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Cruz-Vélez y el caso Heidegger

Contra factum non valet argumentum: los solos
argumentos no pueden hacer nada contra los hechos.
Heidegger había perdido desde hacía mucho tiempo
el contacto con la realidad, si es que lo había mantenido alguna vez.
Hugo Ott.

El hundimiento es otra cosa que el perecer.
En el hundimiento está presente, sordamente,
la reconquista.
Heidegger, diciembre de 1944.

No pretendo aquí dar curso a una interpretación ni a un análisis de la filosofía de Danilo Cruz-Vélez. Y ello por dos razones que forman una sola: (1) no conozco todos sus libros, porque (2) su pensamiento no ha ejercido sobre mí el «misterioso» encanto que conduce a una persona, sin que lo sepa muy bien, a interesarse en profundidad por un autor.

Considero su obra y su actividad filosóficas como una de las más destacadas en el panorama moderno de la filosofía en Colombia. Simpatizo y elogio su coraje y autonomía manifiestas, que lo llevaron a desdeñar dignamente la «carrera» docente universitaria, para consagrarse en los años 70 a la sola escritura. Son pocos los filósofos o escritores colombianos capaces de un acto así.

Pero el núcleo cohesionador de su pensamiento basado en un apego doctrinal a la filosofía de Heidegger, y el afán sistematizador, y por eso «dogmático», de su ejercicio, me han mantenido en la periferia de su obra. Razón adjudicable, por supuesto, exclusivamente a mí mismo, e independiente del valor intrínseco de la misma, que, vuelvo a insistir, estimo muy importante.

Me limitaré entonces en estas pocas páginas, a resaltar uno solo de los aspectos que constituyen ese núcleo cohesionador mencionado: su cierta ceguera ante el compromiso nazi de Martin Heidegger.

***

Lo esencial de las posiciones de Danilo Cruz-Vélez acerca del problema propuesto, se encuentra tanto en su libro de 1989, El mito del rey filósofo1 (que denominaré: MRF), como en la entrevista concedida a Rubén Sierra en 1996 2 (Conversaciones). De ambos textos presentaré sobre todo, y en detalle, las tesis del primero, ya que el segundo no aporta sino complementos y clarificaciones que no contradicen ni innovan las primeras.

Esas tesis son:

(1) La «aventura política» de Heidegger (H.) fue un «episodio relativamente corto» (MRF, 224).

(2) Es falso que antes de 1933 se encuentren en su obra «las ideas que lo impulsaron a colaborar con el nacionalsocialismo» (MRF, 227).

(3) A partir de esa «aventura política», H. cayó preso del «remolino de ese fenómeno de la coexistencia humana que él denominó (…) con la palabra alemana Gerede, la habladuría» (MRF, 225).

(4) «Es absurdo pensar que un gran filósofo empeñado en la empresa de llevar a cabo una transformación radical de la filosofía tuviera en su cabeza espacio para albergar ideas próximas a la folía (sic) de Alfred Rosenberg, Hitler y Goebbels» (MRF, 229-230).

(5) Cuando H. toma posición del rectorado de la universidad de Friburgo en 1933, el nacionalsocialismo «se había adueñado ya de casi todas las universidades alemanas, poniéndolas a su servicio. La de Friburgo era una de las pocas que conservaban aún una cierta autonomía. Y en el preciso momento en que inevitablemente iba a perderla, H. comenzó a regir sus destinos. No es de extrañar, pues, que él mismo haya quedado entonces ligado velis nolis a la política activa» (MRF, 233-234).

(6) «A pesar de que muy pronto se dio cuenta del error que había cometido, H ejerció el cargo durante 10 meses». En 1934 «tuvo que renunciar (…) por no querer cumplir la orden de cambiar a (ciertos) decanos (…) por funcionarios de plena confianza del partido» (MRF, 234).

(7) H. acepta el rectorado por «la presión ejercida sobre él por sus colegas, que temiendo el nombramiento de un funcionario del partido para el cargo, habían propuesto su candidatura» (MRF, 238)

(8) «Desde el primer momento estuvo convencido de no ser la persona indicada para ello, por no ser miembro del partido y por no tener ninguna relación con las instancias gubernamentales y políticas. (…) Si cedió a esa presión fue para intentar salvar la universidad de la politización (…) y para defender su autonomía…» (MRF, 238).

(9) H. nunca se pronunció al respecto; sólo lo hizo «cuando las habladurías rebasaron los límites de lo tolerable». Fue cuando concedió una entrevista a Der Spiegel en 1966.

(10) «Las declaraciones de H. en la entrevista con Der Spiegel y (su escrito) El rectorado. 1933/34 parecen encerrar una retractatio plena de sus equivocaciones, acciones y omisiones censurables durante su gestión rectoral» (MRF, 247).

Todas esas tesis o son tendenciosas o falsas. Ellas intentan, sea como sea, justificar y/o minimizar las tomas de posición nazis de Heidegger. Veámoslas una por una.

Tesis 1 y 2. Ambas tesis conforman el punto central de toda la vulgata justificacionista pro-heideggeriana. Ellas circunscriben y limitan de manera precisa y transitoria el nazismo de H, convirtiéndolo en un error pasajero. Tesis importantes porque, según que se niegue o se afirme, se limite o se extienda el compromiso nazi de H, visible sólo en ese año, se valida o invalida la imposibilidad o posibilidad de relacionar su filosofía a su actividad política de 1933-1934. Por eso, el otro puntal básico del justificacionismo pro-heideggeriano consiste en negar que su pensamiento filosófico tenga una relación con su actividad política, es decir, que explique o permita su ideología nazi.

Ahora bien, la explicitación de la falsedad de esas tesis nos llevaría a desbordar los límites de este artículo, en particular en lo que se refiere a ese puntal básico mencionado: establecer la relación entre el pensamiento filosófico y la actividad política de Heidegger. Prácticamente, todo el ya largo debate acerca de este problema gira alrededor de ese punto. Existen así dos corrientes opuestas: una que niega esa relación y otra que la afirma. Danilo Cruz-Vélez forma parte de la primera. Karl Löwith, Jürgen Habermas, Günther Anders, Hugo Otto, Víctor Farías, Pierre Bourdieu, Jean-Pierre Faye, Arno Münster, Emmanuel Faye, entre otros, forman parte de la segunda.

