Contexto histórico-cultural y lingüístico del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina
La composición socio-lingüística y cultural del Archipiélago, geográfica e históricamente vinculado al Gran Caribe, da cuenta de las características particulares y diferenciadoras de este territorio insular, en relación con el continental colombiano. Y aunque por lo general nos referimos a las tres islas mayores que conforman el Archipiélago, cuyos inicios histórico-culturales y su inserción en el Gran Caribe son comunes, es bueno tener en cuenta que la composición lingüístico-cultural de la isla de Providencia (y Santa Catalina), y sus retos poblacionales y ambientales actuales difieren de los de la isla de San Andrés, por cuanto tomaron diversos rumbos en particular a partir de mediados del siglo 20.
El Archipiélago y su relación con el Gran Caribe
El Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, ubicado en el corazón del mar Caribe occidental, adquiere su composición sociolingüística actual como resultado de dos historias que se entrecruzan: la de la colonización europea del Gran Caribe entre 1500 y 1900; y la de la consolidación de naciones independientes de los países latinoamericanos ubicados en el circum Caribe a partir del siglo 19 (Sandner, 2003). Con la primera llegaron al Gran Caribe, en diversos momentos y por diversas rutas, las llamadas lenguas de los colonizadores europeos como el español, el portugués, el holandés, el inglés y el francés; las lenguas de africanos/as esclavizados/as por los europeos, pertenecientes principalmente a la familia lingüística del Níger-Congo (Mervyn Alleyne en Christie, 1996; DeGraff, 2009) en el occidente del continente Africano; así como las lenguas de trabajadores traídos de la India tras la abolición de la esclavitud, contratados también por europeos; y, posteriormente en el tiempo, las lenguas y costumbres de miembros de las diásporas china y árabe, entre otras menos numerosas. Las influencias de estas últimas, presentes aquí y allí en el Gran Caribe, en las lenguas, las costumbres y saberes de los pueblos de territorios e islas del Caribe donde han vivido varía según los números en que llegaron y su forma de inserción en éstas. Todos ellos han contribuido, en mayor o menor medida, a lo que pensadores Caribeños denominan la creolización de los pueblos del Caribe (Glissant, 1997).
Aunque en tiempos de la colonización europea, por el Archipiélago pasaron temporalmente viajeros y exploradores de diversas culturas y lenguas europeas, fueron el inglés traído por los colonizadores británicos que incursionaron en las posesiones hispanas del Caribe occidental, y las lenguas africanas de las/los esclavizados (o su lengua criolla) las que vinieron a hacer mayor presencia en las islas. Con la segunda historia que se entrecruza en esta región, llega al territorio insular, en forma masiva y para quedarse, el castellano (o español), lengua oficial de los países hispanos que se fueron consolidando políticamente a su alrededor en el siglo 19, como Colombia. En menor medida, pero presentes en las islas actualmente, se encuentran también: la comunidad árabe libanesa reunida alrededor de su lengua, sus costumbres y religión (Martínez, 2010); descendientes de la diáspora china que se habrían asimilado a la cultura Raizal, desarrollando pertenencia por su historia y sus lenguas; y miembros de otras culturas y latitudes, hablantes de otras lenguas. Cada uno de éstos ha aportado saberes, costumbres e incluso, muy posiblemente, vocablos a las lenguas y cotidianidad de las islas; no obstante, el punto de atención y estudio de los últimos años ha sido primordialmente el del grupo étnico Raizal dada su lucha por sus derechos y recuperación de su territorio, lenguas y formas de vida, hoy día fuertemente amenazados por efectos del acercamiento neo-colonial de Colombia hacia el archipiélago desde los albores del siglo 20. En esta medida, haremos énfasis a continuación, en la presencia de los tres grupos culturales mayoritarios que se encuentran en contacto y en las tres lenguas que, sin mayor planificación local, están al vaivén de los acontecimientos: el Creole, el inglés y el español.
