Compromiso humano en la poesía de Carlos-Enrique Ruiz
La Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, ha publicado recientemente una antología poética del escritor colombiano, Carlos-Enrique Ruiz (1943), edición a cargo de Gustavo Silva Carrero y con prólogo de Berta-Lucía Estrada. Cuestiones del decir (2020) de Carlos-Enrique Ruiz reúne ocho libros desde Decires (1960) hasta Angustiosa armonía de las estrellas (2006), convirtiéndose en un valioso repaso que abarca 46 años de su obra lírica. Antología en la que se encuentran poemas que, evidentemente, son concomitantes entre sí puesto que podemos notar cómo un poema se corresponde a dos o más de sus libros. Pero esto, que podría parecer obvio para cualquier antología, es especialmente importante en este caso, puesto que Carlos-Enrique Ruiz, al reconocer sus temas y problemáticas recurrentes, las escribe y, por ello asumimos que, las reescribe de ordinario, con lo cual vienen a borronear los límites de una cronología y de un discurso. Por lo tanto, nos parece que Carlos-Enrique Ruiz en sus sucesivos libros ha venido escribiendo un mismo libro, en constante mutación, de empeño, y riesgos similares a los de Walt Whitman.

Comenzaré apuntando que, para nuestra propuesta de lectura, hemos considerado recurrir a la crítica estilística como una herramienta interpretativa idónea a fin de explorar Cuestiones del decir, por cuanto atiende a la conexión entre manifestaciones formales y la vibración espiritual, las exigencias psicológicas o los rasgos biográficos que las determinan. Además, de tener en cuenta que algunas obras literarias son más adecuadas que otras para el ejercicio de este instrumento crítico. La de Carlos-Enrique Ruiz es óptima, por su carácter sensorial y su riqueza realista, que despliega una apretada red de elementos expresivos, en la que intervienen la música y los ritmos, las imágenes visionarias, de corte onírico, la expresión fértil, la madre naturaleza, las calles, las sombras, los silencios, y una amplia batería de contrastes, compuesta por paradojas, referentes bibliográficos y metáforas. La poesía de Carlos-Enrique Ruiz es una llama elocutiva que corresponde a una llama emocional: ambas están unidas por un vínculo creador, que es el que nos proponemos abordar.
El entramado de rasgos que sustenta la poesía de Carlos-Enrique Ruiz opera en sus poemas como un cuerpo vivo. Nada más lejos de sus composiciones que la simpleza, la unidimensionalidad o la acumulación insignificante de ecos. Lo que les da su solidez y su dinámico equilibrio es, precisamente, la unión de todos los elementos expresivos, y su plena adaptación al horizonte exaltado que pretenden describir. Internarse en la poesía de Carlos-Enrique Ruiz es descubrir un múltiple edificio en cuyo centro late, lacerado, pero inacallable, el corazón humano. Porque el oficio, las técnicas empleadas, en ningún momento empañan la autenticidad de la palabra. Los versos son sudor espiritual, exudación de un ser humano que vive con intensidad, y con asombro ante la frágil condición humana: “Qué vaina esa/la de los pobres mortales/ tan ajenos desconocedores/ de la fragilidad propia” (Cuestiones del decir, 227) [1]. Como lo sentencia el conde de Buffon en el Discurso sobre el estilo: “El estilo es el ser humano mismo”[2]. Ello admite creer en la pertinencia del método estilístico para acercarnos a la poesía de Carlos-Enrique Ruiz, que es tributaria de sus avatares espirituales. Asimismo, nos permite apreciar los rasgos formales de un poeta reflejo de sus pulsiones anímicas -y de su visión del mundo en particular-, y, a la vez, instrumento elegido por éste para reproducirlas en la conciencia del lector.
