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Biografía de un santo sin aureola

Se pudo llamar Malaquías, Atila, o Pablo Sexto, pero se llama Eduardo Escobar. Es el autor de la Invención de la uva y los Monólogos de Noé. No tiene corona sino una gran melena como estilan los santos de nuestro tiempo, santos sin cielo. Vive en cualquier parte donde lo coja el día, contento, y no se suicida. Piensa que es mejor ser Eduardo que nada, tener zapatos que alas. 

La vida le ha dado duro y a la cabeza, pero piensa, luego existe, aunque no está de acuerdo con Descartes al colgar la vida de un hilo en el patíbulo del pensamiento.

Una vez nos dijo en Medellín, la ciudad más beata y menos santa del planeta: “Lo que me diferencia de los verdaderos santos es que mientras éstos se confiesan cada vez más indignos de la santidad, yo cada día me considero más un verdadero santo”.

Él es como es, se acepta, no se elige. Parece tan lejano, pero no; es que vive hondo, camina, cae, se eleva a la profundidad de su alma. Nunca llega, ni llegará, su profesión es caminante. Irradia una serenidad que viene de ser, muy parecida a la beatitud, pero su alma es un calvario donde juega el espíritu a la perdición, apuesta a la muerte con premisa de resurrecciones.

Eduardo Escobar, por Carlos González

Es más solo que Dios porque odia en la medida de su amor impotente, pero nunca es enemigo de lo sagrado, ni de la tierra ni del cielo, aunque sufre por no poder  descubrir la divinidad del hombre, lo humano en  Dios.

Se siente el más rico de los mortales porque no tiene nada, no ambiciona nada, vivir lo colma. Nada le es ajeno, ni siquiera la nada. Toda su riqueza es de este mundo, aunque no tenga para protegerse la soledad de la piel, ni una hoja santa de marihuana.

Es el poeta más puro de mi generación, y su pureza  no tiene que ver con la pureza, virtud de la moral, sino con la pureza verdadera del lodo verdadero.

Ha vivido siempre en el terror, lo prohibido, purificándose en la experiencia del mal, traficando con lo absoluto. No conozco a nadie tan supliciado en el espíritu, y con más necesidad de salvación. Incluso, en la otra cara de su medalla de santo, venera la imagen tenebrosa del bandido. Me habla de querer redimirse por el crimen, poetizar la violencia, predicar la destrucción como prolegómeno de Apocalipsis, infernalizar la tierra para volverla paraíso, precipitarse para sentir el vértigo de los abismos.

Paga el precio más caro por sus conquistas, el sufrimiento más amargo por sus dichas. No posee ninguna verdad que no le haya costado un ojo de la razón, en una lucha a muerte con sus dudas. Ha ganado su locura con una lógica sangrienta.

Sacrificó al ángel de la guarda en la parrilla de su casa para abrirle las puertas al demonio.  Lo sentó en la sala, dialogaron, qué horrible decepción. Descubrió que el demonio era un intelectual de izquierda y lo arrojó a patadas, justo en el momento en que el buen Lucifer preparaba su cerebro para admirar en el televisor un nuevo capítulo del Derecho de nacer.

Para agotar las jerarquías del infierno, sentó a una mujer en sus rodillas como sustituto del demonio, y la encontró sagrada. Como llenaba los requisitos de la perdición, se casó con ella. Desde entonces, ella es el único ídolo que rivaliza su fervor con la  poesía. ¡En su carne había alcanzado el éxtasis de la perdición  redentora! ¡Qué júbilo!

Para Rimbaud, el problema del hombre es uno: hacer monstruosa el alma. Este poeta es, en toda la historia literaria y humana, el que más realizó en su carne el ideal de lo monstruoso. Por su triunfo sobre el enano-hombre se le llama con veneración “El monstruo sagrado”.