El grupo étnico Raizal: orígenes y desarrollos
Dicen estudiosos del Caribe que el sistema económico y social de la plantación agrícola se constituye en la génesis de la cultura Caribe (Benítez, 1998) ya que ésta (la plantación) se gestó alrededor de la esclavización y del trabajo contratado y forzado de varios pueblos y culturas que vinieron a encontrarse allí: europeos blancos, pobres o destituidos a quienes se les prometía un nuevo comienzo; africanos sometidos forzosamente a la esclavitud y traídos por millones a través del Atlántico en condiciones infrahumanas; y orientales, principalmente indios –de la India, contratados bajo promesas de retorno a su tierra natal con riquezas, pero tratados como esclavos. A las islas de San Andrés y Providencia fueron traídos africanos/as ya esclavizados, provenientes de otras islas del Caribe, en particular de Tortuga, Barbados y Jamaica, o directamente del África occidental (Cabrera, 1980).
Según algunos autores, las raíces culturales del grupo étnico Raizal, que persisten al día de hoy en muchos de sus miembros, diferenciándolos de los descendientes de hispanos provenientes del continente colombiano y de otros grupos que hoy día habitan el territorio insular como los árabes libaneses, se encuentran precisamente en los tiempos en que los colonizadores británicos se asentaran en la isla de Providencia para formar una colonia puritana hacia 1629 (Clemente, 1989; Vollmer, 1997). Allí, las/los africanos traídos como esclavos para trabajar en plantaciones agrícolas como el tabaco y el algodón, entraron en contacto con sus amos británicos y después de que los ingleses fueran expulsados de las islas, algunos de ellos (amos y esclavos) permanecieron en el territorio insular.
Disuelta la colonia puritana en 1641, el territorio insular pasaría a ser disputado por españoles e ingleses, turnándose en su gobierno, atrayendo piratas y antillanos provenientes de otras islas del Caribe. Con la abolición de la esclavitud a mediados del siglo 19, llegarían las misiones protestantes que tomarían la bandera de la liberación de las/los esclavizadas/os liberadas/os ofreciéndoles soporte espiritual, educativo y de salud. Con las iglesias Bautista y Adventista, llega la educación en inglés al abrigo de las misiones cristianas protestantes, mientras la lengua criolla de base inglesa, en la cual se habían criado las nuevas generaciones descendientes de esclavos, se había constituido en lengua materna y se consolidaba con un léxico del inglés y rasgos estructurales relacionados con el sustrato africano, como lo sugieren algunos lingüistas.
[1] En la medida en que el inglés se utilizó en la educación y en las iglesias de misiones protestantes, hubo generaciones que se formaron en esta lengua y en la literatura e historia anglosajona, y la misma fue promovida entre sus hijos, lo que hizo que también, para muchos de ellos, el inglés se convirtiera en su lengua materna, la lengua promovida en el hogar. Al igual que con otros grupos Creole asentados a lo largo de la costa Caribe centroamericana, estas misiones se encargaron de promover entre los afroantillanos de esta parte del Caribe, lealtad hacia los Británicos, sus valores y la disciplina y ética del trabajo, acentuando su identidad anglo mientras sus raíces africanas eran ignoradas y desterradas en forma sistemática (Clemente, 1991; Gordon, 1998)
El español llega a las islas en el marco de la llamada “colombianización” del territorio insular a principios del siglo 20 (Clemente, 1991), mediante el envío de misiones capuchinas católicas e hispano-hablantes, a quienes se les habría entregado la educación y la conversión a la fe católica de los territorios de la periferia de la nación colombiana –aquellos lejanos de los centros urbanos habitados por criollos (Helg, 2001), tales como los indígenas y los grupos étnicos de hablas y culturas distintas a la heredada de los españoles. Con la declaratoria de apertura del territorio insular como Puerto Libre a mediados del siglo 20 y la entrega de la educación al Estado en la década de los 70, se impone el español como lengua en la cual se pretendía lograr la completa aculturación de los isleños. No obstante, al día de hoy, conviven con el castellano tanto la lengua criolla o Creole, lengua oral de mayor o menor vitalidad según el rincón del territorio insular; como el inglés, código ya bastante restringido, en primer lugar, por la presencia abrumadora del español que se viene tomando incluso los escenarios religiosos en los que predominaba el inglés, y más recientemente, por el despertar del Creole y su incorporación gradual al culto[2].
