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Del valle de lágrimas al mar de la felicidad

Sólo un anacoreta o un asceta —dos palabras para nombrar a aquél que se retira del mundo a meditar y hacer penitencia en nombre de una creencia en un ser superior y un paraíso más allá de la dimensión temporal y del “valle de lágrimas” que, habitamos, según el dogma cristiano— es capaz de  renunciar a la propia voluntad, aceptar el dolor como fuente de felicidad y regocijarse en él, en aras de salvar el alma.

 Aunque, viéndolo bien, no es raro toparse en las novelas románticas con héroes y heroínas que se solazan en el infortunio, especialmente cuando va de la mano del amor y su reverso, el desamor, y de aquello que puede abarcar ese sentimiento alumbrado por “el sol negro de la melancolía”, en el celebrado soneto de Nerval.

 Pero cuando se trata del común de los mortales, en una sociedad que desde la Ilustración ha ido avanzando hacia la secularización, pero en particular de aquellos que, de espaldas a metafísicas y mitos sólo confían en el poder de la Razón, no se aspira a salvar el alma mediante la gracia divina: a lo sumo el pellejo. Es innegable que somos infinitamente infelices cuando sufrimos por causa de cualquier padecimiento del soma o de la psique, y deslastrados de la carga del pecado original  no nos resignamos a la condena del valle de lágrimas.

Schopenhauer habla de la naturaleza positiva del dolor y su antítesis, la naturaleza negativa del bienestar y la felicidad. ¿En qué sustenta esta aparente paradoja? En la constatación de que, en efecto, estamos siempre más dispuestos a percibir y a concentrar la atención en la piedra en el zapato, en lo que nos perturba o nos aflige, por insignificante que sea; en cambio pasamos por alto todo lo que marcha fluida e incluso plácidamente.

 La existencia es para el filósofo alemán un error y “la felicidad de una vida no se mide por sus alegrías y placeres sino por la ausencia de penalidades y dolor, que es lo positivo”[i]. Trasladado a escala colectiva, se expresa en la evidencia de que el dolor se impone en el mundo sobre la dicha y el placer.

Sinembargo, hay algo que comparten la felicidad y el dolor: cada ser humano tiene su propio umbral, de resistencia para éste, y de conciencia y disfrute para aquella. Umbral que será más o menos alto o bajo en función del propio horizonte, de las exigencias y expectativas, de la hechura psíquica individual, de sus creencias, su visión del mundo y su situación socioeconómica.

 Los poderosos y famosos que pueblan las páginas de ciertas revistas de amplia circulación, siempre en un estado de perenne excitación y de dicha inmarcesible, necesitarán, para elevar sus niveles de dicha, estímulos y recompensas infinitamente más elevados que el excluido habitante de un suburbio latinoamericano o africano, a quien, más que vivir feliz le preocupa el vivir, el sobrevivir. Es que los anhelos y pretensiones del pobre se colman con mucho menos. Lo ilustra el filósofo del pesimismo: “La riqueza es como el agua del mar, cuanto más se beba más sed se tendrá; lo mismo vale para la fama”[ii].

 Como bien lo expresa un trillado dictamen, el mero dinero no hace la felicidad, si no lo condimentan, por lo menos, la salud y el amor. Además, el  temperamento y la manera de estar en el mundo son factores que no se pueden desdeñar a la hora de catar esa felicidad. ¿Cuántos favorecidos por la fortuna no han llegado a envidiar la alegría de vivir y el optimismo que irradian muchas veces los más desposeídos en términos de riqueza, poder y fama?

 En función de todos esos parámetros hay quienes buscan la felicidad en el conocimiento, la virtud, el vicio o el placer. Los sibaritas la hallarán en el fondo de una botella de vino, en las burbujas de una copa de champagne o en un plato de langosta. Otros la encontrarán en los libros o en la pantalla de un computador. En el goce estético verán realizada su promesse de bonheur quienes la rastreen en la mudez de una pintura, en la penumbra de un teatro de ópera o en la oscuridad de una sala de cine. Los adictos a los deportes extremos y a lo que se ha dado en llamar “emociones fuertes” se lanzarán desde un puente o recorrerán el mundo haciendo acrobacias aéreas a bordo de una motocicleta. Una inmensa mayoría la poseerá en el pandemónium de un centro comercial. Asunto, pues, el de la felicidad, harto subjetivo, y por ende, relativo.


Según el cristal con que se mire

 Las culturas paganas rindieron culto a las deidades que decidían la suerte de los mortales, sujeta a los designios del destino o a las ciegas fuerzas del azar que no podían controlar. La mitología romana la llamó Fortuna (la Tyche griega), esa diosa pérfida, cambiante y caprichosa, “la que en una misma hora ve pasar de la felicidad al abatimiento” como la invoca Boecio[iii]. Era representada bien con un cuerno de la abundancia, o bien con una rueda entre las manos, y su nombre ha terminado por asimilarse a sus connotaciones positivas y favorables y ha devenido sinónimo de buena suerte, de felicidad. Es afortunado aquel que tiene como aliada a la fortuna.

