Armando Chaves-Agudelo, maestro
Se nos fue otro de los nuestros. Uno de los grandes. El ingeniero, profesor y maestro Armando Chaves-Agudelo, del grupo de docentes fundadores de la primera Universidad establecida en el centro occidente del país: la sede en Manizales de la Universidad Nacional de Colombia. Un hombre por múltiples motivos singular. Formado como ingeniero civil en la escuela respectiva de la UN en Bogotá, pero luego aplicado por entero al estudio y enseñanza de la Matemática (en singular, como a él le gustaba), campo en el que tuvo logros continuos, con la peculiaridad de haber ganado jugoso concurso de TV con el tema: la “Historia de la Matemática”, con Antonio Panesso-Robledo como jurado. Demostró ante el país, con teleaudiencia asombrada, sus conocimientos inmensos y a flor de labio, en esa trascendental área del conocimiento humano. Alcanzó honores como el de “Profesor Emérito” de la Universidad Nacional de Colombia, y la “Orden al mérito Julio Garavito-Armero”, conferida por la Presidencia de la República, entre otros. Trabajó también un tiempo en su profesión básica en la Central Hidroeléctrica de Caldas.
Fue un docente apasionado y magistral. Sus clases, en Aritmética Analítica, Geometría Plana, Cálculo Diferencial e Integral, Geometría Analítica…, las conducía sin papel en mano, con derroche de tiza en tableros que llenaba de ecuaciones con solvencia exquisita y bella letra. Con su voz recia y facilidad de palabra sostenía en atención continua a los alumnos, no sin tensión. Desde la primera sesión se aprendía los nombres de todos, en las clases de participación numerosa que regentaba. Lo recuerdo subiendo y bajando escalas, desde el salón de profesores hacia las aulas, y viceversa, con salto de gradas, su bata de dril, casi siempre con abotonadura coja y con manchones de tiza fresca, al igual que en su cara y en sus manos. Al entrar al aula, ya estaban los estudiantes. Tomaba el hilo en el punto preciso de la clase anterior y seguía de largo, con un entusiasmo inimitable.
Profesor en la anterior facultad de Agronomía en la Universidad de Caldas, en la Universidad Tecnológica de Pereira y en la Universidad Autónoma de Manizales. Viajó a Pereira, durante años, con ida y retorno el mismo día, para cumplir los compromisos de allá, sin olvidar los de aquí. Su capacidad de trabajo era inmensa, sin muestra alguna de fatiga. Y dictaba conferencias sobre esos temas, para él apasionantes, de la historia de la Matemática, con el mismo brillo y la misma frescura de memoria, cada vez.
Su impacto sobre cientos de alumnos es grande, a pesar de la recepción contrastada. En general se le agradece el rigor y la disciplina inculcados. Concebía aquella ciencia como formadora de racionalidad, de ordenamiento de las ideas para su trajín con coherencia y capacidad de deducir con argumentos, en cualquiera de las profesiones.
Mis recuerdos con él, en lo personal, son múltiples. Desde alumno gocé de su deferencia. En 1966 se me ocurrió, con otros dos compañeros estudiantes, lanzar una revista, que va por los 39 años, y al informarse él del nombre que llevaría, se alegró y escribió el primer editorial, en homenaje al creador de la teoría de los transfinitos, George Cantor (1845-1918). En los años sesentas desarrolló, el profesor Chaves, un teorema: “La hiperesfera de los 50 puntos en un espacio de cuatro dimensiones”, que le promovimos en conferencias, y su original manuscrito, de su puño y letra (1966), me lo regaló con sobria y elocuente dedicatoria, que conservo con celo: “Para mi distinguido discípulo y leal amigo, Carlos Enrique Ruiz, cuyos intereses van más allá de lo inmediato, hundiendo sus raíces en el universo de la belleza y el espíritu. A. Ch. A. (Fdo.), Manizales, 28 de octubre de 1983”. Y otras historias, de emoción compartida por el saber, quedan para el recuerdo agradecido.