En el encuentro de las culturas de descendencia hispana proveniente del continente colombiano, y la cultura de los descendientes de anglo-afro-caribeños, denominados hoy pueblo Raizal, la lengua criolla de los últimos (el Creole), ha sido percibida por la cultura dominante como un inglés mal hablado o broken English (que sugiere una degeneración o corrupción de las lenguas europeas a manos de los esclavizados africanos, según DeGraff 2009) o un patois (que hace alusión a una mezcla ininteligible de idiomas), descalificando la lengua y con ésta a sus hablantes. Tal discriminación lingüística está asociada a las actitudes racistas (asociadas al color de la piel), heredadas de las sociedades de la plantación agrícola del Caribe, organizadas alrededor de la superioridad del europeo (hombre, blanco, portador de la “civilización”, las creencias religiosas y las epistemologías que serían heredadas e impuestas al resto del mundo). Tal legado ideológico puede servir de base a comprender las actitudes negativas de los mismos hablantes hacia su propio idioma (el Creole) o hacia la raíz africana y el pasado de esclavitud, buscando alejarse de éstos a través medidas de blanqueamiento[3] por un lado y, en el caso de las lenguas, mediante la hipercorrección de la misma hacia el inglés, o la asignación de asuntos de clase y educación a las formas más alejadas de ese inglés “estándar”, buscando el prestigio sobre la discriminación.
Durante los años de avanzada de la nación colombiana, el inglés se posiciona entonces, entre una gran mayoría de los Raizales, como la lengua de prestigio y el patrimonio histórico a defender; el Creole como la lengua que sienten más cercana y por la que expresan la necesidad de preservarla así como su cultura; y el español como la lengua del trabajo y el estudio que debe aprenderse bien en la escuela, así como el inglés “estándar” (Andrade, 2004; Dittmann, 2012; Universidad Nacional de Colombia, 2013).
Pañas, “turcos” y Raizales: ¿unión o conflicto en la diversidad?
Pañas, turcos y Raizales son algunos de los apelativos con que, comúnmente, se identifica a los miembros de los tres grupos culturales mayoritarios que hoy día habitan en las islas y que, en cierta manera, reflejan las percepciones que unos tienen sobre los otros. Aunque la convivencia entre estos grupos étnicos ha sido y sigue siendo pacífica y se ha dado entre ellos relaciones interétnicas, sus descendientes se encuentran en situaciones intermedias, identificándose, algunos de ellos como fifty-fifty o half & half, ya que se ha llegado a cuestionar su raizalidad, al igual que se cuestionan los derechos de residencia y permanencia, especialmente, de los descendientes de pañas. En general, es usual percibir que existe un desconocimiento generalizado de los motivos que inicialmente trajeron a unos y otros al archipiélago; y que en ciertos medios hay una tendencia a descalificarse entre sí a partir de prejuicios resultantes de historias y percepciones que se transmiten generación a generación. Una rápida mirada a las trayectorias y características culturales más puntuales de pañas y “turcos”, permitirá comprender mejor la composición cultural actual, su relación vis-à-vis el grupo étnico Raizal y los retos de vivir en la diversidad.
Se denomina paña al hispano-hablante y sus descendientes, en particular a los colombianos provenientes de tierras continentales (frecuentemente llamados simplemente continentales). Dependiendo del contexto de uso y del tono empelado, el término puede adquirir una función excluyente y despectiva en relación con los derechos especiales que tiene el grupo étnico sobre el territorio insular, derivados del reconocimiento que la Constitución Política de 1991 de Colombia hace a la pluralidad étnica del país[4]. Las primeras grandes migraciones de continentales fueron costeños traídos como mano de obra para desarrollar obras de infraestructura requeridas para la colombianización (asociada a la construcción de instituciones educativas e iglesias) y la modernización promovida por la declaratoria de Puerto Libre a mediados del siglo 20. Provenientes en mayor parte de ciudades de la costa Caribe colombiana, se asentaron en terrenos del sector norte de la isla de San Andrés, en donde proliferarían barrios que, como Cartagena Alegre y Atlántico, construidos sin mayor planificación de parte del ente territorial, ni infraestructura de servicios de agua y alcantarillado, hoy evocan sus ciudades de origen. Por otro lado, el área comercial y de servicios turísticos atraería, entre otros, a comunidades de paisas y caleños que contaban con mayores medios económicos (González, 2004). Todos éstos, gradualmente, contribuirían al poblamiento exponencial de la isla de San Andrés y a la arremetida del castellano en el que fuera territorio de descendientes afro-anglo-Caribes de habla inglesa y/o creole, marginalizados en su propio territorio insular.
