horas de trabajo a cuatro panes pequeños? Porque hacerle frente a la dinámica de la productividad es una forma de resistencia. Porque el arte está también en el proceso. Porque el pan artesanal no se hace para saciar el hambre. 

En la tarde fui a ver un monólogo de un hombre indígena que sobrevivió a los internados católicos canadienses. Con sensibilidad, sin sensacionalismo, con espíritu de reconciliación, nos recordó esa herida que sigue abierta. Lloré mucho. Pero encontré también reconfort en algunas de sus palabras: «no se sientan culpables de lo que pasó. Esta es mi historia y así la viví. Así la cuento. Ahora ustedes son testigos. Mi último mensaje para ustedes sería: “sean buenos ancestros”». Luego todos los asistentes a la pieza teatral fuimos convidados a un banquete. Un verdadero banquete lleno de platos típicos de distintas comunidades autóctonas. La costumbre dicta que los mayores se sirvan primero. No comí de la mayoría de platos porque llevaban carnes: wapiti, caribú, ganso salvaje, salmón…. Sé que no eran animales matados con crueldad. Nos alimentaron y reconfortaron el cuerpo después de alimentar nuestra alma con la invitación al perdón. También nos ofrecieron limonada con infusión de agujas de coníferas y té del Labrador, una de las plantas medicinales indígenas. Enseguida nos invitaron a una danza sanadora. Fue breve, pero sentí toda la hermandad con los seres presentes y con quienes no lo estaban también. 

Abril 14 de 2024. Tengo tanto espacio para hablar, tanto papel en blanco para escribir, tantas ideas que quisiera haber atrapado como pompas de jabón antes de que estallaran para poder demorarme un poco en cada una, para poder tejer hilos de correspondencia con todas sin que nada quede suelto… Pero la tarea, si me detengo a pensar en ella, es imposible. Solo puedo atinar a decir que, en silencio, conversaba con cada frase, preguntaba para saber más, releía o agregaba en mi mente: «¡Ah, esto también lo leí!» «Ah, esta canción también me gusta», «oh, ese tema es tan genial», pero no es fácil escribir entre las líneas de aquellas 21 páginas. Una lectora siempre le está escribiendo una respuesta al autor o autora a quien lee. Le escribe en la mente o en las márgenes del libro. O toma notas. No escribir respecto a todo es una forma de la escucha, aquella que no precisa de intervenir, de validar su vivencia personal en relación con lo escuchado (o leído) y que asume su papel de espacio de posibilidad. Pienso en que cada fragmento de nosotros -en este caso una carta o cien cartas- es también un todo, un yo que toma forma en el momento de la escritura o de la performance. Cada cosa que no decimos sobre nosotros es elocuente. Lo que decimos se queda como señuelo, como inukshuks para mostrar un camino o una estrella polar. 

En ese silencio que quisiera desarrollar más profundamente, aparecen las cosas impregnadas de duración: las cartas, lo que no tiene fecha de vencimiento, la pausa, la resistencia que podemos ejercer desde la lentitud ante un mundo cada vez más frenético. Si todo lo que publicaba eran cartas abiertas y reflexiones que luego tendía a autocensurar, por acá está abierta de par en par esta tertulia, una mirada dispuesta que me invita a seguir dialogando, unos ojos que también son oídos, una generosa muestra de atención (que Nicolas Malebranche dio en llamar la oración natural del alma). 

Salgo de esa introducción para tomar el hilo de los sueños: el último que tuve (o, mejor, el último que recuerdo) fue a mediados de esta semana: soñaba que viajaba (de nuevo) a Japón con mi hermanito y con Agus. Al llegar, yo le hacía notar que el silencio de allá era otro silencio, un silencio distinto, como si estuviera hecho de otra materia. Insistí, fascinada, en que mi hermano notara lo que yo estaba notando. Pero él solamente sonreía en silencio. 

