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De la incredulidad al entusiasmo

Como varios escritores de ficciones, gastada la vanidad de mostrarse, mi ánimo empezaba a acusar el cansancio de participar en exhibiciones de autor. No era un rechazo de la soberbia, ni la incomprensión ante el estado de la distribución de las novelas y cuentos, el número de librerías, los índices de lectura. El escritor inerme intentaba diálogos a propósito de sus libros, y esos libros no habían sido leídos. Así los encuentros se convertían en episodios de equilibristas que recorrían la cuerda floja sin redes de seguridad y entre breves intentos de vuelo y sustos rocambolescos, se llegaba al extremo con variada suerte. Adversidad o dignidad sin moretones.

 

Fui testigo entonces de un lento transcurrir durante el cual los caminos que recorrían la conversación imposible entre un público que no había leído los textos del narrador interlocutor y éste, más o menos correspondían a los asuntos que siguen.

 

Escritor: 

 

¿De qué tratan sus libros?

 

¿Cuándo empezó a escribir?

 

¿Qué escribe?

 

¿Qué piensa de la novela colombiana?

 

¿Usted escribe sobre el amor o sobre la muerte?

 

¿Qué está escribiendo?

 

A veces un azar de la piedad del cielo aliviaba al escritor del sudor frío, incómodo que se deslizaba en hilos por su cuerpo. Surgía entre los asistentes alguien que vio en un periódico con el cual aliviaba las esperas de aeropuerto, un cuento, un poema, y lo recordaba con la pálida transparencia de los fantasmas benignos. El escritor se aferraba a ese madero en el mar y aunque estaba lejano de sus preocupaciones actuales, de las búsquedas y las incertidumbres del libro por el cual había sido invitado a la conversación, servía para charlar de algo que podía legitimarlo.

 

O un estudiante de literatura que superadas las pruebas sobre El alférez real, Flor de fango, María, La vorágine, ocupaba su noches en indagar si había pasado en su país algo distinto a los poemas a la luna y las ardientes homilías de Monseñor Builes.

Aún faltaba la taza dos: El periodista de la localidad que llegaba agitado.

¿Cómo le parece la ciudad? (El escritor acaba de dejar el morral en el hotel).

¿Qué lo trajo por acá?

¿Primera vez que viene?

¿De qué va a hablar?

¿Qué escribe Usted?

Entre la amabilidad y la desgana el escritor juega a las respuestas. O lo arrastra el mal humor y sale a las carreras. Pide iluminación a San Juan de la Cruz. Llega el fotógrafo. Un curioso se detiene y escruta el rostro del escritor. Se aleja pensando si será alguien de la televisión.

¿Tanta realidad para qué?

Los libros no se leen solos. Unas manos lo abrirán. Azar del mundo y la libertad la lectura.

Un decaimiento de la fe; la incredulidad ante los viejos discursos; el hastío de la esperanza; la cantinela de promesas del discurso politiquero; los sermones y la medida ajustada de los milagros le abrieron otro oficio al escritor de ficciones. Oráculo o conciencia moral. Ahora, sinembargo, no importaban sus libros; se le invitaba a hablar de la violencia, la paz y la guerra, la situación de las fronteras, el compromiso.

En medio de esa tierra movediza hubo un programa de interés que rescataba al escritor de los viajes incómodos, el refugio de la habitación de hotel. Tenía un nombre sugestivo, verso prestado al admirable poeta del Sur: Un país que sueña.

En su cercanía, también empujado por el jefe del Estado, se diseñó una colección de narrativa colombiana llamada Viva Colombia. A precios asequibles para todos se distribuyeron por el país. Cien títulos. Uno cada semana.

A lo largo de cuatro años, bajo el auspicio y organización del Banco de la República, los escritores hablaron de sus creaciones. La modalidad adoptada resultaba estimulante. Los oriundos de una región visitaban otras regiones, siempre acompañados por un par de críticos literarios de la academia universitaria. Ellos explicaban al público, estudiantes, maestros y gente del común, las características de las producciones del escritor, sus calidades y orientaban la conversación del final.

Como muchos buenos empeños el programa se extinguió sin dolientes. Igual las ediciones.

En este campo baldío por años, sin otro proyecto de naturaleza similar, fuimos sorprendidos por algo cuyo rigor parecía mentira.

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Por lo general, las realizaciones que sorprenden y devuelven el sentido a los empeños humanos vienen de una conjunción de voluntades y persistencias que con entusiasmos libres y ánimos generosos van quedando a uno y otro lado de las historias. A veces son recogidas para mostrar su inscripción en determinado momento y desde allí otear qué siguió en la vida de esos constructores de comunidad.

El fermento en esta ocasión de la cual me acerco a ocuparme viene de tales huellas y unas instituciones cuajadas que, como dicen los miradores de estrellas, se alinearon.

En el pasado la decidida aventura de modernidad del artista Alberto Sierra, los estudiantes que se unieron alrededor de las actividades artísticas, culturales, políticas de En Tono Menor, y la apertura en la Universidad de Cartagena de carreras y grupos de investigación en Historia y Literatura en red con la Universidad del Atlántico, y la creación del Instituto Internacional de Estudios del Caribe.

