Cargando sitio

Carlos-Arturo Torres, revisitado

Una de las características manifiestas del movimiento modernista hispanoamericano a fines del siglo XIX y comienzos del XX fue la de reflexionar sobre la cuestionada relación entre el arte y la ciencia.  En esos años, el arte se había emancipado de la sociedad, un arte que ya no se encontraba al servicio de las instituciones y necesitaba más que nunca buscar su propia identidad, constituirse como una práctica sólida. La separación entre el arte y las instituciones también se había dado en la ciencia que era amenazada por una crisis de sentido, puesto que, ya desde la Revolución Industrial, se la contemplaba a la vez como agente de progreso, pero también como responsable de la destrucción de la naturaleza y de la alienación del ser humano. De ahí que, ciencia y arte estuvieron impulsados por exigencias muy similares, y lo que en ciencia valió como afirmación y desarrollo, en el arte supuso la toma de conciencia de una necesidad de cambio que incitaba tanto a la validez de los recursos expresivos como a un sentido propio de las creaciones artísticas.

En el tránsito de los dos siglos, XIX y XX, la opción abierta a que cada disciplina construyera sus propios objetos, métodos, y estructuras, creó la posibilidad de que existiera una forma de conocimiento propia en lo artístico, donde lo sensorial seguía teniendo un importantísimo papel, pero no el único, y donde, por otra parte, lo sensible ya no era tampoco un coto cerrado de la recepción del arte. Por ello, del mismo modo, otra serie de conceptos pertenecientes al sujeto, como la intuición, o la fe en los objetivos propuestos, comenzaban a considerarse parámetros, aunque no fueran fundamentales, de la investigación científica.

            El escritor colombiano Carlos Arturo Torres (1865-1911), en el prólogo a su Obra Poética[1], y en el ensayo «Del Movimiento Literario en la Europa Contemporánea«,[2] e igualmente en el Discurso de Recepción en la Academia Colombiana de la Lengua[3], no deja dudas sobre su acercamiento a los métodos científicos, a fin de construir los pilares para que se conformara un espíritu crítico en Colombia y en las sociedades hispanoamericanas. Es decir que, la creación artística, de manera rigurosa, debería situarse en un proceso de continuo desarrollo que se desenvolviera en variadas fases -del mismo modo que la ciencia encontró en las matemáticas el lenguaje heterogéneo de la razón, único sistema que se ha considerado capaz de dar explicación acerca de los cambiantes fenómenos de la naturaleza.

            Otra referencia para mencionar en el ámbito latinoamericano es el argentino de comienzos del siglo XX, cuya mejor definición ha sido quizá la del concepto “cultura científica” propuesto por Óscar Terán.[4] Cabalmente dicha cultura estaba caracterizada por una presencia referencial del discurso positivista y cientificista a la hora de leer la realidad nacional y de articularse en las instituciones. Y, en este sentido, el saber científico y la variedad de disciplinas las hallamos mencionadas en los cuentos de Leopoldo Lugones reunidos en las Fuerzas Extrañas (1906) en cuya segunda parte (física, música, botánica, química) aparecen unificadas bajo la “Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones”. En este ensayo introductorio queda expuesto que el “sabio” sería el científico-poeta que sintetizaría todas las afirmaciones aplicando uno de los principios numerológicos para mostrar la unidad de todas las ciencias y, por tanto, la verdad y la unidad del saber universal.[5]

Es bien sabido que Lugones y Torres fueron contemporáneos, y aunque no hubo una sociabilidad intelectual exploraron simultáneamente conceptos afines alrededor de la ciencia.  Torres formuló, por ejemplo, una teoría sobre la interrelación entre lo colectivo como la raza, la tradición y la lengua (con sus «leyes de orden estático», que son las leyes de conservación), y el individuo (con sus leyes de orden dinámico, que son las leyes de la evolución).[6] Es decir que, era el genio individual y no exclusivamente el espíritu del pueblo el que imprimía el dinamismo que hacía posible la evolución.  No obstante, ese genio, dialécticamente, debía a su vez representar las aspiraciones e ideales de la comunidad, pues no se trataba de un poder que obrara en el vacío; ya que necesitaba ese otro elemento que era lo colectivo para producir sus efectos.