A tenor de lo anterior, notamos claramente un signo existencial en la poesía de Carlos-Enrique Ruiz que se asienta en la convicción de la vulnerabilidad del ser humano y en su sumisión al deletéreo paso del tiempo. A partir del nacimiento, desde la articulación mítica del mundo dorado de la infancia, el ser humano aparece sometido al desgaste físico, psíquico y vital, y, en último término, al desamparo (o la muerte) como lo expresa puntualmente Carlos-Enrique Ruiz en los siguientes versos: “Se tiene la idea del desamparo/ desde que se nace (…) desamparo quizá sea la fuerza/ de la incertidumbre” (204). Sinembargo, no hay que entender esta muerte solo como la desaparición física, sino como la extinción progresiva de las ilusiones, esperanzas, e incluso del hábitat que rodea nuestro entorno: “Esplendor que fue solo/ solitario en su día. / Cayó por fin la rosa apetecida/ fugaz/ viajera de nunca volver/ a ser en su ser. / La tierra se desvaneció con su estrépito.” (59) De hecho, con el paso del tiempo hemos experiemntado la quebradiza condición humana, una suerte de gran lecho existencial que encauza todas las debilidades y caídas: el olvido, la vigilia, la soledad, la inutilidad, la desesperanza; en suma, el sinsentido de ser. Y he aquí la confirmación de Carlos-Enrique Ruiz en estos versos: “Solitario avanza en su destino pensamiento/ entre la maraña y la ponzoña/ entre la desidia y las imágenes fugitivas/ que prendieron la ilusión en todo lo que huye” (156); o “Titila en mi alma la sombra de las vidas/ perdidas en la inutilidad / a causa de la falta de razón/ dicen” (228). Las inquietudes manifiestas en esta antología tienen un fulgor, que resulta significativo, en el vocabulario empleado; es decir, en sus opciones semánticas que revelan y delimitan, con nitidez, preocupaciones íntimas.
A medida que avanzamos en la lectura de Cuestiones del decir, distinguimos que el tiempo, aunque no sea el sujeto, o autor, principal de este poemario, casi siempre está presente en una u otra forma; puesto que se ramifica en múltiples alusiones, que se articulan polifónicamente y despliegan un amplio arsenal imaginario. Estas alusiones no aparecen deslindadas unas de otra, sino cuidadosamente entrelazadas: “Nunca habré de olvidar ese pálpito/ al saberse fugaz/ al saberse esplendorosa/ en el instante. / Siento que algo también se nos va a los mortales/ cuando la flor / respira y parte” (65). Es relevante notar que en los poemas incluidos en Cuestiones del decir no solo hay una referencia temporal, sino varias, que se fecundan e interpenetran. Y para efectos exclusivamente didácticos, en esta antología se puede apreciar una suerte de amplio mapa léxico que alude a cuantas emociones puede suscitar el tácito fluir del tiempo.
Desde esta perspectiva los rasgos que caracterizan al tiempo, en este poemario, nos remonta a la mejor tradición clásica que es su fugacidad. El tempus irreparabile fugit de los latinos y, después, de los barrocos aparece, explícitamente, en algunos de los poemas en Cuestiones del decir, como en ¿Camino sobre huellas indescifrables?: “He comprendido la incomprensión del tiempo. / A cada instante cosas incontables ocurren. / Basta una vuelta al reloj/ para que la noche haya regresado” (74), o en Las Tardes, donde destaca otra observación, que se sitúa entre las diversas alusiones al tránsito: “… y el tiempo sigue inflexible su cauce/ a la vista de quienes pasan y pasan/ sin la osadía de dejar huella” (345), o al mutarse —“El tiempo se deshace en tragicomedia/ frente a nubes de polvo cósmico/ acumulado en puntos/ en la confrontación de lo más grande/ y de lo más pequeño…” (356). La vida, entonces, pasa como una condición temporal: “No se sabe si llueve o hace sol en cielo abierto/ Corre la vida hacia su extinción…” (167). El poeta amplía y, a la vez, constriñe aún más esta idea cuando la expresa con firmeza: “Heráclito pensó en la vida/ al ritmo de aguas que corren” (50). En este sentido, consideramos que Carlos-Enrique Ruiz comparte el concepto heideggeriano del ser como mero pasar, prefigurado por los autores barrocos, que concebían la existencia como un tránsito fugaz, como una fórmula a la que todo estaba sujeto, y que, paradójicamente, sustentaba el mundo: así lo afirmaron algunos poetas como Lupercio Leonardo de Argensola, Calderón de la Barca o Gabriel Bocángel.