Saludos desde el Norte,

Septiembre 10 de 2023. Esta mañana saqué un tiempito muy especial para dedicarlo a leerte con toda la atención y cariño del caso. Me llena de alegría haber recibido esta primera carta tuya y espero que no sea la última. Mientras te leía, me vino a la mente una ilustración que descubrí de una artista inuit llamada Shuvinai Ashoona (puse la imagen al final del correo) con la que estoy un poco fascinada últimamente. No solo porque mencionaste tu visión de la serpiente durante la toma de Ayahuasca (el Yagecito o el Remedio, como también lo llamamos) sino porque en el retiro de yoga y meditación que hice, me topé con una serpiente en uno de los caminos. Era la primera vez que veía una serpiente viva. Son animales muy poderosos que yo no asocio a la maldad ni a nada negativo como suele hacerse en la cultura popular. Mi encuentro con la serpiente tuvo después un significado aún más especial, pues a raíz del retiro, surgieron en mí el deseo y la curiosidad por aprender más sobre el yoga. Mi profesora de Tai-chi (que también es maestra de yoga, artes marciales y meditación, entre otras cosas) me recomendó un libro que se llama The Heart of Yoga y he estado leyéndolo poco a poco. En uno de los capítulos hablan de Ananta, quien era, según el Yoga Sutra, el Rey de las serpientes y que le servía de apoyo y soporte a Vishnu. En el libro hablan muy brevemente de Ananta, utilizan esa imagen de la serpiente para que recordemos tener al mismo tiempo la suavidad y blandura de la serpiente, su fluidez y flexibilidad, y la solidez para servir de soporte, tal como ella sostenía a ese dios. Sin embargo, quise mirar en internet qué más decían de Ananta y ahí encontré que también representa el infinito y uno de los muchos nombres de Vishnu. De acuerdo con la escuela del Yoga (según Wikipedia en inglés), Ananta era la serpiente del infinito que estuvo escuchando a escondidas las enseñanzas secretas del Yoga que Shiva le estaba enseñando a la diosa Parvati. Cuando Shiva se dio cuenta de que Ananta estaba espiando y escuchando, la »condenó» a que adoptara forma humana (convirtiéndose así en Patanjali) e impartiera las enseñanzas del Yoga al resto de la humanidad. El hecho de haber visto a esa serpiente avanzando por el prado delante de mí como una especie de guía (o de gurú) adquirió pues este simbolismo con mayor claridad. En el retiro sentí que tengo un llamado a seguir el camino del yoga desde su forma más profunda y completa, aquella que involucra la práctica espiritual y no solamente la de las asanas (posturas). 

Al igual que te pasó a ti, en el yoga (que es aún muy reciente e incipiente en mi vida) he descubierto la continuidad entre mi alma y mi cuerpo, las cuales antes estaban muy desconectadas. Es decir, antes yo consideraba el cuerpo como un soporte, una especie de estuche que no tenía tanta importancia como el alma. Sí me interesaba adoptar hábitos saludables, pero no veía que la espiritualidad puede abarcar también el cuerpo. Quizá Jesús lo dijo, pero no hemos meditado a profundidad en su frase de que el cuerpo es el templo del alma. Y es que cuando vemos al cuerpo como un recuerdo de la impermanencia y de la mutabilidad a la que todos estamos sujetos, creo que nos podemos reconectar con más amor a la vida, al aliento vital que continuamente circula por nosotros. Hemos sido semilla (¡qué bellas imágenes usas para hablar de tus visiones!), somos ahora también raíz, tronco, ramas y hojas… pero también un día seremos humus. El ciclo es perfecto y como bien dices, la naturaleza es como el amor. Mira al sol, por ejemplo. El sol es puro amor, es entrega total. Ojalá así mismo viéramos los humanos el amor. Pero tristemente, lo hemos complicado mucho con el lenguaje y con todas las programaciones que resultan de las heridas (tanto las familiares y de infancia como las de las relaciones amorosas). 

