De lo que Homero no canta – Eran casi inmortales, ahora son sombras como tú-
A la memoria del sabio y catedrático Jean Pierre Vernant y del gran escritor Cesare Pavese que nos precedieron por estos caminos.
“¿Por qué tiemblas? ¿Por qué miras azorado el espacio que del enemigo nos separa?”
Ilíada, Canto III
La ninfa Calipso, la de las bellas trenzas, salió de la inmensa gruta en busca de Odiseo, lo encontró sentado en la orilla del mar mirando la luna llena y la noche estrellada, se le acercó por detrás, le cubrió sus hombros con una manta y se sentó a su lado.
Dime paciente Odiseo en que piensas. ¿En la estéril Ítaca refugio de cabras y lagartijas? ¿En Penélope ajada por años de espera? ¿O en el joven Telémaco, entregado al vino y las mujeres, sin tiempo para acordarse de un padre que no conoció? Eres terco Odiseo, te prometo la inmortalidad y no la aceptas, – le susurró al oído acariciando los bucles del pelo lustroso que caían sobre los hombros de su amado-.
Tu no me conoces Calipso respondió Odiseo, en el lecho no se conoce a nadie, apenas se rozan y se juntan los cuerpos, nada más. Pero esta noche no pienso en mi isla ni en mis seres queridos, pienso en Troya y en el día que un hombre me dio una gran alegría, la alegría de la venganza. Recuerdo ese día soleado, caluroso y polvoriento cerca del río Escamandro, en que vi a Filoctetes descender como un rayo corriendo colina abajo en pos de Paris. El príncipe troyano ya lo había divisado y trataba de hacer subir a su carro a Helena empujándola. Ella llevaba en sus brazos una canasta de ropa blanca que acababa de lavar en el río. Tras subirse, Helena, desconcertada, no alcanzaba a comprender lo que sucedía y ya se encaraba a Paris por sus bruscos estrujones, cuando miró el brazo de su amante que señalaba hacia la colina donde un punto, parecido a un titilante espejismo, se dirigía hacia ellos. El punto se iba agrandando y cuando sus contornos se hicieron más precisos, el rostro de la bella Helena, “La Kallipareos”, la de rosadas mejillas, empezó a palidecer. Reconoció en el hombre que corría en su dirección a Filoctetes el certero, el diestro en el arco, su antiguo pretendiente, a quien ella, como a otros príncipes aqueos, había despreciado al escoger a Menelao como esposo, allá en Esparta en la casa de su padre Tíndaro. Él se acercaba velozmente con sus pies ligeros a grandes zancadas, una cinta de cuero le ceñía la frente sujetándole el cabello, llevaba un escudo de siete cueros a su espalda, un carcaj en la mano izquierda, y el legendario arco de Hércules en la derecha.
Paris la emprendió a latigazos con su cochero Altes, apresurándole a destrabar las patas de los caballos blancos que se agitaban relinchando y tratando de cocear. Cuando Altes logró cortar con su daga las correas de cuero que trababan a los corceles, estos se encabritaron y Paris a duras penas logró, con las riendas en la mano, refrenarlos. Altes saltó ágilmente a la cajuela del carro, recogió su látigo, recibiendo en sus manos las riendas que le pasó Paris y empezó furiosamente a fustigarlos. Los caballos partieron como el viento. Pero al mismo tiempo se escuchó el vibrante sonido del arco de Hércules, que el poderoso brazo de Filoctetes tensó en rápida sucesión por cuatro veces.
La primera flecha se incrustó en el cuello del caballo enjaezado a la izquierda del cochero, la segunda en el pecho del caballo de la derecha, la tercera en la garganta de Altes, que soltó las riendas llevándose las manos al cuello, pues por su boca y nariz brotaba a borbotones la negra sangre. Altes cayó del carro mordiendo el polvo. La cuarta flecha se clavó en la madera de la barandilla, justo al lado donde Helena se aferraba con las dos manos esforzándose por no caer. Los cuadrúpedos se desplomaron agitando sus extremidades al aire y el carro volcó con las ruedas girando en el vacío.
La brisa marina envolvía y refrescaba los rostros de Calipso y Odiseo. Ella jugueteaba haciendo surcos con sus dedos en la arena y se alegraba sonriendo. Notaba como los rasgos de Odiseo se animaban, dejando atrás la nostalgia y la amargura, cuando evocaba los años de terribles combates ante los muros de Troya.
