Constancia de una amistad. Memoria y diálogo con R.H. Moreno-Durán
Aquí y ahora, ante ustedes, quisiera manifestar qué ha significado para mí una muy larga amistad con R.H. Moreno-Durán. Cuando hablo del significado de esta constancia, me refiero a la influencia que su vida y obra literaria ha ejercido en mi condición de sociólogo y ensayista cuyo oficio ha sido y es y será pensar todos los días en este enigma llamado Colombia, un pensamiento ejercido desde múltiples perspectivas, una de las cuales es la introspección que he ensayado en un diario que escribo desde hace ya 43 años, cuatro años antes de que conociera a Rafael Humberto en la Universidad Nacional.
Nada más propio para esta remembranza que una librería, con mayor razón si es de la Nacho y si está situada en esta plaza que cruzáramos tantas veces en nuestros años de estudiantes. Lugar impropio, podría decirse también, porque si no mediaran los años, La Librería y no la Bucholz, o la Losada, o la Francesa, o la Central, hubiera sido perfecto objetivo de nuestras “recuperaciones”, como hiciéramos bajo tantos abrigos en las otras, antes de transitar joviales hacia La Florida o El Cisne, donde entre chocolate y una que otra escuálida cerveza repasaríamos nuestra rapiña y nos leeríamos nuestros primerizos intentos literarios.
Yo, gracias a ganar entonces un sonado premio de cuento – de cuyos efectos sociales se ha quejado tanto R.H. por una supuesta falta de cortesía de mi parte al no invitarlo – fungía entonces como promesa de las letras, mientras él – según ha confesado – se figuraba como el futuro político que reuniría a las naciones al sur de México. Yo, que excusé el haber invitado entonces al amigo a la celebración más bien fatal de aquel premio para salvarlo de la trivialidad de la bohemia, corroboraría con el tiempo que la promesa literaria encarnó – y de qué manera – en el amigo, a tiempo que yo no he podido ser ni siquiera el político que pueda reunir sus fragmentos dispersos en la soberanía de una persona, pese a que, en la derrota, el archipiélago del yo, con los veleros trizados de sus razones y sinrazones, pueda testificar de un saber que bien podría llamarse místico atendiendo a la etimología de lo cerrado y callado.
Vivimos con intensidad jocunda tiempos que entonces fueron de carnaval en este espacio criollo, antes de que la retórica política los deshiciera. Tiempos coincidentes con esa maravillosa aunque un poco inane eclosión de mayo del 68, inane por lo menos en términos de captura de poder, porque en la larga duración aquel fue el signo de vocación de una pléyade de pensadores que han cambiado el horizonte del saber.
Pasaron tiempos largos en espacios distintos y distantes. En 1988 regresó el amigo con Femina Suite y mucho más. Por ejemplo, esa Augusta Sílaba que, obra en marcha, fe de la vida, razón de ser, mostraba a mis sorprendidos ojos de qué modo la lectura juvenil de Goethe y el estudio común del alemán, entre tantas otras lecturas y devociones intelectuales de la temprana juventud, habían calado como método y canon de una vocación y de un oficio.
Le confesé entonces a R.H. en una casa que entonces ya comenzaba yo a deshabitar por seguir el estudio de mis fantasmas, que con su regreso se había recuperado la imaginación y la risa creadoras. Hoy, mirado el tema de modo retrospectivo, lo reaseguro. Quienes vivimos – si es que vivimos – en los claustros académicos, experimentamos la modorra cansina de las repeticiones. Bártulos, mamotretos y digestos, no son asunto de la Colonia. Mucho se quejan algunos de que en los predios universitarios subsistan zoológicos y recuas. Hace poco, R.H. ha escrito algo magistral en torno a ello, en particular se ha referido al cóndor enjaulado que fuera testigo de sus aperturas afectivas, pero que también fuera motivo de inspiración del pintor Obregón. Ya es noticia que una Universidad sea puesta en cuarentena por brotes de aftosa. Con tantas vacas sagradas, Dios nos libre de la aparición de vacas locas. Pero nada sorprenderá si de modo más bien escéptico certificamos que en nuestros lares académicos los rumiantes abundan – con tantas y tan honrosas excepciones como se quiera.
¡Y qué decir de los imperativos que supuran como permanente gotera en los muros! Pueden pasar los años de los años, los siglos de los siglos y los grafitis seguirán empeñados en servir de indicios de muñones de inteligencias y de razones nonas y parvas. Y no es que falten motivos para la rebeldía, ni que tampoco uno crea ingenuo que las sociedades no se construyen, instituyen y destruyen por la violencia sempiterna. Pero es que el fetichismo de las paredes permanece allí como muestra de impotencia prepotente.
Nadie crea que la risa que nos trae y que recreamos en cada una de las obras de R.H. sea poco seria. Si hay un oxímoron, ése es encarnado en obra R.H., porque el humor de su novelística si hace reír, también lleva a llorar. El querido amigo es de aquellos raros escritores en los cuales la tragedia mueve a risa y la comedia termina por inducir una explosión de llanto.
Quiero explicarme: ningún país acaso tan complejo haya en el mundo como es Colombia. Ninguna nación que provoque tanta perplejidad. Y es allí donde yo encuentro que Rafael Humberto se ha anticipado en muchísimos años luz a nuestras lentas interpretaciones de Colombia, porque se necesita de modo preciso ser en vida y en obra un oxímoron (en su etimología, veloz y lento) para comprender un país que lleva en el lema de su escudo un oxímoron (Libertad y orden), que porta el nombre de un alma en pena ignorante de qué había descubierto, así como también necio en su saber si su oro era el de la piedra filosofal o el oro de Midas.
Apenas estamos entreviendo de qué modo en su compleja obra de Felinos del Canciller a Mambrú se entreteje la saga de un país sometido a entropías múltiples. Ya es un lugar común decir que en la obra de R.H. la Colombia contemporánea y posmoderna se anticipó en los juegos de salón y en la configuración del mundo de la mujer desde Femina Suite, mucho antes de que el feminismo o los filósofos de distinto signo llegaran con sus retóricas posmodernas. Es menos evidente a la crítica, sinembargo, el modo como en la obra, con su trazo de más de un siglo, se entreveran temas de familia, género y violencia, en espirales que van de la pareja en los cuerpos divorciados (por ejemplo, en Toque de Diana) a los cuerpos políticos e institucionales desgarrados, en una especie de matrioskas quebradas. Algo para trabajar, sin duda, más allá de la simple consideración de género, porque reúne en bisagras sutiles los tejidos rotos de la sociedad colombiana.
Motivos para pensar. Para pensar con mucho humor que nos alivie en la tragedia que nos cupo en suerte. Por R.H. positivo, salud.