 De su significación original se conserva en el sentir popular la convicción de que en la ruleta de la fortuna, unas son de cal y otras son de arena, a veces se gana y a veces se pierde y, como por una ley de compensación natural, a cada cual le toca lo uno o lo otro en un momento determinado. Sigue pues palpitando en el corazón de los hombres aquel principio de la justicia retributiva que encarnaba en Grecia la diosa Némesis.

 El pragmatismo contemporáneo se ha atrevido a medir la felicidad colectiva y a catalogar, mediante estadísticas, los países más o menos felices en función de los índices detectados en su población. El colmo de la paradoja es que, según una tabulación reciente de ésas que les gustan a los encuestadores, Colombia, una de las naciones del planeta más castigadas por la violencia en todas sus formas, ostenta uno de los lugares más altos en términos de felicidad.

 No existe la felicidad como absoluto, sino siempre en perspectiva, en el ejercicio del cotejo, con la situación del congénere, por ejemplo. Una típica  y saludable fórmula de las abuelas de antes —lo recomendaba, por demás, Schopenhauer— consiste en mirar hacia los lados,  mejor aún, hacia abajo, para comparar la cruz ajena con la propia y constatar que la propia siempre resulta más llevadera.

 Pero muy especialmente se da la felicidad en  referencia a sus opuestos, ora la desdicha, ora el tedio. Por eso, un estado de felicidad eterna y sin sombra, como el de los bienaventurados, resulta poco convincente y atractivo. La infelicidad, escribe el desencantado narrador Thomas Bernhard, “es la condición para que podamos ser felices también. Sólo dando el rodeo por  la infelicidad podemos ser felices”[iv].

Cómo dudar de la felicidad de quien recupera la salud tras una enfermedad, o la capacidad motora tras un accidente. De quien se gana la lotería después de conocer los rigores de la privación. De quien recobra la libertad tras un episodio de cautiverio. Del habitante de Somalia que, en medio de la atroz sequía, encuentra un pozo de agua. Al prisionero de un campo de exterminio le bastaban mínimos y raros placeres, como el disfrute furtivo de un  tabaco, para acceder a un momento de felicidad.

 También para el dolor los parámetros son y han sido harto relativos, si pensamos que antes de la invención de esa panacea que para la especie humana significaron la anestesia y los analgésicos —la farmacopea, en general— seguramente la capacidad de aguante de hombres y mujeres era mayor que ahora, cuando a la menor molestia tenemos el remedio al alcance de la mano, sintetizado en una tableta. Que las hay también para la felicidad, a partir de sustancias que aumentan las concentraciones de serotonina en el sistema nervioso central y producen efectos no sólo antidepresivos sino de euforia.

 Un suceso tan natural para la especie, como el de parir, que, como consecuencia de ese mismo pecado original y según la condena del Génesis, debía estar acompañado de dolor, se realiza casi siempre bajo cuidados médicos y con el paliativo de la sedación, así como  quienes padecen un mal terminal pueden mitigar su agonía, gracias a la administración de los opiáceos, producidos regularmente por muchos laboratorios. Para no hablar de lo que, en general, han significado las conquistas de la Medicina para la prevención y la curación de las enfermedades. Lo que no excluye que el mundo esté lleno de enemigos del progreso que dicen tener aversión a los fármacos y que prefieren aguantar con estoicismo el padecimiento del cuerpo o de la psique.

 Cuesta, entonces, imaginar que pudiesen ser más felices los hombres del Paleolítico o sin ir tan lejos, del Medioevo. Y de allí que susciten duda el mito del Buen Salvaje, tan caro a la mentalidad europea de la modernidad y la idea del hombre en estado natural, no sólo bueno sino feliz, defendida por Rousseau. Y de allí también que el concepto de progreso, sustentado en el avance de la ciencia, vilipendiado también por el ginebrino pero ensalzado por sus contemporáneos, los filósofos del Siglo de las Luces, haya de ser visto más como aliado que como enemigo de la felicidad y la lucha contra el sufrimiento


Quimera que se compra y se vende

 ¡Felicidad! Se llena la boca y se abre el corazón al pronunciar estas cuatro sílabas de resonancias mágicas. Hay que intentar definirla para llegar a la conclusión de que se trata de un concepto ambiguo, impreciso, de contornos difusos. De una realidad esquiva y fugaz. Palabra para algunos detestable, por lo que tiene de excesiva y grandilocuente. “Odiosa y manoseada palabra con la que muchos negocian, todos fingen buscarla y algunos acaso llegan a soportarla”, desde la visión escéptica del filósofo Juan Nuño[v].