Odiseo volvió al relato. Paris y Helena, lanzados del carro, cayeron sobre la arena de la ribera del río un poco magullados. Paris se levanto cojeando, sacó del carro la funda de cuero de su arco y su aljaba. Asió y armó el pulido arco hecho con las astas de un lascivo buco montés a quien él había herido en el pecho cuando saltaba de peñasco en peñasco. Aquel animal cayó de espaldas en la roca y sus cuernos de dieciséis palmos fueron ajustados y pulidos por un hábil artífice y adornados con anillos de oro. Con calma resignada tendió el arco bajándolo e inclinándolo al suelo, saco de la aljaba una flecha y la adaptó a la cuerda. Miró luego en derredor y encontró a Filoctetes a treinta pasos de distancia.
Era mediodía y yo recuerdo el sofocante calor, dijo Odiseo. Se detuvo un momento haciendo una pausa en la narración, se levantó, caminó hacia la orilla del mar donde la espuma de las olas se deshace, recogió una estrella de mar y se la ofreció a Calipso.
Odiseo se sentó en la arena arropándose con la manta y tras un hondo suspiro retomó el hilo del relato.
Sentados en la colina a la sombra de un viejo olivo, el adivino Calcante y yo nos protegíamos del calor y de los ardientes rayos del sol mientras observábamos los acontecimientos. Los buitres y las águilas volaban muy alto, no había una nube ni un soplo de viento, y reinaba una calma absoluta. Las Puertas Esceas de la ciudad se abrieron y varios jinetes troyanos encabezados por Deifobo, hermano de Paris, se dirigieron a galope tendido al rescate de la pareja de desdichados. Entonces Helena, desesperada, se despojo de su largo peplo. Pude ver entonces su hermoso cuerpo desnudo, perfecto, ese cuerpo de diosa de fatídica belleza por el que miles de hombres morían y seguirían muriendo en la llanura de Troya. Libre del estorbo del vestido, ella, la “reina de Esparta”, empezó a correr por su vida como una gacela hacia Deifobo y sus jinetes.
No se por qué Filoctetes no la mató y nunca se lo pregunté. Muchos de nosotros habíamos jurado matarla con o sin la anuencia de Menelao pues por ella, durante diez años, nos habíamos cubierto de dolor, ruina y desgracia. Filoctetes le apuntó, pero algo debió pasar por su alma porque bajó el arco mientras ella huía. Él se golpeó el pecho con el puño mientras la miraba y le gritó: “Que la sangre derramada por los Aqueos caiga sobre tu cabeza”. Helena se detuvo al escuchar la terrible maldición, giró para mirar a Filoctetes por un momento, se quitó y ajustó de nuevo el sujetador del cabello y continuó su carrera.
Paris, tratando de cubrir su huída salió detrás del carro disparando dos flechas a Filoctetes. Brilló la saeta en el aire y Filoctetes, quien había ya embrazado su escudo logró, con el borde de este, desviar el agudo proyectil dirigido a su corazón, recibiéndolo en su hombro. La sangre chocaba, al salir a borbotones, contra la malla de su túnica, La otra flecha lo alcanzó en su costado sin afectar algún órgano vital.
Vi a Filoctetes inclinarse hacia delante y tambalear un poco, pero ágilmente afirmó sus fuertes piernas en tierra y sacó rápidamente de su carcaj una de las letales flechas negras empapadas en la sangre de la Hidra de Lerna. La adaptó a la cuerda del arco y cogiendo a la vez las plumas y el bovino nervio que servía de cuerda, tiró hacia su pecho y acercó la punta de hierro al arco. Soltando la cuerda, saltó la flecha de punta de arpón deseosa de llegar a su blanco. Paris tensaba su arco, pero la flecha de Filoctetes penetró por su ojo derecho atravesándole el cráneo. La cabeza de Paris se movió violentamente hacia atrás y su cuerpo se desplomó de espaldas sobre el polvo.
Así murió Paris y que los aedos que en el futuro canten nuestros hechos no deformen las cosas por hacer poesía del asunto y presumir ante su audiencia. Estos fueron los prosaicos hechos, simples, y yo lo vi morir.
Descendimos rápidamente de la colina para proteger a Filoctetes de los troyanos. Estos, que ya habían conducido a Helena a la ciudad, se limitaron a recoger el cadáver de Paris sin ánimo de entablar combate con nosotros. Pero antes, Ayax Oileo, Díomedes y yo tuvimos que convencer a Menelao, con seria razones, es decir desenvainando nuestras espadas, para que no atacara a los troyanos, pues quería apoderarse del cadáver de Paris para decapitarlo y mutilarlo y así ultrajar más su memoria. Filoctetes fue llevado a la tienda de Macaón nuestro médico para se curado. Se repuso de sus heridas en pocos días. Los dos estuvimos en el caballo de madera y en el saqueo de Troya. Lo vi por última vez cuando se embarcó, antes que yo, para Magnesia, en Tesalia, su patria. Miraba sombrío y pensativo, ya en la cubierta de su embarcación, el humo que subía al cielo desde las ruinas de Troya.
