La cotidianidad de la distopía de la pandemia: una caja de Pandora
Irene Vallejo, en El infinito en un junco (2021), ilumina la consideración de la habitabilidad del pensamiento en una corporalidad situada históricamente. Con este enunciado propongo traducir, en el tatuaje de unas palabras, una reflexión sobre la vida cotidiana, social y familiar durante el tiempo de la pandemia por el cóvid 19. Palabras que, a manera de brújulas, ofrecen un sentido para transitar y descifrar los caminos de una realidad distópica que trastocó la “normalidad” y nos envolvió en la explosión de múltiples y complejos laberintos emocionales.
El relato sobre la vulnerabilidad y la fragilidad humana ha sido el anclaje de la irrupción de este orden distópico. La interrupción de la “normalidad cotidiana”, atravesada por el confinamiento, la distancia física, la amenaza del contagio y la cercanía de la muerte problematizó la diversidad de relaciones, vínculos y situaciones. Sumado a ello, la agudización de las desigualdades históricas estructurales y múltiples, y la expansión del precariado[1]. Lo incierto, entrelazado con el pánico, se instaló como lógica de la vida, y detonó un desgaste emocional ante la proyección del tiempo: el quiebre de la confianza básica frente a una otredad amenazante y la expansión de discursos sobre el cuidado personal, familiar y social como estrategias de sobrevivencia.
[1] El precariado anuncia la configuración de una categoría social que va más allá de las convencionales interpretaciones sobre la pobreza histórica, las desigualdades socioeconómicas y la jerarquización de las clases sociales. Indica la fragilidad de las condiciones y calidad de vida, que atraviesa todos los sectores sociales, derivadas de las resonancias políticas, sociales y económicas de la pandemia. Una realidad que se amplía aceleradamente para nombrar la crisis social, económica y emocional que trae esta pandemia.
El propósito de empalabrar las resonancias (Duch y Melich, 2009; Duch, 2018; Rosa, 2019) generadas por el “desacomodo de la normalidad cotidiana” se orientó a descifrar la densidad relacional y vinculante en el escenario social de la familia, considerado cultural y políticamente como referente de protección y garantía de continuidad vital y, ahora, en centro de contención y mitigación de la pandemia.
El tatuaje de estas palabras recorre dos argumentos: la instalación del orden social distópico y el vaciamiento de la familiaridad; los cuales, desde una perspectiva sociológica, los ligo a partir de tres categorías analíticas: la distopía, que nombra una realidad inesperada y no planeada, en contravía de la utopía; la cotidianidad como la organización impuesta de prácticas, rutinas y rituales en la interacción social y familiar; y el vaciamiento de la familiaridad para nombrar las dinámicas relacionales y vínculos familiares en el contexto temporal y espacial del confinamiento, derivado de la pandemia por el cóvid 19.
La configuración de un orden social distópico con soporte en un nuevo panóptico social
El cronos que se asoma a finales del 2019 y se consolida en el 2020 anuda el control y la vigilancia de un nuevo panóptico en el discurso normativo y sancionador del cierre de fronteras, el confinamiento, los toques de queda, las restricciones de movilidad, el pico y cédula, el aforo permitido y la circulación de los datos personales (habeas data), con la narrativa de una moralidad emocional sobre el cuidado de sí y de los tuyos, el “Quédate en casa”, el cumplimiento de las medidas de bioseguridad, la obediencia ciudadana y la distancia física. Un panorama cotidiano que llega sin esperarse; que les pone una frontera difusa y porosa a las libertades individuales, a las obligaciones de sobrevivencia, al peso de la responsabilidad familiar y social, a la consideración de la otredad y a la efectividad y límites de un estado social de derecho.
Vivimos un tiempo confuso bajo la evidencia histórica de la ambigüedad, la incertidumbre y la desigualdad estructural. La singularidad de este instante prolongado pone sin duda alguna la cuestión de la finitud subjetiva y social[1]. Un marco que demanda con urgencia una atención institucional y política con sentido humanista y humanitario, distante de los intereses partidistas, bajo el techo de la solidaridad global, la responsabilidad humana y el cuidado mutuo traducido en los planes de vacunación y la expansión de prácticas de protección y cuidado. Sin embargo, esta realidad, sin precedentes, se enreda en los juegos de poder de las multinacionales farmacéuticas, los laboratorios de investigación biomédica, el pulso de los estados, las jerarquías de los países en correspondencia con sus condiciones de desarrollo y las resonancias de las concepciones conspiracionistas y negacionistas sobre el cóvid y la pandemia[2].
