Contrabando de sombras
para Manuel Pereira y Antonio-José Ponte.
Tenía la seguridad, sabía que iba a encontrarlo. Todo era cuestión de esperar y tener los ojos atentos. No tenía su imagen: nunca había visto su carátula. Sabía que existía en esa editorial: encontré el dato un día mirando su bibliografía. Se trata de Antonio-José Ponte. Un escritor cubano que me habían nombrado alguna vez porque había escrito una reseña sobre (vale más decir contra) Fina García-Marruz. Esa era la imagen que tenía: un reseñista combativo. O más bien complejo. Tiempo después empecé a escribirme, de cuando en cuando, con Manuel Pereira, el escritor de dos libros que me han fascinado. El primero, La quinta nave de los locos, es una recopilación de ensayos que me abrieron los ojos a muchas cosas, entre ellas, a José Lezama-Lima. Hablando de la amistad que sostuvieron y los libros que le recomendó leer fui descubriendo a un autor inmenso del cual muchos hablaban. “El curso délfico” es la revelación de que “(…) El maestro de un escritor no es quien lo enseña a poner una palabra detrás de otra. Eso no se aprende, eso sería como enseñar a respirar. El verdadero maestro es el que propone lecturas inolvidables y descubre sutilezas allí donde no se sospechan, mostrándonos el modo de acomodar la mirada; adiestrando, educando nuestros sentidos hasta hacerlos capaces de estremecerse ante un sonido, un color, una forma, un silencio o una idea. Lejos de ser un catálogo de axiomas, su magisterio fue una magia total. Cuando yo no entendía algo, me estimulaba diciendo: No entender es ya una manera de entender.” Años después, en 1996, emprendí mi lectura de Paradiso, maravillado, sintiendo muchas cosas y, es cierto, no entendiendo muchas más. Lo hice en la primera edición que conseguí en mi primer viaje a Cuba en 1995. Ya se me olvidó cuánto me costó. Sé que no fue tanto, en esos años los libros valiosos (las primeras ediciones, los autografiados) no eran tan caros como ahora. Era posible conseguir maravillas. Además, otro punto, el peso colombiano no estaba tan devaluado. La compré y comencé a caminar por Paseo de Prado preguntándome por dónde quedaría la calle Trocadero. En un momento alcé la mirada y, por supuesto, ahí estaba: un letrero azul con letras blancas (¿o sería al contrario?) señalándome el camino. Busqué el número 162 y una muchacha bajita, de pelo marrón, me abrió la puerta. Se llamaba Betania Peña. Era, por así llamarla, guía del museo. Dimos una vuelta maravillosa, deteniéndonos en los muebles, los objetos, los libros, los cuadros… Hablaba de cada cosa como si fuera suya y, lo que es más importante, describía cada objeto como podría haberlo descrito José Lezama-Lima. No estoy exagerando aunque soy un exagerado: cualquier persona que la haya conocido puede dar fe de lo que estoy diciendo. Después tomamos té y seguimos conversando. Esa visita duró horas. Entre nosotros fluyó algo maravilloso y definitivo: simpatía y confianza. Y fue definitivo porque al año siguiente, en junio, conocí a su familia (Catalina, su abuela; Miguelito, su padre y Betania, su tía) que empezó a ser la mía. Ellos son mi familia en la Isla. Nos unen lazos que sólo el corazón puede entender. Sus vidas hacen parte de la mía (y viceversa). Bueno, estoy perdiéndome en los detalles y desviándome de lo que quiero contar: el libro que encontré ayer de Antonio-José Ponte. El segundo libro de Manuel Pereira que leí fue El comandante veneno, la narración afectiva de la campaña de alfabetización, ese momento maravilloso y espléndido en el que el pueblo se volcó sobre el pueblo para que todos aprendieran a leer y escribir visto con los ojos claros de un niño: “(…) la embriaguez de una esperanza que es en el fondo la Revolución en su estado puro, heroico”. Años más tarde, después de esperarlo pacientemente, conseguí un ejemplar dedicado por el autor (que ya no vive en Cuba) a Eduardo López-Morales en 1979. En uno de los mensajes le pregunté por autores cubanos que le gustaran. Y me recomendó uno solo: Antonio-José Ponte. Me dijo que había un libro suyo publicado por el Fondo de Cultura Económica: Un arte de hacer ruinas y otros cuentos. Fue un deslumbramiento. Me sorprendió. No solamente por lo bien que escribe, es un placer leer a alguien que escribe como si cada palabra fuera la pieza de un engranaje que funciona perfectamente (no hay que olvidar que el autor es ingeniero hidráulico) sino porque sus historias me descolocaron y me llevaron a un espacio que sólo existe en tanto las leo: es una sensación muy extraña la que producen sus cuentos. Sus