Cuatro cuentos: Barcos de papel; Un regalo maravilloso; Pasión por los insectos; Goles
Barcos de papel
Tu papá odiaba verte sufrir, que te levantaras en la mitad de la noche con el dolor atorado en la garganta. Tus gritos desgarradores lo hicieron abandonar Bogotá y mudarse a Brooklyn.
Él fue el primero en viajar. Abrió una oficina de importaciones en Manhattan, consiguió una casa en el barrio libanés, el colegio de sus hijos y el hospital indicado. Iba en busca de un nuevo tratamiento contra la poliomielitis, se lo habían aplicado a Franklin D. Roosevelt.
Olga, tu mamá, viajó después con Omar, Nemesio y contigo, en ese barco que zarpó de Cartagena y llegó a Nueva York. Todo era novedoso y grande: la estatua de la libertad, el puerto, las autopistas, los carros, los puentes, los rascacielos, las locomotoras, las comidas… El viaje en barco te abrió esa sensación de aventura, de viaje.
En el Lutheran Medical Center, estuviste confinado a la cama. Víctima de unos yesos incómodos que cubrían tu cuerpo desde el cuello hasta los pies, aguantaste el tratamiento durante años. Eras un prisionero de tu cuerpo. Tu limitación de movimiento te llevó a imaginar el mundo, a escucharlo de boca de tu padre, las institutrices y tus hermanos, que iban a hacerte visita con tu madre. Te llevaron: De la tierra a la luna, El capitán de quince años, Vuelta al mundo en ochenta días, Viaje al centro de la tierra, Robinson Crusoe, Lord Jim, La isla de los piratas y otros libros con los que rompías tus cadenas y navegabas por el mundo mientras que los otros niños no salían de sus barrios.
Desde tu cuarto frente a The Narrows, escuchabas las sirenas de los barcos, los veías pasar llenos de pasajeros, carga o cañones de guerra. Te producía fascinación imaginar a los marineros como personajes de Verne, Conrad, Defoe y Melville.
Un regalo maravilloso
Tu papá llegó al hospital con una caja envuelta en un papel de regalo. Exhibía pequeños dibujitos de aviones DC-3. Un moño rojo, perfectamente anudado y una tarjeta, aceleraron tu respiración.
Lo abriste con avidez rasgando el papel. Creíste saber qué era. Lo habías soñado muchas veces. Un dibujo y el olor del cartón te lo confirmaron. Quitaste la tapa y miraste con fascinación: una locomotora de vapor brillaba dentro de la caja. La sacaste para quedar maravillado por su tamaño y la perfección de sus detalles.
Nemesio y Omar armaron los rieles al lado de la cama, encarrilaron el tren, conectaron el transformador y te lo pasaron. Accionaste la perilla de forma lenta y gradual. La locomotora movió sus bielas y se puso en marcha. Ver el tren en movimiento hizo que olvidaras tu encierro, te prometió viajes futuros.
Terminada la hora de visitas, tu familia se fue. Era una fría tarde de otoño. Los árboles habían perdido sus hojas y el viento aullaba contra las ventanas. Otras veces habías detestado los domingos, querías estar afuera comiendo una hamburguesa y llevando un cono de helado a tu boca. El movimiento del tren te motivaba, te hacía luchar por la vida que vendría después del tratamiento.
Todos los días, a las seis y treinta de la mañana, escuchabas el pito de una locomotora. Te llegaba como un bufido del otro lado del Upper Bay, y se te abrían los ojos. Los dirigías al piso y ahí estaba tu tren. Una vez sonó en medio de tu clase de geografía y Miss Bercovitz te contó la historia del tren en el que los nazis habían embarcado a sus tres hijos hacia Auschwitz. Miss Dalton, en su clase de inglés, te contó cómo sus cuatro hijos habían salido de Memphis en trenes del ejército que reclutaban a jóvenes dispuestos a ir a defender a su país en Europa. Dijo que jamás los había vuelto a ver; a ninguno de ellos. Miss Robinson, en su clase de historia, te contó que el oeste de los Estados Unidos se había desarrollado gracias a los trenes, que Europa estaba conectada por carrileras, y que el tren era un símbolo del modernismo. Cuando lo escuchaste en la clase de ciencias que te daba Miss O´Donnell, ella te explicó el mecanismo de la máquina de vapor y cómo las locomotoras habían evolucionado de forma que funcionaban con diesel, las modernas con ACPM, y en Europa imperaban las locomotoras eléctricas.
Omar y Nemesio jugaban con el tren cuando iban los domingos. Tu papá te alentaba y tu mamá te llevaba perros calientes, hamburguesas y pizzas que comías con voracidad. Cuando saliste del hospital ibas a las estaciones a ver los trenes llegar desde destinos lejanos. Te montabas en la bicicleta y pedaleabas hasta lugares en los que veías a las locomotoras pasar impulsadas, y a los cientos de vagones desordenar el aire a su paso.