Son pues algunos de esos autores los que han mostrado que es falso circunscribir el compromiso nazi de H al solo periodo de 1933-1934, pues él se explica antes y se prolonga después. El problema reside en lo que ya he mencionado, a saber, que ese hecho es sólo visible de forma clara y neta durante ese interregno, es decir, durante su rectorado en la universidad de Friburgo. El antes y después de ese año están ocultos, por así decir, en la actividad misma de H, así como en su correspondencia y en sus propios libros. Es de esas fuentes, que los historiadores y filósofos que afirman la relación entre filosofía y politica en H, extraen su acuerdo mútuo. Remito entonces al lector a los siguientes textos: Karl Löwith, «Les implications politiques de la philosophie de l’existence chez Heidegger», en Le Temps Modernes, noviembre de 1946; «Réponse à M. de Waelhens», en Le Temps Modernes, agosto de 1948; Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933, Metzler, Stuttgart 1986; Jürgen Habermas, Martin Heidegger. L’œuvre et l’engagement, Editions du Cerf, París, 1988; Günther Anders, Ueber Heidegger, C.H.Beck, München, 2001; Hugo Otto, Martin Heidegger, Unterwegs zu seiner Biographie, Campus Verlag, Frankfurt-New York, 1988; Víctor Farías, Heidegger et le nazisme, Verdier, París, 1987; Pierre Bourdieu, L’ontologie politique de Martin Heidegger, Les éditions de Minuit, París, 1988; Jean-Pierre Faye, Le Piège: la philosophie heideggerienne et le national-socialisme, Balland, París, 1994; Arno Münster, Heidegger, la «science allemande» et le national-socialisme, Kimé, París, 2002; Emmanuel Faye, Heidegger, l’introduction du nazisme dans la philosophie, Le livre de poche, París, 2005.

Tesis 3. Aquí Danilo Cruz-Vélez minimiza al extremo las posiciones de todos aquellos que investigan o han investigado acerca del nazismo de H., haciéndolas pasar por simple habladuría. El autor enfocado en particular es Víctor Farías, quien desencadena con su libro una polémica que se hallaba hasta ese entonces circunscrita a ciertos especialistas. En la entrevista ya citada con Rubén Sierra, el filósofo manizalita llega a llamarlo incluso de «farsante», situando su libro en el mismo nivel que los escritos de un futbolista, de una vedette de cine o de la canción, del relator judicial de un periódico o de las amantes famosas (Conversaciones, 144 y 158). En eso él no innova, pues ya otros heideggerianos habían enfocado sus baterías contra el autor chileno, así como contra todos aquellos que pretenden establecer un lazo entre filosofía y política en Heidegger. Jean Beaufret, en un mismo tono, hablará en 1984 de «una conspiración de mediocres en nombre de la mediocridad» (3) y Jacques Derrida sentenciará que Farías no ha leído a H «más de una hora» (4). Todos estos argumentos traslucen un comportamiento defensivo extremo, actitud reactiva harto sintomática. Es así el discípulo herido quien se mobiliza emotivamente. El libro de Farías, desde ese punto de vista, posee ya un mérito indudable: el de haber alterado la paz del cementerio, el de haber forzado a los discípulos a abrir las ventanas del cuarto mal aireado en que se encierra y abriga el Maestro y su escuelita. Además, vistas las cosas veinte años después de la aparición del libro incriminado, es posible afirmar que la polémica acerca del compromiso nazi de H está lejos de situarse en las aguas turbias de la simple habladuría. Ya en 1996, cuando Danilo Cruz-Vélez trata de «farsante» a Farías, la discusión había dado lugar a una buena parte de investigaciones serias al respecto. Es pues un recurso trasnochado de guardián del templo continuar afirmando, nueve años más tarde, la misma canción despreciativa.

Para concluir este punto aporto lo que Jean-Pierre Cotten escribía en 1988: «En total, ‘el asunto Heidegger’, que no es en absoluto un simple efecto de los medios de comunicación, puede ser la oportunidad de una lucha por un «espacio público» (Habermas) en el que tengan lugar discusiones que no sean ni demagógicamente simplificadas ni inútilmente complicadas. El tenor de esos debates, lejos de haberse acabado, será un buen índice de la calidad de la práctica democrática…» (5).

La Tesis 4 es una buena muestra del respeto inmoderado, es decir, del celo del discípulo ortodoxo ante el objeto de su admiración: su Maestro. Ella es el punto culminante de esa negación a ver lazos de parentesco entre la filosofía y la política de Heidegger: perfecta petición de principio, pues ella afirma de manera rotunda lo que hay que demostrar. Por lo demás, ella puede ser volteada en su contrario, a saber: ¿cómo es posible que uno de los grandes filósofos del siglo XX haya podido apoyar y albergar en su cabeza ideas afines a las de los grandes criminales nazis, ya sea incluso por el relativo corto tiempo de su rectorado? Este interrogante es el interrogante real; es él el que se ajusta a los hechos, y no la afirmacion de Danilo Cruz-Vélez, que no pasa de ser sino un deseo de discípulo frustrado (por su propio Maestro). Hasta podría decirse que ha sido ese interrogante el que ha permitido avanzar en la investigación de la relación entre filosofía y política en la obra de Heidegger. Pues no cabe la menor duda de que esa pregunta, que se ajusta y desprende de la realidad, vuelvo a repetir, constituye el asombro inicial y motivador de posibles respuestas, es decir, de investigaciones e hipótesis que continuarán haciéndose para tratar de resolver «el misterio» que contiene. La afirmación del filósofo manizalita, por el contrario, cierra toda búsqueda tachándola a priori de absurda. Ella es pues dogmática en todos los sentidos del término.