R.H. Moreno-Durán: alquimia del verbo. En el límen de la escritura, el cruce de trenes y barcos
A lo lejos y a medida que avanza la madrugada, el ritmo
del tren la hace evocar la canción Love´s old sweet song… [1]
Esta entrevista fue realizada el sábado 23 de octubre de 10 a 12 de la mañana del año 2004 en el apartamento donde vivía con su esposa Mónica Sarmiento y su hijo Alejandro. La entrevista era inicio del proyecto de un libro con el nombre de Alquimia del Verbo. Se edita la primera parte sin cambios de fondo. Había habido dos conversaciones previas los sábados 9 y 16 de octubre y un encuentro en el lanzamiento del libro Femina Suite, en la Fundación Santillana -del cual se toma el epígrafe-, el día miércoles 17 de octubre a las ocho de la noche. Se menciona la Universidad Autónoma de Colombia porque la idea era recabar apoyo de dicha Universidad. Conocí a Rafael Humberto en el año 1966 en la Universidad Nacional, cuando estudiaba Derecho y yo sociología. Con Francisco Sánchez Jiménez, Miguel de Francisco y Plinio Archila compartimos durante un lustro antes de su viaje a Barcelona días y noches sin cuento en tertulias de café con lecturas de fragmentos de cuentos, novelas, poemas y discusión de libros además de formar parte de un colectivo de literatura creado por mayo de 1968 y denominado Sanchito del cual se editaron doce números que poseo en los archivos. Luego de su regreso de Barcelona mantuvimos amistad cercana. Escribí no pocas reseñas y ensayos en torno a su obra. Y con él vertimos la novela Juego de Damas a teatro y a guión para una película en torno a la cual Jorge Alí Triana había mostrado interés. Tengo en mi poder el libreto para cine y la obra de teatro. En algunos casos y por motivos de espacio las puntuaciones de Gabriel Restrepo se incorporan a la respuesta pero se interpolan entre paréntesis.
Gabriel Restrepo. Quisiera que comenzáramos por el nombre del libro propuesto en la investigación con la Universidad Autónoma, Alquimia del Verbo. Pues he encontrado en tu texto Fragmentos de la Augusta Sílaba [2] de 1984 esa expresión exacta, que dice:
Ojalá que este registro responda, al menos en parte, a ese proceso del cual ha tomado su nombre, en todo equiparable a la gestación de una auténtica escritura. No en vano ya es un viejo lugar común hablar de una cierta alquimia del verbo…[3].
Quería con ello preguntarte por dos temas, la alquimia y los trenes. Alquimia y Barcelona, porque ésta es una ciudad que tiene mucho que ver con la alquimia en la tradición de Raimundo Lulio y su sistema de correspondencias en el lenguaje. Y esa misma ciudad porque fue el punto de llegada para rehacer ese periplo de Bogotá a Perú, regreso a Bogotá y luego esa travesía por tren y barco hasta tu destino, Barcelona y allí la dedicación plena a la escritura.
R.H. Pero ahí tendríamos que partir de la infancia… La infancia, sí, por el tren, claro, pero me pregunto cómo figura allí el barco. Es una idea más romántica y quizás extraña. Lo más parecido que experimentara al barco eran unos domingos en canoa en el Lago Gaitán y el lago de San Cristóbal. Y allí nos llevaban todos los domingos. Había una Ciudad de Hierro.
G.R. Hay otra memoria que enlaza de modo preciso el tren y el barco y es Girardot. En Finale registras la confluencia de un barco y un tren sobre el puente.
R.H. Sí, eso está en Finale Capriccioso con Madona: fue un 31 de diciembre y fue algo que a mí siempre me impresionó. Yo era niño y veía cómo mientras mis tías solteras bailaban con sus novios que viajaban desde Bogotá a grandes fiestas el 31 de diciembre, a las 12 en punto de la noche yo me despertaba porque sobre el puente se había conformado un asunto que se pudiera imaginar como una cruz, que era el tren que iba desde Bogotá, me imagino que hacia la Costa, pitaba y le respondía el barco que bajaba de Honda hacia Neiva cargado de pasajeros que iban bailando; porque realmente eran barcos con orquesta a bordo y entonces era un viaje maravilloso. Y a las doce en punto cuando se encontraban justo en el nuevo año se saludaban pitando y eso a mí me impresionó mucho. Era una fiesta en la cual yo no participaba. Porque yo como era un niño me había dormido a las nueve de la noche. Y me volvía a despertar con ese llamado mágico de cosas que como en este país y como la infancia han desaparecido: que fueron fundamentales para el desarrollo del país y que solo quedan en la mitología de los escritores (GR: como desapareció el Magdalena, en buena medida…). Exactamente, el simple trayecto navegable que yo imagino que mucha gente con imaginación y dinero podría restablecer, ya no un barco de transporte sino un barco de recreo que baje desde Honda hasta Neiva y suba otra vez con orquestas y bailes. (GR: En lugar de cadáveres y chulos).Claro, entonces me parece que también de alguna forma la memoria del escritor no solamente salva su infancia sino también quiere salvar la memoria del país.
GR: Pero es que eso vuelve y vuelve en tu literatura porque en el libro de Mujeres de Babel en la página 72 dice: “a lo lejos y a medida que avanza la madrugada el ritmo del tren la hace evocar la canción l Love´s old sweet song que va a cantar con Boylan en su gira de conciertos y una vez más la asociación fálica: el tren y sus pitidos sale a relucir: vuelve en la memoria al Peñón de Gibraltar, como si rehiciera en el mismo barco la misma travesía: se une el ritornelo de la canción al descubrimiento de la memoria.
RH: Yo creo que hay imágenes y experiencias que son absolutamente recurrentes en la memoria de un escritor y de un artista en general y a mí me parece esa experiencia de la infancia de bajar en tren a Girardot y sorprenderme por el encuentro con los barcos me hace pensar y para mí es una premonición de lo que muchos años después iba a ser otro encuentro en otro 31 de diciembre, el mío con el destino literario. A mis veintiocho o veintinueve años de edad, el 31 de diciembre de 1972 yo me voy en tren de Bogotá a Barcelona en el Expreso del Sol, uno de los últimos viajes que hizo ese tren. Llego a Santa Marta. De Santa Marta me voy por tierra a Cartagena donde me espera el barco que me conducirá a mi destino literario en Europa, a mis primeros libros y donde sabré que el barco se incendiará. Claro es que cuando yo llego a Barcelona el sábado 20 de enero imaginé que el navío en el cual atravesé el Atlántico estaba llamado a la ruina porque su capacidad era para unos 2000 pasajeros y sin embargo sólo viajábamos 30. El barco se llamaba El Satústegui y era de la compañía transmediterránea, un barco en el que yo me fui sin boleto de regreso acompañado de muletillas y de bailarinas, más una que otra puta. Era una permanente fiesta. El barco tenía piscina y aunque nosotros estábamos en clase turista no había turistas de primera, así que nos desplazábamos por las diferentes secciones del barco. Pero ya verás lo que pasó unos meses luego, cuando yo ya estaba en Barcelona: a mediados de junio en un sábado yo estaba escuchando la radio mientras trabajaba y ese día sucedía uno de los eclipses más importantes de sol y por primera vez un grupo de cien científicos del mundo fletaron un avión que volaba sobre Mauritania donde mejor se veía el eclipse para rastrearlo en directo: desde el avión transmitían los hallazgos científicos y de pronto interrumpieron la emisión para decir que en el puerto de Barcelona se estaba quemando el Satústegui… (¡Otra sincronía extraña! GR). El barco no había vuelto a regresar porque después del viaje mío quedó anclado en la armería la Vulcano; lo estaban refaccionando para convertirlo en un transporte de recreo entre Barcelona y Palma de Mallorca: barcos rentables, menos problemáticos por distancias más cortas y comerciales. Entonces se quemó ahí; se quemó ese barco: yo quemé las naves porque la idea mía era irme de seis meses a un año a ver cómo me iba. Y resulta que me quedé 15 años. Me olvidé por completo del regreso a Colombia, no de Colombia porque siempre ha estado presente en mi literatura. Pero vuelvo otra vez a la infancia. La alianza entre tren y barco: dos desaparecidos. Cuando yo regreso a Colombia ya no existe el Expreso del Sol, ya no existen los viajes en barco; es más: no pude repatriar mi biblioteca porque incluso la Flota Mercante Grancolombiana se acabó. Entonces mi biblioteca aumentada en tres lustros se esfumó en Barcelona y es una lástima porque yo sabía que estaba de paso y cada libro era importantísimo: no tenía libros malos o regulares, pues los regalaba. Eran entonces libros prodigiosos que yo encontraba en la librería de viejo de una ciudad que no es cualquiera, porque fue allí donde Don Quijote vio cómo editaban la obra. Ahora, el comienzo de mis memorias y sobretodo de lo que yo llamo el Capitulo Catalán que es la experiencia barcelonesa empieza de una forma que a mi me pareció que era una broma mía y sin embargo pienso a medida que pasan lo años que yo nunca estuve más certero que en esa frase. Ahí decía: “vine a Barcelona porque me dijeron que aquí había vivido don Antonio Moreno, mi antepasado que fue de la prisión de don Quijote durante su visita a la ciudad”, que es asombrosa paráfrasis del comienzo de Pedro Páramo: “vine a Comala porque me dijeron que había un tal Pedro Páramo”.