 Palabra prostituida, adulterada y “a tal punto envenenada, que uno quisiera eliminarla del idioma”, replica, por su parte, Pascal Bruckner, quien prefiere tomar partido por el breve éxtasis del placer, la ligera ebriedad de la alegría, de la sorpresa y la elevación del gozo. Es que, según el implacable análisis de este escritor francés, un fantasma recorre las sociedades occidentales de la era posmoderna: el imperativo de ser felices a como dé lugar.

 De cómo el derecho a la felicidad, que pregonaba la Ilustración, se desvió, en virtud de una suerte de dialéctica perversa, de su sentido original de anhelo emancipador para convertirse en dogma colectivo y próspera industria es lo que desarrolla en su conspicuo ensayo L’euphorie perpétuelle[vi]

 Que aunque se muestre evasiva, la felicidad no es un imposible y, como anuncia la insolente cuña publicitaria, basta, para poseerla, destapar una botella de Cocacola. Pero también puede ser sencillo alcanzarla si se piensa y se actúa de acuerdo con unos principios y preceptos. Es lo que predican los adalides de esa nueva espiritualidad laica, genéricamente conocida como autoayuda, crecimiento personal o transformación de la vida.

 Se ofrece la felicidad mediante la apropiación de un “secreto” o emprendiendo un “camino”, y se compra y se vende en paquetes a gusto del consumidor, en formato de cursos, libros, videos, películas, páginas web. Basta programarse mentalmente, tener la voluntad de ser feliz y convertirlo en un ejercicio de verbalización interior que incluye expulsar de la mente, como si de una tentación maligna se tratara, toda idea, pensamiento o sentimiento negativo, para que la felicidad descienda cual espíritu santo sobre nosotros. Como si fuera poco, hay que hacer alarde de esa felicidad y exponerla a los cuatro vientos.   

Como el doctor Pangloss, maestro metafísico de Cándido en la ficción voltaireana, se parte de la premisa de que no hay efecto sin causa, que todo sucede como tiene que suceder y vivimos en el mejor de los mundos posibles. Los autores de autoayuda, cada vez más numerosos y exitosos, se han hecho figuras tan mediáticas como los goleadores de los estadios, y sus obras encabezan invariablemente las listas de los más vendidos en ferias y librerías, cuando no en supermercados. El camino de la felicidad, firmado por el norteamericano Ronald Hubbard ocupa su puesto en los records Guinnes como el libro no religioso más traducido en el mundo.

 Que en algo deben contribuir esta literatura y estas prácticas de alcance masivo para ayudar a la gente a hacer más llevadero su paso por el “valle de lágrimas”, lo demuestra la extraordinaria acogida de que son objeto en todos los países. A su favor hay que abonar el hecho de que buscan la felicidad en el interior del individuo y no en contingencias externas, y de allí el beneficio irrefutable que pueden aportar ciertos hábitos como la relajación, el yoga y la meditación, en sus distintas vertientes, al equilibrio del cuerpo y la mente.

 No obstante, el sustento teórico de una buena parte de estas guías y manuales, bastante conformistas con respecto a la realidad, y que, de antemano, dicen lo que la gente quiere oír dando la espalda al sentimiento trágico de la vida, fundamental en toda existencia consciente, es de poca hondura conceptual, y sus prácticas, en tanto que llevadas a la receta y el automatismo, resultan de un candoroso optimismo.

 

Una filosofía que descuidase nuestros duelos en general, nuestras decepciones, nuestras penas, que no mostrase claramente tanto nuestros deseos superficiales como los profundos, que no develase el sentido de la vergüenza como el de la herida y de las heridas –sin por ello descuidar el resto: el placer y la ilusión-, no sería digna de ser definida como amor a la sabiduría, sino sólo y, precisamente, como una ciencia rigurosa [vii].


Curanderos y médicos

 Es el momento de recordar que en sus inicios, la filosofía, lejos de ser un corpus teórico y metafísico, de carácter sistemático, como en los tiempos modernos, se ocupaba más bien de orientar a los hombres, era una forma de vida. Varias escuelas de Grecia, posteriores a Aristóteles, como los Estoicos, Epicúreos, Cínicos y Hedonistas hicieron de esta tarea el eje de su pensamiento y de su filosofar. ¡Pero sin espejismos ni fórmulas mágicas! De esos lúcidos pensadores de la Antigüedad griega, como Crisipo, Zenón de Citium, Epicuro, Diógenes de Sínope, y de la era imperial romana, como Séneca y Marco Aurelio, sólo se ocupan hoy los estudiantes y profesores de filosofía, como materia de pensum, pero sería muy raro encontrar sus ediciones en los índices de los más solicitados. 