Sanar, decidirse a sanar, es entonces un profundo acto de amor y de coraje. A veces nos falta fuerza y luz para entender que precisamos sanar. Mucha gente puede pasarse años o toda su vida aceptando el sufrimiento como algo merecido o como un destino inexorable. Y, sin querer, están también causando más dolor. ¿Cuántos de nosotros no hemos sufrido al ver un ser amado que no despierta de su pesadilla, que se ha identificado plenamente con el dolor que lleva a cuestas? Por eso es que desprogramarse no es sencillo. Lo que todos merecemos es amor y paz interior, soltar las culpas, así como se suelta el pasado para que en el presente brille la paz. Es hermoso saber que renaciste, que sanaste, que perdonaste a la A. de los 23 años. Ella vivió y actuó de acuerdo a su nivel de conciencia en ese momento. Ya no hace falta juzgarla, ya sabes que tu ser solo existe en el ahora, en un presente en el que das amor. Y el pasado deja de existir cuando deja de tener efecto en el presente. Solo ahí nos damos cuenta de que el pasado (tanto la culpa como la añoranza o la nostalgia) son una ilusión. Pasa lo mismo con el futuro (tanto las proyecciones y deseos como la ansiedad hacia algo que aún no sucede y que no sabemos si sucederá) nos ponen en el mundo de las ilusiones y no del presente. Sentir culpa (o rencor) solo genera un bloqueo que empequeñece todo nuestro potencial ilimitado de amar (de ser un sol, pues el sol no pierde nada dándoles su luz a todos por igual). Cuando el amor se expande sin condiciones, nuestra libertad también. ¿Dime si no es tremendamente poderosa una persona que ama ampliamente? Lo es, pues lo opuesto del amor es el miedo. Y el miedo encoge nuestra libertad y nuestro poder. 

Te perdonaste y eso es hermoso. 

Cuando yo tomé Ayahuasca no vi tantas imágenes como tú, pero sí me hablaron las plantas y me dijeron esto varias veces: «amar es ver». Me parece un mantra hermoso. No es que la frase de »el amor es ciego» sea absurda. No: tiene sentido si entendemos que lo que la gente suele llamar amor hace referencia a una idealización. El que idealiza está ignorando o desconociendo cosas que no ve en la otra persona. Cosas que no son malas en un sentido absoluto, pero que quizá las encontrará malas cuando se le acabe ese enamoramiento que confundió con amor. Es decir, la idealización. Es el enamoramiento el que es ciego. El amor, por el contrario, ve. El amor de una madre por su hijo (por poner un ejemplo), es un amor en el que la madre ve las imperfecciones y los detalles por mejorar en su pequeño, pero eso no reduce su amor por él. Ella se le entrega generosamente. También alguien que cuida con amor de un desvalido. A lo mejor esa persona enferma no puede dar con reciprocidad detalles concretos a su cuidador o cuidadora, pero esta la ama, la cuida, quiere su bien y con eso es feliz, no espera esa reciprocidad. ¿Quiere eso decir que en las relaciones románticas uno debe amar a alguien que se aprovecha de nosotros y a quien le damos todo? No, eso es lo que constituye una relación tóxica. La diferencia es que en este tipo de relaciones la otra persona no da pudiendo dar. Manipula para recibir. Se genera un apego entre ambas partes. También ahí se necesita mucho coraje para despertar y salir. El amor propio es difícil de cultivar desde cero. A veces necesitamos que la vida nos traiga esa semillita. Es más fácil cuidar la planta del amor propio que sembrarla cuando no sabemos ni siquiera qué se siente amarse a uno mismo. 

Por eso, después de esta larga digresión retomo la idea de felicitarte por haberte dado ese bello regalo de reconexión con la esencia pura, bella y hermosa de tu ser y permitirle renacer. Soy testigo. Como bien dices, somos uno y todo con la Tierra. Recordar esa unión es el amor. Si la vida tiene un sentido, es justamente ese. 