Agrego que ese tipo de interrogante, que ese tipo de asombro se halla en la base del otro gran «misterio» de nuestra modernidad, que permite preguntarse por qué el pensamiento de Marx y Engels pudo conducir, directa o indirectamente, a los horrores del terror comunista. Como se ve, Heidegger no está solo. Es por lo demás el mismo interrogante el que se encuentra en la motivación del libro de Danilo Cruz-Vélez, El mito del rey filósofo. Es con éste que él quiere responder al problema de saber cuáles son las relaciones entre filosofía y política. En Conversaciones, él le confiesa a su entrevistador que acabando de ingresar en la universidad de Friburgo, atraído por la noticia del regreso a la cátedra, en 1950, de Heidegger, tuvo conocimiento, a través de ciertas publicaciones, de «una fotografía donde éste estaba en el centro de los rectores de las universidades alemanas y de algunos funcionarios del partido, rodeados de la cruz gamada y guardias de asalto, en una manifestación de pública de apoyo a Hitler en Leipzig. Segundo, una manifestación de lealtad dirigida al Führer, en Berlín, firmada por el rector Heidegger y el alcalde de Friburgo, que dice: ‘La ciudadanía, el estudiantado y el profesorado de esta ciudad universitaria le prometemos un vasallaje incondicional a quien salvó a nuestro pueblo de su infortunio, conduciéndolo a su unidad, a la firmeza y al honor, y al preceptor y precursor del nuevo espíritu de una comunidad de pueblos responsable de sí misma’. (…) Después de haber leído estos documentos me surgió la pregunta: ¿cómo se puede explicar este fenómeno? ¿Cómo fue posible que uno de los más grandes pensadores de nuestro tiempo haya caído en semejante trampa?» (Conversaciones, 138).

He ahí el asombro motivador que lo condujo a escribir el libro. Estamos viendo de qué manera Danilo Cruz-Vélez responde a la implicación nazi real del filósofo de la Selva Negra: negándola de una cierta forma. De ahí la afirmación dogmática que nos ocupa. No es por eso de extrañarse que en las conclusiones del capítulo dedicado a aquél pensador, él llegue incluso a afirmar que la «aventura política» de H «puede ser considerada como una destrucción (…) del mito del rey filósofo, esto es, como una destrucción de (su) trampa» (MRF, 256 257, subrayado mío). Resalto la perplejidad que puede despertar semejante respuesta, y reservo para más adelante un análisis al respecto.

Tesis 5. Ella justifica y minimiza la actividad rectoral de H. en 1933-1934 al sugerir, por un lado, que él asume ese cargo en un momento en que era inevitable la pérdida de la autonomía de la universidad de Friburgo, dado que los nazis ya se habían adueñado de las otras en el país. Y por otro, al deducir de ese hecho que no era pues «de extrañarse» que su nuevo rector quedara así vinculado, queriéndolo sin quererlo, a la política activa. Vistos así los hechos, la actividad política de H durante el rectorado viene a ser como algo prácticamente involuntario y atribuible a una fuerza mayor: a la época, al poder nazi, a la imposibilidad de luchar en contra, etc. No resulta entonces casual que Danilo Cruz-Vélez no mencione el contenido preciso de dicha actividad rectoral, contentándose con envolverlo abstractamente bajo la denominación global de «serie de actos» y de «ciertos textos producidos en esa época» (MRF, 234). Pues la falta de precisión en lo hecho por H acentúa la vaguedad de su compromiso, la indeterminación de lo que él llama con el término neutro de «aventura».

No es pues inútil recordar algunas de las actividades de Heidegger durante su rectorado:

(א) Desde los primeros días de su nombramiento, H. entró en contacto con la Corporación de estudiantes alemanes de Berlín, controlada por los nazis, para proponerles un seminario de formación para los jefes políticos del cuerpo estudiantil. Los documentos al respecto muestran que desde antes existían relaciones entre H. y los dirigentes de la Corporación, dirigida desde 1930 por la Asociación de estudiantes nazis (6). Para tener una idea de lo que significaba esta organización, citaré partes del texto que su dirigente Oskar Stäbel publicó en el Völkischer Beobachter el 19 de marzo de 1933. Ese periódico era el órgano oficial del partido nazi, al cual estaba abonado Heidegger, quien lo recibía, pues, diariamente (7). El texto dice:

«Teniendo en cuenta el enjudiamiento casi total de las universidades alemanas, el Führer federal de la Asociacion de los estudiantes nacionalsocialistas alemanes, conjuntamente con el presidente de los estudiantes alemanes, han pedido a las autoridades competentes (…) la introducción del numerus clausus para los judíos, al igual que la exclusión (Entfernung) completa de todos los profesores y asistentes judíos en las universidades alemanas. Además, en ese contexto (…) se toman las siguientes medidas:

A partir del primero de abril de 1933 se instalarán, ante todas las salas de cursos y seminarios de los profesores judíos, puestos de estudiantes que tendrán la tarea de advertir a los estudiantes alemanes de no asistir a esos cursos y seminarios, con la indicación de que en cuanto judío el profesor será legitimamente boicoteado por todos los alemanes honestos. (…)» (E.F., 136-137).

(א) Bajo su rectorado se impartía una formación paramilitar a grupos determinados de estudiantes, bajo la dirección de Georg Stieler, profesor de filosofía y de pedagogía, y antiguo oficial de carrera. Esas actividades fueron secretas en los primeros años y se llevaban a cabo con el acuerdo del Reichswehr, del ejército alemán. Es sabido, por testigos oculares, que H se presentaba a veces a esos ejercicios con el fin de recibir un informe de los mismos de parte del profesor (H.O., 158).

(א) Heidegger le pidió al mismo Stieler, elaborar una jurisdicción de honor para el futuro cuerpo de profesores. Después aprobó el proyecto, calcado sobre el de los oficiales del ejército, y lo sometió a los gobiernos de Karlsruhe y Berlín. Uno de sus párrafos decía: «Nosotros, profesores, queremos educarnos nosotros mismos y llegar a ser nosotros mismos. Queremos purificar nuetra corporación de elementos mediocres y protegernos contra futuras campañas de degeneramiento. Queremos educarnos mutuamente, manteniendo el sentido del honor e impedir una regresión a las condiciones anteriores» (H.O., 162).

(א) Fue instaurado asimismo el deporte al aire libre, obligatorio desde mayo de 1933, para todo estudiante de semestre. El 30 de junio H. asume su defensa ante diversas críticas, afirmando: «¿Cómo poder hablar (…) de ‘pérdida de tiempo’, cuando se trata de combatir por el Estado?». Para esas actividades se emplazó un campo de deporte a 50 km. al este de Friburgo. Durante agosto y octubre, 300 estudiantes fueron así formados por miembros del ejército del Reich, por SS y SA, a un rítmo de 3 semanas de campo por grupo (H.O., 162-163).