 Si sus predecesores, los filósofos jónicos, miraron hacia el cosmos y la naturaleza y los eleáticos hacia el Ser, este puñado de pensadores que surgen a partir del siglo V a C. y cuya doctrina, de orientación definitivamente antropocéntica, es continuada por otros  de la era romana, no hacían distinción entre discurso y vida. Dirigieron la mirada hacia sus semejantes, hacia el mundo del hombre. Se enfocaron en su situación concreta y se ocuparon de responder preguntas básicas relacionadas con el vivir del día a día. La suya fue una filosofía de utilidad práctica, una ética, enfocada hacia el actuar.  

 Para Epicuro, la finalidad de la filosofía, disciplina matriz de las humanidades, era procurar una vida feliz: “Vano es el discurso de aquel filósofo por quien no es curada ninguna afección del ser humano. Pues, justamente, como no asiste a la medicina ninguna utilidad si no busca eliminar las enfermedades de los cuerpos, igualmente tampoco de la filosofía si no busca expulsar la afección del alma”[viii].

 Filosofías, pues, de la existencia, para la existencia, que no tenían otra razón de ser que dar las herramientas para disipar falsos miedos que nos paralizan y nos atormentan, para aprender y enseñar a llevar la vida, en binomio indisoluble con la muerte:”Pero de vivir se ha de aprender toda la vida, y lo que acaso te sorprenderá más, toda la vida se ha de aprender a morir”, escribiría Séneca[ix]. Que filosofar es aprender a morir, lo había dicho antes Platón y mucho después Montaigne.

 La aceptación racional, sin velos, fábulas ni falsas ilusiones de lo que de amargo, trágico y cruel, pero también de festivo y exultante conlleva la realidad del vivir, es inherente a la reflexión de estas escuelas que se inician en la era precristiana —Epicureístas, Estoicos, Hedonistas—, y abre una brecha abismal entre su doctrina y la de los autores contemporáneos de autoayuda.

 En el caso de la filosofía estoica, fue la más duradera, con una presencia de setecientos años, si se tiene en cuenta que se dio a conocer tres siglos antes de Cristo, se mantuvo vigente hasta los tiempos de Séneca en el primer siglo de nuestra era y su impronta palpita en varios pensadores modernos.

 Si nos acogemos a las dos categorías de filósofos que distingue Clément Rosset, estos últimos podrían ser llamados filósofos/médicos, para diferenciarlos de los filósofos-curanderos, “que no tienen nada sólido que oponer a la angustia humana, pero disponen de una gama de falsos remedios”. En cambio, los filósofos médicos “disponen del verdadero remedio y de la única vacuna (esto es, la administración de la verdad)” [x]. La verdad filosófica que nos exige más y en ocasiones duele.

 Aunque no fuera el centro de su pensamiento, de profundo arraigo ético, los sistemas filosóficos de Platón y Aristóteles, no pasaron por alto el tópico de la felicidad. Aristóteles, en particular, discurre ampliamente sobre el asunto en sus dos Éticas, la Nicomaquea y la Eudemia.

 Eudaimonía es la palabra griega que más se acercaba al concepto de felicidad, aunque para ellos tenía el sentido de llevar una vida buena: actuar bien. Reconoce el estagirita que se trata, en efecto, del “bien supremo” y del fin último  de la Política como culminación de las ciencias del hombre. Sinembargo, pone de manifiesto, la dificultad para pronunciarse en torno a un concepto único de felicidad, por ser entendido de manera distinta por el común de la gente y por los sabios.

 Lo que hace Aristóteles, conforme a su método, es abordar el asunto en sus distintas aristas. Deja claro, empero, que no puede estar fundada la felicidad ni en el placer ni en la riqueza y que más que un estado se trata de una actividad del alma que invoca la excelencia y la virtud. Es decir, que no hay buen vivir ni vida feliz sin obrar bien. Deja pues bien claro que no depende ni de la naturaleza ni de la fortuna sino de la actuación de cada hombre.


El principio del placer

 Basado en su experiencia clínica, se pregunta Sigmund Freud por aquello que rige la vida de los hombres, y él mismo admite que la respuesta es inequívoca: los hombres quieren ser felices y seguir siéndolo. Y ese objetivo vital es fijado por el Principio de placer, que según su teoría psicoanalítica es uno de los pilares del funcionamiento psíquico y busca evitar el dolor o displacer y obtener el placer. “El designio de ser felices que nos impone el principio de placer es irrealizable; mas no por ello se debe —ni se pueden— abandonar los esfuerzos  por acercarse de cualquier modo a su realización”[xi].

También distingue en esta búsqueda del placer dos tipos de fines: uno negativo y otro positivo. Que parecen coincidir, aunque no haga ninguna mención al respecto, con las dos corrientes principales que agrupan a estos filósofos que en la Antigüedad pusieron la lupa en el placer: por una parte la llamada escuela Eudemonista, con los Epicureístas y los Estoicos,  y por otra, los Hedonistas. Porque si bien es cierto que ambas persiguen como objetivo vital la felicidad, los primeros lo llevan a cabo por la vía negativa y los segundos por la vía positiva.