Un fermento indudable para que Jorge García Usta de la  Universidad de Cartagena; Alberto Abello Vives en Observatorio del Caribe; Adolfo Meisel Roca desde el Banco de la República, abrieran un espacio, hoy insustituible y ejemplar, para el programa Leer el Caribe.

¿De qué se trata?

Ni más ni menos que de darle cuerpo y verdad a la repetida norma de la Constitución Política de 1991 según la cual Colombia es un país de regiones, de diversidades culturales.

Es sabido que el canon constitucional apuntaba a desmontar las hegemonías culturales erigidas como modelos de convivencia, de arte deseable, de lenguajes aceptados, a partir de prototipos simples, énfasis folcloristas de burla y exclusión con los cuales se definía a los distintos grupos poblacionales. La astucia. La laboriosidad. La holganza. El jolgorio. La hipocresía. La pereza. Entre varios.

El nombre Leer el Caribe ya implicaba una dirección: la lectura como acto de libertad por excelencia y en su momento de aceptación, de soledad que anuncia nuevas compañías.

Los fundadores, García Usta, Abello Vives y Meisel Roca, empezaron por establecer alianzas con las autoridades de la educación, los colegios públicos, las bibliotecas y los bibliotecarios, el periódico fundado por el hermano del poeta de la ciudad, don Luis Carlos López, los maestros de literatura y de artes, los estudiantes.

Por supuesto al escoger la literatura en sus expresiones de la narrativa –novelas, cuentos– se apuntaba a desentrañar el alma que desde diversas tradiciones logra emerger en las mencionadas producciones. Y rescatar un concepto y una pertenencia en crisis por diversas tensiones con la tradición más o menos aceptada: el Caribe colombiano. De sus dificultades y necesidad ha dado cuenta el libro La isla encallada de Abello Vives. La Maestría en Estudios del Caribe de la Universidad Nacional de Colombia con sede en la isla de San Andrés y su primer Director, Santiago Moreno. Y muchos textos de Gustavo Bell Lemus, Eduardo Posada-Carbó, Alfonso Múnera-Cavadía.

Una decisión sugestiva consistió en liberar el programa de las mezquindades del tiempo. Los puestas en escena tienen temporadas. Los artistas plásticos salas abiertas durante meses. Los libros, el precario segundero de los ritos de bienvenida y las vitrinas de las librerías.

Leer el Caribe, al contrario de esta contingencia, se desarrolla a lo largo del año escolar.

Pasar de los viejos programas de literatura, cuando los hay, de las novelas de costumbres y con finalidades morales o religiosas, el lenguaje de museo, implicaba preparar a los maestros. Hacerlos partícipes de una idea renovadora, sacudir, entusiasmar.

Para ello se partió de la preparación previa de los maestros de los colegios y escuelas, mediante reuniones de expertos en la obra y el autor escogidos para cada año, seminarios de metodologías y conocimiento de las obras.

Al ser el libro protagonista del programa, enseguida brincó una realidad cruda. ¿Dónde están los libros? ¿En la dotación de las bibliotecas escolares? Ausencia de librerías en todos los municipios. Catálogos viejos. Muchos libros no existían: ni por piedad, ni por dignidad, virtudes ajenas al comercio de los bienes culturales.

Magnitud de la carencia.

Esta circunstancia se solventó con la publicación de selecciones, acordadas con el autor, editadas por el Banco de la República y puestas en las bibliotecas y manos de los maestros y estudiantes.

Poco a poco el programa amplió su cobertura y se replicó en otros centros del Caribe.

Un resultado estimulante tiene que ver con la forma en que los estudiantes muestran su recepción de los libros leídos. Más allá de una prueba o examen, la respuesta de ellos es un montaje teatral, un corto metraje, unas canciones, un texto. Respuesta creativa a la creación literaria.

El programa Leer el Caribe se inició con la obra narrativa de Germán Espinosa.

Por él han pasado, Ramón Illán Bacca, Gabriel García Márquez, Óscar Collazos, Jorge García-Usta (presencia póstuma), José Luis Garcés-González, Hazel Robinson, Fanny Buitrago, Rómulo Bustos-Aguirre,  Jaime Manrique-Ardila, Alberto Salcedo-Ramos, Álvaro Miranda.

Cada autor ha escrito y leído un texto, para la ocasión, que ha sido publicado y constituye una baraja interesante de miradas literarias sobre el Caribe. La verdad es que hasta ahora se teje una atarraya en la cual se suscita un diálogo entre diversas regiones. Con una particularidad, el croquis literario incluye a San Andrés islas, con la novelista Robinson publicada por primera vez por la Universidad Nacional de Colombia.

Un niño estudiante en algún plantel de los altos de El Bosque, me dijo: con actividades como estas dan ganas de leer para escribir un día mis sueños y mis pesadillas. ¿Usted cree que aprenderé?

 

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Edición No. 177