(א) Heidegger dio conferencias en junio y julio en Heidelberg y Kiel, y en noviembre en Tübingen. En la ciudad del valle del Neckar su conferencia fue seguida por otra del doctor Gross, jefe del Departamento racial del partido nazi, y por el jurista nazi Carl Schmitt. Allí sostuvo que la universidad debe ser integrada a la comunidad del pueblo y estar unida indisolublemente al Estado, a la vez que propugnaba «una lucha dura, animada por el espíritu nacionalsocialista, que no debe ser ahogada por ideas cristianas o humanistas» (8). En Kiel da la misma conferencia pero con variantes. El rector de la universidad de esta ciudad, Lothar Wolf, era un militante activo del nazismo, que le enviaba a H estudiantes para sus cursos de endoctrinamiento que éste daba en Todnauberg (Fa., 154). La conferencia en Tübingen se integraba asimismo en el marco de las actividades llevadas a cabo por organizaciones nazis, en este caso el Kampfbund, creado en 1933 por el ideólogo Alfred Rosenberg. El texto de la conferencia no era accesible sino a través de los periódicos locales que la reseñaron ampliamente, y transcrita de éstos por Farías en 1987. Hoy puede leerse en el tomo 16 de las obras del filósofo alemán publicado en el 2000 (9). Ella concuerda con la versión dada por el investigador chileno.

En esa conferencia H afirma entre otras cosas: “¿Cómo se presenta la universidad en el nuevo Estado? El nuevo estudiante no es ya un burgués que frecuenta la universidad; él pasa por el servicio del trabajo, es miembro de las SA o de las SS y practica deportes en todo terreno. (El estudio se llama ahora servicio del saber.) (…). El nuevo docente (…) escribe folletos sobre el nuevo concepto de la ciencia, habla del estudiante político, de las facultades políticas, da cursos acerca de la ciencia del pueblo (Volkskunde) y el servicio del trabajo. (…) ¿Pero que va a producirse aún? (…). La Revolución nacionalsocialista es y va a llegar a ser la reeducación completa de los hombres, de los estudiantes y de los jóvenes docentes que vendrán mañana. (…) Esta obediencia en el ataque común se halla en el origen de la nueva camaradería (…) que educa ya a los dirigentes que obran más porque soportan más y se sacrifican más. La camaradería lleva a cada uno más allá de sí mismo. Nosotros conocemos a esos jóvenes, la firmeza de los rasgos de su rostro, la brutalidad (Rücksichtslosigkeit) de sus discursos, su carácter de acero. Ese (tipo de) estudiante ya no estudia en el sentido tradicional. Está siempre en marcha. Ese estudiante llega a ser un trabajador» (Fa. 156-159. Las frases entre paréntesis faltan en su versión). (Wie sieht nun die Universität im neuen Staate aus? Der neue Student ist nicht mehr akademischer Bürger, er geht durch den Arbeitsdienst, steht in der SA oder SS, treibt Geländesport. Das Studium heisst jetzt Wissensdienst. (…) Was soll denn noch geschehen? (…) Die nationalsozialistische Revolution ist und wird werden die völlige Umerziehung der Menschen, der Studenten und nachherkommenden jungen Dozentenschaft. (…) Diese Gefolgschaft in der gemeinsamen Angriffsbewegung erwirkt die neue Kameradschaft. (…) Solche Kameradschaft erzieht schon Führer, die mehr tun, weil sie mehr ertragen und mehr opfern. Die Kameradschaft trägt jeden einzelnen über sich hinaus. Wir kennen diese jungen Menschen, die Festigkeit ihrer Gesichtszüge, die Rücksichtslosigkeit ihrer Rede, ihren stählernen Charakter. Dieser Schlag von Studenten studiert nicht mehr im überkommenen Sinne, er ist jederzeit unterwegs. Dieser Student wird zum Arbeiter».) (GA. 16, 766-769).

(א) Heidegger tomará parte activa en la campaña por la reelaboración de los estatutos de la universidad en el Estado federado de Bade. Esa nueva constitución, promulgada el 21 de agosto de 1933, anula la elección de los decanos por representantes de profesores, dándole ese poder exclusivamente al rector-Führer. Éste será elegido a su vez por el Ministerio de la Educación. La universidad perderá entonces toda autonomía ante el poder político (E.F., 124-125).

(א) A excepción de los profesores Sauer, Möllendorf y del geólogo Soergel, la mayoría de los nombramientos hechos por el rector Heidegger está constituido por figuras del partido nazi. Farías cita los nombres con la mención de la circunscripción territorial (Gau) y el número de la credencial del partido: Nikolaus Hilling (Gau Baden, No. 4026344), Edouard Rehn (Gau Baden, No.3126323), Georg Stieler (Gau Baden, No. 2910169), Wihelm Felgenträger (Gau Baden, No. 5438497), Hans Mortensen (Gau Baden, No. 289669), Kurt Bauch (Gau Baden, No. 31096282), Otto Risse (Gau Baden, No. 3109698) y Julius Wilser, militante igualmente del Gau Baden y especialista de los conocimientos geológicos en la guerra (Fa., 99-100). Se debe destacar asimismo a Erik Wolf, nombrado decano de la Facultad de Derecho, (Gau Baden, No. 4715792), estrecho colaborador de H y cuyos escritos hacen la propaganda entusiasta de la doctrina racista y eugénica del nazismo (E.F., 125). Ya volveremos a tropezar con este personaje más adelante. Por último, no es inútil agregar que Heidegger mismo entró al partido el 1 de mayo de 1933; su numero de militante era el Gau Baden 312589. Hasta 1945 no dejó de pagar sus cotizaciones (Fa., 97).