Una extendida y muy popular interpretación del Epicureísmo, resultado de la tergiversación y del malentendido, cuando no del más craso desconocimiento de sus textos, lo asocia con la búsqueda a ultranza de los placeres, con la vida ociosa y depravada, los excesos, el desenfreno y el libertinaje.

Cicerón fue uno de los primeros en condenar la doctrina epicúrea por considerarla —se lee en Los Oficios[xii]— contraria a la templanza y a la virtud en general. También se ha dicho que estas apreciaciones negativas  tenían objetivos políticos y buscaban impedir el acceso al Senado romano de los representantes de dicha escuela.

Es así como el diccionario de la Real Academia de la Lengua  define el vocablo Epicúreo como aquel que sigue a Epicuro, pero también con esta otra acepción que legitima su uso peyorativo habitual: “Entregado a los placeres”. ¡Hay que ver cuán indigno y censurable resulta, según los códigos de la moral imperante, devaluadora del goce, que alguien viva entregado a los placeres!

El efecto de estas lecturas extraviadas, sumado al hecho de ser una filosofía pagana e inmanente, ha contribuido a la mala reputación de que goza el pensamiento de Epicuro y sus seguidores y al manto de censura que sobre ellos ha caído por parte de la Iglesia y de ciertas mentalidades que la han convertido en una filosofía proscrita.

 Lo cierto es que, retirados del bullicio en su famoso jardín ateniense, Epicuro y sus amigos —porque se trataba de una hermandad filosófica—, buscaban ciertamente la felicidad, concepto que ellos simplifican, desmitifican y llenan de contenido, y también el placer, pero no mediante la suma de excitaciones y estímulos, sino todo lo contrario, por la vía de una cierta ascesis de los deseos. Lo suyo era un placer con medida,  sereno, basado en el equilibrio, la frugalidad, la vida sencilla y la “mansedumbre de las pasiones”.


De la ataraxia a la apatía

 Coincide Epicuro con Aristóteles en plantear que el hombre prudente persigue lo no doloroso, pero no lo placentero. Y el placer, como lo entiende Epicuro, se expresa en cosas tan simples como satisfacer el hambre con un pedazo de pan o la sed con un vaso de agua, el placer de quien tiene frío y consigue abrigo, de quien elimina un dolor. No se trata de un placer por suma sino más bien por sustracción, que en código filosófico se conoce como ataraxia, sinónimo de tranquilidad, serenidad, ausencia de perturbación. Que lo puntualice  el mismo Epicuro:

 Así pues, cuando afirmamos que el gozo es el fin primordial, no nos referimos al gozo de los viciosos y al que se basa en el placer, como creen algunos que desconocen o que no comparten nuestros mismos puntos de vista o que nos interpretan mal, sino al no sufrir en el cuerpo ni estar perturbados en el alma [xiii].

¡Cómo no enamorarse de la sencilla sapiencia de este hombre!. Acercarse a sus textos es entender por qué su doctrina aporta modelos de reflexión filosófica a pensadores posteriores (Spinoza, Voltaire, Marx, Schopenhauer), así como ideales de vida que no han perdido un ápice de vigencia. Cómo no dejarse seducir por un filósofo que sabe prodigar consuelo ante lo que el hombre común considera la peor de las calamidades, con su observación de que no hay que temer a la muerte porque cuando nosotros somos ella no está y cuando ella llega ya no estamos nosotros.  Tan parca como la vida de Epicuro es lo que ha sobrevivido de su obra: tres cartas y un manojo de máximas y fragmentos que no suman las cien páginas en ediciones modernas. Pero opulenta, no obstante, en sabiduría.

 Los Estoicos, cuyo nombre viene de stoa, pórtico, el lugar de Atenas en donde se reunían sus adeptos, parten de los mismos principios de búsqueda de la felicidad mediante el buen vivir, pero lo que en los Epicureístas era ataraxia, en los Estoicos se convierte en apatheia. El hombre feliz, a decir de Séneca, es aquel que, “gracias a la razón, nada teme ni desea nada”[xiv], así como el placer más genuino consiste en menospreciar el placer, logrando el total dominio de sí mismo.

 Sus métodos son también más radicales en la medida en que invitan a renunciar a las pasiones y los instintos y a enterrar los deseos (lo que Freud llamaría veinte siglos más tarde el mecanismo de la represión, sólo que en aquellos es un mecanismo consciente y sus motivaciones son otras) que generan ataduras y nos hacen menos libres.

 Se trata de una ética del autocontrol, la moderación y la austeridad. Cultivar la virtud y dominar lo irracional, un ideal de ascetismo laico e inmanente, distinto del ascetismo de acento religioso cuyo norte es la trascendencia, aunque en uno y otro se dé la primacía de Thanatos sobre Eros y esa suerte de regocijo del morir en vida. Para esta escuela, fundada por Zenón de Citium, la sabiduría y la felicidad radican en aceptar con ecuanimidad, con resignación, “con estoicismo”, como decimos hoy, en referencia a ellos, el destino que nos tocó y nuestro lugar en el mundo.