            De ahí que para Torres el gran poeta era aquel que traducía en verso el íntimo conflicto del alma moderna entre el misticismo y el racionalismo.  «El escritor moderno -dice a propósito de Paul Bourget- para hacerse verdaderamente interesante debe reunir ambas condiciones; sentir mucho, pero pensar más todavía«[7].  En esta dirección también cobra importancia la obra Jean Marie Guyau quien puso de relieve que “los artistas mismos contribuían a la depreciación del arte cuando lo reducían a mera cuestión de procedimientos verbales y de habilidad, o a un simple juego de colores o sonidos”.[8]  Torres, siguiendo los criterios de Guyau, se planteó en su obra ensayística, lo mismo que en la poética, reafirmar el carácter de la rigurosidad del arte, en especial de la poesía.  Y, sobre todo, rescatarla del «diletantismo» para el cual la belleza había pasado a ser un asunto sólo de impresiones, o de refinamiento sensorial. Para Guyau “Al centrarse exclusivamente en el placer de la pura contemplación y el juego, al querer desinteresarse del arte de lo verdadero, de lo real, de lo reflexivo, al promover una especie de diletantismo que malinterpretaba su sentir y, por lo tanto, la vitalidad del gran arte. Este es un primer e importante problema, al que se dirige hoy la atención de todos aquellos que se interesan por los destinos del arte en general y de la poesía en particular.[9] 

            La crítica de Guyau se refirió en particular al simbolismo y Torres reconoció que ni la facultad poética, ni la poesía, son antagonistas del logos y la razón. De ahí la receptividad de Torres con la visión de Guyau, y su ímpetu por la creación de una «poesía reflexiva lo cual significaba la conquista de nuevos territorios, de manera que los poetas no se quedaran atrás en la marcha de la inteligencia.  No hay razón estéticamente válida, según Torres, para que la poesía rehúse a «emplear el rítmico lenguaje para exponer, en lo que tengan de elevadas y nobles, las ideas de la ciencia moderna[10].  Además, es necesario subrayar que Torres no fue el único fascinado por la reflexión guyauniana.  En una carta que Rubén Darío dirigió a Baldomero Sanín Cano y José Asunción silva, por ejemplo, decía que “se sentía afortunado por haber encontrado una biblioteca municipal en la que tenía a disposición las obras completas de muchos escritores e intelectuales, entre ellos Guyau, del que apreció la carga antidogmática de su pensamiento”.[11] Pienso en José Enrique Rodó que tanto en Ariel como en Los motivos de Proteo cita en numerosas ocasiones a Guyau. Real de Azúa quien prologó la edición de Ariel y Motivos de Proteo, en la Biblioteca Ayacucho, afirma que junto con Renan y Guyau fue una de las máximas autoridades para Rodó en sus años de formación.[12]

            Torres en su ensayo, «Del movimiento Literario en la Europa Contemporánea», por poner otros ejemplos, una vez más puntualizaba el fruto de los métodos científicos en el ámbito de las letras apoyándose en Renan y Taine: “han de aparecer indisolublemente apareados cuando quiera que se hable del gran movimiento de las ideas del siglo XIX -introdujeron en la crítica y en la exégesis, en el sentido político y en la historia religiosa los métodos científicos de un Augusto Comte, de un Herbert Spencer, de un Claude Bernard; de ahí una orientación verdaderamente nueva del espíritu en la segunda mitad del siglo XIX, que ha tenido honda repercusión en las letras (…).[13]

            Así como los nuevos avances de las ciencias biológicas, fisicoquímicas y de la tecnología en el siglo XIX motivaron a Renán y Taine a reflexionar sobre las posibles relaciones entre la ciencia y el arte, o la ciencia y la filología. Torres reconfirmó su interés por estas disciplinas que fueron motivo de atención por varios de sus contemporáneos latinoamericanos durante la época finisecular.  En su libro L’Avenir de la Science (1848), Ernst Renan dice que: “La filología es la ciencia exacta de las cosas de la mente. Es para las ciencias de la humanidad lo que la física y la química son para la ciencia filosófica de los cuerpos”.[14] En este sentido, la filología, al igual que las ciencias naturales, tendía a abarcar y trascender todos los discursos pertinentes a las ciencias humanas incluyendo a la literatura.  Renan agrega que: “El verdadero filólogo debe ser al mismo tiempo lingüista, historiador, arqueólogo, artista, filósofo (…) Puesto que la historia literaria pretende sustituir en gran parte las obras directas del libre pensamiento”.[15]