En su aspiración rimbaudiana por hacer el alma monstruosa, me parece descubrir en este nadaísta al heredero de los éxtasis y los horrores del gran condenado. En él, el poeta de las iluminaciones resucita y se perpetúa, recupera su pie cortado y sigue su camino explorando lo desconocido, las rutas del misterio, buscando nuevas tentaciones para perderse, nuevas condenaciones para sentirse salvado. No estará satisfecho hasta encontrar en la probeta de sus brujerías el veneno que mate la razón, y emerjan las auroras de locas y fulgurantes revelaciones.

No ha sido avaro en el conocimiento de lo prohibido y lo fantástico: ha estrangulado la lógica con un pelito del monte de Venus, midió los estragos de la inteligencia con un termómetro de fiebre aftosa, soñó pesadillas que escandalizaron al siquiatra, inventó virtudes delincuentes en vista de que el pecado ya no daba la medida de lo monstruoso. En fin, experimentó todos los grados de la escala Mercalli del espíritu: de la caricia al terremoto, del sapo al esplendor del arcángel.

Con un espléndido desorden se entrega a todos los excesos: a la ternura y la furia, al  éxtasis y a la guerra creadora. Es un cataclismo inmóvil. Nunca se queja, pero si lo hace es de sus dones. En realidad, sus posesiones son del alma, pues no tiene una cuchara en qué caer muerto de hambre, ni un espejo para morirse de risa. Y sin embargo, su pobreza es un lujo, en ella cifra sus conquistas, no para poseer, sino para poseerse.

Como es poeta, no elude la gloria de su cuerpo. Tener cuerpo, para un poeta, es un

honor que cuesta. Y si su poesía tiene los pies de barro, sabe que el amor no se alimenta de besos. Paga el precio de su perdición: no en oro que es un metal innoble, sino en cobre que es el metal de la sangre.

Un día, para no deberle nada al enemigo, se volvió “ciudadano”: se afeitó su barba de bandido para que le dieran un empleo,  madrugó con el reloj de las beatas del barrio, le dieron una llave para abrir una puerta de hierro que no era la de su destino, tomó el bus de los arrabales que lo llevaría lejos de los ángeles, de su pereza que testimoniaba el mundo en ausencia de Dios.

Había leído de Dios varias versiones en la prensa:  que estaba muerto,  afirmaba Tass; que lo habían nombrado comandante supremo de la Otan, decía la  United Press; que estaba loco en una alcantarilla, rumoraban en la Esso. En suma, nadie sabía de su paradero, ni la ciencia, ni los teólogos de Interpol: ¡era el desastre!

Sin importarle la suerte del Eterno, ni la gloria del Universo que dependían exclusivamente de su ocio, se afeitó con una cuchilla Gillete  de acero inoxidable para que le dieran trabajo, pero a los magnates del acero no les importó que su vida de escritor colgara de un pelo. Está bien, los magnates no tienen la culpa de ignorar que la historia no se escribe con los pies, ni que el pelo de un profeta es más duro que la barba de los campeones. ¡Alabados los magnates que lo saben todo del acero, menos la tristeza de un santo buscando empleo!

Y no es manso, no, es guerrero, y sabe que su misión no es el triunfo sino la guerra. Habla de violencias, de volvernos cristos pistoleros, asaltadores del cielo o del poder, de prisiones y templos, del corazón de una mujer. Sobre todo, asaltadores de la verdad, de los caminos. Su corazón es una bomba de tiempo en espera de la chispa para hacer explosión y saltar a otra órbita del ser, la más alta, la imposible, aunque para lograrlo se tenga que desintegrar.

Ya saben, pues, quién es éste  de que hablo: Eduardo Escobar, poeta y santo: no por la gracia de Dios, sino  por falta de una metralleta. Si lo ven pasar por la calle, profanos, arrodíllense, porque cuando Noé se haya bebido la última gota del vino de la venganza, ¡de sus huellas nacerá el olivo!

 

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Edición No. 168