No obstante, hallamos una dinámica singular en varios de los poemas reunidos en Cuestiones del decir a través de oscilaciones, de cambiante y esperanzador perfil afectivo y de permanencia a su vez. Es una poesía a un tiempo novedosa, pues siempre agrega elementos, y conservadora dada la solidez de otros rasgos: “En La Existencia de las ruinas/ se encuentra lo olvidado / (…) pero qué bueno que las huellas del pasado/ incorporadas como acierto de hallazgo/ vayan aclarando el camino que otros deben transitar / con menos pena /más esperanza” (175). Esto es importante porque las formas de la escritura de Carlos-Enrique Ruiz contienen una actitud frente al tiempo histórico y, con ello, el lector comparte el intento de anular ausencias y distancias mediante la palabra.
También es importante señalar que en Cuestiones del decir ronda el interés del poeta de reducir distancias con el universo que le rodea; a fin de establecer una comunicación íntima, entrañable, y solidaria, la cual se demuestra en el poema El tiempo…: “El tiempo despierta el escozor / en las axilas del cosmos / para ensimismarse en pensamientos / de lento transcurrir” (377). Bajo esta línea de interpretación, ya Carlos-Enrique Ruiz había expresado en uno de sus primeros poemas Mirada en azul esta ensoñación de perfil cósmico, que le permitía al poeta abandonar su soledad para asimismo ser observado por el cosmos: “Me llaman el soñador/ (…) que de puro ver paisaje/ la mar confundió mis ojos, / deteniendo la mirada/ en cuanto ser habita”. (25) Esto es precisamente lo que Gaston Bachelard -cuyas investigaciones resultan imprescindibles en nuestra lectura- expresó con claridad esta actitud singular: Una ensoñación hablada transforma la soledad del soñador solitario en una compañía abierta a todos los seres del mundo. El soñador observa al mundo y he aquí que el mundo le observa.[3] Naturalmente, y como era de esperar, Gaston Bachelard no es el único investigador francés que expresa dicha experiencia humana universalmente conocida. Marc Girard, algunos años más tarde, escribía acerca del agua en la Biblia unas líneas que apuntan en la misma dirección: El aspecto vivo del agua lanza la imaginación a tratarla y a frecuentarla como un ser animado. El agua se lleva los secretos del soñador, el poeta le hace habla.[4] Así́ pues, en Cuestiones del decir el poeta contempla el mundo transformado en ser animado y éste se hace notar: “Que diga el agua su penar” (49), o “El continuo sollozo de los árboles” (84); o “Las lluvias no cesan de expresar su lamento” (219). De hecho, este macroantropos, que es el cosmos, no es mudo, sino todo lo contrario, es un ser total, posee un cuerpo, una mirada, un soplo, o una voz.
En efecto, el arroyo, el río, la cascada, la lluvia tienen un habla que los seres humanos intentamos comprender naturalmente. Y es que, en definitiva, la contemplación de Carlos-Enrique Ruiz no se opone a la voluntad, sino que siguen otra rama de la voluntad, participa en la voluntad de belleza que es un elemento de la voluntad general. Sin duda, el agua no es nunca sólo pura contemplación a distancia; instaura siempre una relación empática con el observador en general, y Carlos-Enrique Ruiz lo resume del siguiente modo: “La vida se arrima al arroyuelo/ y sus aguas cantan…” (109). Imágenes del mundo natural (agua, viento, luna, sol, arroyo y mar) que asimismo no desestiman las fuerzas impredecibles del cosmos: “Los ríos a su vez arrastran al final los lodos/que aguas arriba se forman por el deterioro mismo/ que circunda cada cauce/ sin el rótulo de las huellas que dejaron las arrasadoras/ avalanchas en señal del mortífero olvido”. (171).
El agua, inevitablemente, nos hace retroceder en el tiempo, nos conduce a un mundo lejano en el que los límites entre la realidad y el mito son bastante difusos. Resulta en ocasiones imposible hablar del agua sin referirse a la cultura clásica, sin adentrarse en un mundo insólito, mágico, poblado por imágenes irrepetibles, llenas de intensidad, que, unas veces, sirven de telón de fondo a los sueños de nuestros poetas, otras veces, como acabamos de observar en Cuestiones del decir, que cobran un significativo protagonismo. En la historia de la literatura, el río aparece como una metáfora de la vida humana, que nace en una fuente lejana, atraviesa los paisajes del mundo durante un periodo de tiempo determinado — siendo, también, representación de ese tiempo— y desemboca en la muerte, donde se extingue el ser individual. La primera manifestación cuajada de esta concepción del río como flujo existencial, que ha condicionado su tratamiento por parte de casi toda la poesía de Occidente, la proporciona, como ya lo hemos anotado, Heráclito y su celebre aforismo todo fluye, que refleja la pluralidad móvil del mundo, esto es, de diversas maneras la inestabilidad de todo. Bajo esta sintética afirmación se esconde, no obstante, el germen de un complejo pensamiento existencial, que se ha proyectado a lo largo de los siglos.