Esta distopía y el panóptico que la soporta focalizan, por una parte, una ambigüedad en la narrativa pública y política del compromiso de los estados y la responsabilidad social en torno a la salud y el cuidado. Se configura un escenario social por donde circula el reconocimiento de la complejidad (OMS) con los registros en los sistemas de salud, los contagios, fallecimientos y consecuencias; la minimización y burla (gobiernos de Trump y Bolsonaro); las negociaciones bajo el techo del capitalismo financiero y la utilización de diversos dispositivos ideológicos de salvación ante el contagio (credos religiosos y sistemas de creencias ancestrales). Un movimiento discursivo que confunde, enmaraña y limita el sentido psicomórfico y social del sujeto contemporáneo, la responsabilidad de los estados, el compromiso institucional y la vida social.
Y, por otra, se detona el agotamiento del relato de la democracia en clave del reconocimiento, respeto, protección, defensa y experiencia de la diversidad; la diferencia y los derechos de la otredad. Porque esa otredad, que son los demás extraños –próximos– que circulan en un espacio y territorio compartido, son señalados directa o simbólicamente como amenazas para la salud: el peligro para la propia seguridad vital y el gasto de los recursos propios.
La pandemia producida por el cóvid 19 desplegó otro significado de la inseguridad ante el riesgo de su contagio, y puso a circular una nueva alarma con el matiz de pánico social y colectivo. Esta cooptación discursiva tradujo los datos sobre la expansión del contagio, el incremento de la mortalidad, las precarias condiciones de salud, la fragilidad institucional pública y privada y, de manera significativa, la paradójica situación del personal de salud. Además de la expansión de la vulneración y vulnerabilidad de las necesidades cotidianas.
A este escenario social, complejo y poroso, se agregan como resonancias las movilizaciones sociales o “el grito de y en las calles” sobre la desigualdad, la pobreza y la exclusión estructural. Hay una circulación de discursos de tinte fascista, sobre la protección y cuidado asociado a la “gente buena versus la contaminación y el contagio de los desadaptados, vándalos y extranjeros”[3]. De esta manera, los migrantes, las diversidades étnicas, los pobres históricos, los grupos excluidos y las primeras líneas fueron señalados como vehículos de contaminación, transmisión, peligro de contagio y afrenta a la seguridad para los “buenos”. Es otro matiz del panóptico que oculta o disfraza la desigualdad social y múltiple, vuelta ficción bajo la amenaza del cóvid 19.
Un panorama que dibuja un vaciamiento del amplio y diverso paisaje social con la ausencia o fragilidad de la confianza social, junto con el confinamiento físico y simbólico de la vida cotidiana en el espacio cuadriculado y restringido de la vivienda. Una clara evidencia de xenofobia y aporofobia (Cortina, 2017) que pone en jaque los relatos sobre la democracia y los derechos humanos; que alimenta la circulación masiva de emociones básicas o primarias como el miedo, la rabia y las emociones sociales y morales como la culpa y la vergüenza (Ariza, 2016).
En el cronos de la pandemia, la distopía de la vida cotidiana se mueve ambiguamente entre sentimientos de nostalgia restaurativa (añorar el pasado), adaptativa (acomodarse al presente) y reflexiva (resignificar el futuro) (Palacio, 2020). Una cotidianidad que enfrenta desprendimientos por fallecimientos y separaciones de manera acelerada y masiva, el trastocamiento de los rituales de despedida, e incluso de acogimiento, y la impotencia de contar con asistencia en salud. Una erosión de la confianza vital que se enlaza en el confinamiento: un aislamiento que fragmenta la interacción social, y que provoca el desenclave del encuentro “cara a cara” con una corporalidad próxima. Sin embargo, los dispositivos de sobrevivencia humana despliegan una compensación ficcional a través de la tecnología y la virtualidad que pretende minimizar el peso simbólico de cierta ausencia de la otredad y la utilidad estratégica de los discursos familísticos[4] de protección.