Tesis 6. La afirmación en esta tesis de que H. ejerció el cargo durante 10 meses, forma parte también de la vulgata de los justificadores del filósofo. Ella trata de minimizar, una vez más, la duración del intrincamiento de H. con el nazismo. Pero no corresponde a los hechos y incluso el mismo Heidegger la «contradice», si pudiera decirse. El cómputo de 10 meses se obtiene del 22 de abril de 1933, cuando toma posesión de su cargo, al mes de febrero de 1934 fecha de su renuncia oficial según el mismo Heidegger (10). Sinembargo, en su escrito acomodaticio de 1945, El rectorado 1933-1934. Hechos y reflexiones, él mismo afirma que dejó de ejercer realmente el cargo en abril del 34. «A partir de abril de 1934 viví fuera de la universidad, en el sentido en que ya no me impliqué más en sus ‘asuntos’; sólo intenté cumplir, en la medida de mis fuerzas, con lo estrictamente necesario de mis obligaciones profesorales» (Seit April 1934 lebte ich ausserhalb der Universität insofern, als ich mich um die ‘Vorgänge’ nicht mehr kümmerte, sondern nur das Nötigste der Lehrverpflichtung nach meinen Kräften zu erfüllen versuchte. GA. 16, 389). Víctor Farias, más cercano entonces a la realidad, menciona el 23 de abril de 1934 como la fecha en la que comunica su demisión a sus colaboradores inmediatos (Fa., 209), y Hugo Otto precisa que el 27 de abril fue el día en que el ministerio aceptó su renuncia (H.O., 145).

Por su lado, Emmanuel Faye muestra bien que H. estuvo lejos de alejarse, a partir de esa fecha, de toda actividad partidista y académica. «En realidad (después de su renuncia. F.T.), por solicitud del secretario de Estado Wilhelm Stuckart, alto dignatario del partido, cercano de Hitler y Himmler y primer presidente de la de la Asociación alemana para la higiene racial, él acepta participar en la constitución de una nueva Escuela de profesores del Reich. Se trató incluso de que tomara personalmente la dirección». Es así como en agosto de ese año H “remite al ministerio su proyecto de institución de esa nueva Academia de profesores” (E.F., 204-2059). Por lo demás, el tomo 16 de sus Obras Completas incluye dos conferencias en agosto de 1934, dictadas en la universidad de Friburgo, sobre “La universidad alemana”. En ellas H. explaya ampliamente su confesión nazi sobre el tema. Dos de sus apartados llevan por título: “1. Las fuerzas determinantes en la preparación de la Revolución nacionalsocialista” y “2. La esencia de la Revolución nacionalsocialista en cuanto transformación (Verwandlung) de la realidad alemana”. Una de sus frases iniciales dice: “Nuestro presente alemán está henchido de una gran transformación, que se apodera de la entera existencia histórica de nuestro pueblo. El comienzo de esa transformación la vemos en la revolución nacionalsocialista” (Unsere deutsche Gegenwart aber ist erfüllt von einer grossen Umwälzung, die durch das ganze geschichtliche Daseins unseres Volkes hindurchgreift. Den Beginn dieser Umwälzung sehen wir in der nationalsozialistischen Revolution”) (GA. 16, 285-286).

La segunda parte de la tesis 6, que atribuye la renuncia de H. a su negativa a destituir a ciertos decanos, no es falsa sino encubridora. Por un lado, porque ella tiende a hacer pensar que H defiende contra las autoridades nazis a profesores de espíritu independiente. No obstante, de los dos decanos en cuestión, uno de ellos es Erik Wolf, del cual ya conocemos su grado de participación en la ideología nazi. Sólo el otro, von Möllendorf, era conocido por su espíritu autónomo ante el poder. Fue él quien había sido nombrado rector antes que H., y quien renunció al cabo de 15 días. Si hay alguien en este asunto, a quien se le puede atribuir darse cuenta del error cometido, y de obrar en consecuencia, es precisamente a Möllendorf, y no a H. Por último, esa tesis da la imagen de un rector que se atreve enfrentarse al poder, induciendo así a la ilusión de su independencia ideológica o política ante él. Como esa tesis proviene de la autodefensa misma del filósofo de la Selva Negra, argumentada en los textos ya mencionados, y de la cual hemos visto su falsedad, es pues una astucia inteligente del mismo Heidegger, y que, como vemos, ha logrado imponerse hasta hoy.

Es quizás uno de los méritos del libro de Farías haber establecido una hipótesis coherente, acerca de la defensa de H de su colaborador nazi Erik Wolf. Ella se explicaría por el complejo entramado de las alianzas que situaban a ambos hombres en las filas simpatizantes de una de las tendencias del poder mismo, dirigida por Ernst Röhm, quien se opuso a Hitler por consideraciones internas a la ideología y la política nazi, y que fue asesinado el 30 de junio de 1934, la llamada “Noche de los largos cuchillos”, con los que se hace referencia a las armas empleadas en el asesinato. Pero es una hipótesis, sin embargo, que algunos consideran “luminosa” y otros insuficiente. Alain Renaut escribía, por ejemplo, en 1988: “… su hipótesis principal (por lo demás, me parece, totalmente nueva), a saber que Heidegger adhería a la tendencia ‘SA’, populista, radicalmente ‘revolucionaria’ del partido nazi y que su retiro (relativo) en 1934 corresponde al fracaso, en el seno del partido, de Röhm y sus partidarios, me parece luminosa. Heidegger permaneció siendo miembro del partido y hasta al final de la guerra pagó escrupulosamente sus cotizaciones, pero pertenecía, después de la ‘noche de los largos cuchillos’ al campo de los vencidos” (11).

Por su lado, Emmanuel Faye estima que esa hipótesis no explica una serie de hechos y tiende a pensar que H se hallaba más bien cerca del círculo de Goebbels (E.F., 340-341). Según sus análisis, el comportamiento de H., después de 1934, está lejos de poder ser considerado como el de un vencido. El debate continúa, entonces. Él muestra lo fructífero del libro de Farías.

Tesis 7 y 8. Ambas tesis provienen de Heidegger mismo, de sus textos autojustificatorios. Todo lo dicho hasta ahora muestra bien, por ejemplo, que su actividad y sus escritos durante ese periodo se inscriben en la tentativa de anexar la universidad a la ideología nazi, es decir de llevar a cabo la llamada Gleichschaltung: la unificación de la universidades en una misma política forzada. Pretender que H luchó para conservar la autonomía de la universidad frente al poder hitleriano es rotundamente falso. Las obras publicadas hoy, por su propio hijo, demuestran ampliamente lo contrario. Es preciso recordar asimismo que la Gleichschaltung nazi es también, o esencialmente más bien, como lo anota Emmanuel Faye, “una directriz de orden racial. Se trata ante todo de alejar de la función pública (…) a los “no-arios” para asegurar la homogeneidad racial, (Gleichartigkeit) del cuerpo del Estado, preludio a la discriminación más completa que será realizada en 1935 con las leyes de Nüremberg” (E.F., 116-117).