            Esta perspectiva totalizadora de Renan tiene un aporte muy fecundo, ya que, al concebir la literatura inserta en una vasta y compleja red de saberes, podemos imaginarla ubicada como en una especie de máquina semiótica, como inteligentemente la ha señalado Aníbal González Pérez, en la que se fusionaban o fundían discursos con el objeto de producir nuevos textos con aportes de mayor utilidad.[16]  A partir de esta analogía, se puede establecer la correspondencia del mundo de las letras, como dice Torres, con el de la ciencia, no sólo por la utilidad y eficacia de los discursos para futuros análisis, sino por la dinámica y complejidad que este proceso encerraba: el crítico o poeta, como el caso de Torres, iba reuniendo la información de diversos elementos y los colocaba en un orden que tuviera sentido y con en el cual aspiraba a satisfacer una necesidad de conocimiento.  Así encontramos en su ensayo sobre Shakespeare, apuntes del ambiente natural e histórico, de la vida y cultura del autor, corrientes literarias de la época, caracteres representativos de su obra, todo lo cual lo señala como un ejemplo del modelo de Renan.  Este ensayo justifica no sólo la actitud científica (por no decir positiva) sino el propósito de enriquecer la actividad literaria con nuevas disciplinas, nuevas técnicas, a fin de abrir renovadores caminos.

            Este distintivo de la época lo corrobora Torres en su discurso de recepción en la Academia de la Lengua colombiana, el 10 de julio de 1910, bajo el título de «Literatura de ideas», en el que subraya la «innegable penetración que la política, la moral, la sociología, la ciencia, en fin, operan en el campo de la literatura«.[17]  Después de una época de debate entre literatura y la actuación social y política, como lo fue la época del modernismo con su distanciamiento y difusión del arte por el arte, Torres consideraba que se debería repensar en una poesía ennoblecida por las grandes ideas, sin las cuales no había gran poesía.  Es la influencia de las ciencias y de los problemas sociales la que inspiraba lo más importante y representativo de la producción contemporánea: “La literatura de ideas, sin restringir ni trazar límites a la originalidad de los escritores, establece en definitiva y fija para la Historia las corrientes generales del pensamiento de cada época. (…) Ejemplos ilustres de esta literatura de ideas son Ibsen y Nietzsche y entre los hispanoamericanos, Varona, González Prada, Rodó, García Calderón”.[18]

            Torres sostuvo que para América Latina el tipo ideal de escritor era el que reunía en síntesis al artista, al educador y al pensador.  Y propugnó el desarrollo de una literatura de ideas en el continente porque le parecía la más apta para que el literato ejerciera un magisterio social cuyo objetivo formuló así en «La literatura de ideas»: «formación de la conciencia colectiva de estas democracias sobre fundamentos de paz, de amor, de tolerancia y de cultura[19] Pero junto a la presencia de Renan, decisiva sin duda en los planteamientos de Torres, hay que contar con la de Taine, quien representaba, en sus teorías de estética y de crítica literaria, una de las corrientes sobresalientes del pensamiento europeo durante el período positivista.  Taine en su Philiosophie de l’art acentuó la relación a la que hemos aludido entre la ciencia y el arte: Ninguno de ustedes ignora que los descubrimientos de las ciencias positivas se multiplican cada día, que la geología, la química orgánica, la historia, ramas enteras de la zoología y la física son producciones contemporáneas; que el progreso de la experiencia es infinito; que el transporte, las comunicaciones, la cultura, los oficios, las industrias, todas las porciones del poder humano se fortalezcan y comprendan cada año más allá de toda esperanza. (…) No podemos negar, pues, que el estado, las costumbres y las ideas de los hombres no se transforman, ni negar la consecuencia de que esta renovación de las cosas y de las almas debe conducir a una renovación del arte”.[20]

            El planteamiento de Taine, además de expresar la íntima relación entre la ciencia y el arte, guarda una implícita correspondencia con otro fenómeno que fue producto del manejo de coordenadas, grados de latitud y longitud, esto es, la nueva arquitectura urbana.  Y desde este mundo construido, urbano, industrial y científico, se erige el entrecruce que refleja la capacidad técnica del ser humano de moldear su entorno artísticamente a través de sus diversas extensiones tecnológicas.  El impacto de la sociedad industrial no sólo cambió el modo de vida en Europa y en América Latina sino también la sensibilidad de los artistas y escritores.  Por ello, no es casualidad encontrarse con libros como el de los escritores colombianos José María Cordovez Moure Reminiscencias de Santa Fe de Bogotá y la novela de José Asunción Silva De Sobremesa, en el que se nos ofrece un amplio repertorio de eventos, asimismo como una vasta red de lenguaje, una dicción con acento propio y que revela de manera sutil la idiosincrasia de los habitantes de la ciudad bogotana en la época finisecular.