Me gustaría tener esa oportunidad de hacer la ceremonia de Temazcal. Pero creo que la experiencia me ha de buscar a mí cuando sea el momento. Por lo pronto, me quedo con el mensaje de amor, gratitud y respeto a las piedras. Alguna vez, cuando tenía 17 años, escribí un poema en el que un verso decía que las piedras a veces saltan y se saben amadas. Tu poema es muy bello. Muchas gracias por escribirme. Tú también me transmites mucha paz y confianza. 

Junio 3 de 2023. Ah, la paz de la biblioteca… estoy aquí desde hace un momento. Te escribo porque hoy siento algo de desasosiego, como si fuera una flor delicada en medio del viento. No he Ilorado, pero suena dentro de mí un acorde de melancolía. Todos los días en que hemos cuidado este silencio entre nosotros me he sentido serena. Excepto hoy que estoy un poco frágil y que confundo tu ausencia con distancia. Imposible no pensar en ti cuando veo los gorriones que interrumpen brevemente el azul de este cielo tan puro o cuando los veo descolgándose de un arbusto que tambalea en el viento, Hojas secas que vuelan de una copa a otra. Está bien, lloraré aunque no tenga motivos justificados. Pronto te abrazaré y me sentiré más leve. Si supieras (es decir, lo sabes), con cuánta fe te entrego mi corazón, con cuánta libertad y alegría lo hago… no quiero escatimar ni un ápice en ofrecerte todo lo bueno y bello que sea capaz de florecer en mí. 

Habiendo Ilegado a esta línea, me siento mejor. No será necesario llorar. Es como si me hubieras escuchado. Ahora estoy nuevamente en paz. Eres lo más distinto y único que conozco, veo tu luz delicada, sublime y con ese aire de eternidad, que se eleva ligera por encima del infierno de lo igual. Es un privilegio contemplar tu obra y leerte. 

PS: no estoy triste. Estoy sin ti. Ese sentimiento no tiene nombre porque solamente yo lo conozco. 

Mayo 30 de 2023.  Miro el viento jugando con la hierba, veo a las piedras descansando en el sol como gatos perfectos. Veo tus manos sosteniendo figuras de arcilla, formas que se diluyen en el agua hasta alcanzar cierta suavidad. El agua, el fuego, la tierra y el aire en un mismo acto. Ahí estás tú tomando esas materias nobles para Ilevarlas a la alquimia de lo simbólico, dándole primero –por supuesto– paso al vacío, a la luz y al silencio que todos los demás parecen haber olvidado. 

El vacío no es la nada, pero no es algo tampoco. Es la potencia que solo habla cuando lo demás calla. En la arcilla anticipas la forma que le es propia. Así yo te anticipaba también desde un tiempo sin memoria. Hasta ahora, he sido mi obra y mi artista. No puedo concebir la vida de otra forma. Por eso te conozco y sé que lo sabes. El lugar que le hemos otorgado a esa potencia nos interpela ahora desde un nosotros, ese espacio abierto que nos acoge en su seno. 

En estos días me han acompañado las lecturas de Byung-Chul Han; cuatro libros en total. Quiero continuar leyéndolo así, en serie, dejando que sus palabras sigan cincelando mi alma. Poco a poco, varias aristas de mi ser que, antes me hacían ruido, están suavizándose sin esfuerzo. He encontrado un hogar en su sabiduría. Sonreí cuando dijo que le molestaban las hojas de roble, a mí que las encuentro tan bellas y que hasta les hice un haiku (!). Solo en eso hemos discrepado… 

Un día, (aspiro que no muy lejano), veremos nuestro jardín floreciendo. Aprenderé de botánica y de ornitología (claramente, aprenderé de ti)… Por ahora, hago flores de papel. Espero Ilevarle una canasta con varias docenas de flores variadas a mi hermana. En el origami siempre he encontrado metáforas del vacío como potencia y de la paciencia como proceso creativo. El amor está en la vida que surge de nuestras manos. 

Recibe mis besos de renovado y prometido amor. Mis manos ya casi alcanzan tu alma. 