cuentos son esos momentos en que se cruzan las miradas y se crea por un instante una tercera realidad que podría ser y no va a ser nunca: “Significa un momento en que dos trenes se cruzan”). La segunda página del libro quedó cubierta casi completamente por mi letra microscópica: eran demasiadas cosas las que me gustaban. El problema de encontrase con autores (no solamente escritores) es que “quedamos empezados”, con ganas de más. Amir Valle me habló maravillas de él también. Desgraciadamente conseguir libros de Antonio-José Ponte en Colombia es casi imposible. Y en Cuba ni hablar. Se lo recomendé a Carlos Orallo, mi amigo librero, y hasta el momento no ha encontrado alguno. Exploré repetidas veces su bibliografía, ese mapa, esperando encontrar una ruta, un sendero que me ayudara a llegar a otras lecturas. Encontré uno: El abrigo de aire Ensayos sobre literatura cubana, publicado por Beatriz Viterbo Editora en el 2001. Hay dos ensayos suyos (“El libro perdido de los origenistas” y “El abrigo de aire”) al lado de otros de Mónica Bernabé y Marcela Zanín. Estuve en Buenos Aires 38 días, en los que fui feliz y triste al mismo tiempo, y casi no lo encuentro. Lo hallé, por fin en una Librería Hernández que queda por Corrientes, frente al Vesuvio (creo que se escribe así), donde fui a tomar chocolate con churros por recomendación de Adelaida. La vendedora, muy querida, me hizo descuento de estudiante a pesar de no tener carné de estudiante. Ni cara tampoco… Leí sus ensayos, son lo mejor del libro, que están escritos desde la óptica del que se instala y ve las cosas por otro lado, por entre las rendijas y los espacios que deja la vida y la lectura. A mi regreso comencé a ver rematados por ahí algunos libros de la editorial Mondadori. De cuando en cuando me tropezaba con uno, varios. En su bibliografía figuraba una novela publicada en esa editorial en el 2002: Contrabando de sombras. Por supuesto a los cinco segundos olvidé su nombre. Esto no me importa mucho que digamos. Muchas veces lo importante para mí es saber cómo es libro o quién lo publicó. La mirada azarosa, esa que va por ahí deslizándose en medio del tiempo y el silencio, siguiendo una luz o el movimiento de unos senos, lo va a encontrar cuando sea el momento. La semana antepasada llegaron una cantidad de libros de Mondadori y Crítica a “La gran manzana”. Compré algunos libros que quería de Eric Hobsbawm (de quien encontré hace años un ejemplar autografiado de Rebeldes primitivos en 1986). De Antonio-José Ponte nada. El domingo me dijo Darío Marín, en el mercado de las pulgas, que el lunes o el martes empezaba una pequeña feria en el Parque Santander. El martes fui. Encontré algunas cosas en una mesa repleta de libros; entre ellas un libro que había visto de Víctor Ronquillo sobre los crímenes de Ciudad Juárez (después de leer 2666 de Roberto Bolaño quedé con el tema clavado en el alma): Las muertas de Juárez. De Antonio-José Ponte nada. Bueno…por suerte no hay afán sino deseo. Y el deseo puede esperar, ahí está. Ayer tenía que hacer unas vueltas antes de ir a la librería: sacar el ISBN del próximo libro de Ediciones San Librario y buscar un libro de Antonio Muñoz-Molina que encargaron. Fui a la caleta de la décima. Dejé mi morral en el casillero. Me puse a mirar los estantes para ver si había llegado algo nuevo cuando la sombra de un ángel del Cementerio de Colón me hizo una seña: Contrabando de sombras de Antonio-José Ponte. A 5.000 pesos. Una sonrisa de alegría y satisfacción alumbró por un momento mi rostro: por fin… casi no apareces, caballero… Ahora está esperando al lado mío que llegue el momento para leerlo. Sé que no voy a salir defraudado. Es tremendo autor. Cosa nada fácil… Manuel (ya nos tratamos por el nombre así jamás nos hayamos visto ni hayamos escuchado nuestras voces. Por supuesto: cuando la Chiqui fue a México la encarté con las primeras páginas de sus libros para que le pidiera el favor que me las firmara y me consiguiera su última novela, Insolación. Se encontraron y pasaron un rato muy agradable con su esposa tomando café, comiendo chocolates y hablando de la vaina) me escribió una vez: “Es un escritor de raza”. Ya lo sé. El color de la carátula del libro significa todo: es verde, como la esperanza. Hoy, en la mañana, Pilar González me escribió desde Barcelona diciéndome que me había conseguido un libro de cuentos de Manuel que le había encargado, Mataperros (sólo se encuentra en “El corte inglés”). Llega la semana entrante. Qué alegría… Los dos libros casi el mismo día. Manuel y Antonio-José: buena esa.