Sus apuntes de clase, como también los exámenes corregidos y calificados, fueron de mano en mano, en generaciones sucesivas. Con el tiempo logró publicar algunos textos, como los de Geometría y Trigonometría, unas de sus fortalezas, aparte de importantes desarrollos alcanzados, tal el trabajo didáctico-expositivo de la “Media y extrema razón”, e introdujo en nuestro espacio académico los estudios del Álgebra Vectorial y de la Topología. Entre sus ídolos estaban Pitágoras (cuyo teorema básico demostró en singular procedimiento), Euclides y Euler (¡por supuesto!), Gauss, Galois, Galileo, D’Alembert, Leibniz, Fourier, Pascal, Cantor, Fermat, Peano, Potenot, Weierstrass, Cauchy, Dedekind, Bourbaki, Hilbert, Riemann, Lagrange, Bernoulli, Bolzano, Poincaré, Grassmann, Hamilton, Hadamard…. y tantos otros sabios que, al trajinarlos en sus lecciones diarias, fueron sembrando en nosotros inquietudes y preocupaciones por los fundamentos de la ciencia y su articulación con los procederes de la técnica. Incluso, hasta llegó a transmitirnos la sensibilidad para apreciar la profunda, misteriosa y gran belleza que hay en una ecuación matemática.
Cuando se escriba la historia de la pedagogía en nuestra región, su nombre ocupará páginas centrales. Es de lamentar que las generaciones más recientes no retengan su nombre, ni hayan recibido información sobre el protagonismo de los maestros fundadores, los pioneros. Hay que volver cada día a las bases históricas, de dónde venimos, recordar con agradecida alusión a quienes construyeron los primeros pasos en la conformación del ejercicio actual de Universidad, con sabiduría, magnanimidad y apostolado.
En la compañía de Olga Chaves, su inteligente, ponderada y cálida esposa, levantó a sus doce hijos, bajo directrices de disciplina amable y estudio perseverante, que les han llevado, en conjunto, a cumplir metas ambiciosas, con inserción calificada en la comunidad pensante, sintiente y productiva. También alguien, algún día, tendrá que relatar esa historia de familia, para emulación sana en la sociedad.
Un clavel blanco, siempre fresco y reluciente, en su tumba, por la eternidad. Y el consuelo para su familia maravillosa, colmado de solidaridad, en la expresión silenciosa y conmovida de todos sus alumnos. Paz en su última morada. Carlos-Enrique Ruiz, 7.VI.05
Se nos fue otro de los nuestros. Uno de los grandes. El ingeniero, profesor y maestro Armando Chaves-Agudelo, del grupo de docentes fundadores de la primera Universidad establecida en el centro occidente del país: la sede en Manizales de la Universidad Nacional de Colombia. Un hombre por múltiples motivos singular. Formado como ingeniero civil en la escuela respectiva de la UN en Bogotá, pero luego aplicado por entero al estudio y enseñanza de la Matemática (en singular, como a él le gustaba), campo en el que tuvo logros continuos, con la peculiaridad de haber ganado jugoso concurso de TV con el tema: la “Historia de la Matemática”, con Antonio Panesso-Robledo como jurado. Demostró ante el país, con teleaudiencia asombrada, sus conocimientos inmensos y a flor de labio, en esa trascendental área del conocimiento humano. Alcanzó honores como el de “Profesor Emérito” de la Universidad Nacional de Colombia, y la “Orden al mérito Julio Garavito-Armero”, conferida por la Presidencia de la República, entre otros. Trabajó también un tiempo en su profesión básica en la Central Hidroeléctrica de Caldas.
Fue un docente apasionado y magistral. Sus clases, en Aritmética Analítica, Geometría Plana, Cálculo Diferencial e Integral, Geometría Analítica…, las conducía sin papel en mano, con derroche de tiza en tableros que llenaba de ecuaciones con solvencia exquisita y bella letra. Con su voz recia y facilidad de palabra sostenía en atención continua a los alumnos, no sin tensión. Desde la primera sesión se aprendía los nombres de todos, en las clases de participación numerosa que regentaba. Lo recuerdo subiendo y bajando escalas, desde el salón de profesores hacia las aulas, y viceversa, con salto de gradas, su bata de dril, casi siempre con abotonadura coja y con manchones de tiza fresca, al igual que en su cara y en sus manos. Al entrar al aula, ya estaban los estudiantes. Tomaba el hilo en el punto preciso de la clase anterior y seguía de largo, con un entusiasmo inimitable.