            José Fernández, protagonista de la novela de Silva, nos habla de esa metamorfosis de Santa Fé de Bogotá, convertida en suntuosa ciudad de lujo, muestra del efecto desarrollista ante los ojos extranjeros: La capital transformada a golpes de pica y de millones -como transformó el Barón Hausmann a París- recibirá al extranjero adornada con todas las flores de sus jardines y las verduras de sus parques, le ofrecerá en amplios hoteles refinamientos de ‘confort’ que le permitan forjarse la ilusión de no haber abandonado el risueño ‘home’ y ostentará ante él -en la perspectiva de anchas avenidas y verdeantes plazoletas- las estatuas de sus grandes hombres, el orgullo de sus palacios de mármol, la grandeza melancólica de los viejos edificios de la época colonial, el esplendor de teatros, circos, deslumbrantes vitrinas de almacenes.[21] Finalmente, todo se solidificaría en una cultura que Fernández imagina de curiosa mezcla: (…) bibliotecas y librerías que junten en sus estantes los libros europeos y americanos ofrecerán nobles placeres a su inteligencia y como flor de esos progresos materiales podrá contemplar el desarrollo de un arte, de una ciencia (…).[22]

            Tampoco es casual que la poesía de Darío haya surgido en Santiago de Chile, en esa ciudad en la que se reflejaba el eclecticismo arquitectónico y en la que Darío experimentó los efectos de la vida urbana, la velocidad y la riqueza de sensaciones, que le facilitaron apropiarse de los modelos franceses hasta el punto de que Juan Valera pudo creer que Darío los había vivido en el país de origen.[23]

            El historiador colombiano Jorge Orlando Melo señala a este respecto que a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX: Un factor que cambió la vida colombiana fue el proceso industrial y al mismo tiempo el aumento de la población urbana (…) Bogotá se acercaba a los 120.000 habitantes, mientras que Medellín alcanzaba unos 70.000 y Cali y Barranquilla 50.000 cada una.  Bogotá, por ejemplo, contaba ya con un sistema de tranvías urbanos, con alumbrado eléctrico y acueducto, y el cemento había permitido la construcción de las primeras edificaciones de más de tres pisos.[24]

            Esta observación de Melo nos permite agregar que una de las consecuencias más sensibles y no menos debatidas que trajo consigo la construcción de una sociedad urbana fue la progresiva erosión -o inevitable- concepción religiosa de la vida.  La paulatina modernización trajo una visión más racionalista de su entorno.  Tal vez esto pueda explicar el propósito de Torres por escribir una literatura didáctica con tono ejemplarizante -que circuló en revistas y periódicos a fines del siglo XIX y comienzos del XX.  De acuerdo como lo expuso Gutiérrez Girardot[25], el escritor marginado por la sociedad materialista asumió diversas formas, que se pueden colocar dentro de los límites del principio de autonomía artística, en relación con algunas corrientes del pensamiento filosófico europeo de mediados del siglo XIX.

            A pesar de la antítesis generada entre literatura y ciencia, y de la carencia de condiciones para una discusión fructífera en Colombia, el interés de Torres no apuntó en ningún momento a destruir la tradición literaria colombiana, sino más bien a cursar una invitación a que se creara y se pensara el arte, o la literatura, desde nuevas perspectivas, como algo que no está dado previamente, y que más bien se encontraba en un permanente descubrimiento de caminos, lo cual excluía toda respuesta fija, todo intento de definición o determinación.  En este sentido, es muy significativo el aporte de Torres por esa sed de investigarlo todo, por su universalidad que lo llevó a traspasar fronteras, y dejar una huella que fertilizaran las mentes colombianas e hispanoamericanas. En este sentido, la condición humana volvía a unir así, en la palabra, un problema metafísico y un destino comunitario.  Por lo tanto, nos atreveríamos a señalar que una poesía que esté animada secretamente por la filosofía puede alcanzar las zonas recónditas de la existencia humana; y a la inversa, sólo una filosofía que brote de la admiración poética, puede aspirar a satisfacer las necesidades emotivas de los seres humanos.