GR: A tal propósito hay dos temas que vamos a tratar en el libro: yo creo que habrá un capítulo dedicado a los relojes; es obligado; está en Finale Caprichoso; figura en El caballero de la invicta, pero además en la escena de la infancia del cruce de barco y tren y luego el eclipse y el incendio del barco aparece la figura de la sincronía: una puntualidad extraordinaria de acontecimientos entrecruzados, incluso sonora por los pitidos de tren y barco.
RH: Esa sincronía que yo registro en mi memoria de niño y ocurre un 31 de diciembre a las doce en punto de la noche entre el barco y el tren, se repite otro 31 de diciembre cuando renuncio a ejercer el derecho y decido hacerme escritor. Es el único día posible porque no había pasajes aéreos por temporada; no conseguía trenes ni buses. Salgo el 31 de diciembre que es cuando nadie viaja porque todo mundo quiere estar en casa con su familia. Esa sincronía entre el único tren, porque yo tomo el último tren y llego a Cartagena donde me espera el último barco que una vez cumple su misión de llevarme se incendiará en el puerto de Barcelona en el mismo día de un eclipse: reloj, tiempo y espacio, campanas de las 12, pitos de barco y de tren. Este tipo de coincidencias ha enmarcado mi vida; siempre he hablado mucho también de la simetría: esto lo reconoció Conrado Zuluaga la noche que presentamos Mambrú en Bogotá. Mambrú, es la novela sobre los dos viajes del Batallón Colombia a Corea: el Batallón de 1951 y el Batallón de 1987 con Virgilio Barco, el uno por tierra y el otro por avión. Ese primer viaje del batallón también es curioso porque desde Bogotá viajan en tren hasta Cali y luego a Buenaventura; de ahí se van en barco por todo el Pacifico hasta Corea; y luego en el segundo viaje el otro barco, perdón (se ríe a carcajada) el presidente Virgilio Barco viajando en avión a Corea. (GR: Sólo que ahí hay una especie de entropía del poder). Yo estaba hablando de esa simetría y Conrado Zuluaga que era mi editor me dijo: yo creo que la simetría es muy curiosa en la vida real, pero poco creíble en la literatura. Pero luego, cuando Hernando Valencia Goelkel presentó la novela Mambrú Conrado comenzó diciendo: tengo que reconocer que RH Moreno Durán tiene toda la razón en cuanto a la simetría porque hoy (ese día) de 1996 Ernesto Samper viaja a Corea. Viajó a Corea ese mismo día y por supuesto no nos pidió permiso, ni nosotros hicimos nada para que él viajara ese día. Mi vida ha estado rodeada de muchas simetrías y eso viene desde la infancia y tiene mucho que ver también con la felicidad que me produce el haber tenido un padre relojero y una madre dedicada a la gramática. La gramática es la matemática del idioma. (GR: Y la lengua de la madre y la madre de la lengua. ¿Ella era profesora?). La lengua madre, entonces esas cosas no las busqué yo: me buscaron a mí. No, mi madre no era profesora, pero era una gran líder social: siempre destacó; tenía un gran carisma, también como mi padre que era otro líder social. Y esas eran sus profesiones: los relojes y la gramática. (GR: Y la retórica también, el poder de la persuasión). El lenguaje y la filosofía del lenguaje. (GR: Pues en ese cruce de relojería y de gramática volvemos al tema de los trenes, porque tu padre era de Tunja y tu madre de Girardot). Si, ahí vuelven a encontrarse y cuando ellos llegaron a Bogotá lo hicieron en tren: fue a finales del año 48 cuando se desató la violencia después de la muerte de Gaitán. Mi padre muy precavido renunció a Boyacá y nos trajo a Bogotá a mi hermano mayor y a mí y aquí nacieron mis demás hermanos. Y fue en tren porque trasladábamos la casa: en flota era imposible; entonces fue el viaje de mis orígenes a Bogotá en tren y obviamente donde se encuentra con el tren que trajo a mi mamá desde los barcos de Girardot. Yo nunca había pensado en eso pero es muy curioso: esos dos elementos que ya han desaparecido de Colombia están de alguna forma presentes en mi vida. Al igual que en este nuevo apartamento donde ahora vivo orientado sobre la vía del tren. (GR: Y así sucedía en la urbanización Usatama donde vivían antes). El tren pasaba frente a Usatama, claro, mis dos casas han estado orientadas en la vía del tren. Claro, de niño para mi no había nada más fascinante: el paisaje me entraba por el olfato y la piel cuando sentía que las plantas aromaban a medida que uno bajaba de la cordillera hacia el río Magdalena. La piel marcaba cómo el frío de la Sabana cedía a leves capas de sudor. Y uno empezaba a ponerse sonrosado a medida que nos acercábamos a Apulo, a la Esperanza, y a ese tipo de tierras que como se decía en esa época y como lo recuperó muy bien Álvaro Mutis ya eran la tierra caliente. Los olores de la fruta: no es lo mismo un mercado en Bogotá que la galería de la plaza de Girardot. La familia de mi madre tenía una enorme casona de muchas habitaciones. Y esta prodigalidad de espacios es como un plano recurrente en la mayor parte de mis novelas, ya que en la mayor parte de ellas y así ocurre en especial en la gran novela de la infancia que puede ser Finale caprichoso con Madona.
GR: Excelente porque aparecen varios temas que trabajaremos: la casa, creo que será uno, porque además es un tópico recurrente en la novelística colombiana y luego también los cinco sentidos; más otro sobre el estilo de escribir, lo digo en el sentido material como la pluma y la renuencia a escribir en máquina o computador.