Profesor en la anterior facultad de Agronomía en la Universidad de Caldas, en la Universidad Tecnológica de Pereira y en la Universidad Autónoma de Manizales. Viajó a Pereira, durante años, con ida y retorno el mismo día, para cumplir los compromisos de allá, sin olvidar los de aquí. Su capacidad de trabajo era inmensa, sin muestra alguna de fatiga. Y dictaba conferencias sobre esos temas, para él apasionantes, de la historia de la Matemática, con el mismo brillo y la misma frescura de memoria, cada vez.
Su impacto sobre cientos de alumnos es grande, a pesar de la recepción contrastada. En general se le agradece el rigor y la disciplina inculcados. Concebía aquella ciencia como formadora de racionalidad, de ordenamiento de las ideas para su trajín con coherencia y capacidad de deducir con argumentos, en cualquiera de las profesiones.
Mis recuerdos con él, en lo personal, son múltiples. Desde alumno gocé de su deferencia. En 1966 se me ocurrió, con otros dos compañeros estudiantes, lanzar una revista, que va por los 39 años, y al informarse él del nombre que llevaría, se alegró y escribió el primer editorial, en homenaje al creador de la teoría de los transfinitos, George Cantor (1845-1918). En los años sesentas desarrolló, el profesor Chaves, un teorema: “La hiperesfera de los 50 puntos en un espacio de cuatro dimensiones”, que le promovimos en conferencias, y su original manuscrito, de su puño y letra (1966), me lo regaló con sobria y elocuente dedicatoria, que conservo con celo: “Para mi distinguido discípulo y leal amigo, Carlos Enrique Ruiz, cuyos intereses van más allá de lo inmediato, hundiendo sus raíces en el universo de la belleza y el espíritu. A. Ch. A. (Fdo.), Manizales, 28 de octubre de 1983”. Y otras historias, de emoción compartida por el saber, quedan para el recuerdo agradecido.
Sus apuntes de clase, como también los exámenes corregidos y calificados, fueron de mano en mano, en generaciones sucesivas. Con el tiempo logró publicar algunos textos, como los de Geometría y Trigonometría, unas de sus fortalezas, aparte de importantes desarrollos alcanzados, tal el trabajo didáctico-expositivo de la “Media y extrema razón”, e introdujo en nuestro espacio académico los estudios del Álgebra Vectorial y de la Topología. Entre sus ídolos estaban Pitágoras (cuyo teorema básico demostró en singular procedimiento), Euclides y Euler (¡por supuesto!), Gauss, Galois, Galileo, D’Alembert, Leibniz, Fourier, Pascal, Cantor, Fermat, Peano, Potenot, Weierstrass, Cauchy, Dedekind, Bourbaki, Hilbert, Riemann, Lagrange, Bernoulli, Bolzano, Poincaré, Grassmann, Hamilton, Hadamard…. y tantos otros sabios que, al trajinarlos en sus lecciones diarias, fueron sembrando en nosotros inquietudes y preocupaciones por los fundamentos de la ciencia y su articulación con los procederes de la técnica. Incluso, hasta llegó a transmitirnos la sensibilidad para apreciar la profunda, misteriosa y gran belleza que hay en una ecuación matemática.
Cuando se escriba la historia de la pedagogía en nuestra región, su nombre ocupará páginas centrales. Es de lamentar que las generaciones más recientes no retengan su nombre, ni hayan recibido información sobre el protagonismo de los maestros fundadores, los pioneros. Hay que volver cada día a las bases históricas, de dónde venimos, recordar con agradecida alusión a quienes construyeron los primeros pasos en la conformación del ejercicio actual de Universidad, con sabiduría, magnanimidad y apostolado.
En la compañía de Olga Chaves, su inteligente, ponderada y cálida esposa, levantó a sus doce hijos, bajo directrices de disciplina amable y estudio perseverante, que les han llevado, en conjunto, a cumplir metas ambiciosas, con inserción calificada en la comunidad pensante, sintiente y productiva. También alguien, algún día, tendrá que relatar esa historia de familia, para emulación sana en la sociedad.
Un clavel blanco, siempre fresco y reluciente, en su tumba, por la eternidad. Y el consuelo para su familia maravillosa, colmado de solidaridad, en la expresión silenciosa y conmovida de todos sus alumnos. Paz en su última morada. Carlos-Enrique Ruiz, 7.VI.05