La comunidad árabe libanesa, que llega a la isla de San Andrés en el marco de la declaratoria de Puerto Libre en la década de 1950, en el renglón del comercio, corresponde a los popularmente, mal llamados, “turcos” por los mismos habitantes isleños. Su presencia es asociada al desarrollo de almacenes comerciales, pero con el paso del tiempo, se han posicionado como médicos, abogados, políticos[5], economistas y administradores reconocidos. Se les percibe, en general, como una comunidad fuerte económicamente, cohesionada alrededor de su sistema de creencias (el Islam, primordialmente), sus costumbres (por ejemplo, la conformación de matrimonios con parejas traídas de sus tierras de origen, como el Líbano), y su lengua (el árabe clásico y el árabe dialectal libanés), desarrollando en algunos un bilingüismo equilibrado árabe-español. Las percepciones y los testimonios de algunos Raizales sobre esta comunidad varían, pero en general se considera que son fuertes porque se ayudan entre sí y no crean molestia a la comunidad nativa, pero tampoco se relacionan con ayudas económicas a la comunidad Raizal necesitada. Pese a que mantienen vínculos fuertes con sus familias en el Líbano, donde hombres y mujeres buscan sus parejas para casarse, también se indica que algunos se han casado con Raizales. (Martínez, 2010)
Más allá de la diversidad cultural y lingüística
En el marco de la Constitución Política de Colombia de 1991, la cual reconoce la pluralidad étnica de su territorio (e incluso en fechas anteriores), el grupo étnico Raizal se ha organizado en movimientos políticos deliberantes[6] que han buscado detener el rumbo que ha tomado, en particular, la isla de San Andrés, como producto tanto de las políticas nacionales de colombianización como de las decisiones u omisiones de gobernantes y/o funcionarios públicos locales respecto a la defensa de los derechos básicos del grupo étnico. Sintiéndose vulnerados en sus derechos especiales y en sus derechos lingüísticos y de preservación de sus formas de vida social y cultural, sus líderes de trayectoria reconocida (“Autoridades Eclesiásticas”, académicos y activistas por la identidad cultural y las lenguas, entre otros) se reúnen en torno a la lucha por el derecho a su autonomía, en la que se han venido creando instrumentos políticos para la recuperación de su territorio, con visión etnocéntrica.
Por otro lado, las relaciones interétnicas del Archipiélago, propias de sociedades multiculturales, han dado lugar a la conformación de agrupaciones juveniles que, producto de la creolización del territorio y viviendo en la diversidad, se organizan para pensar las problemáticas del territorio desde una visión que, aparentemente, podría contribuir a superar una visión puramente etnocentrista al adoptar perspectivas más globales pero con sensibilidad e identidad local y cultural que permitan desarrollar un concepto de raizalidad más incluyente[7]. Conscientes de sus derechos como Raizales y su pertenencia al territorio insular, sus acciones y percepciones parecerían poder llevar a superar la división producto del debate por los términos excluyentes que impedirían la unión de fuerzas entre Raizales, pañas, fifty-fifty, “turcos” e isleños, al organizarse, como se ha vivido últimamente, en torno a la defensa del territorio insular vulnerable a amenazas recientes tales como la pretendida explotación petrolera del fondo marino que causaría una hecatombe medio-ambiental; los infortunados manejos que ha dado la nación colombiana a las denuncias de Nicaragua ante la Corte Internacional de La Haya, ignorando la participación de sus habitantes; o el desastre ambiental que trae la sobre-explotación de los recursos naturales debido a las metas exorbitantes del turismo y los pocos beneficios que este modelo económico trae a la población local. Son nuevas generaciones que, con creatividad e iniciativa, expresan inconformidad a través de las redes sociales, buscan recuperar la expresión de sus raíces africanas y se debaten sobre la manera de superar la visión etnocéntrica para vivir la diversidad con plena identidad Caribe; o al menos, eso parecería vislumbrarse. Sus retos, entre otros, lograr la equidad de derechos, el respeto a la diversidad cultural, la convivencia ciudadana, y la sostenibilidad ambiental, con identidad, pertenencia y conocimiento.
