Atisbos en la poesía de Armando Romero

Sombras cruzan sus palabras, con vestigios del ayer. Montes y monjes se confunden en versos, aquellos de enlodada cabellera y estos en oración a la manera de relojes de péndulo. Los minerales, en especial la piedra, irrumpen con persistencia en su obra, como símbolo de lo duro en la vida, pero a la vez como testimonio de sobrevivencia en la lucha por estar en el mundo. Y los espejos enfrentados dan la sensación de un diálogo infinito. Por circunstancias ambientales de origen en el poeta, la noche es para la danza que se baila, y el día para la danza que se sueña. El tiempo en su tránsito por los seres y las cosas va dejando en evidencia rescoldos y cenizas, con cuerpos diseminados para el recuerdo, por circunstancias a veces de la sordidez en la violencia, que deja cuerpos desnudos tendidos en la yerba, como en busca de caricia, quizá la que nunca se tuvo con placer en vida.
Hay riqueza de figuras en la poesía de Romero, con derroche de ritmos, entrelazados en cadencias de armonía manifiesta. Al recordar una antigua ciudad en ruinas, medita en lo eterno, con encuentro que también la eternidad tiene color de ceniza. El ámbito de los monasterios le suscita meditación profunda, por el silencio y la quietud que evocan, pero a la vez con un despertar de peregrinaje en las noches, entre la sed y el hambre de conquistas terrenales, o de espacios en espíritus sobrecogidos por el anhelo.
La felicidad sorprende al poeta, en la inquietud de encontrarla en lugar ajeno a las rutinas de los simples enunciados. Felicidad que quizá le es ajena al monje, quien la buscará de otra manera al musitar oraciones, pero con la irrupción de tristeza en los taciturnos hacedores de tareas pedestres. Y el contraste no se deja esperar en sus versos: «una felicidad como agujas de lluvia», y «la tristeza como trapos al sol.»
Huir es otra idea que sobrecoge al poeta viajero, en el sentido de construir o conquistar recuerdos. La inmensidad de los mares y los ríos profundos y estanciosos, le despiertan el contraste entre lo pequeño y la grandiosidad, en especie de mirada de infante que asimila a cada momento detalles del mundo. Con humor recuerda a Quevedo, quien cree que Dios viene a veces al mundo para burlarse de los humanos. Reitera la vocación de silencio entretejido con la paciencia, a veces díscola. La fatiga del amor entre los cuerpos en busca de lo indisoluble que propicia el deseo, lleva al poeta a la caída en el silencio como salto desde la pasión. Hay como fusión líquida de los cuerpos anudados en el fervor por encontrar salida a la mañana de mayor claridad.
El poeta Romero no deja de testimoniar su tránsito por lugares, con asombros que percibe o que cree haber visto. Es el caso de encontrar en el puerto de Valparaíso a un pescador dormido con el pecho atravesado por peces. La sorpresa lo sobrecoge al saber que la vida lo va desnudando con el correr de los días, para quedar lo sobrepuesto en condición cualquiera, en medio de una noche capitalina cuando el simple hecho de esperar adelgaza al tiempo.