Junio 1 de 2023.  Escribir no es fácil. Me llaman poeta, pero este año no he escrito quizá ni siquiera cinco poemas. Aunque ambos sabemos que no es en las cifras en donde reside esa aura. Quería decir, ante todo, que cuanto más anhelamos y apreciamos el silencio, más arduo se vuelve el acto de escribir. Le sobran al mundo tantas palabras ya. Sé que ambos estamos en ese margen en el que consideramos pueril la mera idea de ver nuestras palabras e imágenes convertidas en entretenimiento. Ay, me lamento, de haber sido parte de ese barullo en algunas ocasiones. Ese pasado mío que contiene ecos, ruidos, borrones, centenares de no-cosas, me es ajeno y extraño ya, pero no puedo tener la cobardía de negarlo. Siempre he entendido la vida como aquello de lo que solo la experiencia puede dar cuenta. No puedo juzgar lo que otros viven y que jamás he vivido yo, del mismo modo que no puedo juzgar algo que yo misma haya dejado atrás como una piel muerta. 

Celebro mi vida y canto mi vida porque es el cuaderno en el que más he escrito y dibujado, no como aquellas libretas finas de papel italiano o japonés que atesoro tanto tanto que no me atrevo a estrenar. Ya lo sabías, pero tengo una debilidad por la compañía de ciertas cosas como libros, material de arte y de dibujo, papeles nobles, incluso vestidos y mi adorada bicicleta celeste. Preciso tenerlos, coleccionarlos, saberlos conmigo, prometerles fidelidad. Todas esas cosas constituyen los silencios con los que converso. Creo en el alma de las cosas queridas. 

Siempre hay en mi vida algún punto de inflexión, un gradiente hacia un cambio de fase, un proceso osmótico, una especie de respiración aunque todas las demás variables se mantengan fijas. En este momento de mi vida, lo que está en ese vértice de lo incierto es mi búsqueda creativa. Ya oigo ese murmullo, ya adivino en la neblina la forma del núcleo que comienza a definirse. Sé que acabará por manifestarse y sé (lo digo con el deseo y la esperanza) que tú estás y estarás conmigo descubriéndolo y creando. Tú haces parte de lo que considero más cierto, real y tangible en mi vida. Comprendo que estamos ante un camino aún nebuloso en el plano de los detalles mundanos que servirán de hoja de ruta para hacer de nuestro deseo una realidad palpable. Confío, no obstante, en nuestra estrella, nuestra inteligencia, nuestro instinto, nuestro sentido común, nuestra voluntad, nuestra locura y nuestro amor. 

No me asusta que tengas miedo, incluso miedo de ti mismo. Lo más humano es tener miedo. Yo no espero de ti la encarnación de un ideal, de un arquetipo perfecto o de un hombre siempre seguro de sí. Ya sabrás de mis inseguridades también y sé que abrazarás esa vulnerabilidad sin juzgarla y sin idealizarme. 

Que venga el amor como algo inocente y doméstico, como ese lugar que nos cuida y en el que nos podemos desnudar. Sencillo, muy sencillo. Dulce. Como si estuviéramos recostando nuestra cabeza en el hombro del otro mientras vemos el paisaje desde el tren. Las flores de un campo y las bolas de heno van quedando atrás, pero aparece la Luna y nos persigue, ¿o la perseguimos a ella?

