Cuentos inéditos
El encuentro con la realidad
Entonces, como en un sueño, el hombre se perdió en las calles. Caminaba y caminaba sin sentido. Era de noche, y reinaba una absoluta soledad. Las ventanas de las casas y edificios estaban apagadas. No recordaba dónde vivía. Miraba atentamente las puertas y ventanas, y a veces se detenía, creyendo notar algo familiar, o esperando que se abrieran, y que tal vez alguien lo invitara a entrar. Pero las puertas estaban aseguradas -había tratado de abrir a empujones una que otra-, y nadie se asomaba por las ventanas. Gritaba, y no se encendía ninguna luz. Era como si todo el mundo hubiera abandonado la ciudad, y él fuera su único habitante, sin casa, sin abrigo. Y todavía era de noche, el tiempo parecía no pasar, llevaba horas caminando y no amanecía. Un pequeño paso para el hombre es la vida, pensó, pero él había dado tantos. Y seguía dándolos, pasos sin rumbo, pasos de un hombre ebrio de soledad. Pero se estaba volviendo literario, lo que ayudaba un poco, pero no mucho, porque tenía hambre y estaba cansado, perdido, como si estuviera encerrado sinembargo. Quería salir de la ciudad, llegar a campo abierto, y no podía. Las calles se entrecruzaban, al parecer sin fin. Sólo había calles, y más calles. Estaba condenado a la ciudad. Sin duda era un sueño, ahora tenía la certeza, pero era demasiado real, nada absurdo como todos los sueños. Palpaba las paredes, las puertas, se secaba el sudor con el pañuelo empapado.
Dominado por el cansancio, se detuvo entonces en la mitad de una calle de casas con amplios jardines. Algunas no se podían ver, escondidas por altas tapias. La puerta metálica de una de ellas, negra, enorme, estaba algo entornada. Entró en el jardín, y luego -sin duda con un valor fruto de la desesperación y la fatiga- en la casa, pasando al lado, casi encima de un perro lastimoso, en los huesos y al parecer muerto de hambre, que lo miró con un sólo ojo y bostezó, lánguido y perezoso. No se oía ningún ruido adentro. Nada. La casa estaba deshabitada, claro, pensó, como el resto de la ciudad.
Respiró profundo, se sintió a sus anchas. Prendió la luz, se acomodó en un sillón, y encendió el televisor. No había nada en la pantalla -ruido y estática solamente-, y nada en la nevera. Volvió a la sala, esperando que sucediera algo. Nada. Silencio, sólo oía su propia respiración. Pero un gato apareció, sinuoso, misterioso.
Y de pronto estaba en la selva.
La pantera que amenazaba a la aldea desde hacía muchos días había devorado a otro hombre, un blanco esta vez, dijeron los aldeanos, aliviados.
Noticia del futuro
Los animales de la ciudad se transformaron, es decir los insectos y los roedores, porque aquello no le sucedió a los gatos, perros, caballos, burros, mulas, llamas, cerdos, ovejas, cabras, vacas, ni a las palomas, mirlas, picaflores, pericos, loros y guacamayas, sino sólo a los mosquitos y a las moscas, a las cucarachas y las arañas, a las pulgas y los piojos, a las ladillas y los chinches, y a los ratones, los hamsters, y las ratas. Estas últimas y los ratones fueron los primeros en aumentar de tamaño. A los ratones se les hizo cada vez más difícil deslizarse en las alcobas para espantar a las señoras. Las ratas no podían meterse en las covachas de los pobres para comerse a los bebés; tenían que tumbarlas; no cabían en sus cuevas, ni en los cimientos de las casas o las alcantarillas.