Es igualmente falso afirmar que H. no era miembro del partido y que desde el primer momento estuvo convencido de no ser la persona indicada para ese puesto. Si eso fue así, ¿por qué se mantuvo en él durante un año? El mismo H menciona en su texto autojustificatorio de 1945 su militancia partidista, para agregar enseguida que se trataba de «una simple formalidad» (nur eine Formsache) (GA. 16, 384). Heidegger calla así, en ese contexto, que hasta ese año él continuó pagando sus cotizaciones al partido. ¿Hipocresía, falsedad o astucia política?: que el lector escoja.

Tampoco la afirmación de que H. acepta el cargo rectoral presionado por su colegas, para impedir el acceso al mismo a un funcionario del partido, no tiene el menor fundamento. El historiador Hugo Otto dedica en sus Elementos para una biografía todo un capítulo entero a demostrar lo contrario. Remito al lector a su explicaciones. No cito aquí sino un solo párrafo, diciente al extremo:

En los primeros días de abril, el nuevo responsable nazi de las universidades en el Ministerio del Interior de Karlsruhe, el consejero ministerial Eugen Fehrle, más tarde profesor de etnología en la universidad de Heidelberg, vino de visita a Friburgo. Él no habló solamente con los representantes de la universidad, a saber, con el rector Joseph Sauer y el futuro rector elegido Wilhel von Möllendorf, sino que discutió con un pequeño círculo de profesores nazis, a quienes trazó la línea de acción política del partido. El relato de uno de esos profesores, fechado el 9 de abril de 1933, hace alusión a esas negociaciones en el párrafo siguiente: «En la aplicación del primer punto discutido durante nuestra reciente reunión, relativo a la asociación de profesores nacionalsocialistas de la enseñanza superior, hemos constatado que el profesor Heidegger ya había emprendido conversaciones con el Ministerio prusiano de la Enseñanza. Dado que él tiene nuestra entera confianza, pedimos considerarlo, por el momento, como nuestro hombre de confianza en la universidad de Friburgo. El colega Heidegger no es miembro del partido y considera que no sería conveniente serlo por el momento, a fin de conservar las manos libres ante los otros colegas cuya situación no está aún elucidada o es hostil. Él está dispuesto, sin embargo, a solicitar su adhesión cuando lo juzgue útil por otras razones. Ante todo, le estaría muy agradecido, si le fuera posible, de que tome contacto directo con el colega Heidegger, quien está perfectamente al tanto de los puntos que nos interesan. Él estará próximamente a su disposición, a excepción del 25, día en que debe tener lugar una reunión en Franckfurt, a la cual sería bien que él participara desde ya como portavoz de nuestra universidad» (H.O., 150-151; citado a partir de documentos del Archivo central de la ciudad de Stuttgart).

Ese texto hace superfluo cualquier comentario. Más explícito imposible. Él barre de una vez por todas el otro argumento autojustificatorio del filósofo, repetido por Danilo Cruz-Vélez en la tesis 8, a saber, que él no tenía ninguna relación con las instancias gubernamentales y políticas nazis.

Tesis 9. Esta tesis parecería valorar el silencio de H, ya que él antecede a las habladurías. Es un silencio digno, en cierta forma, porque él deja obrar la «malignidad» propia a la habladuría. También, porque se justifica romper el silencio para defenderse de ésta. Lo que no se menciona allí, es la complicidad implícita a ese silencio: complicidad ante los horrores del nazismo. El silencio de H no es sólo ante su pasado, sino también, y sobre todo podría decirse, ante el terror, el totalitarismo y el genocidio nazis. Es por eso que es un silencio insoportable, como muchos comentadores lo han afirmado con razón. De un mismo golpe, la entrevista justificatoria y acomodaticia a Der Spiegel es así «bendecida»: ella se comprende: Pobre Heidegger, objeto de habladurías, de «interpretaciones torcidas, falsedades y calumnias», como está escrito en MRF, 234. Qué valor tuvo al callarse ante todo eso, y menos mal que supo defenderse cuando había que hacerlo: este es el discurso implícito a dicha tesis.

Tesis 10. Aquí también el justificacionismo alcanza límites extremos, al afirmar que la entrevista a Der Spiegel y El rectorado 1933-1934, esas dos piezas maestras de la diplomacia manipulatoria, «parecen encerrar una retractatio plena de sus equivocaciones, acciones y omisiones censurables» de ese periodo. Y el «parece» poco le quita a la excusa y la justificación. ¿Cómo poder llamar retractación plena, es decir, arrepentimiento y rectificación de sí mismo, a lo que no es sino una maniobra justificatoria de lo hecho y un silencio absoluto ante lo insoportable del nazismo? Porque hay que ser claros: Heidegger sólo habla de sí mismo en esos textos citados. Y si en ellos no se halla la más mínima muestra de arrepentimiento ante lo hecho, mucho menos la hay ante la complicidad que su comportamiento implica ante el terror genocidiario nazi. En ellos no se encuentra la más mínima condena ni distancia ante el horror nazi, sólo el silencio.

Ahora bien, veamos lo que significa en ese caso «silencio». Pues como se dice popularmente, «hay silencios de silencios». Hay por un lado el silencio lleno de afirmaciones implícitas, como la famosa frase de una de las Conferencias de Bremen, en 1949, en la que afirma: «la agricultura es ahora una industria alimenticia motorizada, en cuanto a su esencia, la misma cosa que la fabricación de cadáveres en las cámaras de gas y los campos de exterminio, la misma cosa que el bloqueo y la reducción de los países al hambre, la misma cosa que la fabricación de bombas de hidrógeno», y que hace decir a Víctor Farías que no hubo nunca silencio sino aceptación (12).

Pero hay asimismo ciertos pronunciamientos en voz baja, ante algunos amigos o allegados, y que se contraponen al silencio público evidente y pesado. Algunas de ésos, abiertos y cínicos, como el de 1948 en una carta a Marcuse, en la que dice: «Usted tiene entera razón de que falta de mi parte una confesión pública en contra comprensible a todos; me hubiera librado a mí y a mi familia a un cuchillo. Jaspers dice a eso: que nosotros vivamos, esa es nuestra culpa». (Sie haben völlig recht, dass ein öffentliches, allen verständliches Gegenbekenntnis von mir fehlt, es hätte mich ans Messer geliefert und die Familie mit. Jaspers sagt dazu: Dass wir Leben, ist unsere Schuld) (GA. 16, 431).