Mayo 29 de 2023. (Suena Visions fugitives de Prokofiev). Nuestro lenguaje se parece a esos movimientos, a las últimas gotas que bajan por alerones y canaletas y ruedan en hojas inclinadas cuando la lluvia ya se ha apaciguado. Mientras dura este repiqueteo de letras que van cayendo en el papel, se actualiza en tu ahora el testimonio de mi amor. Mis palabras solamente confirman lo obvio que, a la vez, permanece oculto en este silencio elegido. Silencio que atesoramos por encima de cualquier información. Es bello saber que estamos libres de esas voliciones, que nos sabemos, que la espera fiel de la que dan cuenta nuestros corazones es una disposición natural en nosotros. Jamás en mi vida me había sentido inmersa en una paz más honda y plena que ahora. Contigo llega un punto de madurez que mi alma esperaba alcanzar. Como si, al fin, todo sonara a mis oídos con esa sutil armonía que tanto me esquivaba. Al fin, puedo ver(me) en un otro (tú) y atravesar el espejo. He Ilegado hasta aquí por el camino largo, el más sinuoso e incierto. Haberte conocido antes habría sido quizá una suerte de atajo para llegar más rápido a la ruta en que mi alma habría estado siempre en paz. Pero si todo es devenir, ¿es el río también sus meandros? ¿qué queda del río en la efímera ola de un océano? Mi alma conoce esas respuestas. Me gusta escribirte aunque, paradójicamente, siento que cada cosa que te digo redunda. Sentimos tanta paz ambos, que… ¿sí ves? No tuve que completar la frase. Cualquier dato anecdótico sobre mí se me antoja anodino. Ya sabes cuáles son las pocas cosas que encabezan la lista de lo que más amo. Honraré, pues, nuestro amor al silencio no extendiéndome de más en esta carta. 

Mayo 27 de 2023. Tus palabras son ya tus manos tomando las mías o acercando mi rostro a tu mirada. Son tu voz y tu corazón que ya es mi nido. 

La invitación (mejor: «petición») que me extiendes me honra profundamente. La delicadeza de los símbolos, la pregunta abierta que dejan los cierres, lo que se antoja fatídico en medio de la aparente aleatoriedad de la vida, la tierra como el cielo de los pájaros (nuestra imagen invertida)… He ido barruntando estas pocas ideas seminales que, a medida que desarrollen un rizoma en mi subconsciente, brotarán con más forma y nitidez hasta tener la urdimbre del lenguaje. Ese es mi deseo. 

Tienes en mí estos sentidos atentos (mi atención como plegaria natural del alma) a tu ser y a tu obra, a tu/nuestro devenir, a nuestro diálogo presente y por venir (con sus silencios, su poesía, sus tarareos, murmullos, rondas y ritornelos). Yo es ya un nosotros. Nuestras almas desean esa comunión, esa vida creada con el mismo amor con que cuidamos lo bello y con que lo bello cuida de nosotros. No puedo imaginar mi serenidad y mi espíritu sensible tratados con mejor cuidado que el que tu alma luminosa y profunda sabe proveer. La belleza que es, para nosotros, la forma más cierta de la verdad. Eres a mi alma lo que la montaña a la neblina. Descanso en ti. 

Mayo 25 de 2023. He sentido tu amor en el silencio./  El mío hacia ti se vuelca en lo que contemplo y en lo que tocan mis manos./ Hemos visto hoy el mismo azul. Nos sabemos.

Mayo 22 de 2023.  A veces crecemos y olvidamos quién somos porque olvidamos nuestra infancia. Recordar quién fui, qué me movía, la candidez de mis ideas, mi ingenuidad, mi fe en la poesía, la ternura de esa voz aún no enfrentada a mayores vicisitudes… se me presenta como un faro que, de repente, vuelve a brillar. Yo quiero ser quien soy, seguir siendo esa alma que así sentía y que amaba la noche a los diecisiete años. Quiero que tú también sigas siendo tú, cada vez más fiel a lo que mueve tu alma. El tiempo, el abstracto tiempo que nos queda, es la invitación a pulir con amor esa obra que somos y que podemos intuir bajo el mármol que precisamos retirar.

