Cunde la barbarie, y la paz en ilusión
Desde tiempos inmemoriales la confrontación violenta entre seres humanos es una elegía. El instinto más recóndito es una respuesta dura y bárbara ante una ofensa o un desacuerdo. Con facilidad las personas descomponen su conducta para actuar con violencia, nunca justificada. Quizá la razón, la capacidad de dilucidar situaciones para abordarlas con ponderación y sensatez, está subordinada a las reacciones instintivas, de intemperancia y agresividad. Al parecer, nos faltará tiempo para sedimentar el sentido de humanidad, con preponderancia de la razón y los sentimientos, en especial la compasión, despejando el camino para la fraternidad y la solidaridad.

Dibujo del maestro Guillermo Botero-Gutiérrez (1917-1999).
En Carátula de la Revista Aleph No. 63 (1987)
Mario Vargas-Llosa, en su ensayo de prólogo al libro “El erizo y la zorra” de Isaiah Berlin (1980), alude a la sinrazón que nos domina, con manifestaciones del inconsciente en múltiples formas difíciles de detectar, que suelen someter la conciencia a sus fueros, con afloramientos inesperados de instintos que en determinadas circunstancias llegan incluso a violentar las ideas y destruir lo que con ellas se construye. Las consecuencias suelen ser tremendas, manifiestas en odios, rechazos, venganzas, violencias. Muy a pesar de los alcances soberbios en ciencia, tecnología, arte, arquitectura, literatura, filosofía,… que en cualquier momento se echan a perder en las guerras.
Siempre se considera que con la educación y la cultura, las personas pueden ascender a conductas más controladas, de respeto en las diferencias, favorables a los debates con argumentos, sin despreciar al otro o a los otros. Pero se necesitaría formación de docentes y maestros, modelados de esa manera, para dar ejemplo de capacidad de escuchar y de dialogar, con estímulo al libre discernimiento, sin ofensas ni exclusiones. Un propósito que todavía no se alcanza, ni en las sociedades más desarrolladas. Circunstancias como las ‘barras bravas’ en el fútbol muestran la equivalencia de barbarie entre unos países y otros.
La paz suele ser un anhelo, un deseo, una ambición de perseverar por su encuentro. Su sentido involucrará elementos fundamentales de justicia y libertad, con formas perfectibles de organización social de tal modo que pueda disponerse de oportunidades de acceso para todos en educación y trabajo. Está la democracia en modalidad de gobierno, con sus imperfecciones y limitaciones, pero es el sistema más apropiado que involucra la participación de la ciudadanía en la designación de los mandatarios, en los diversos niveles, local, regional, nacional. Los gobernantes deben ser calificados en educación, de pulcritud ejemplar, guardianes de la Constitución y la ley, impulsores del desarrollo humano integral, con estímulo a una economía soportada en especial por los pequeños y medianos empresarios, ajena a la propaganda del consumismo y a la proliferación de los desechos contaminantes. En especial, debe propiciarse el respeto por la Naturaleza y el acatamiento de sus formas y expresiones, para una preservación armónica de la vida en el planeta.
Estas consideraciones siguen siendo del reino de la ilusión, sin desfallecer en hacerlas realidad al fortalecer instituciones respetables y las dirigencias política, empresarial e intelectual, sujetas a los mismos objetivos regulados por la honradez, el mejoramiento continuo de la educación, la creatividad y el trabajo productivo, con sentido de la cooperación y la solidaridad indeclinables.
Los poetas le cantan a la paz como una invocación del deseo. Maruja Vieira (1922-2023), dice: “Más allá de esta nube de ceniza/ el hombre espera.// Espera que la sombra le devuelva/ su herencia de esperanza,/ su antiguo mapa transparente.// El hombre quiere un poco de silencio/ para que el hijo diga su primera palabra,/ esa palabra que nunca es ‘guerra’,/ que nunca es ‘muerte’.
Hay ceniza de guerras y violencia que se expande, pero está la esperanza, amiga de la transparencia en las conductas, con la ambición que los niños al asomarse al lenguaje no comiencen con expresiones de guerra y muerte.
Otro poeta de nosotros, Fernando Mejía-Mejía (1929-1987), en su soneto “Paz”, publicado en manuscrito autógrafo en la Revista Aleph No. 48 (1984), planteó: “Paz es tener el pan sobre la mesa/ y el lecho tibio hasta la madrugada;/ paz es tener la voz esperanzada/ en todo lo que acaba y lo que empieza.//…; paz es tener la vida desbordada/ sobre el amor, la lumbre y la belleza.//… Paz es tener la patria liberada/ del hambre, el crimen y el desasosiego/ y solo por el pueblo custodiada.”
Se trata de una invocación por la justicia, con el derecho a la satisfacción de las necesidades básicas para todos. Con la palabra favorable a la esperanza, y la vida con el regocijo del amor y la belleza. Hay, en conjunción, ética y estética en el significado del vocablo “paz”. Ambición de no desechar, ni de presumir una misión de imposibles.
De mi parte escribí, en el libro “Decires” (1981): “Por este camino que la distancia no vence/ va una palabra de viaje,/ se dirige al otro lado de las montañas/ donde talvez el horizonte se alcanza./ Es una palabra andariega/ que cruza ríos a saltos/ que despeja puertos/ que da la vuelta al mundo,/ sin proponérselo./ Es una palabra en busca de aposento./ Por este camino que la distancia no vence,/ cruza de viaje una palabra.”
Prevalecen el odio y la venganza. Aquí un fragmento del poema “Odio” de la escritora polaca Wisława Szymborska (1923-2012), premio Nobel 1996), con lo evidente de la preponderancia: “Miren cuán activo está,/ qué bien se conserva/ en nuestro siglo el odio./ Con qué ligereza vence los grandes obstáculos./ Qué fácil le resulta saltar sobre su presa.”
Y un poco más lejos, Novalis (1772-1801), en su intento de 1799 de crear una religión con soporte en la belleza, la bondad y la humanidad, expresó: “Reunámonos todos para la gran fiesta del amor, para la fiesta de la paz”, en el propósito de crear una nueva ‘confederación de mentes’. Por supuesto, no pelechó.
[WEB-Aleph; “La Patria”; 12.XI.2023]