Al que se agrega inmediatamente un juicio ideológico dudoso, por lo encubridor: «En cuanto a los duros reproches justificados que Ud. expresa ‘sobre un régimen que asesinó a millones de judíos, que impuso el terror como situación normal y que todo lo que está unido en realidad con el concepto de espíritu y libertad y verdad lo convirtió en su contrario’, a eso sólo puedo agregar que en lugar de ‘judíos» debe figurar ‘alemanes del este’ y así es exactamente válido para uno de los Aliados, con la diferencia de que todo lo que ocurre desde 1945 es conocido por todo el mundo, mientras que el terror sangriento de los nazis fue mantenido oculto en realidad al pueblo alemán» (Zu den schweren berechtigten Vorwürfen, die Sie ausprechen «über ein Regime, das Millionen von Juden umgebracht hat, das den Terror zum Normalzustand gemacht hat und alles, was je wirklich mit dem Begriff Geist und Freiheit und Wahrheit verbunden war, in sein Gegenteil verkehrt hat», kann ich nur hinzufügen, dass statt «Juden» «Ostdeutsche» zu stehen hat und dann genau so gilt für einen der Alliierten, mi dem Unterschied, dass alles, was seit 1945 geschieht, der Weltöffentlichkeit bekannt ist, während der blutige Terror der Nazis vor dem deutschen Volk tatsächlich geheimgehalten worden ist) (GA. 16, 431).

Allí Heidegger no sólo minimiza el genocidio judío al condenar prioritariamente el terror comunista, sino que da a entender que los alemanes (¿es decir, él mismo?), no estaban enterados de lo que los nazis hacían. No soy de aquellos que piensan que no se puede comparar entre sí el Terror nazi y el Terror comunista. Todo lo contrario. Pero una cosa es comparar, considerando sus equivalencias, similitudes y diferencias, y otra es desvalorizar a uno de ellos bajo la condena preferencial del otro. Es lo que hace Heidegger en esa carta.

Así él prefigura, muchos años antes, ciertas tesis sostenidas por Ernst Nolte respecto de la disculpa relativa del nazismo, bajo la responsabilización prioritaria del totalitarismo comunista, y que originaron en 1987 el llamado «Historikerstreit» en Alemania. Por eso resulta interesante constatar que en el libro que este historiador le dedica al filósofo, él no se alinea sin más detrás de la argumentación heideggeriana. Por el contrario, Nolte sopesa los razonamientos de ambos corresponsales, en ese intercambio epistolar, atribuyéndole veracidad a los dos; su balanza no se inclina de un solo lado, a pesar de la justificación parcial de ciertos juicios de Heidegger, como ya lo hemos visto anteriormente. Agrego que, a pesar de la pesantez confusa de su discurso, Nolte propone una explicación no desdeñable de la posición del filósofo de la Selva negra: su incapacidad o rechazo a asumir su culpabilidad ante el nazismo se explicaría por la adopción de una visión identificatoria entre comunismo, nazismo y democracia occidental: «Es un reconocimiento al mismo tiempo banal y correcto afirmar que la culpa no puede existir sin la consciencia de haber cometido un error y sin voluntad para ello. Se puede admitir que Heidegger poseía bastante sensibilidad como para asimilar las diferencias históricas entre ‘comunismo, fascismo y democracia mundial’, si bien él los reunía bajo la noción filosófica de ‘lo mismo’ (das Selbe). Fue pues por esa razón trivial que rechazó ‘la confesión de culpa’ (Schuldgeständnis) que muchos esperaban de él. Es verdad que él se confesó a sí mismo haber dado pruebas de ‘debilidad’ en ese entonces, durante la entrevista concedida a Der Spiegel. Pero que él hubiera sido ‘culpable’ en 1933, y sobre todo después de 1945, culpable en el sentido de Marcuse y de Steiner, y también en el sentido del poema Todtnauberg de Paul Celan, eso no tenía necesidad de decírselo a sí mismo, una vez pasado el límite detrás del cual quedan para todo hombre solamente ‘los últimos años de la vida y de la muerte’” (13).

Entre esos juicios en privado se destaca asimismo la correspondencia con Karl Jaspers. Es en ella en la que se pueden hallar por la primera vez ciertos asomos de arrepentimiento de la parte de Heigegger, como cuando llega a mencionar la palabra “vergüenza” para referirse a su comportamiento, o califica de “malsano” al nazismo (14). Es también a este filósofo al que le había hecho 17 años antes una extraña apología de Hitler: «En mayo (de 1933 F.T.) estuvo una vez más rapidamente donde nosotros (…) Le dije (…) -¿Cómo puede gobernar a Alemania un hombre inculto como Hitler? -La educación es algo totalmente indiferente (ist ganz gleichgültig)-, me respondió. -¡Vea usted sus manos maravillosas!» (15).

***

Para finalizar, recuerdo al lector que todos estas apreciaciones de Danilo Cruz-Vélez se enmarcan en un análisis del mito platónico del rey filósofo, en las que, después de un recorrido por la filosofía de Platón, por supuesto, pero asimismo de Marx, concluye en la parte consagrada a Heidegger, en el juicio que ya conocemos (cf. la respuesta a su Tesis 4), a saber: «… la aventura política de Heidegger se puede ver en dos direcciones. En la primera, puede ser considerada como una nueva caída de la filosofía en la trampa que le armó Platón. En la otra dirección, en cambio, puede ser considerada como una destrucción de dicho ideal y del mito del rey filósofo, esto es, como una destrucción de la trampa.» (MRF, 256-257). Para sostener esa apreciación, el filósofo manizalita recurre a uno de los discursos enflamados de H de apoyo al hitlerismo, que dice: «Que las normas que han de regir vuestro ser no sean los principios ni las ‘ideas’. El Führer mismo, y sólo él, es hoy y en el futuro la realidad alemana y su ley». Así H retrocedería a un estado anterior al propuesto por Platón, basado en el «intento de fundamentar el estado (sic) en la justicia y en una ley justa, en lugar de fundamentarlo en la voluntad caprichosa de un tirano, que es el aspecto que Platón combate en La república.» (Conversaciones, 140). En eso consistiría la destrucción de la trampa.

