Diez enseñanzas
Comienzo por enunciar lo que, para mí, no es Danilo Cruz-Vélez; él no pertenece a la tribu de los especialistas. La época de la técnica es el tiempo de los especialistas. Tanto en las humanidades como en las ciencias. Incluso se pueden establecer analogías: El oftalmólogo no recuerda la función de los riñones, como el hegeliano ha olvidado los diálogos platónicos. Los especialistas son necesarios, pero rodeados de mentes universales que sepan tener visiones panorámicas de los conocimientos y del mundo. Es decir, se requiere de pensadores de la estirpe de Cruz-Vélez, que han clarificado el pensamiento de Husserl, de Heidegger, del mismo Nietzsche, pero logran tener una visión propia y establecer una contextualización nueva. Él nos enseñó que conocer a un autor no es repetir su pensamiento, sino comprenderlo en su particular contexto histórico-filosófico y aplicarlo al nuestro.
2.
Un compañero de bachillerato, lector compulsivo, me regaló el día del grado Aproximaciones a la filosofía, de Danilo Cruz-Vélez, editado por el Instituto Colombiano de Cultura en 1977. Allí conocí, por primera vez, los nombres de Max Scheler, de Martín Heidegger y sentí que se me aclaraba el camino para penetrar, de nuevo, en los enigmáticos aforismos de Nietzsche. Estos ensayos de Cruz-Vélez fueron iluminadores para ese adolescente que deseaba leerlo todo. ¿por qué? Por su claridad conceptual, su estilo literario, su intención pedagógica, la ausencia de retórica y de jergas especializadas y herméticas. Una lección de escritura para cualquiera.
3.
Plutarco descubrió que existen vidas paralelas. Danilo Cruz-Vélez es a la filosofía del país, lo que Aurelio Arturo fue para la poesía colombiana. Imagino a los dos conversando en un café bogotano, sentados en una mesa del rincón, aislados del bullicioso ambiente de los habladores, los vociferadores, los posudos, los burócratas de la cultura. El filósofo y el poeta son singularidades en el contexto intelectual de la nación. Ambos comprendieron la responsabilidad de las palabras y el peso metafísico de los silencios. Además, está también el ejemplo de sus vidas, la coherencia entre lo que se piensa, lo que se escribe y cómo se actúa.
4.
Ha enseñado que el rigor está al servicio de la claridad, que la filología y la historia son herramientas para pensar y que se pueden utilizar categorías heidegerianas de pensamiento, sin abusar de retóricas vacías ni de simulaciones conceptuales.
5.
Ha sabido combinar su preocupación por la esencia de la filosofía y también por su utilidad. Al lado de un libro como Filosofía sin supuestos, original investigación para académicos; ensayos como Tabula Rasa, El mito del rey filósofo y El misterio del lenguaje son libros dirigidos a un lector culto, pero sin formación filosófica. Allí, sin perder la profundidad, ha logrado, entre otras temáticas, que los lectores entendamos el drama del filósofo y la política, y el sentido trágico que representó para la filosofía contemporánea la «caída» de Heidegger en las redes del nacionalsocialismo y «una destrucción del ideal platónico de la unión de la filosofía con el poder y del mito del rey filósofo». Pero esto lo ha tratado sin invalidar la obra de Heidegger, ni tampoco disculpar al hombre. Otra lección: la ecuanimidad del pensador genuino, el contemporáneo de la postmodernidad que escribió en su ensayo La conciencia histórica y el problema de la filosofía que: «No hay filosofía, sino filosofías. Las filosofías se niegan las unas a las otras. Cada una comienza sin tener en cuenta las anteriores». Gran lección para los dogmáticos y los epígonos de los grandes filósofos.
6.