RH: Volviendo a los cinco sentidos, a propósito de trenes y barcos y de la sensualidad del tránsito, todo viaje de alguna forma es sensual: es pasar de un lugar a otro, es el afán de conocer lo distinto, aromas, fragancias, paisajes, personas. Al margen de la aventura infantil del viaje, la sensualidad que estaba comentando de la piel, de las frutas y algo que a mí me sedujo desde muy niño y que consideré pecaminoso porque también está en otro capítulo de la Augusta Sílaba fue cómo a mi me fascinó siempre la palabra concupiscencia que era una palabra denostada por los curas en mis colegios. Mi vida fue todo un viaje porque los once años de primaria y bachillerato los hice en once colegios diferentes: yo nunca repetí colegio. Yo nunca perdí ningún curso, es decir yo siempre fui muy buen alumno pero era insoportable. En el segundo semestre me caían gordos mis compañeros y peleaba mucho. Entonces cambiaba de colegio, así en cuarto, quinto y sexto de bachillerato cuando incluso eso estaba prohibido por el Ministerio de Educación. Y en cuarto, quinto y sexto yo siempre era el nuevo, pero era un nuevo que inmediatamente se convertía en líder y dividía el curso entre el líder histórico, o sea el que ya era líder desde kínder, durante once años y yo; y la prueba es que en quinto de bachillerato, lo que ahora llaman décimo, yo hice el discurso de despedida a los de sexto que se utilizaba mucho en los colegios y en sexto hice el discurso de despedida siendo nuevo; entonces ese tipo de cosas. Luego en la Universidad me pasó algo parecido, es decir un cierto carisma en los diferentes medios en los cuales me movía: un cierto carisma, pero también reñido con la antipatía de mis contemporáneos. Yo dividía a mis contemporáneos: unos me querían y otros me odiaban. En cambio quienes siempre me admiraron fueron los de la generación anterior: Valencia Goelkel, Gutiérrez Girardot, Pedro Gómez Valderrama. Eran quienes me querían, y no propiamente mis contemporáneos. Y ahora llegado a más de los 50 años son los muchachos de las generaciones nuevas quienes empiezan a descubrirme y a trabajar sobre mi obra. (GR: No la coetánea). No: incluso aunque les pese no han tenido más remedio que escribir sobre mí, pero sin cariño. Yo creo en los más jóvenes: pero, vamos, eso son accidentes. Vuelvo a la concupiscencia: cuando en los retiros espirituales y en los sermones de semana santa los curas lo incitaban a uno, curiosamente a través del lenguaje terrible con admoniciones en torno a la lascivia y las tentaciones entonces surgía la palabra concupiscencia: me encantaba porque yo veía allí algo mágico. Y ¿qué encerraba esa bella palabra concupiscencia, una que desde niño me fascinó? En la adolescencia y en la madurez por esa alquimia del verbo descubrí que la palabra concupiscencia integra las cinco vocales como si cada una de ellas cifrara del mismo modo los cinco sentidos. Así figura en uno de los textos de la Augusta Sílaba, en un extenso texto que publicó el Banco de la República cuando yo hablaba del fetichismo femenino de la voz y por vía de la voz, del lenguaje. Ahí yo analizo el por qué esa palabra me seducía por ser tan sensual. Amaba lo que sin saberlo se convertiría en material de trabajo: la sensualidad y la lengua (GR: con la simetría). Con la simetría. Y ese tipo de cosas que han sido a posteriori: por ejemplo publico las tres novelas de Femina Suite durante trece años y las publico: 1977, 1981 y 1983 y sin embargo sumadas en tres editoriales diferentes y en dos ediciones diferente alcanzan 999 páginas: una cifra cabalística ¿por qué?
GR: Sigamos las vías del tren. ¿Tú sabes que cuando se inauguró el telégrafo, en el gobierno de Murillo Toro, el primero de noviembre de 1865, Lee Stiles, el ingeniero de la obra , citó un pasaje de la Epístola de los Romanos “sigamos los caminos que son de paz”? Y lo digo porque los telégrafos iban a la vera de la vía del tren.
RH: Bueno, el más memorable viaje fue el del Expreso del Sol: 24 horas en el viaje a Barcelona. Y si fue el 31 de diciembre era que yo no podía viajar otro día porque no había pasajes; la gente el primero de enero se iba y tenía sus reservas, o se iba hacia el tren que tenía sus reservas. El 31 no viajaba nadie, por el agüero de que el 31 hay que pasarlo a las doce de la noche en la casa, aquello de faltan cinco pa’ las doce, esos poemas populares que recitaban, el duelo del mayoral y otros. Entonces ese viaje para mí es importante. Y algo curioso: así viajáramos el 31 de diciembre, el tren desde las once de la noche aceleró en medio de la selva,; íbamos creo que por el Carare; y la explicación de tal acelere del tren es que era una zona guerrillera del ELN: por nada del mundo podían parar. Era en una época no tan agitada como la de los últimos 15 años. Y sin embargo cuando dieron las doce en punto de la noche los pocos pasajeros que íbamos ahí, yo iba acompañado de mi hermano Jairo – decidió acompañarme hasta Cartagena y luego regresarse en flota, era una peripecia para él impresionante-, nos mirábamos con tristeza porque no estábamos con nuestras familias. Yo me iba de Colombia a lo más incierto de todo que era hacerme escritor. Entonces de pronto a exacta medianoche el tren empezó a pitar para celebrar las doce en punto, y las puertas se abrieron, y muchachos empezaron a ofrecer champaña nacional, era un obsequio del conductor y de la empresa; entonces bebíamos champaña, pero champaña nacional: eso fue un gesto muy, muy hermoso, yo nunca olvidaré…El tren a mil y se abren las puertas y los tipos así , es decir , porque los tipos no se podían mantener en pie, ofreciendo vasos, entonces en ese momento todo el mundo sacó su botellita de aguardiente y empezó a brindar y yo recuerdo que brindábamos todos alegres, nos abrazábamos. Y por allá a las 5 de la mañana yo me desperté con un guayabo terrible y al despertarme ví que todo mundo dormía, incluso mi hermano, entonces yo me levanté para mover las piernas y cuando me levanté me mandé la mano al bolsillo y descubrí que mis 300 dólares, los únicos con los que yo viajaba, no estaban (G.R.: ¡No puede ser, hola. Colombia, Colombia!). No, no, espera, esto no es por Colombia, sino por la simetría; entonces yo desperté a Jairo y le dije: Jairo me robaron mis 300 dólares, no los tengo. Lo único que llevaba; yo los llevaba en este bolsillo; entonces mi hermano me miró y se le asomaron las lágrimas; dije: en Cartagena tenemos que regresarnos como sea; y todo mundo dormido; y ¿quién se habría robado mi plata? Y además yo no me acordaba de los primeros abrazos del trago, pero no me acordaba, enlagunado, de cómo me había dormido, en qué había terminado la fiesta, lo que sea, la gente se puso a cantar. De pronto yo aburrido me siento, me siento en algo y eran los 300 dólares que estaban ahí. Ah, entonces yo dije cuando encontré los 300 dólares (además la cifra) todo estaba contra mí: no encontrar pasajes, por ejemplo el dos o tres de enero que era el plazo angosto porque yo tenía mi tiquete de barco el cinco de enero, pero no tenía cómo llegar a Cartagena; no había aviones: todo estaba copado por las vacaciones de fin de año: copados hoteles, copados trenes y copados buses; porque yo me voy en un bus así dure dos días, pero el único dia era el 31, pues caía en un domingo, así que a las dos de la tarde de ese día yo fui a la Estación de la Sabana; me acompañó mi amigo Luis