En clave de gozo

 En la trinchera opuesta, los Hedonistas son defensores y practicantes del placer (hedoné) activo y en pleno desarrollo, del placer a ultranza y su celebración, el placer per se y porque sí, el placer de los sentidos y la voluptuosidad. Militantes del carpe diem, invitan a no pensar ni en el pasado ni en el futuro que puedan enturbiar la felicidad del instante.

 Su ejercicio libertario y no institucional de la filosofía se realizaba a la manera de un teatro de calle en plazas y lugares abiertos. No había, sinembargo, en su gesto, el afán transgresor y provocador de sus contemporáneos, los Cínicos, que rechazaban cualquier convención, sino más bien, como observa Michel Onfray, una manera de practicar la filosofía, al igual que Epicuro, con un propósito terapéutico, según el cual el filósofo cirenaico se presenta como un médico destinado a sanar al hombre común.

 El nombre deriva del gentilicio de quien fuera la figura mayor del grupo, Aristipo, nacido en Cirene, y son ellos los que mejor ilustran esta filosofía de sello hedonista, mundano y materialista. Aunque hubiese sido discípulo de Sócrates, Aristipo se sitúa en las antípodas del pensamiento de su maestro. Sibarita y de noble cuna, adoraba Aristipo el lujo, las riquezas, la comida y el vino, las cortesanas. La vida feliz sin cortapisas:

 Aristipo recupera el cuerpo en su dignidad integral: el cuerpo que come, que bebe, se perfuma, se viste y piensa, se consiente y reflexiona, un cuerpo que más allá de toda jerarquía, entre buenos y malos placeres, disfruta tanto una mesa excelente con botellas de primera como de una conversación filosófica en el ágora, seguida por la escritura de una obra [xv].

En varias lenguas y culturas, la sabiduría de calle, que, desde los tiempos de Sócrates y Aristipo algo entiende de estas cosas, dice de aquella persona que sabe llevar la vida, disfrutando de lo que le ofrece y enfrentando  con entereza la adversidad, que “toma las cosas con filosofía”, o sea, con sabiduría. En el hablar coloquial venezolano, tiene un equivalente elocuente:  “No se da mala vida”.

 El ya citado filósofo de nuestros días, Michel Onfray, rescata la quintaesencia de los Epicureístas, los Estoicos y los Hedonistas. Su proyecto de una filosofía inmanente, práctica y cotidiana pasa por una concepción liberadora y popular de esta disciplina, entendida también como herramienta para la construcción de sí mismo, para “transfigurar la vida”, la vida con los otros, vida de nosotros, y sin tener que recurrir a ficciones ni mitos salvadores: en nuestro peregrinar por el mundo, queda entendido.


De ser más a tener más

 ¿En qué momento dejó de ser la Felicidad asunto de la Filosofía para pasar a ser dominio de la Economía? Desde su aparición como sistema, el Capitalismo se apropió de ella y la convirtió en una noción inseparable del dinero. Ser feliz es tener más, y el buen vivir, basado en el vivir honesta y justamente, que predicaba la sabiduría antigua, invirtió no sólo los términos sino el sentido para dar paso al vivir bien, que va a la par con el confort, pero muy especialmente, con la capacidad para consumir mercancías, servicios y diversiones: “Almas sensibles, decidme, ¿qué felicidad es esa que se compra con dinero?”,  se preguntaba Rousseau[xvi] hace tres siglos. Ese confort no pocas veces es sinónimo del repelente éxito, uno de cuyos signos pasa necesariamente por la prosperidad económica.

 La reflexión ética de los pensadores utilitaristas ingleses del siglo XVIII hablaba de “buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas”, una consigna que hizo suya el ideario de la Revolución Francesa y que, al menos de palabra, también han incorporado a su discurso quienes gobiernan el mundo desde entonces. Y mientras en el Antiguo Testamento Dios ofrece a su pueblo la tierra prometida, una variación caribeña contemporánea, de acento no menos mesiánico, se propone conducir a su pueblo hacia “el mar de la felicidad”, en alusión al mar Caribe que une las costas y los intereses compartidos de Venezuela y de Cuba.

 Ya se trate del Liberalismo utópico, del Comunismo dogmático o del Socialismo de nuevo cuño, se ofrece el paraíso para todos. Promesa de felicidad universal que pretende dar valor agregado a lo que no es más que el deber de quienes rigen los destinos públicos: atender a los derechos y necesidades básicas de la población en materia de alimentación, vivienda, trabajo, salud, educación, cuya suma corresponde más bien al concepto de bienestar.