Su énfasis en una «filosofía sin supuestos» lo ha llevado a no despreciar ningún problema de la cultura sin examinarlo, ni tampoco invalida autores sin contextualizar su obra y su vida. Una buena muestra de lo anterior son sus ensayos sobre Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno y Francisco Romero. Por ejemplo, reconoce la importancia histórica que tuvo Ortega para modernizar la filosofía en español y su condición de precursor, en nuestro idioma, del lenguaje filosófico. Pero, a la vez, de manera impecable rectifica la interpretación que hizo el filósofo español de Hegel y sus Lecciones de filosofía de la historia, donde supuestamente el alemán había puesto al continente americano inmerso en la naturaleza y fuera de la historia universal. La lectura que hace Cruz-Vélez de Hegel le permite aclarar que: «…la expresión Neue Welt, «mundo nuevo», en boca de Hegel es un concepto histórico-universal. Mediante ella no intentó poner a la vista una dimensión geográfica en un sentido estricto, como Vespucio, ni mucho menos abrir un ámbito geográfico para relegar allí a América, sino señalar un posible nuevo centro de la historia universal». Que lejos se encuentra esta lectura crítica, con sus precisiones, de esa pose de muchos «filósofos profesionales» de habla hispana que descalifican la obra de Ortega y Gasset sin leerla. Una lección de honestidad intelectual que lucha contra la tradición heredada de los prejuicios culturales.
7.
En un país como Colombia, con una herencia cultural pervertida por la politiquería, donde los intelectuales han sido alcahuetas y melindrosos, o ávidos de reconocimiento social farandulero e inmediatista, sobresale la integridad del escritor Cruz-Vélez y su persistencia en el oficio de pensar en soledad y escribir con autonomía. De ahí que le diga a Rubén Sierra-Mejía, en su libro La época de la crisis. Conversaciones con Danilo Cruz-Vélez, que: «Lo decisivo para mí es haber intentado permanecer fiel a mí mismo. No olvidar el mandato de Píndaro: sé el que eres». Quizá, por ello, renunció también a su cátedra universitaria en 1972 y decidió escribir con la libertad del filósofo no académico, como Nietzsche y Schopenhauer. Verdadera lección de coraje y valentía espiritual esa de pretender ser un escritor libre en un país que tiene tan pocos lectores en general y aun menos lectores calificados de libros de pensamiento.
8.
En su ensayo El ocaso de los intelectuales en la época de la técnica demuestra su lucidez y capacidad de interpretar la crisis del mundo actual. En una época dominada por la tecnología le corresponde a los humanistas afrontar un nuevo reto: pensar una nueva ética para la técnica, prepararse para la comprensión crítica que no deje sola a la «razón calculadora». Acá se encuentra el ámbito de pensamiento de su maestro Heidegger, pero expresado de manera muy personal por Cruz-Vélez. Además, coincide con George Steiner en ese llamado de atención a los humanistas que todavía viven mentalmente en un mundo del pasado que ya está muerto. Otra lección: su juventud mental y su conexión con el «espíritu de los tiempos».
9.
He releído la obra de Danilo Cruz-Vélez con interés y placer. Es una escritura sólida que no ha envejecido ni envejecerá en mucho tiempo, porque revela a un pensador y a un buen escritor que se le nota su bagaje histórico, literario y filosófico. En el contexto colombiano abrió un camino que todavía está por ser recorrido y profundizado.
10.
El horizonte conceptual de Danilo Cruz-Vélez es, para nosotros, lo que él mismo señaló al citar la fábula de Simmel: “Se cuenta que un labriego, en trance de muerte, dice a sus hijos que en su tierra hay un tesoro escondido. Ahondan y revuelven sin encontrar nada. Pero la cosecha siguiente se triplica con la tierra así removida. Buen símbolo de las líneas que nosotros marcamos a la metafísica. No daremos con el tesoro, pero el mundo, removido por nosotros, será tres veces más fecundo para el espíritu”. La obra filosófica de Danilo Cruz-Vélez ha fertilizado, quizá por primera vez, la tierra cognitiva de Colombia. Ojalá algún día las nuevas generaciones lleguen a la altura de su legado y sepan apreciarlo, pues sus contemporáneos, con algunas excepciones, han sido inferiores a sus retos intelectuales.