Referencias bibliográficas
Archipelago Movement of Ethnic Natives Self Determination (AMEN-SD) (2015). Territorial Rights of the Indigenous Raizal People. Derechos territoriales del pueblo raizal. Bogotá, Colombia: USAID, AMEN-SD, ACDI VOCA.
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Benítez, A. (1998). La isla que se repite. Barcelona: Editorial Casiopea
Cabrera, W. (1980). San Andrés y Providencia. Historia. Bogotá, Colombia: Editorial Cosmos.
Christie, P. (ed.) (1996). Caribbean Language Issues. Old & New. Papers in honour of Professor Mervyn Alleyne on the occasion of his sixtieth birthday. Barbados, Jamaica, Trinidad and Tobago: The Press University of the West Indies.
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Vollmer, L. (1997) Historia del poblamiento del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. San Andrés Isla, Colombia: Ediciones Archipiélago, Fondo de Cultura.
[1] Ver Holm (1988 y 1989) sobre las diversas teorías que se han elaborado sobre el origen de las lenguas pidgin y creole y sobre la descripción de unas 100 lenguas entre las cuales se encuentra el Creole English de las islas de San Andrés y Providencia, p. 468.
[2] La Corporación Universidad Cristiana, fundada y liderada por los pastores de las “Iglesias Tradicionales” de la comunidad Raizal (también llamados “Autoridades Eclesiásticas” en Archipelago Movement for Ethnic Natives Self Determination (AMEN S-D) 2015, Derechos territoriales del pueblo raizal, p. 66) y asesorada por lingüistas del Instituto Lingüístico de Verano, y por líderes locales y académicos provenientes de diversas latitudes, adelantó estudios hacia la escritura del Creole, de los cuales existe una propuesta de alfabeto y algunos cuentos escritos a través de acciones de recuperación de la tradición oral. En continuación a esta labor, tras la suspensión de actividades de la corporación universitaria, y como producto de un trabajo de más de 20 años, se transcribió el Nuevo Testamento de la Biblia al Creole, lanzándola recientemente en físico y con CD como apoyo de audio, para promover su uso y lectura entre los miembros de las diversas iglesias tradicionales que reúnen a la comunidad Raizal.
[3] Medidas empleadas para “eliminar”, en lo posible la raíz negra, promoviendo, por ejemplo, los matrimonios con blancos/blancas, o buscando la manera para modificar rasgos físicos que evocan el fenotipo negro.
[4] Ley 47 de 1993 por la cual se dictan normas especiales para la organización y el funcionamiento del Departamento Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.
[5] El actual gobernador de las islas, elegido popularmente para el período 2015-2018, Ronald Housni Jaller, proviene de esta comunidad. De la misma manera, uno de los dos representantes a la Cámara, por el territorio insular, Jack Housni Jaller, es también hijo de esta comunidad.
[6] ILM: Islander Liberation Movement (1960); Islander Civic Movement; S.O.S.: Sons of the Soil (Hijos de la Tierra) (1980-1990); y AMEN-SD: Archipelago Movement for Ethnic Natives –Self Determination (fundada en 1999) (Archipelago Movement for Ethnic Natives Self Determination (AMEN S-D) 2015, Derechos territoriales del pueblo raizal, pp. 83-84)
[7] Dos de ellas son: la Raizal Youth Organization –R-YOUTH, que surge a partir del primer fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, la cual busca, a través de sus distintas actividades “fortalecer la identidad cultural y la participación política de los jóvenes Raizales” y generar “alternativas innovadoras de sostenibilidad para el territorio y la comunidad raizal y residente del archipiélago” (Universidad Nacional de Colombia, Sede Caribe. Observatorio de Procesos Sociales del Gran Caribe “Caribe Social”. Instituto de Estudios Caribeños, 2015, p. 39); y la Helping Youth Foundation “HEY”, creada en 2009 por Irma Bermúdez y Anez Flórez Corpus al reflexionar sobre las problemáticas de la Isla y con la intención de aportar proponiendo soluciones.” (op.cit., p. 43).