Fayad; además estaban mi papá y Jairo el hermano. Pero sucedió una cosa risible: cuando íbamos a subir las maletas la manija de una se rompió; entonces yo decía: esto es como si hubiera una serie de elementos para que yo no viaje; y mi mamá me dijo: yo no lo acompaño, yo nunca acompañaré a un hijo que se va, en cambio iré a la estación cuando vuelva; yo estaba un poco triste por eso, además en un día como el 31 que para un colombiano es muy sentimental. Yo no sabía a qué iba; yo no tenía pasaje de regreso; yo solo llevaba 300 dólares; yo no sabía a qué iba ni adónde; en fin, era el viaje más absurdo: mi papá se enfureció un poco conmigo porque no tenía sentido que yo hubiera cursado los cinco años de derecho, que me hubiera graduado y tirarlo todo por la borda para ir a dármelas de escritor por allá cuando nadie sabía nada, sin plata y sin amigos. (GR: bueno tú llevabas De la Barbarie a la Imaginación). No, pero es que yo no llevaba nada, eso era como si nada; yo recuerdo que cuando yo llego a Barcelona, todos los latinoamericanos que estaban allí tenían cuatro o cinco libros publicados, es decir entre la gente de mi generación: Collazos tenía cuatro libros y todos los demás tenían cinco, diez, para no hablar de monstruos como Vargas Llosa, García Márquez o José Donoso que eran así los absolutamente consagrados. Entonces yo ¿a qué iba? Es decir yo no había perdido mi virginidad editorial. Entonces todo parecía un complot para que yo no fuera: no encontrar pasajes y encontrarlos, que se me cayeran los dólares y encontrarlos (GR: la manija). Ah, la manija mi papá la arregló, mi papá era asombroso en reparaciones Como se dañó la manija yo dije: yo no voy cargar eso al hombro porque ahí llevaba libros, ropa; y entonces mi papá se puso a dar vueltas y fíjate cómo es la ingeniosidad, y yo dije ¿qué busca? Y entonces me dijo: alambres de los que van a quemar esta noche o de los que quemaron en navidad, esos alambres que tiene la pólvora; y encontró varios alambres y con esos alambres remendó la manija. Y con esa manija, puro inmigrante me embarqué en el tren. Llegamos a Santa Marta con un guayabo terrible y en Santa Marta teníamos que tomar inmediatamente un bus de escaleras con destino a Cartagena. Yo llevaba dos cajas llenas de libros y dos maletas con mi ropa y mis cosas. Apenas llegamos a ir fuimos enseguida a la aduana a guardar las cajas, mientras el barco aparecía en el muelle; luego buscar un hotel en pleno 31 de diciembre para amanecer el primero de enero. Lo logramos con mi hermano a las cinco de la tarde, en tanto que yo subí a mi barco a las seis de la noche; me sorprendió que era una cosa enorme pero solo llevaba 35 pasajeros, todos en la clase turista. Cierto es que era una época muy diferente a la actual porque la gente no viajaba mucho; la gente que quería hacer plata se iba para Venezuela o para Estados Unidos: no se veía el auge del narcotráfico, no había violencia. La guerrilla era algo folclórico y hacían era cosas espectaculares: interceptar un tren para que un periodista mexicano tomara fotos Era otra cosa, cuando en América Latina ya había empezado la guerra sucia Chile estaba candente en el 72; yo llego en enero del 73 ocho meses antes del golpe y también un par de años antes de lo de Argentina, pero en Colombia no pasaba nada. Entonces una de esas noticias me llamó mucho la atención porque salió por la televisión y fue esta: en Bogotá después de tres horas de discusión un hombre mató a otro porque no se pusieron de acuerdo sobre cómo se decía, si chofer o conductor y sobre esa noticia empezaron a especular y al final la conclusión del periodista fue: de todas formas en la tumba del muerto hay que poner un epitafio que dice: “aquí yace por defender la lengua”. Esas eran las noticias, América Latina tenía buena fama (GR: ¿no nos llamaban sudacas?) No, no, eso fue mucho después, cuando los españoles se descubrieron europeos, después de la transición cuando comenzaron a pedir cola para entrar a la Unión Económica. Estoy hablando de los años 80. Eso fue durante el régimen socialista, pero los trece años anteriores los latinoamericanos teníamos cierto carisma en España y más en Barcelona, es decir, nos iba bien, no éramos motivos de vergüenza, pero además por otra cosa: porque el latinoamericano que viajaba a Europa era un latinoamericano con formación universitaria, no era obrero, este se iba a Venezuela o a los Estados Unidos o al Ecuador o a Panamá; era un estudiante o artista: iba mucho mejor formado que los mismos españoles porque los españoles estaban sometidos a una férrea dictadura. Entonces por ejemplo yo como escritor, primero como abogado y segundo como un hombre que había leído todos los clásicos y que tenía una gran formación, porque eso tengo que reconocerlo, es decir, yo llegué a España a afinar mis armas, pero la España a la que yo llegué me enseñó muy poco, muy poco, entre otras cosas porque yo sabía más que ellos. (GR: ahora ha cambiado totalmente). Totalmente, entonces muchos de los latinoamericanos que llegamos como escritores o como aprendices de escritores teníamos la suerte de ser privilegiados porque las editoriales acudían mucho a nuestro criterio, a la cultura que llevábamos y eso me ayudó al punto de que a pesar de que pasé momentos muy difíciles había otros momentos en los que digamos lográbamos ahorrar para los momentos de las vacas flacas, esto estoy hablando del 73,74, 75; ya en el 76 estaba como más establecido, ya tenía un libro y apertura a ciertos periódicos. Pero vuelvo al viaje en barco hasta Barcelona. No quería que el viaje acabara porque la vida en barco es extraordinaria, las fiestas del capitán, así fuéramos 30 pelagatos, éramos todos encorbatados, la fiesta de despedida al llegar a Canarias, el abrupto cambio de tiempo porque hasta Canarias todo era trópico y de ahí en adelante amanecía a las 9 de la mañana todo oscuro y el mar con unas olas tempestuosas, horrible, es decir, yo varias veces sentí que ese barco se hundía, además a eso se unió la confesión de un oficial que dijo: este barco es peligrosísimo porque no llevamos carga, entonces ese barco es una cáscara que en cualquier momento puede dar la vuelta; entonces para evitar eso el barco comenzó a girar en redondo durante todo un día para evitar las olas y justo frente a África. Ésa fue toda la tónica: llegar o no llegar. Ese enfrentamiento digamos a las imágenes, al barco y al tren de la infancia ya era la vida real. De todas formas yo llegué, me instalé y empezó a irme bien con la literatura: jamás en la vida me gané un peso, una peseta con algo que no fuera mi máquina de escribir y en segundo lugar jamás recibí un peso de Colombia. A mi siempre me han acusado de soberbio, de todo, pero resulta que yo nunca recibí ninguna beca, yo nunca recibí nada del Estado, ni un premio. Ni me ofrecieron ni recibí. Incluso me negué en los momentos bajos a llamar a mi casa. Tampoco acudí a consulados o a embajadas: y eso me dio una gran fortaleza: es que yo puedo opinar lo que me de la gana porque nadie me ha regalado nada, nadie me dio nada. Los 300 dólares que el destino devolvió a mis bolsillos y fuera de eso no llevé ni recibí nada de nada. Yo alargué esos 300 dólares hasta que vendí mi primer libro. Entonces a administrar mis mínimos ahorros y así había épocas de bonanza, otras no tanto hasta que me di a conocer y empecé a publicar mis libros todos.