Marzo 7 de 2023.  Hay días como hoy en los que me levanto y me acuesto sintiendo un profundo asombro por cada pequeña experiencia. Es como si acabara de nacer. Mi hijo madrugando un martes a ensamblar un kit de Lego. Un amigo saludándome a primera hora desde México. Otro amigo (que sabe más de física que yo) preguntándome algo sobre la gravedad. Le respondí como pude, pero sé que él sabe más. La sonrisa de una colega que agradece en público algo muy pequeño en lo que le ayudé. Un amigo que me hace preguntas sobre mi vida considerando que tengo algo importante para decir. Otro amigo que me cuenta pormenores de su día. La amiga que me cuenta la historia de un chico joven y analfabeta. Una paloma muerta por el camino, junto a una estación de servicio. Horas más tarde la veo de nuevo: ya está congelada y cubierta de copos recién caídos. Mi hijo diciéndome que nos detengamos a observar las patitas rígidas del ave. Los poemas que comparten mis compañeros en un taller. La generosidad y paciencia del tallerista. Un amigo que se disculpa por pedirme un favor. Mi hermano preguntando por el precio de una PS5 en el Yukón. Una amiga que me manda un archivo de lecturas que recibió en un curso. Un conocido que me manda una película completa para que la vea. Los desconocidos en el metro que me sostienen la mirada y, a veces, la sonrisa. La señora que le da indicaciones a una extranjera un poco extraviada. La muchacha que le da dinero a un hombre sin fuerzas que no pedía nada. El muchacho que levanta su mirada del libro al mismo tiempo que yo levanto la mía. Miro a mi alrededor y todos los seres humanos son hermosos. El muchacho que limpia el suelo de la estación de metro con cloro diluido y que me da las buenas noches cuando le sonrío. Un amigo que organiza un evento benéfico y logra que el lugar se llene. Un poeta que lee sus poemas en kurdo y todos aplaudimos porque hemos sentido las palabras sin necesidad de traducción. Una poeta árabe que lee poemas de Etel Adnan y me arrebata un par de lágrimas con sus versos. Un poeta con largas patillas setenteras al que escucho y contemplo embelesada. Le dedica algunos poemas a su esposa. Los desconocidos que se hacen amigos en la mesa en la que estoy y que me ignoran porque escribo esto en el celular dando la impresión de estar texteando. El amigo al que le gusta la misma comedia que a mí y me lo cuenta en un mensaje. La sonrisa del conductor de bus. La sombra de los árboles desnudos sobre la nieve. El conductor de la barredora de nieve que se detiene a media cuadra a responder mensajes y sonríe. La misma paloma a la que veo por tercera vez en el camino.

23 de febrero de 2023. Reflexión

Wisdom is knowing I am nothing,/ Love is knowing I am everything,/ and between the two my life moves.”   Nisargadatta Maharaj

Espejo, según una descripción etimológica que encontré, significa « instrumento de mirada », viene de ‘speculum’, formada de ‘specio’ (mirar) y ‘culum’ (sufijo instrumental también presente en ‘oráculo’). El espejo ha sido desde siempre para mí un instrumento (y una idea) provocador y fascinante. 

Recuerdo cómo, a los 10 años, solía quedarme en el patio mirando un espejo pequeño cuando caía la noche. Era el momento del día en el que más me gustaba mi reflejo. Me miraba y trataba de memorizar esa imagen. La contemplaba tratando de imaginar los cambios de mis facciones a los 20, a los 30, a los 40 años (que entonces se me hacían tan lejanos). 

Varias veces me regañaron mi mamá o mi abuelo porque mirarse largamente al espejo era un acto de vanidad. En esa época, era uno de mis juguetes preferidos: miraba al otro lado del cristal un mundo igual al mío, pero invertido. Imaginaba que ahí también había vida y que nosotros éramos su reflejo. Cuando nadie me veía, jugaba con el peinador de mi abuela, (ella había perdido la vista): el espejo central tenía dos espejos con bisagras, uno a cada lado. El misterio de la simetría se expandía al poner al frente otro espejo, detonando así el vértigo de la multiplicidad. 