(para Manuel Pereira y Antonio-José Ponte. Escribe: Álvaro Castillo-Granada). Tenía la seguridad, sabía que iba a encontrarlo. Todo era cuestión de esperar y tener los ojos atentos. No tenía su imagen: nunca había visto su carátula. Sabía que existía en esa editorial: encontré el dato un día mirando su bibliografía. Se trata de Antonio-José Ponte. Un escritor cubano que me habían nombrado alguna vez porque había escrito una reseña sobre (vale más decir contra) Fina García-Marruz. Esa era la imagen que tenía: un reseñista combativo. O más bien complejo. Tiempo después empecé a escribirme, de cuando en cuando, con Manuel Pereira, el escritor de dos libros que me han fascinado. El primero, La quinta nave de los locos, es una recopilación de ensayos que me abrieron los ojos a muchas cosas, entre ellas, a José Lezama-Lima. Hablando de la amistad que sostuvieron y los libros que le recomendó leer fui descubriendo a un autor inmenso del cual muchos hablaban. “El curso délfico” es la revelación de que “(…) El maestro de un escritor no es quien lo enseña a poner una palabra detrás de otra. Eso no se aprende, eso sería como enseñar a respirar. El verdadero maestro es el que propone lecturas inolvidables y descubre sutilezas allí donde no se sospechan, mostrándonos el modo de acomodar la mirada; adiestrando, educando nuestros sentidos hasta hacerlos capaces de estremecerse ante un sonido, un color, una forma, un silencio o una idea. Lejos de ser un catálogo de axiomas, su magisterio fue una magia total. Cuando yo no entendía algo, me estimulaba diciendo: No entender es ya una manera de entender.” Años después, en 1996, emprendí mi lectura de Paradiso, maravillado, sintiendo muchas cosas y, es cierto, no entendiendo muchas más. Lo hice en la primera edición que conseguí en mi primer viaje a Cuba en 1995. Ya se me olvidó cuánto me costó. Sé que no fue tanto, en esos años los libros valiosos (las primeras ediciones, los autografiados) no eran tan caros como ahora. Era posible conseguir maravillas. Además, otro punto, el peso colombiano no estaba tan devaluado. La compré y comencé a caminar por Paseo de Prado preguntándome por dónde quedaría la calle Trocadero. En un momento alcé la mirada y, por supuesto, ahí estaba: un letrero azul con letras blancas (¿o sería al contrario?) señalándome el camino. Busqué el número 162 y una muchacha bajita, de pelo marrón, me abrió la puerta. Se llamaba Betania Peña. Era, por así llamarla, guía del museo. Dimos una vuelta maravillosa, deteniéndonos en los muebles, los objetos, los libros, los cuadros… Hablaba de cada cosa como si fuera suya y, lo que es más importante, describía cada objeto como podría haberlo descrito José Lezama-Lima. No estoy exagerando aunque soy un exagerado: cualquier persona que la haya conocido puede dar fe de lo que estoy diciendo. Después tomamos té y seguimos conversando. Esa visita duró horas. Entre nosotros fluyó algo maravilloso y definitivo: simpatía y confianza. Y fue definitivo porque al año siguiente, en junio, conocí a su familia (Catalina, su abuela; Miguelito, su padre y Betania, su tía) que empezó a ser la mía. Ellos son mi familia en la Isla. Nos unen lazos que sólo el corazón puede entender. Sus vidas hacen parte de la mía (y viceversa). Bueno, estoy perdiéndome en los detalles y desviándome de lo que quiero contar: el libro que encontré ayer de Antonio-José Ponte. El segundo libro de Manuel Pereira que leí fue El comandante veneno, la narración afectiva de la campaña de alfabetización, ese momento maravilloso y espléndido en el que el pueblo se volcó sobre el pueblo para que todos aprendieran a leer y escribir visto con los ojos claros de un niño: “(…) la embriaguez de una esperanza que es en el fondo la Revolución en su estado puro, heroico”. Años más tarde, después de esperarlo pacientemente, conseguí un ejemplar dedicado por el autor (que ya no vive en Cuba) a Eduardo López-Morales en 1979. En uno de los mensajes le pregunté por autores cubanos que le gustaran. Y me recomendó uno solo: Antonio-José Ponte. Me dijo que había un libro suyo publicado por el Fondo de Cultura Económica: Un arte de hacer ruinas y otros cuentos. Fue un deslumbramiento. Me sorprendió. No solamente por lo bien que escribe, es un placer leer a alguien que escribe como si cada palabra fuera la pieza de un engranaje que funciona perfectamente (no hay que olvidar que el autor es ingeniero hidráulico) sino porque sus historias me descolocaron y me llevaron a un espacio que sólo existe en tanto las leo: es una sensación muy extraña la que producen sus