GR: A Perú habías viajado en avión y vuelto en avión?
RH: A Perú había viajado en avión y vuelto en avión, exactamente, eso fue en mayo del 72.. noviembre del 72.
GR: Eso fue… en la víspera
RH: Yo llegué a Bogotá a liquidar mis asuntos, y digamos a pedir la plata que me debían por una cesantía del DANE donde había estado como año y medio y con eso reuní mis 300 dólares más los 300 que creo que me costó el viaje en barco, más todo eso yo como pude me hice a una platica, a mi nadie me dio, ni mi papá ni nadie me dio plata, entonces yo con eso me fui, la idea era que tenía que volver, como en las películas yo iba a lavar platos ¿no? Sin saber que eso tampoco es tan fácil ¿no? Yo fui a la aventura absoluta, a la aventura absoluta ¿no? Y .. yo no se, el ángel guardián de la escritura fue el que me protegió permanentemente.
GR: Si, ahí hay una cábala, ahí hay algo…
RH: Si, mágico y todos esos elementos para mí fueron, digamos de una gran importancia hasta que un día, quince años después cuando me invitan el Banco de la República y la Universidad Javeriana en 1986 a una conferencia, que es la primera invitación que me hacen de Colombia, entonces me vine y me pusieron a dar conferencias por todo el país, descubrí un país que no conocía, es decir diferente al que yo conocía ….
GR: ………………
RH: Y los colombianos que yo conocía en Europa eran absolutamente pícaros, antipáticos, mentirosos y yo los evitaba entonces ..…
GR: oye, el viaje…. Vamos a hablar de los años 86, 85 porque también fue muy decisivo para mi, entre otra cosas eso marcó como una divisoria en mi vida total , pero bueno, el viaje a Perú fue mucho Vargas Llosa o no?
RH: No, no, nada tuvo que ver, yo fui y a la Universidad Católica que es como la Javeriana de allá. Entonces estaba escribiendo de la Barbarie y estaba muy engolosinado con el tema del barroco, de la novela barroca hispanoamericana : Asturias, Lezama Lima, Carpentier, García Márquez…. Borges es barroco un barroco conceptista, pero barroco. Pero es barroco, entonces todo eso estaba en auge y era curiosamente el libro que yo estaba escribiendo y eso me llamó la atención, le llamó la atención a José Miguel Oviedo y él quiso que me contrataran para un seminario de novela barroca hispanoamérica y me fui quedando y me fui quedando mientras perfeccionaba el libro, un libro que obviamente no perfeccioné sino en España porque cuando yo llegué a España le di a leer el libro a Vargas Llosa y a él le gustó mucho, me detectó muchos errores y ahí volví yo a descubrir la picaresca colombiana: cuando yo llegué aquí le di ese manuscrito a una secretaria del DANE para que me lo pasara a máquina, en esas máquinas eléctricas que había, para que me lo pasara y le pagué y todo eso y yo no volví a ver el libro y cuando llegué a ver… Me dijo: estas citas están incompletas y me puse a leerlo y descubrí….
GR: que se había ahorrado palabras….
RH: No, que se había robado capítulos y tuve que reescribirlo y pasarlo otra vez a máquina
GR………..
RH: Pero eso fue importante porque aquello me hizo caer en la cuenta de que yo no me podía fiar de nadie….pero eso me enseñó a mí que yo no podía confiarme y que todos los textos debían tener mi revisión final, o sea, ahí por ejemplo yo todavía no era un escritor y entonces Vargas Llosa me dijo, esto no se qué, esto está mutilado, entonces yo sentí una vergüenza terrible, pero claro, el libro ya le había gustado a él y entonces yo rehice, bueno lo sigo rehaciendo porque cada edición nueva es diferente.
GR: Yo tengo que releerlo, pero ahí trabajas Garcilaso de la Vega también?
RH: No, pues está mencionado y todo pero es ante todo novela del siglo veinte, digamos… grandes retrospectivas al barroco a..
GR: No, yo no lo digo por lo de la novela sino un poco por el tema de Garcilaso el gran mestizo que es el que….
RH: Todo eso está, lo que pasa es que eso ….. hace 30 años…
GR: Yo se, yo se, pero es un poco para ver la relación tuya también entre España y América latina, esa unión ese puente…
RH: En esa época no era una buena relación, mi relación con España es a posteriori, incluso, es una relación incluso posterior a mi llegada acá, a mi viaje.
GR; Bueno, miremos lo de los otros, el otro… yo voy a mirar lo del barco en la …….
RH: Lo del tren, pues lo más trascendente ya lo conté, y es que fue eso, luego el tren forma parte importante de mi vida, desde el 73, en el 73 voy en tren, mi primer viaje largo en tren es Barcelona- Paris en la semana santa del 73, mi intención era quedarme el Paris, incluso yo viajé con la intención de quedarme, viajé en semana santa y un amigo colombiano …. Estaba con una beca,,, se fue de vacaciones, porque ellos la semana santa, las vacaciones son la semana de pascua, se fue de vacaciones a Alemania y me dejó su residencia, su habitación, su Chambre de la Maison de l’Amerique Latine de la cité, me la dejó clandestinamente, porque eso está prohibido, entonces yo …. Para que la …. No se diera cuenta
GR: Salir por la noche.
RH: No, no al contrario salir muy temprano por la mañana, dejar la cama hecha y todo eso, después de desayunar y todo eso, entonces yo estuve, me quedé como un mes en Paris, pero descubrí que no era lo mío, no, es decir, que el mito del escritor latinoamericano era más del siglo XIX y muy de Julio Cortázar y los rioplatenses que de otro, entonces yo regresé a Barcelona y también en tren porque realmente no era lo mío, yo supe. En esos meses aproveché mucho para escribir grandes capítulos de Juego de Damas que era el libro que me preocupaba y en septiembre de ese año del 73 regresé en barco, en tren y a todas partes, yo recorrí mucho Cataluña… siempre en tren. El gran viaje fue en el verano de ese año porque yo decidí irme a Andalucía me compré un boleto por kilómetros, entonces viajaba mucho en tren, pero cuando llegué al Peñón de Gibraltar dije: ¿y por qué no… pasar el estrecho y conocer Marruecos? Y así me pasó algo extraordinario: me embarqué en un barco que se llamaba El príncipe de la paz, ¡ah! y es la primera ves que nos dieron visa, para pasar a Marruecos, entonces yo no sabía, entonces en Algeciras en el consulado tuve que hacer una cantidad de gestiones, tomarme fotos, solamente a los colombianos y a los alemanes nos pedían visa para pasar al otro lado… eso también está en un texto muy bonito de La augusta sílaba que se llama La ofrenda musulmana que se ha reproducido mucho, está en la Gaceta…está en muchas partes, es un texto muy largo como de 40 páginas, entonces yo, las últimas tarjetas que me quedaban, entonces yo dije: atravieso el estrecho y visito Tánger esa era toda mi intención y luego regreso en dos días, regreso a Barcelona con mi boleto por kilómetros.