Aquel encantamiento siguió acompañándome y, a los 17 años, escribí un poema sobre espejos (texto que desempolvé 17 años más tarde, -otra simetría-, y que me permitió ganar un concurso).  No es el único poema mío inspirado en espejos, ya que el tema me parece inagotable como el objeto mismo. Lo cual no quiere decir que no sea agotador: una vez, alguien me dijo que yo abusaba de la imagen del espejo en mis textos (muestra de ello es esta recaída con el tema). Siempre habrá algún inquisidor que cuestione nuestros fetiches. 

A veces, ese inquisidor es uno mismo. De ello me doy cuenta, a mi pesar, con cierta frecuencia: esta semana tuve otra pataleta en la que peleé conmigo misma. Escribí que no me gusto, es decir, que no me gusta mi forma de ser, que me gustaría ser así o asá (que quería ser silenciosa, discreta, elegante, delicada y no así como soy: llamativa, dispersa, torpe, parlanchina, impredecible, etc.). Deseé refugiarme en el silencio, no publicar todo lo que pienso, no publicar todo lo que dibujo, no comentar todo lo que los demás publican. 

Muchas veces me digo que soy un sirirí (ave que, por cierto, tiene el nombre científico de ‘Tyrannus melancholicus’). Luego recordé lo que los astros han dicho acerca de mí, (con el perdón de quienes solo admiten lo que diga la ciencia): nací bajo el sello maya de la espada o espejo (son lo mismo en esa cosmovisión). Espada viene de pasión y de ‘pathos’, según San Isidoro de Sevilla. Ese símbolo en el calendario maya expresa fuerza y también iluminación. Para acabar de rematar con mi tendencia a la multiplicidad, soy géminis según la astrología del zodiaco. 

Muchas veces he sentido (y me han hecho sentir) que no soy suficiente (un océano de conocimiento con un centímetro de profundidad). Pero ahora intento ver esa superficie como lo que siempre he sido: un lago que, cuando se queda quieto, es un espejo: reflejo e imito siempre con naturalidad (y sin la intención de parodiarlos) a mis seres cercanos. Adopto sus muletillas cuando hablo con ellos, integro sus propios códigos, gestos y chistes internos. 

Cada persona que establece una conversación continua conmigo se lleva una idea muy distinta. Eso es algo que me ha preocupado varias veces, como si yo no pudiera ser un ser más simple y, mi personalidad, más unívoca. ¿Pero quiero, realmente, construir una personalidad? Aceptarme como soy me hará más rutilante. Tal vez sea esa la verdadera delicadeza que busco en mí: la de no forzar ser lo que no soy. Soy suficiente aunque unos vean poco en mí y aunque otros vean demasiado (y aunque esos «unos» y «otros» sean mis propias voces interiores). Para el silencio quedará, de repente, mucho tiempo: ¡toda una eternidad!

PS: dejo aquí el poema de los 17 años y otro, también sobre espejos, escrito a los 34: 

TRIPTICO DEL ESPEJO

I

Siempre sucede cuando llego al espejo

que alguien ya se adelantó.

Esperé entre las sombras mientras todos dormían

y nuevamente otros ojos insomnes me asaltaron.

Imposible burlar

tan asediante vigilancia

¿Qué hace Alicia para cruzar el muro?

II

Y el espejo fue ventana inmutable

cuando nadie se asomaba.

Relámpago en suspenso,

amnésico profeta…

Como esperando un bostezo del tiempo.

III

Álgebra del espejo:

el espejo y yo

somos inversamente proporcionales,

para multiplicarme

tuve que dividirlo.

**

SPIEGEL IM SPIEGEL

No ha de ponerse un espejo

frente a otro.

No.

No debemos permitirle

el vértigo

de ser relámpago en suspenso

o frontera de un abismo sin rostro.

La nada y el infinito

en azarosa simetría.

No podemos poner

un espejo frente a otro

y dejarlos atrapados

en el eterno conjuro

de un palíndromo de espectros.

Luego la luz olvida

su sentido

y se corre el riesgo

de duplicar este universo

en su fuga de fotones

o de regresar al Origen

donde nacemos siendo viejos

y estas letras

desaparecen del papel.

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Edición No. 214