cuentos. Sus cuentos son esos momentos en que se cruzan las miradas y se crea por un instante una tercera realidad que podría ser y no va a ser nunca: “Significa un momento en que dos trenes se cruzan”). La segunda página del libro quedó cubierta casi completamente por mi letra microscópica: eran demasiadas cosas las que me gustaban. El problema de encontrase con autores (no solamente escritores) es que “quedamos empezados”, con ganas de más. Amir Valle me habló maravillas de él también. Desgraciadamente conseguir libros de Antonio-José Ponte en Colombia es casi imposible. Y en Cuba ni hablar. Se lo recomendé a Carlos Orallo, mi amigo librero, y hasta el momento no ha encontrado alguno. Exploré repetidas veces su bibliografía, ese mapa, esperando encontrar una ruta, un sendero que me ayudara a llegar a otras lecturas. Encontré uno: El abrigo de aire Ensayos sobre literatura cubana, publicado por Beatriz Viterbo Editora en el 2001. Hay dos ensayos suyos (“El libro perdido de los origenistas” y “El abrigo de aire”) al lado de otros de Mónica Bernabé y Marcela Zanín. Estuve en Buenos Aires 38 días, en los que fui feliz y triste al mismo tiempo, y casi no lo encuentro. Lo hallé, por fin en una Librería Hernández que queda por Corrientes, frente al Vesuvio (creo que se escribe así), donde fui a tomar chocolate con churros por recomendación de Adelaida. La vendedora, muy querida, me hizo descuento de estudiante a pesar de no tener carné de estudiante. Ni cara tampoco… Leí sus ensayos, son lo mejor del libro, que están escritos desde la óptica del que se instala y ve las cosas por otro lado, por entre las rendijas y los espacios que deja la vida y la lectura. A mi regreso comencé a ver rematados por ahí algunos libros de la editorial Mondadori. De cuando en cuando me tropezaba con uno, varios. En su bibliografía figuraba una novela publicada en esa editorial en el 2002: Contrabando de sombras. Por supuesto a los cinco segundos olvidé su nombre. Esto no me importa mucho que digamos. Muchas veces lo importante para mí es saber cómo es libro o quién lo publicó. La mirada azarosa, esa que va por ahí deslizándose en medio del tiempo y el silencio, siguiendo una luz o el movimiento de unos senos, lo va a encontrar cuando sea el momento. La semana antepasada llegaron una cantidad de libros de Mondadori y Crítica a “La gran manzana”. Compré algunos libros que quería de Eric Hobsbawm (de quien encontré hace años un ejemplar autografiado de Rebeldes primitivos en 1986). De Antonio-José Ponte nada. El domingo me dijo Darío Marín, en el mercado de las pulgas, que el lunes o el martes empezaba una pequeña feria en el Parque Santander. El martes fui. Encontré algunas cosas en una mesa repleta de libros; entre ellas un libro que había visto de Víctor Ronquillo sobre los crímenes de Ciudad Juárez (después de leer 2666 de Roberto Bolaño quedé con el tema clavado en el alma): Las muertas de Juárez. De Antonio-José Ponte nada. Bueno…por suerte no hay afán sino deseo. Y el deseo puede esperar, ahí está. Ayer tenía que hacer unas vueltas antes de ir a la librería: sacar el ISBN del próximo libro de Ediciones San Librario y buscar un libro de Antonio Muñoz-Molina que encargaron. Fui a la caleta de la décima. Dejé mi morral en el casillero. Me puse a mirar los estantes para ver si había llegado algo nuevo cuando la sombra de un ángel del Cementerio de Colón me hizo una seña: Contrabando de sombras de Antonio-José Ponte. A 5.000 pesos. Una sonrisa de alegría y satisfacción alumbró por un momento mi rostro: por fin… casi no apareces, caballero… Ahora está esperando al lado mío que llegue el momento para leerlo. Sé que no voy a salir defraudado. Es tremendo autor. Cosa nada fácil… Manuel (ya nos tratamos por el nombre así jamás nos hayamos visto ni hayamos escuchado nuestras voces. Por supuesto: cuando la Chiqui fue a México la encarté con las primeras páginas de sus libros para que le pidiera el favor que me las firmara y me consiguiera su última novela, Insolación. Se encontraron y pasaron un rato muy agradable con su esposa tomando café, comiendo chocolates y hablando de la vaina) me escribió una vez: “Es un escritor de raza”. Ya lo sé. El color de la carátula del libro significa todo: es verde, como la esperanza. Hoy, en la mañana, Pilar González me escribió desde Barcelona diciéndome que me había conseguido un libro de cuentos de Manuel que le había encargado, Mataperros (sólo se encuentra en “El corte inglés”). Llega la semana entrante. Qué alegría… Los dos libros casi el mismo día. Manuel y Antonio-José: buena esa.