Carlo Federici: placer del saber compartido
El pasado 21 de julio hubiera cumplido cien años. Con él no había conversación banal, previsible, rutinaria. La calidad de la conversación se notaba en el modo en que recibía la primera frase escuchada, con un sonido gutural con el cual reconocía y aprobaba la preocupación subyacente. Era como si dijera: «Sí, ahí, en lo que usted dice, hay algo para pensar, algo para dilucidar». Y luego, mediante dos o tres frases más, llevaba la conversación al meollo del asunto, despejaba el problema de todos sus adornos, de todas sus circunstancias irrelevantes. Pasados unos minutos, se sentía uno discutiendo el problema de su vida.
Le gustaba mucho identificar problemas de conocimiento que, al mismo tiempo, plantearan dilemas de ética. Federici se apasionaba contra ciertas instrumentaciones de la ciencia y la tecnología y se irritaba por la lentitud con que la humanidad resuelve ciertos problemas, desde la desigualdad económica hasta las pretensiones manipuladoras de alguna escuela de psicología. Soñaba con un reconocimiento universalmente compartido de los rasgos esenciales de los seres humanos que permitiera establecer un rechazo absoluto a ciertas situaciones y a ciertos métodos. Sabía ser humanista en pleno siglo dominado por los maestros de la sospecha (a quienes por otra parte había leído sin dejar derrumbar sus convicciones y su empeño a favor de una humanidad mejor).
Federici saboreaba como pocos el raciocinio, la secuencia de argumentos bien encadenados y gozaba con su contundencia. Mientras nos miraba, atento al efecto de sus palabras, salía otro sonido de su garganta, un breve hito de alegría, como si de manera algo juguetona nos dijera «¿cómo la ven?». Junto con el entusiasmo por el argumento que conduce ineluctablemente a una conclusión que zanja de manera efectiva una pregunta, Federici era capaz de sentir profundas emociones que, apenas por un instante, dejaba aflorar. Esas emociones tan sutiles eran tan pertinentes que era inevitable compartirlas.
En matemáticas y lógica se atrevió a criticar notaciones convencionales porque causaban dificultades pedagógicas innecesarias. No torturar al que aprende ciencias o matemáticas fue uno de sus imperativos categóricos.
A finales de los cincuenta dirigió en la Javeriana la tesis de grado en medicina de Rodolfo Llinás, organizando especialmente para él un cursillo de lógica. A partir de las ideas de McCullogh, los dos iniciaron un trabajo en redes neuronales. Hoy los aportes de Llinás sobre el funcionamiento del cerebro le han dado renombre mundial.
Más de medio siglo de paciencia pedagógica hizo que colombianos muy diversos nos volviéramos herederos parciales de un legado en ciencias, en matemáticas, en lógica, en pedagogía y en filosofía. Aprendimos todos de él algo sobre radicalidad de la crítica y paciencia de la razón. Si algún día en Colombia cuaja una opción de radicalismo pacifista, esta opción podrá verse como un homenaje a su ejemplo.
(Escribe: Antanas Mockus S.). El pasado 21 de julio hubiera cumplido cien años. Con él no había conversación banal, previsible, rutinaria. La calidad de la conversación se notaba en el modo en que recibía la primera frase escuchada, con un sonido gutural con el cual reconocía y aprobaba la preocupación subyacente. Era como si dijera: «Sí, ahí, en lo que usted dice, hay algo para pensar, algo para dilucidar». Y luego, mediante dos o tres frases más, llevaba la conversación al meollo del asunto, despejaba el problema de todos sus adornos, de todas sus circunstancias irrelevantes. Pasados unos minutos, se sentía uno discutiendo el problema de su vida.
Le gustaba mucho identificar problemas de conocimiento que, al mismo tiempo, plantearan dilemas de ética. Federici se apasionaba contra ciertas instrumentaciones de la ciencia y la tecnología y se irritaba por la lentitud con que la humanidad resuelve ciertos problemas, desde la desigualdad económica hasta las pretensiones manipuladoras de alguna escuela de psicología. Soñaba con un reconocimiento universalmente compartido de los rasgos esenciales de los seres humanos que permitiera establecer un rechazo absoluto a ciertas situaciones y a ciertos métodos. Sabía ser humanista en pleno siglo dominado por los maestros de la sospecha (a quienes por otra parte había leído sin dejar derrumbar sus convicciones y su empeño a favor de una humanidad mejor).
Federici saboreaba como pocos el raciocinio, la secuencia de argumentos bien encadenados y gozaba con su contundencia. Mientras nos miraba, atento al efecto de sus palabras, salía otro sonido de su garganta, un breve hito de alegría, como si de manera algo juguetona nos dijera «¿cómo la ven?». Junto con el entusiasmo por el argumento que conduce ineluctablemente a una conclusión que zanja de manera efectiva una pregunta, Federici era capaz de sentir profundas emociones que, apenas por un instante, dejaba aflorar. Esas emociones tan sutiles eran tan pertinentes que era inevitable compartirlas.
En matemáticas y lógica se atrevió a criticar notaciones convencionales porque causaban dificultades pedagógicas innecesarias. No torturar al que aprende ciencias o matemáticas fue uno de sus imperativos categóricos.
A finales de los cincuenta dirigió en la Javeriana la tesis de grado en medicina de Rodolfo Llinás, organizando especialmente para él un cursillo de lógica. A partir de las ideas de McCullogh, los dos iniciaron un trabajo en redes neuronales. Hoy los aportes de Llinás sobre el funcionamiento del cerebro le han dado renombre mundial.
Más de medio siglo de paciencia pedagógica hizo que colombianos muy diversos nos volviéramos herederos parciales de un legado en ciencias, en matemáticas, en lógica, en pedagogía y en filosofía. Aprendimos todos de él algo sobre radicalidad de la crítica y paciencia de la razón. Si algún día en Colombia cuaja una opción de radicalismo pacifista, esta opción podrá verse como un homenaje a su ejemplo.