 En el Tercer Milenio ese bienestar sigue siendo una utopía en países incluso inmensamente ricos: el caso de Venezuela, en donde el llamado Socialismo del siglo XXI tampoco ha procurado a los pobres esa oportunidad sobre la tierra que anhelaba el Premio Nobel de Macondo. El mar de la felicidad sigue siendo una utópica metáfora y por el contrario sólo tienen la diaria realidad del “valle de lágrimas”, entre la violencia y la privación.

 Es posible que para quienes nunca han accedido a las condiciones mínimas del vivir humano, llegar a tenerlas pueda representar la felicidad. No así para aquellos que nacieron con estas necesidades resueltas o en el camino las resolvieron, por lo que han de tener puesta la mira en topes más altos en cuanto a disfrutes y goces. Que bienestar y felicidad son conceptos  distintos lo demuestra de manera tajante Pascal Bruckner cuando observa que, mientras son perfectamente legítimas las políticas de bienestar, sería tildado de loco quien  hablara de  políticas para la felicidad.

 
Luces y sombras

 Vivir felices en este mundo es nuestro único deber, pregonaba Voltaire, como portavoz ilustrado de un siglo mundano y libertino, el del Marqués de Sade. También Rousseau, pero desde valores distintos al placer y las pasiones, decía que “el objeto de la vida humana es la felicidad”. No obstante, deja asomar su carácter quimérico, cuando se pregunta, a continuación, si a pesar de que todos la predican y la desean, alguien sabe cómo conseguirla. Y su inevitable paradoja, por cuanto, advierte, el  acceso a los ansiados bienes, sólo prepara a los hombres para privaciones y penas nuevas. De allí que, “a falta de saber cómo hay que vivir, todos morimos sin haber vivido”, escribe en la segunda de sus Cartas Morales[xvii].

A contracorriente de los demás Enciclopedistas, se negó Rousseau a aceptar la equivalencia entre progreso y felicidad. Ni el saber, ni el desarrollo de las ciencias y las artes nos han hecho más felices. Tanto en el Discurso sobre la desigualdad, como en el Discurso sobre las ciencias y las artes, y en El Contrato Social, concibe como única forma de vida feliz la unión con la naturaleza, en una armonía que el hombre lamentablemente rompió en su afán de dominio y conocimiento.

 Y al hacer un cotejo entre la forma de vida a su alrededor y la que llevaban sus antepasados, lejos de advertir superación o crecimiento ve decadencia: “Es cierto, teneís la comodidad, pero ellos tenían la felicidad; vosotros sois razonadores, ellos eran razonables. Vosotros sois educados, ellos eran humanos; todos vuestros placeres están fuera de vosotros mismos, los suyos estaban en sí mismos” [xviii].

 Cierto es también que todos, sin excepción, filósofos y hombres del común, pobres y ricos, creyentes y ateos, hombres y mujeres, no sólo preferimos, sino que deseamos y aspiramos a ser felices o al menos a evitar el padecimiento a que nos aboca nuestra condición contingente y perecedera. Lo observaba Freud:

 El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipresentes e implacables; por fin, de las relaciones  con otros seres humanos [xix].

Que el goce y la felicidad no son más que ilusiones, mientras que el sufrimiento y el dolor son lo real y seguro, opinaba Schopenhauer. Claro, se podría objetar que la observación viene del taciturno filósofo para quien la vida humana es desdicha y padecimiento. No obstante, hay que anotar que, además de hacer del binomio dolor/sufrimiento objeto de su reflexión, también indagó en el enigma de la felicidad, a la cual consagró sus Cincuenta Reglas.


La construcción de lo humano

 Muchas son las fuerzas que conspiran contra la felicidad y nos arrastran al sufrimiento. No puedo evitar hacer referencia al mural alegórico que como homenaje a la Novena Sinfonía de Beethoven que incorpora la voz en la Oda a la Alegría de Schiller, realizara Gustav Klimt en la casa de la Secesión en Viena. Allí son representadas esas fuerzas por el monstruo Tifón y por un conjunto de tres mujeres, que, como temibles Gorgonas, ocupan uno de los lugares centrales del conjunto y encarnan la enfermedad, la locura y la muerte, enemigas naturales de la plenitud humana.

 El sufrimiento es un elemento consubstancial de la condición humana. Así lo expresan los versos del Corifeo como cierre de la tragedia de Edipo Rey: “De tal forma que siendo mortal/ hasta no ver el día postrero/ a nadie hay que tener por dichoso/ antes que la meta de la vida traspase/ sin haber sufrido dolor alguno” [xx]. Además del que se deriva de nuestra condición de seres biológicos y al ocasionado por la naturaleza, se suman aquellas desgracias aún más crueles y de mayor alcance, derivadas de la relación del hombre con sus congéneres, de la violencia y de la desigualdad en la distribución de la riqueza del mundo.