Odiseo terminó su relato con un bostezo y estiró los brazos desperezándose. Calipso le tomó la mano. Acepta la inmortalidad Odiseo, yo te haré feliz y nada te faltará aquí en la verde isla de Ogigia – murmuró con pasión la bella Calipso. Sus ojos verdes centelleaban en la noche, sus pechos se movían por la ansiosa respiración – ¿Por qué me desprecias? Odiseo se levantó y levantó con suavidad a Calipso mirándola fijamente y le dijo con voz tranquila pero firme: Yo me siento aquí en este islote de inmortalidad separado de la existencia como si estuviera muerto, y lloro por mi vida anterior como criatura abocada a la muerte. Debido a la nostalgia que siento por el mundo fugaz y efímero al cual pertenezco, yo no soy capaz ya de gozar de los encantos que me ofreces. Si por la noche te busco en el lecho es porque eso me hace bien.
Te busco pero no te quiero así tu me quieras. Rechazo la inmortalidad, que es un trecho para largos desengaños, pues me aparta de todo lo que yo considero que es una vida, y desde que tú me la propusiste, he empezado, desde los acantilados, a considerar deseable la muerte. Piénsalo bien mi bella Calipso de cabellos ensortijados pues ya no hay amor ni deseo. No puedo sacar de mi cabeza mi retorno, mi esposa, mi isla Ítaca, mi madre, mi padre, mi hijo, y deseo volver a ver a mis fieles compañeros para compartir con ellos los pocos días que me queden. Estoy harto de esta no-muerte que equivale a una no-vida. Yo deseo una vida precaria y mortal con todas sus pruebas, con un errar constante y un volver a comenzar. Deseo asumir un destino de héroe capaz de soportar cualquier cosa para llegar a ser yo mismo, Odiseo de Ítaca. Y frente a la tentación de la inmortalidad prefiero, desplegada a la luz, la simple vida humana con el dulzor amargo de la condición mortal. Agradezco tu hospitalidad, pues las olas me trajeron a esta isla, tu morada, náufrago y desnudo, hace siete años, pero yo ya no puedo seguir viviendo así.
Odiseo calló. Un pesado silencio los envolvía cuando, de repente, se empezó a oír un tenue aleteo que giraba a su alrededor. Era el ruido producido por las sandalias aladas que calzaba Hermes quien, volando desde el monte Olimpo, traía a Calipso la orden de Zeus de dejar partir a Odiseo.
Sebastopol, 17 de septiembre de 2009
Comentario (por: León Duque-Orrego)
La muerte de Paris (Alejandro) por Filoctetes, es algo que sabemos por la Pequeña Ilíada, atribuída a Lesques de Pirra o según Proclo, de Mitilene, ambas ciudades situadas en la isla de Lesbos. Corresponde este poema al Ciclo Troyano y su composición se estima hacia el año 700 a.C., tan sólo 50
años después de la Ilíada. En el ensayo «Filoctetes: La herida y el arco», el gran ensayista y crítico norteamericano Edmund Wilson(1895-1972), señala como Filoctetes es apenas
mencionado por Homero y como «todo lo que pudo haber de vigoroso en la leyenda se ha perdido con el resto de las obras de teatro y de los poemas que hablaban de ella»
El Filoctetes de Sófocles no narra su combate con Paris, y como afirma también Wilson, de la otra obra de Sófocles, Filoctetes en Troya, tan sólo conocemos unas cuantas líneas. Otros escritos, el de Gide por ejemplo, no tienen tampoco la fuerza que uno quisiera de esta hermosa leyenda de la Épica Griega.
Guillermo-Arturo Arcila ha desarrollado aquí por primera vez, por lo que se, el enfrentamiento entre dos héroes clásicos, dos grandes arqueros. En este cuento corto esa fuerza de la leyenda aparece en medio del drama de la venganza y de la muerte, logrando en tan pocas líneas un vigoroso relato que emociona al lector. Está escrito en la mejor tradición de la épica y hay allí un serio conocimiento del tema y de las emociones humanas que lo
envuelven.
Bogotá, 28 de octubre de 2009