Por otra parte, en Cuestiones del decir, hallamos paralelamente el asombro como consecuencia del estrago perpetrado por los humanos contra el medio ambiente. Esto se constata, por ejemplo, en los siguientes versos del poema Los Sauces: “Otra vez nuevos árboles intentaron el mismo/ cobijo/ y las piquetas demoledoras de la ciudad/ los echaron al suelo” (227).
La constatación de esta nueva realidad del deterioro ecológico lleva a Carlos-Enrique Ruiz a otorgar cada vez mayor importancia a la observación y al despiadado comportamiento del ser humano con todo lo que lo rodea y lo que toca. Hay un centelleo permanente en sus versos que delatan la destrucción de nuestro hábitat. Para Carlos-Enrique Ruiz el mundo ya no es el mismo; el sufrimiento ha cambiado de manera no sólo cuantitativa, sino también cualitativa. Hoy sufre también la tierra, y es capaz de conducirnos a la destrucción del mundo natural y a la abolición de la especie humana.
La perseverancia de Carlos-Enrique Ruiz por redimir la magnificencia de la naturaleza deja una huella indeleble en su obra poética. En el poema Los Sauces la voz poética vibra en contra de la indiferencia humana; puesto que, este árbol podría ser el símbolo de la inmortalidad y la resurrección. Es un árbol que se dobla, pero no se quiebra: renace. Vive del aire y de la luz, y también de las sílabas del lenguaje poético. Como es sabido, el sauce es el símbolo del agua y del aire, y su signo es lunar. Aparte, de que el tópico de la apatía humana se presente como una manifestación natural, el que se dobla sin quebrarse sobrevive porque le ha tocado calmar su fiebre y su desilusión ejemplificadas en los siguientes versos: “Los sauces dan cobijo en la calle/ para que los transeúntes sientan siquiera/ en ese momento/ que hay alguien en la naturaleza que les protege/ Los sauces llorones lamentan toda desmesura/ y le brindan a la Humanidad/ dosis exactas de aspirina” (227). Tal vez Carlos-Enrique Ruiz habrá pensado en el Arthur Rimbaud que dijo que llegará el tiempo en que habrá un lenguaje universal del alma. Una voz creada a través de la poesía, que realmente santifique el espacio cósmico, dándole cualidades de protector que es el sentir del propio autor.
Por otra parte, es interesante la alusión que se expresa en Cuestiones del decir sobre la calle, como símbolo variante de camino, símbolo constante para la travesía que es la vida. Y con la calle se menciona a su vez la sombra, efecto de la luz, que ha sido desde siempre considerada como figuración de emociones, en literatura y en la vida. Pero también la sombra simboliza al “otro” que cada cual lleva dentro de sí. Y en la distancia la sombra tanto de los seres humanos, como los árboles, o las cosas, más que resaltar sus perfiles, los borra y dan aspecto de seres irreales como se expresan en el poema Lejanía: “Se dilata la sombra al extinguirse la luz del sol/ en cada tarde-noche/ con un crecimiento a ritmo acelerado / hasta que todas las sombras se confunden/ con árboles montañas edificios transeúntes perros… / gentes masificadas en su tránsito por calles / bajo el desaliento de una nueva esperanza desfallecida” (248). Por lo tanto, se podrá asumir, que la calle es un ámbito interior de la ciudad; pero que es interior y también exterior, en donde lo dentro y lo de afuera se unen para contribuir a recordar una intimidad perdida en la sombra de la memoria, o como dijo Jorge Luis Borges: la calle es una herida abierta al cielo o tus estrellas albrician mi vagancia, pena tras pena – calle que dolorosamente como una herida te abres [5]
Aunque la sombra no proporcione siempre beneficios para esclarecer el camino; en este mundo poético, para decirlo con palabras de Antonio Machado, el andar hace el camino: es el movimiento hacia algo, hacia lo desconocido -algunas veces simbolizado por las sombras- lo que traza la dirección. El movimiento del ser humano en la vida y el modo cómo ocurre, se puede describir como vueltas, y revueltas, en una calle o en un camino. El viaje en el espacio -a lo largo de la calle- coincide, sean las que fueran las diferencias de paso y dirección, con el viaje en el tiempo, expresado en Cuestiones del decir por las alusiones a la luz, la sombra y la lejanía. Elementos que nos permiten percibir la luz física y la sombra de forma culturizada, metafísica, y poética que permanece indefinidamente como símbolos primordiales que iluminan un espacio y el alma del poeta.