            Habría que reconocer, entonces, que el arte, y la literatura en particular, más que convertirse en una fuente de verdad, era fuente indiscutible de conocimiento.  Pero también hay que aceptar que el conocimiento que expresa la literatura no es intencional ni es lo que define la literatura en cuanto a literatura.  Lo significativo era tener en cuenta que la tarea a cumplir debería empezar por el análisis entre las recíprocas tendencias literarias, o artísticas, que irían combinando de forma diferente, en el tiempo, los elementos que son característicos de cada una de ellas. Por ejemplo, la argumentación en filosofía con la metáfora, o la fábula, lo a arquitectura con el entorno social.  De ahí que, el propósito de Torres no fue el de acentuar diferencias sino de sostener que las transformaciones artísticas fueran expresión de una necesidad vital, la cual reflejaría una mudanza constante, progresando en grados de excelencia a fin de encontrar puntos de contacto entre arte, ciencia y la filosofía.

            En conclusión, estas complejas relaciones, o correspondencias, se pueden concebir como otra avenida a través de la cual Torres quiso vulnerar los moldes del pasado y abrirle paso a la cultura colombiana con ojos de utópico.  Ante todo, el objetivo era oponerse a la cultura de la simulación y del exhibicionismo, a la dictadura de los falsos valores, y a la sensiblería de algunos artistas y la blandura crítica. 

Notas

[1] Torres, Carlos Arturo. Obra Poética. Madrid: Librería de Ángel de San Martín, s.f. 3

[2] Torres, Carlos Arturo. Estudios ingleses. Estudios varios. Madrid: Librería de Ángel de San Martín, s.f. 161

[3] Torres, Carlos Arturo.  Discursos y conferencias. Caracas: El Cojo Ilustrado, 1911.

[4]Terán, Óscar. Vida intelectual en el Buenos Aires fin de siglo (1880–1910). Derivas de la «cultura científica».    

   Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. 2000.

[5] Lugones, Leopoldo. Fuerzas Extrañas. Buenos Aires: Elejendría, Arnaldo Moen y Hno.1906

[6] Torres en «Literatura de ideas» reunido en Escritos de Crítica Moderna. Edición a cargo de Rufino Blanco Fombona.   

  Madrid:  Editorial América, Biblioteca Andrés Bello, s.f.   235-236.

[7] Torres en Estudios Ingleses-Estudios Varios. Edición a cargo de Rufino Blanco Fombona. Madrid: Editorial América,

   Biblioteca Andrés Bello, s.f.  161.

[8] Guyau, Jean Marie. Les problèmes de l’esthétique contemporaine. Paris: Félix Alcan, éditur, 2-4.

[9] Guyau, 2-4.

[10] Torres en Ensayos Ingleses-Estudios varios, 212.

[11] Darío, Rubén. Los Raros, edición crítica de Günther Schmigalle, Berlin, Tranvia-Verlag Walter Frey, 2015. 413

[12] Rodó, José Enrique. Ariel, Los Motivos de Proteo. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1976. IX.

[13] Torres en Estudios Ingleses-Estudios Varios, 287.

[14] Renan, Ernst.  L’Avenir de la Science en Oeuvres Complètes. París: Calmann-Lévy, Editeurs, 1947. Vol.III  847.

[15] Renan 832.

[16] González Pérez, Aníbal. La crónica modernista hispanoamericana. Madrid: J. Porrúa Tarranzas, 1983. 43.

[17] Torres. Estudios de crítica moderna, 233.

[18] Torres 237-241.

[19] Torres 237-241.

[20] Taine, Hyppolite. Philosophie de l’art. Paris: Librarie Hachette et Cie, 1885.122-123

[21] Silva, José Asunción. De Sobremesa edición a cargo de Germán Arciniegas. Bogotá: Círculo de lectores, 1984. 213-

     214.

[22] Silva 214.

[23] Darío, Rubén. «Carta-Prólogo de Juan Valera» en Azul… (1888) Madrid: Espasa-Calpe, 1984. 11

[24] Melo, Jorge Orlando. «Colombia 1880-1930: la república conservadora», en La nueva historia de Colombia, Biblioteca

     Básica Colombiana. Bogotá: Colcultura, 1976. 636-637.

[25]  Gutiérrez Girardot, Rafael. Modernismo, Barcelona: Montesinos, 1983.

Compartir:
 
Edición No. 205