Desde la justicia del sistema a la sanción social
Cuando era niño escuchaba decir a mi padre: “sólo se hace justicia con el ladrón de gallinas”. Con el transcurrir de los años, luego de superar diferentes etapas cognitivas, alcanzar el grado universitario de sociólogo y haber realizado diferentes investigaciones sobre el funcionamiento de nuestra sociedad y sus instituciones básicas, sospecho que aquella premisa pagana de mi padre sigue teniendo hoy la misma certeza. ¿Por qué? Es difícil explicarlo en pocas palabras, pero sin llegar a las raíces más profundas del prolegómeno uno puede dilucidar que la sociedad ha quedado anclada desde siempre en la dualidad amo/esclavo.
Esta dicotomía llega a dimensiones inesperadas en la modernidad con el advenimiento del capitalismo y la división social del trabajo. Para que así ocurra, el Estado se basó en tres pilares irreductibles para definir su hegemonía: la religión, custodia de la división entre el cielo y el infierno; el derecho romano, portador de la división entre el bien y el mal; y la medicina; decisoria en la división entre la vida y la muerte. Sobre estos pilares se asienta el orden instituido por un poder que no sólo se transfiere desde arriba hacia abajo, sino que también atraviesa transversalmente todas las capas de la sociedad. Indudablemente, las viejas armas de la sociedad tradicional se funden con los nuevos mecanismos disciplinantes. Y entre la fe, la ley y la ciencia, más el rígido oficio de la espada y la política, se estructura otra manera de coaccionar colectiva e ideológicamente a individuos inmersos en el nuevo mundo industrial.
¿Qué decir de la justicia dentro de este contexto? En la búsqueda de la verdad a la que nunca accederé –y sin ningún sustento científico– me atrevo a inferir que la justicia se presenta, en ese nueva estructura de poder, como el escudo de protección de los ricos contra los pobres; o bien utilizando un concepto marxista, de la burguesía contra el proletariado; o mejor, rescatando un concepto democrático en desuso, de los demandados contra los demandantes. Es por eso que la percepción del imaginario social, al ver representado al ladrón de gallinas como el eterno culpable, condice con este andamiaje del poder que se distribuye a partir las instituciones más señeras o desde los rigurosos aparatos ideológicos estatales. La escuela y la iglesia enfatizaron la antinomia entre ricos y pobres en forma sistemática y no menos perversa: todos los humanos tienen derecho a la educación para ser iguales, pero sólo los ricos acceden a los espacios del conocimiento más elevado, es decir al estadio del poder real. Todos los humanos son iguales ante Dios, pero sólo los pobres son castigados con la discriminación, la desigualdad y la miseria, mientras los ricos se encargan de levantar y ornamentar iglesias para pagar sus pecados. Todos los humanos tienen los mismos derechos ante la ley, pero sólo los pobres llenan las cárceles del mundo porque ellos son los únicos que roban, violan y asesinan, a pesar de los ladrones, los proxenetas y los criminales de guantes blancos que se ocultan detrás de los escritorios de los abogados. Todos los humanos merecemos una mejor atención a la salud, pero sólo los pobres peregrinan por inmundos hospitales públicos en busca de una cura milagrosa. ¿Quién nos quita de la conciencia esta sensación omnipresente de inequidad? ¿Acaso podrá esa justicia que nos suministran diariamente las instituciones y los aparatos ideológicos para sentirnos simplemente dueños del cielo, de la vida o del bien, en tanto aceptemos prolijamente el orden instituido? Por respeto al inmenso universo de indefensos que subsiste en el mundo, ojala los dueños de sus derechos y obligaciones recuperen la dignidad e impulsen una correcta distribución de la justicia.
Nuevamente la voz de mi padre regresa con otra sentencia criolla: “creo en el valor de la palabra por encima de todas las cosas”. Esta actitud es atribuible a una forma de proceder que tenía y aún tiene mucha gente ante la necesidad de creer en el otro. El lazo social está férreamente constituido a través del don de dar. La palabra es la que articula el entrecruzamiento entre los individuos y a través de ella se establecen las ceremonias, los ritos y las convenciones sociales. La justicia subyace en esa confianza del creer en el otro y ser correspondido. Y como la palabra vale por encima de todos los males, la buena intención es la que triunfa. Sobre esa base se ha construido la moral, que todos pregonan como bandera del buen vivir y la armonía social. Pero en el sistema actual nada es lo que parece. Porque esa justicia social alguna vez fue institucionalizada, es decir, se convirtió en un engranaje de normas y leyes impuestas por el poder hegemónico (leáse orden económico, político y mediático). Hoy, el pacto de honor entre individuos se transforma en una lucha por intereses personales o sectoriales. Lo público y lo privado son piezas indivisibles de la maquinaria jurídica, quien establece que la palabra ya no tiene valor por sí misma, sino el valor de quién la ejerce y desde dónde la ejerce. He aquí otra trampa de ricos contra pobres, de demandados contra demandantes, de poderosos contra indefensos. Porque desde que la ley indica que cada individuo es inocente mientras no se demuestre su culpabilidad, la prueba del delito no siempre aparece en la mano o el bolsillo de un ejecutor de guantes blancos. Y quien menos posibilidades tiene de defenderse, más pruebas obtiene en su contra. ¿Acaso existe otra manera de administrar justicia en la sociedad de hoy que no sea desde arriba hacia abajo? ¿Cómo aceptar la adhesión a una justicia que determina a priori el rol social del individuo? ¿Puede este sistema globalizado hacerse cargo del destino de los marginados, los desviados, los ignorantes, los excluidos, cuando día tras día los ignora? ¿Está capacitado un Estado para reconciliar a violentos con pacíficos, victimarios y víctimas, sin crear más fragmentación y resentimiento? ¿Cómo llegaremos a la ansiada equidad social?
Vivo en un país donde se ha desvanecido la credibilidad en las instituciones y sus dirigentes; un país donde el clientelismo, la prebenda y la arrogancia son moneda de cambio entre ofertas políticas, demandas sociales y pujas corporativas; un país imprevisible, amnésico, paranoico. Para comprender esta etapa histórica, no para justificarla, intento despojarme de la mirada sociológica. Quiero animarme a creer en él –mi país- a partir del discreto encanto de la gente que lo habita. De esa gente que anda detrás del milagro de vivir como quien persigue el vuelo de una mosca; de esa gente que esquiva los perdigones del cinismo y la insignificancia; esa gente que aspira poder salir y regresar a casa todos los días; de esa gente que sueña con un devenir de progreso y felicidad. Para esa gente el valor de la palabra es inmanente a su esfuerzo cotidiano por adquirir un trabajo digno y una identidad colectiva que exprese el verdadero sentido de la verdadera justicia social. Y desde esa férrea devoción sostienen la esperanza de que algo hermoso suceda.
Si estas íntimas reflexiones son consideradas absurdas o ingenuas, estaría muy agradecido de que alguien me convenza de que hay otra forma de aprehender el funcionamiento de este cúmulo de debilidades y fortalezas que es la vida humana. Sé que el sistema nunca se equivoca; sabe lo que quiere y siempre se hará justicia a su manera. Todo lo demás corre por cuenta de mi incredulidad. Por suerte la palabra perdura. Y por ella me acerco a la poesía, a la belleza, a la verdad que emana de las cosas simples, a la libertad de ser, sentir y decir. Y hoy la palabra me sirve para honrar los axiomas de mi padre, para amar a mis seres queridos, para seguir creyendo que lo único que sanciona socialmente y repara es la memoria.