 No cabe duda de que estas desgracias aportan las cuotas más elevadas de dolor e infelicidad. Por eso los crímenes contra la humanidad configuran el más atroz catálogo del horror: esclavitud, intolerancia, terrorismo, racismo, explotación, xenofobia, exterminio masivo. En el origen de estas formas de inhumanidad que han conocido extremos de sofisticación inimaginables se halla el no reconocimiento del otro como semejante.

 Va aún más lejos el filósofo contemporáneo francés Nicolas Grimaldi cuando advierte que la humanidad no es algo innato ni inherente a la persona, sino que, a diferencia de otras especies, en el hombre la humanidad es una tarea que hay que elegir, abrazar y construír; lo humano no es algo con lo que se nace, sino que se hace. Porque si hay algo que ha acompañado siempre a lo humano es lo inhumano. Basta mirar a nuestro alrededor para constatar que “la vida de cada uno es prácticamente indiferente al resto” y “no hay nada tan banalmente humano como lo inhumano” [xxi].

 Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Theodor Adorno y Max Horkheimer se preguntaban por qué la civilización, provista de los instrumentos del progreso y de la técnica no había logrado combatir el hambre, la opresión y la guerra, ni detener la destrucción de la naturaleza, y por qué, en lugar de acceder a formas de vida verdaderamente humanas, es decir, regidas por la razón, caía en nuevas forma de barbarie que tuvieron su epítome en Auschwitz. Es lo que ellos llamaron con lúcido pesimismo la autodestrucción o dialéctica de la Razón.

 
Aquí y ahora

 En un panorama tan sombrío, ellos, los filósofos de Franckfurt no renunciaron a pensar la utopía, que pasa por la construcción de esa humanidad que nos ha sido tan esquiva. Y en cuanto a nosotros, tampoco abdicamos en la búsqueda de nuestra dosis personal de gracia terrenal, por frágil y efímera que sea, mediante la búsqueda de felicidad y el ahorro de  dolor y sufrimiento, por caminos distintos y en función de los anhelos de cada uno: cultivar su propio jardín, lo dijo ya Cándido.

Esa búsqueda nos mueve y nos determina, y “es lo que hace, según la cruda sentencia de Blaise Pascal, que unos vayan a la guerra y otros no”. Porque “la voluntad no hace nada que no se dirija hacia ese objetivo que es el motivo de todas las acciones de todos los hombres, incluso de aquellos que se ahorcan”[xxii]. ¡Porque no eran felices, lógicamente!, y perdieron toda esperanza de llegar a serlo.

Hay que añadir, sinembargo, que desde la perspectiva teológica de este filósofo cristiano no es posible hallar la felicidad en este mundo terrenal y de tránsito. Fórmula esperanzadora sólo para hombres de fe, como él. Que no es precisamente el caso del suicida, que por no esperar nada, desespera.


Notas

[i] Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir. Madrid, Tecnos, 1999. Pags. 18 a 24

[ii] El arte de ser feliz. Barcelona, Herder, 2000. Pag. 38

[iii] La consolación de la filosofía. Madrid, Alianza Editorial, 1999. Pags. 34, 58 y 60.

[iv] El malogrado. Madrid, Alfaguara, 1997. Pag. 70

[v] La veneración de las astucias, Pag. 249

[vi] Paris, Editions Grasset, 2000.

[vii] Philonenko, A. La filosofía de la desdicha, tomo I. Madrid, Taurus, 2004. Pag. 13

[viii] Epicuro. Obras Completas. “Fragmentos”. Edición de José Vara. Madrid, Ediciones Cátedra, 1996. Pag. 117

[ix] “De la brevedad de la vida”. Obras Completas. Traducción, presentación y notas de Lorenzo Riber. Madrid, Aguilar, 1961. Pag. 262.

[x] El principio de crueldad. Traducción de Rafael del Hierro Oliva. Valencia, Edit. Pretextos, 1994

[xi] El malestar en la cultura. Obras Completas, volumen III. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 1968. Pags. 10 a 16.

[xii] Cicerón y Séneca. Tratados Morales. Los Clásicos. México, W.M. Jackson INC, 1973. Pag. 299.

[xiii] “Epístola a Meneceo”. Op. Cit. Pags. 90 -91.

[xiv]  “De la vida bienaventurada”. Op. Cit.  Pag. 280.

[xv] L’invention du plaisir. Fragments cyrénaiques. Paris, Le libre de poche. Pag. 39

[xvi] Cartas a Sofía. Correspondencia filosófica y sentimental. Madrid, Alianza Editorial, 1999. Pag. 96.

[xvii]. Ibid. Pág. 92

[xviii] Ibid. Pag. 96

[xix] Op. Cit. Pag, 11

[xx] Sófocles. Edipo Rey. Madrid, Alianza Editorial, 2009. Pag. 301

[xxi] L`inhumain. Paris, Presses Universitaires de France, 2011. Pag. 22

[xxii] Les Pensées. www.ub.uni-freiburg.de/fileadmin/ub/referate/04pascal/pensées.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Edición No. 163