GR: Toda la inocencia de Bourroughs… de los escritores que han permanecido en Tanger…
RH: ¿De qué? ¡Ah! Si, si, si, claro… entonces yo tomo el barco y en el barco, bueno… como yo tuve que estar un día por las gestiones esas de la visa, perdí un día, entonces yo me la pasé recorriendo Algeciras que es una ciudad muy fea, muy fea, en plena Andalucía, pero es muy fea, entonces yo siempre me encontraba con una muchacha que yo pensaba que era alemana, una muchacha muy vestida a lo hippy, también deambulando por ahí y siempre me la encontraba en la estación de… es decir en las oficinas y todo eso y en el barco me la volví a encontrar, obviamente ella me había visto a mi también entonces en el barco nos acercamos… ella era una gringa de California que le llamó mucho la atención cuando yo le dije que era colombiano porque ella inmediatamente dijo: ah Santa Marta Golden,, porque eso era el mito…. Porque ya empezaba…..
GR: Los primeros vicios.
RH: Pero para los hippies gringos eso era el mito… la mejor marihuana del mundo, entonces allí empezó el asunto y nos hicimos muy amigos, muy amigos y era una muchacha muy bonita y yo hablaba pues un mal ingles y ella no hablaba nada de castellano y de pronto se nos subió un tipo muy elegante que era una marroquí que vivía en Paris y de entrada hubo un mal equívoco…. Eso fue en un barco que se llamaba El Príncipe de la paz entonces, en el barco el tipo ….entonces el tipo, yo aproveché un equívoco y el tipo pensó que ella y yo éramos novios, que éramos pareja y a mi no me interesó desestimar… esa vaina, y el tipo, yo si con la malicia indígena, ¿por qué este tipo es tan atento, claro, nos invitaba a cerveza y todo eso, pero era atento de verdad incluso nos dijo: es que yo quiero demostrar que los marroquíes no somos como nos pintan en la prensa y todo eso, o sea ladrones hampones, no se qué, como los tratan en Europa, nos contó lo mal que le había ido en Torremolinos por allá que estaba muy descalificado con los españoles, con los europeos por allá y al saber que era latinoamericano, ella gringa, cuando llegamos a Tánger me dijo: mire, pero ¿por qué se van a quedar en Tanger, yo tengo aquí mi carro y fue a un garaje, y el carro estaba sucio, lo lavaron y dijo: los invito a Casablanca, los levo a Casablanca…. y yo dije listo y en efecto nos fuimos a casa Blanca en el carro del tipo y parábamos, nos invitaba a comer y todo eso y en Casablanca mientras desayunábamos en la estación, el tipo… que era donde nosotros suponíamos que regresábamos en tren, hasta Tanger y allí estábamos unos días, un día, por lo menos yo regresaba a Algeciras y de ahí en tren a Barcelona, el tipo se aparece no con un pasaje de vuelta de Casablanca a Tanger, sino Casablanca Marraquesh, Marraquesh Tánger y dice: miren esta es una invitación mía y no se qué y tal y tal y nos mandó y la vieja y yo felices.
GR: Qué fortuna
RH: Entonces, otra vez la historia en tren, el barco y el tren…
GR: pero esta vez ya felices…
RH: Claro, claro, pero entonces toda esa historia, la encuentra con todo lujo de detalles en La ofrenda musulmana, que es otro capitulo de La augusta Silaba, publicado en muchas partes pero que está en La Gaceta, es decir en la Gaceta de Colcultura, sobretodo en la que publicaba Rubén Sierra, está completa.
GR: Si, yo voy a mirar mis archivos e ir a lo que nos falta.
RH: Entonces ese viaje para mí fue muy importante, y otro viaje importante fue uno que hice… varios, pero sobretodo uno que hice en 1975, esto fue en el 73 y en 75 decidí ir a Italia, un amigo me invitó a Roma y entonces yo compré otro boleto por kilómetros y me fui en tren desde Barcelona a Roma, en Roma estuve como quince días en la casa de un amigo, me invitó, me invitó gente de teatro, gente de la cultura, me desplazaba de Roma en tren y de allí a los alrededores, a Florencia , luego me iba a Siena, volvía…
GR: Nápoles…
RH: Nápoles, todo eso me recorría yo en tren…
GR: Bolonia
RH: Bolonia.. y regresaba siempre. Y el otro viaje largo fue de Roma, ya despidiéndome de mis amigos, de Roma a Venecia y Venecia a Viena, pasé varios días en tren, porque el boleto tenía la ventaja de que yo tenía, digamos podía coger el tren sin necesidad de hacer cola ni nada, yo simplemente me subía al tren porque este boleto es libre… entonces eso también me servía para ahorrarme hotel ¿por qué? Porque yo llegaba a las doce de la noche a la estación, entraba, entonces me dejaban entrar simplemente, aprovechaba la calefacción, aprovechaba los baños, aprovechaba la cafetería y me sentaba a esperar mi tren, entre comillas porque obviamente lo estaba esperando para la ocho de la mañana, entonces yo dormía en la estación.
GR: Imágenes muy bonitas, el tren como casa
RH: Si, si, claro, una casa…. Y además solo podían entrar quienes tenían pasaje, pero nadie me…. Si venía un guardián y me decía: ¿usted qué hace aquí? Yo le decía mire …. Pero ese tren podía salir en cinco minutos o en cinco horas, entonces todo era legal, todo bien, simplemente me aproveché de eso y nunca pagué hotel porque los hoteles eran caros y todo eso y muchas veces yo no tenía plata, pero el tren se convirtió en mi casa.
GR: Y leías y todo….
RH: Si claro, el tren era mi casa y en esa casa llegué a Viena como en marzo, en febrero del 75 donde me estaba esperando Peter Schulze Kraft que se portó conmigo maravillosamente, me atendió…
GR: ¿La primera vez que lo veías?
RH: No, ya lo conocía en Barcelona, entonces me llevaba a la casa de su amante, tenía una amante, estaba casado pero tenía una amante y la amante feliz porque al alojarme a mí veía a Peter todos los días, antes lo veía cada ocho días, ¿no? Entonces yo les hice el favor a los dos, en fin, y en el mismo tren al regresar otra vez a Italia y de Italia tenía que regresar a Turín, de Viena a Turín y de Turín a Barcelona en pleno invierno, entonces me pasó una de las cosas más prodigiosas y es que en el viaje de regreso a Turín el tren se detuvo en el Brenero. El Brenero es el paso de los Alpes austriacos a los Alpes italianos y hubo una tormenta de nieve, y el tren paró ahí, entonces yo bajé a la estación, a la calefacción y descubrí que era el único pasajero que proseguía el viaje y eso nevó y nevó, para mí, esa experiencia la narro minuciosamente en el cuento: solo para soprano de Metropolitanas, ese cuento está completo y es absolutamente autobiográfica esa experiencia en tren desde Viena hasta el Brenero, entonces ahí encuentras ya, sigues la idea del tren y sigo así viajando por toda Europa, pero hay otro viaje importante y fue en 77, el año en que sale Juego de damas que en compañía de una de mis mujeres de esa época llevábamos, viajamos de Barcelona a Roma hicimos, luego de Roma a Cicili , varios días, ya teníamos dinero, podíamos alojarnos en hoteles, etc, etc, de ahí salimos, llegamos a Brindici, al puerto de Brindici, donde teníamos que coger un barco, se llamaba El Giorgio, a Corfú y de Corfú seguíamos en barco hasta Atenas y en Atenas ya empezábamos en tren a recorrer todo el Peloponeso y todo eso, en Corfú, perdón en Brindici, antes de tomar el barco, es decir donde muere Virgilio y todo eso, yo me llevo una sorpresa increíble cuando veo a Alfredo Molano y a su mujer gorda, la de la Universidad Nacional, a quienes me había encontrado yo en Paris en el 73, ellos eran estudiantes becados ¿no? Entonces yo dije: no, Colombia me persigue, yo le cuento esto mucho a Alfredo Molano y el tipo aterrado de mi memoria.