Las cucarachas comenzaron a tener problemas para esconderse. Las mariposas negras no cabían por las ventanas. Los piojos y las ladillas se convirtieron en blanco fácil de pistolas y otras armas de corto alcance. Las pulgas engordaron tanto que ya no podían saltar, ni cabían por ninguna parte. Los perros y los gatos se libraron de las pulgas, pero tuvieron que cuidarse de no ser aplastados por ellas, o por las incontables ratas y ratones que se habían apoderado de las masas y pasaban en masa emitiendo chillidos que parecían sirenas de pequeñas ambulancias. El polvo de las alas de las polillas asfixiaba a los niños y causó una epidemia de asma. A las ratas había que matarlas con lanzagranadas o incinerarlas con napalm. Las moscas, sinembargo, se convirtieron en blanco difícil para las ametralladoras porque las mariposas negras y las polillas oscurecían el cielo. Los cañones antiáreos y los misiles apenas abrían boquetes que dejaban filtrar el sol unos segundos, y caían en sitios imprevistos, causando incontables daños y cegando centenares de vidas de inocentes y asustados civiles. Las ratas y los runchos se comieron a todos los mamíferos que pudieron, incluidos los humanos pacifistas, ecólogos y furiosos defensores de animales, que identificaban fácilmente, aunque nunca se supo cómo; después emigraron a los basurales de las afueras y asolaron el campo. La gente estaba relativamente segura en sus casas, dependiendo de sus armas y del ingenio para apertrecharse y convertir sus residencias en fortalezas inexpugnables, pero tenían que vivir pendientes de que las pulgas o los piojos sedientos de sangre no tumbaran las puertas o las rejas de hierro de las ventanas. Los disparos y las explosiones sonaban a cada momento y aumentaban el estruendo del constante batir de alas. Algunos hombres, desaparecidos ya todos los pacifistas y los ecólogos -también las vegetarianos-, pronto se dieron por vencidos y fueron devorados. Otros, los que tenían más medios de defensa y los más tenaces, sobrevivieron. Las pestes pronto se cansaron de asediar los búnqueres de los pocos habitantes de las ciudades que quedaban, hechos inútiles manojos de nervios. En el campo había presas fáciles, vacas y cerdos y otros animales incapaces de defenderse, y ni siquiera nerviosos. Y cuando ya no quedaba nada, o poco, con vida, las pulgas se lanzaron sobre las ratas y las cucarachas, incontables, atacaron a los piojos; todos se fueron contra todos y se mataron entre sí, pero sólo las cucarachas sobrevivieron. Sinembargo, pronto resultaron también sobrevivientes entre los animales domésticos, un caballo aquí, una burra allá, una pareja de chigüiros, una llama, perros con las orejas mordidas, y gatos cabizbajos.
El hombre entre las ruinas
Caminaba entre las ruinas, trozos de columnas, bustos descabezados, fragmentos de bajorrelieves, incomprensibles jeroglíficos. Los árboles, aquí y allá, eran extrañamente geométricos, parecían dibujados. El cielo era del color de la piedra de los muros derruidos. Por lo visto no había allí antagonismo entre el hombre y la naturaleza. La naturaleza parecía también en ruinas; las ruinas, ser parte de la naturaleza. Los capiteles corintios eran más reales que las plantas, del mismo color pero algo más pálidos. El sol se había escondido, no supo si amanecía, o si el día agonizaba. La luz, le dio la impresión, era sólida, pero él podía avanzar en ella. Tuvo la sensación de que lo tocaba, una suave, cálida caricia.
Sinembargo, le inquietaron los extraños signos esculpidos en las piedras, las columnas de templos erigidos a dioses desconocidos y oscuros. Y entonces se produjo una creciente frialdad: la caricia de la luz se convirtió en un soplo gélido, que lo azotaba.
De pronto reinó la oscuridad, y fue uno con las ruinas, una ruina más. Y no pudo moverse, no pudo más sentirse.
Los pedantes y los sentimentales
Los demonios, sus amigos, le contaron a Swedenborg que había un infierno para los sentimentales y los pedantes. Los abandonaban en un interminable palacio, más vacío que lleno y sin ventanas. Los condenados los recorrían como buscando algo, y se lamentaban de que su mayor tormento era el ser privados de la visión de Dios, y de que el dolor moral era más vivo que el físico. Y entonces los demonios los echaban en un mar de fuego, de donde nadie, ni los mismos demonios, podían sacarlos y donde sólo existía el dolor físico. Esto lo cuenta el falso Swedenborg, en un libro llamado Ensueños, y la anécdota, bajo el título “El mayor tormento”, la incluye Borges en la prodigiosa antología que hizo con Bioy Casares, Cuentos breves y extraordinarios.
Sinembargo, cabe anotar que eso fue pensado en el diecinueve, siglo del farsante que se creyó reencarnación del místico sueco, pero tuvo lugar -si lo tuvo- en el siglo dieciocho. Los demonios de ahora, en todo caso, se sabe, son más sutiles y más sofisticados. Prefieren dejarlos eternamente en el palacio. Allí los pedantes y los sentimentales van de un lado a otro, buscando una ventana, tan sólo una ventana.
Los pedantes discuten. Creen unos encontrar huellas de Vitruvio, un Vitruvio ciego por supuesto, en la construcción del original y oscurísimo edificio. Otros aluden a Palladio o a Sir Christopher Wren, los modernistas a Frank Lloyd Wright y los postmodernos a Frank Gehry. Se agreden entre sí en defensa de sus teorías, y todos atacan a los sentimentales, que viven sepultados en un mar de lágrimas, porque saben que nunca podrán participar de la visión de Dios, pues temen que los demonios los echen al mar de fuego, y porque no pueden ir a ningún rincón del palacio sin encontrarse con un agresivo pedante. Y éstos sufren porque cada cual sostiene que ya ha participado en la visión de Dios, porque no pueden imponer sus ideas sobre la construcción y edad del palacio o los efectos de la oscuridad en la psicología de los hombres, y porque no pueden ir a ningún rincón del palacio sin encontrarse con un estúpido sentimental.
Los demonios -es natural, dado su carácter perverso-, viven eternamente divertidos por el lamentable espectáculo. Y de aburrirse, les queda la opción de lanzarlos a todos a un océano de abrasadoras y monótonas llamas.