Poco después tu padre murió de forma intempestiva y tu mamá se devolvió con ustedes a Colombia. Los años pasaron. Te graduaste de abogado, te ganaste una beca y volviste a Nueva York donde estudiaste una maestría y conociste a mamá. Te la trajiste a Colombia. Tuvieron a Carolina, luego a mí, por último vino Daniel. A los tres nos comprabas trenes eléctricos de juguete: unos modelos HO que traías de algunos viajes al exterior en los que negociabas contratos que desarrollaban las industrias de Colombia. Armábamos los trenes juntos, y al único al que le brillaban los ojos como lo hicieron los tuyos aquel día en que tu padre te llevó el Lionel, era a mí.
Pasión por los insectos
Era una tarde de esas en las que se te pega la ropa al cuerpo y dan ganas de lanzarse a la piscina. El olor de los chinches se propagaba por la terraza llena de flores y árboles frutales. Una fila de hormigas la atravesaba de una punta a otra cargando pedazos de hojas sobre sus lomos.
Habíamos subido a ver el atardecer, con sus visos azules y naranjas. Un aguilucho de alas en punta se posó en un cable de alta tensión, descansó por un momento y volvió a levantar el vuelo. Neiva era así. La naturaleza coexistía con el hombre.
Tú la viste sobre un árbol de naranjos, con su cuerpo de insecto asesino, el tronco largo, la cabeza en triangulo, los ojos grandes que nos miraban de forma fija y las manos ganchudas en actitud de rezo.
—Este es el insecto más interesante del mundo —me dijiste.
Nos quedamos un buen tiempo analizando su cuerpo, siguiendo cada uno de sus pasos ciertos y su actitud de reina de los insectos.
—Embosca a sus víctimas —dijiste —, tiene un hambre insaciable, y es capaz de matar a presas tres veces más grandes que ella, pájaros, ratones, ranas, lagartijas y tortugas de caparazón blando. Su tonalidad verde la camuflaba entre las hojas: eso le permite acercarse de forma imperceptible a su presa, y ataca como un rayo. En sus brazos tiene hileras de púas afiladas con las que sujeta a sus víctimas.
Vimos sus mandíbulas poderosas con las que —eso fue lo que más llamó mi atención a esa edad de siete años—, la hembra devora al macho durante la cópula.
Hubo noches en las que soñé con ella. Me abrazaba de forma salvaje, nuestros vientres se rozaban, acercaba su boca a la mía y me besaba. Entonces entendía que me estaba devorando.
De vuelta a Bogotá, unos escarabajos extraños empezaron a estrellarse contra el panorámico de nuestro Renault 4. Paramos en Fusa y salimos a atrapar uno para nuestra colección de insectos. Su cuerpo gigante era más largo que mi mano. Un cuerno grueso salía de su cabeza y dibujaba una parábola. Portaba otro más delgado que provenía del vientre.
El resto del camino me entretuve analizando su cuerpo amarillento con manchas negras y patas filamentosas que se adherían a mi piel y me generaban cosquillas. Al llegar lo investigamos en la enciclopedia y me dijiste que su nombre científico era: Dynastes Hercules; su nombre vulgar: Escarabajo Hércules. También me dijiste que era un coleóptero escarabeido (uno de los escarabajos rinoceronte), y que usaban sus cuernos como armas en sus combates por las hembras. Esa noche me vi luchando contra otro escarabajo para ver quién se quedaba con la mantis.
Le hicimos una cajita de icopor, pinchamos al cucarrón con un alfiler y le pegamos un papelito con letras de máquina de escribir que decía: Escarabajo Hércules. Al viernes siguiente me compraste un insectario en el que venía una gran tarántula peluda. Una semana después llegaste con los escorpiones. Luego con las mariposas. Había una de color azul que destellaba.
La colección empezó a crecer, llegaste con libélulas rojas y escarabajos verdes de mandíbulas feroces. El más grande de todos era de unos trece centímetros. Tenía el cuerpo alargado y unas antenas arqueadas. Dijiste que era un: Titanus giganteus, que habitaba la Amazonía, y que los adultos lanzaban un silbido de advertencia bajo amenaza. Así, las paredes de mi cuarto se llenaron todas de insectos.
Goles
Te enfermaste de polio. Tu pierna derecha se volvió más delgada que tu propio antebrazo y dejó de crecer. Veías a los otros niños patear el balón, saltar con fuerza, cabecear y meter gol.
Tú no podías correr. Jugabas de arquero, te lanzabas al piso y tapabas las bolas que venían al palo izquierdo. Las que venían al otro palo eran más difíciles. Si caías mal te podías quebrar el hueso; debían salir corriendo al hospital.
Te retiraste de las canchas cuando todos los niños en el mundo tenían un balón para jugar en los recreos.
Cuando nací, volviste a ser el niño que veía a otros correr tras el balón. Esta vez tenías las dos piernas buenas, podías saltar con fuerza, cabecear y meter goles.
Me entrenaste, fortaleciste mis músculos y me hiciste perfeccionar mi técnica. Te brillaban los ojos cuando yo metía un gol. Te miraba y levantaba mi puño cerrado.
Sabías que ese gol también lo metías tú…