GR: Juego de Damas
RH: Claro, me persigue Juego de Damas y todo eso y yo dije, no, pues mis personajes están aquí, es el año de Juego de damas además, entonces nos fuimos en el barco a Corfú y de Corfú a Atenas y en Atenas yo dije: yo tengo que ir a Constantinopla y le dije a Monse: vámonos a Constantinopla, y resulta que el viaje a Constantinopla, el boleto no nos lo vendía un griego, sino uno de esos estudiantes que consiguen trabajo en Europa que era un japonés y el japonés no lograba entenderse para nada y nos vendió un pasaje, pero no nos lo vendió completo, sino que nos lo vendió hasta Tesalónica que es una ciudad que no entraba en mis planes y cuando llegamos a Tesalónica resulta que no había tren para Constantinopla y entonces dijimos quedémonos un día en Tesalónica y mañana reiniciamos el viaje, pero Tesalónica es una ciudad tan fascinante, tan fascinante, es decir por lo judío, lo románico, la iglesia todo eso que nos quedamos ahí y nunca fuimos a Constantinopla y al regresar volvimos por Atenas, participamos en las fiestas de Dionisos en octubre y fue la borrachera más impresionante, eso también lo he contado en alguna parte, pero lo más increíble es que al volver a Corfú, de Corfú a Brindici, otra vez en barco , en ese barco decidió Monse cambiar unas pesetas y el tipo nos cambió, no por diez sino por mil, entonces nos multiplicó el dinero, sin saberlo se equivocó y Monse dijo: mira esto y …. Que no se de cuenta, esto nos permite una semana en Roma, en Florencia, en los mejores hoteles . Y un español que estaba ahí con nosotros que tenía los zapatos rotos y tal dijo: – uy! yo voy también y le liquidaron lo mismo y ……paupérrimos…. A todos nos liquidaron igual
GR: Fue la multiplicación de la …..
RH: Por mil ….. o un equivalente así y yo cuando voy el tipo: ¿qué error he cometido? Dijo el griego, hasta el momento he liquidado por mil…. A mi me liquidó al diez , pero yo tuve la culpa de que se diera cuenta, por garoso, y entonces yo ¡uy! Se dieron cuenta y entonces todo empezaron a disfrazarse porque al final, al bajar del barco había que bajar con el pasaporte en la mano porque veníamos de Grecia a Italia, ¿no? Entrábamos a un nuevo territorio, pero los tipos dieron por perdida esa plata y con esa plata nos dimos la gran vida en Roma, que ya habíamos conocido pero, pero… nunca habíamos estado con desayuno… todo eso y así regresamos, el barco también aquí nos dio plata.. el barco y el tren.
GR: Qué maravilla la cosa de que se te caen los 300 y los encuentras y fuera de eso la plata que llueve, y luego El príncipe de la paz y todo eso…
GH. Todo eso fue un cuento verídico y luego una escena …. Que no sólo me financia a mí, sino que también me financia una novia.
GR: Es como si hubieras conjurado en el primer viaje, toda la maledicencia del viajar.
RH: …me convertí en un viajero y por eso todas mis memorias se llaman La Augusta Sílaba. El…. Capítulo.. la Augusta Sílaba, el capítulo… el primer tomo publicado que es de Mis amistades que realmente es el segundo en orden cronológico se llama Como el halcón peregrino. El tercero se llamará Homo viator. Es mi vida a través del viaje y el primero que es el biográfico, es el puramente biográfico, es… yo no se qué título le puse, fíjate que en esto me falla la memoria, pero es el que tiene que ver con mi formación desde niño, por qué la literatura, hay un capítulo que se publicó aquí que se llama La tentación lirica es cuando yo …
GR: … lo de Los justos también
RH: No, no eso es después, lo de Los justos es un capitulo que lo convertí, las 20 páginas, las 30 de Los justos se me volvieron 150 páginas.
GR: Eso lo publicaron ya en la Nacional
RH No lo han publicado, todo eso forma parte de ese libro, y luego ahí viene lo que diríamos El capitulo catalán que también se ha publicado, que es todo lo que yo viví en Barcelona que obviamente fue mucho, realmente mis memorias, mi primer libro ya está escrito, lo que no lo tengo es transcrito, que es lo que voy a hacer ahora aprovechando, digamos cuando termine de pulir los cuentos, voy a dedicarme solo a eso, porque yo ya realmente tengo mis memorias escritas.
GR: Claro, excelente
RH: Entonces el tren, ese viaje por ejemplo de .. sacrifiqué a Constantinopla porque en Salónica descubrí una ciudad y una cultura extraordinaria , todo lo del románico…
GR: tu sabes Canetti es de ahí?
RH: No, no… Canetti …eso para mi digamos, no estuve en Constantinopla o algún día iré a Estambul, lo que sea, pero Tesalónica no está previsto, esa aventura del regreso.
GR: De la multiplicación de los panes, maravilla, excelente, ahí tenemos ya dos horas.
RH: Y de barco y trenes, y además me acuerdo de los nombres, el barco se llamaba el Giorgio, ¿no? También viajé en barco en ese viaje de Atenas a Creta y viceversa en barco y eso fue una experiencia extraordinaria porque es muy lejos y en Creta fue otra… cosa maravillosa también por la gente y llegar a Knossos, yo,, es decir fue un viaje como de un mes y estuve es Esparta, en el Peloponeso, en Corinto en un hotel que se llamaba el hotel Byron ¿no? Luego Olimpia, todo.. lo mejor de Grecia lo viví en ese viaje a punta de barco y de tren y todas esa vaina en realidad tienen algo bello porque nunca olvidaré ese viaje de Atenas a Esparta, un viaje largo de ida y vuelta, Corinto todo eso en tren y era pasar en tren sobre el estrecho de Corinto que esa es una vaina asustadora y ver ese estrecho y ver a San Pablo y ver a los primeros cristianos y ver las guerras del Peloponeso..
GR: Toda la historia ahí
RH: Y ver todo eso en tren, entonces es una de las etapas más maravillosas de mi vida y mira qué curioso y mira qué curioso comenzar, digamos este tipo de ,,, conversación
GR: El libro.
RH: Porque esto es conversado, esta conversación temática, tren, barco, viajes,…
GR: …..
RH: Claro…
[1] Moreno-Durán, Rafael Humberto. 2004. Mujeres de Babel. La experiencia Leída. Universidad Autónoma de México: 72.
[2] Moreno-Durán, R. H. 1984 “Fragmentos de ‘La Augusta Sílaba’, en: Revista Iberoamericana. Madrid: Artes gráficas Benzal: números 128 – 129 (julio diciembre de 1984): página 862.
[3] Moreno-Durán, Rafael Humberto. 2004. Femina Suite. Bogotá: Editorial Santillana. Finale: 862.