Danilo Cruz-Vélez propone así un discurso ambivalente, a la medida de su propia ambivalencia ante la «aventura» nazi de su filósofo de cabecera. Por un lado, y de manera muy rápida, reconoce que H. cayó en la trampa, para afirmar enseguida que la destruye. De ahí esa conclusión en las últimas frases del libro. «Lo paradójico es que Heidegger, empujado precisamente por ese ideal, haya salido, de sus soledades de pensador, uniéndose al carro del poder, no para afirmar los derechos de la filosofía en la conducción de la polis, sino para negárselos de raíz.» (MRF 259).

Lo paradójico es que Danilo Cruz-Vélez vea paradojas en el comportamiento de H., afirmando a la vez algo falso. Pues ¿cómo poder cerrar los ojos ante el hecho que el Heidegger nazi estuvo lejos de negar los «derechos de la filosofía», de su filosofía, en la conducción de la polis? ¿No cita él mismo los discursos en los que el filósofo alemán se compromete hasta el fondo en el apoyo a Hitler? ¿Será que apoyar a un dictador por parte de un filósofo no forma parte de su ilusión filosófica, es decir, de su filosofía? Como lo precisa con toda justeza Alain Renaut: «si el problema del compromiso político de un pensador no pudiera ser resuelto de manera integral en el terreno de su filosofía, sería pues rendirle un homenaje muy ambiguo a esta última, excusándola a priori de toda responsabilidad en alternativas tan esenciales y agudas como las que nos ocupan aquí» (16). El filósofo Heidegger no sólo dimitió su persona ante Hitler, sino también su filosofía, ofreciéndosela en bandeja. Es aquí donde vuelve a verse la absurdidad de querer separar filosofía y política: ello conduce a separar a Heidegger de Heidegger. Esa es la paradoja de Danilo Cruz-Vélez: prácticamente una absurdidad.

Notas y referencias

(1) Danilo Cruz-Vélez, El mito del rey filósofo, Planeta, Bogotá, 1989, pp. 229-230.

(2) Rubén Sierra-Mejía, La época de la crisis. Conversaciones con Danilo Cruz-Vélez, Editorial Universidad del Valle, Santiago de Cali, 1996

(3) Jean Beaufret, Entretien avec F. de Towarnicki, PUF, París, 1984, citado por Luc Ferry y Alain Renaut, Heidegger et les modernes, Grasset, París, 1988, p. 75.

(4) Jacques Derrida, «Heidegger, l’enfer des philosophes», en Le Nouvel Observateur, 6 al 12 de noviembre de 1987, París. Víctor Farías respondió a dichos enjuiciamientos en una entrevista concedida a la revista parisina Politis, abril de 1988, con el título: «Messieurs, le diner est servi!».

(5) Jean-Pierre Cotten, «Pourquoi aujourd’hui?», en Politis, abril de 1988, París, p. 59.

(6) Cf. Hugo Otto, Martin Heidegger. Eléments pour une biographie, Payot, París, 1990, p. 199. En adelante citaré H.O. más la indicación de la página.

(7) Cf. Emmanuel Faye, Heidegger, l’introduction du nazisme dans la philosophie. Autour des séminaires inédits de 1933-1934, Le livre de poche, Albin Michel, París, 2005, p. 154. En adelante: E.F.

(8) Víctor Farías, Heidegger et le nazisme, Verdier, París, 1987, pp. 151-152. En adelante: Fa.

(9) Martin Heidegger, Gesamtausgabe, I Abteilung: Veröffentlichte Schriften 1910-1976, Band 16, Reden un andere Zeugnisse eines Lebensweges, Vittorio Klostermann, Frankfurt am Main, 2000, edición a cargo de Hermann Heidegger, pp. 756-773. En adelante GA.16.

(10) En El rectorado 1933-1934, Heidegger periodiza en dos ocasiones: «comienzos» (Frühjahr) de 1934 y «hacia fines del semestre de invierno» (im Spätwinter gegen Ende des Semesters) 33/34, la fecha de su renuncia. Cf. GA. 16, 384 y 388.

(11) Cf. Alain Renaut, “La ‘déviation heideggerienne’?”, en Le débat, No. 48, enero-febrero de 1988, París, p. 173.

(12) Cf. Víctor Farías, “Messieurs, le diner est servi!, entrevista ya citada, p. 59. El original en alemán de esa cita dice: “Ackerbau ist jetzt motorisierte Ernährungsindustrie, im Wesen das Selbe wie die Fabrikation von Leichen in Gaskammern und Vernichtungslagern, das Selbe wie die Blockade und Aushungerung von Ländern, das Selbe wie die Fabrikation von Wasserstoffbomben”. Cf. Martin Heidegger, Gesamtausgabe, III Abteilung: Unveröffentliche Abhandlungen – Vorträge – Gedachtes, Band 79, Bremer und Freiburger Vorträge, Klostermann, Frankfurt, 1994, p. 27. El historiador alemán Ernst Nolte, del que hablaré más adelante, justifica esta apreciación de H al considerarla inscrita en una “necesidad filosófica interna” al texto en el que se halla. Nolte considera que para Heidegger existe una diferencia entre “lo mismo” (das Selbe) y “lo mismo sin ser idéntico” (das Gleiche), preguntándose al mismo tiempo si esta diferencia particular se encuentra de hecho en su filosofía y poniendo incluso en duda esa posibilidad: lo que resulta casi contradictorio con su primera afirmación. Cf. Ernst Nolte, Martin Heidegger. Politik und Geschichte im Leben und Denken, Propyläen, Frankfurt, 1992, pp. 264-265. Agradezco a Elviera Bobach la ayuda prestada en el desciframiento y traducción de las tesis de este autor.

(13) Cf. Ernst Nolte, Op. cit. pp. 267-268.

(14) Cf. Martin Heidegger/Karl Jaspers, Briefwechsel 1920-1963. Klostermann/Piper, Frankfurt, München, 1990, en particular las cartas fechadas el 7 de marzo y el 8 de abril de 1950.

(15) Cf. Karl Jaspers, Philosophische Autobiographie, Piper Verlag, München, 1977, p. 101. Cf también del mismo autor sus Notizen zu Martin Heidegger, Piper Verlag, München, Zürich, 1978, p. 168.

(16) Alain Renaut, art. cit., p. 174.

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Edición No. 143