Cuestiones del decir, “humaniza” con la dinámica del mirar hacia fuera para poder explicar el adentro. La reflexión sobre el tiempo, el espacio y la fragilidad humana toma tonos filosóficos y universales al cotejar metáforas que muestran el proceso en que esta obra desarrolla una imaginería mitificante como parte constitutiva de la figura del poeta, desnudando una infinitud de impresiones glorificadas de su firmamento interior. La postulación del sentido nuevo de la significación simbólica, en la poesía de Carlos-Enrique Ruiz, es el trabajo de todos los elementos que se entretejen en las relaciones semióticas de su discurso. Muy a la manera que Paul Ricoeur lo expondría, pudiéramos señalar que el movimiento del discurso poético de este poeta se nos revela como un hecho por el cual se abre una relación disímil al de la lengua común, con los infinitos semánticos, no de referencia a ellos, pues su dispositivo significativo no es el signo, sino el atributo; por ello logramos decir que la disertación poética de Carlos-Enrique Ruiz, al descansar en el efecto estético y no en el designativo-cognoscitivo del discurso cotidiano de la lengua, postula una nueva situación, nos obliga a ver de otra manera nuestro mundo, nos ofrece una configuración de sentido que lo enriquece y lo abre a dimensiones inusitadas para el sentido común y para el conformado en las constelaciones semánticas de la lengua.
A través de esta Cuestiones del decir descubrimos de igual forma una mirada cercana y un apego a la vida misma y a la realidad circundante. Cada verso genera al siguiente en los que se sintetiza de manera muy concreta esa confluencia que explota Carlos-Enrique Ruiz, y resume la problemática existencial, mediante la exploración de sus propios sentimientos e impresiones: “Tan cruel la vida con almas desprotegidas/ bajo mentes negadas a la ternura/ a la solidaridad y por supuesto al amor / ¿Qué será del mundo? / ¿Qué será de las vidas?” (233). De esta forma, una de las motivaciones centrales a lo largo de estas composiciones líricas, es la constante preocupación por el rumbo que las personas se han marcado y, cómo las sociedades, problemáticas y controvertidas en una época caracterizada por el aparente progreso, ha imbuido al ser humano a una inseguridad acuciante. La suscitación sobre el sentido de la vida que Carlos-Enrique Ruiz nos propone, no se aleja del pensamiento que el colectivo ha generado, con lo que nos ofrece una obra imbricada en las divagaciones de la mente humana y, por consiguiente, nos plantea la meditación acerca de parámetros vitales para la realización personal y para la comprensión de la existencia del ser humano.
Notas
[1] Ruiz, Carlos-Enrique, Cuestiones del decir: Antología personal (1960-2006). Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2020. P. 227, las siguientes citas se incorporarán en el texto.
[2] Georges-Louis Leclerc de Buffon pronunció su célebre discurso en 1753, con ocasión de su ingreso en la Academia Francesa: «Los hechos y los descubrimientos se arrebatan fácilmente, se transfieren e incluso mejoran cuando son empleados por manos más hábiles. Estos son exteriores al hombre; en cambio, el estilo es el hombre mismo. El estilo no puede, pues, ni arrebatarse, ni transferirse, ni alterarse» (Discurso sobre el estilo, traducción de Alí Chumacero, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004, p. 29).
[3] Bachelard, Gaston, La poétique de la rêverie. París, P.U.F., 1960, 9a ed., p. 160.
[4] Girard, Marc, Les symboles dans la Bible. Essai de théologie biblique enracinée dans l’expérience humaine universelle. París, Les éditions du Cerf, 1991. p.239
[5] Borges Jorge Luis, «Fervor de Buenos Aires», España: Emecé, 2007, p.p.77-81.