Este paisaje actual indica un giro en las interacciones humanas. La instalación de este panóptico social pone en evidencia la proximidad de una otredad extraña y ajena que niega o restringe la cercanía de los cuerpos. Porque el cuerpo es amenazante: hospeda el virus. Además, es el mediador y transmisor del contagio. La observación en la escena pública indica un cambio en la estética corporal, especialmente facial, con el ocultamiento de la sonrisa. Hay una reducción significativa en la opción del contacto al toque de los codos, y evidencia una mirada distinta que contiene la duda sobre la identidad de la otredad: se sospecha como enemigo. Esta puesta en escena del cuerpo, la corporalidad y la corporeidad en componentes de una realidad ficcional, afianza la nostalgia del encuentro con la necesidad de la distancia.
La pandemia por el cóvid 19 nos puso a caminar, en palabras de David Le Breton (1998), en una invisibilidad de la sonrisa. La risa se oculta; un reciclaje del tiempo de la edad media (Eco, 1982). Se añora la complicidad y la cercanía, y se enfrenta, además, el riesgo del olvido sobre el significado de un abrazo y la emoción del tacto.
Ante esta ausencia aparece otro signo como símbolo de saludo: poner la mano en el corazón desplaza el abrazo. Se restringe y limita la construcción y renovación de la memoria corporal: sentir el cuerpo de la otredad. Hay una privación del espejo social que produce la interacción. Se pierden los usos cercanos y próximos del rostro y del cuerpo de la otredad y la alteridad como estructura que organiza el orden significante del mundo.
El cuerpo, la corporalidad y la corporeidad toman otro sentido a través de la imagen que proyecta la pantalla del ordenador, el celular, el WhatsApp, el Skype; plataformas como Zoom, Meet, Teams se constituyen en estrategias que enlazan la percepción del cuidado, mitigan las consecuencias del riesgo y garantizan la contención de la amenaza que despliega una otredad próxima físicamente. La virtualidad se consolida como dispositivo de protección y alimenta el individualismo contemporáneo, pero lo encapsula desde la moralidad emocional del pánico colectivo.
Además, la pandemia por el cóvid 19 ha puesto en extenso sobre la vida cotidiana la agudización de las carencias y fragilidades de un orden social, caracterizado por el déficit de la responsabilidad del estado, la infraestructura institucional y de servicios; estas suponen, al menos de manera discursiva, la garantía de los derechos y el bienestar de la población. La irrupción de dicha realidad podría analizarse, en palabras de Hartmut Rosa (2020), como una línea fronteriza que sitúa en jaque lo disponible, lo que se tiene y lo indisponible: aquello que no se tiene pero que se requiere con urgencia, sin aplazamientos ni compás de espera. Esto ha generado una dinámica política inusual al obligar el cumplimiento de las promesas del estado en el menor tiempo posible; porque en este tiempo, disruptivo y distópico, anunciar el esfuerzo no es suficiente para lograr lo que se enuncia.
Por otra parte, la mencionada arquitectura social y política de la pandemia hace visible la emergencia de tensiones que traducen la fuerza de un nuevo matiz del individualismo reflexivo (Giddens, 1995), centrado en el retorno y en el confinamiento dentro del universo privado, doméstico y familiar. Es la obligación impuesta por la pandemia; como diría Richard Sennett (2011): el declive de lo público, pero bajo el argumento de la protección ante la fragilidad y la vulnerabilidad que produce el contagio de esa otredad. Aparece la marca coyuntural de una lógica del olvido de la mismidad en la sociabilidad. Se instalan el sentido de una vida cotidiana encerrada en el mundo intimista y doméstico de la vivienda y el hogar compartido o no, así como la fusión de los escenarios externos del intercambio e interacción laborales, educativos y sociales con el mundo familiar y privado. Todo ello demarca una porosidad en los límites y fronteras de la vida humana.
El vaciamiento de la familiaridad: una caja de pandora
Al fusionarse todos los escenarios sociales en el ámbito familiar y del hogar, la cotidianidad distópica produce una ambigüedad emocional entre el cuidado y la protección que se espera del confinamiento, y, además, el agobio de un encerramiento familiar en la vivienda.
La circulación espacial con opciones o restricciones derivadas de las condiciones del espacio físico y su habitabilidad individual o compartida, la monotonía de los encuentros y las rutinas, la preexistencia de vinculaciones tensionantes, el difícil acceso a recursos económicos y materiales, la limitación de opciones de encuentros e interacciones sociales que nutren las conversaciones familiares, la fusión de los lugares laborales, familiares, sociales y personales y la resonancia del trabajo y la educación en casa abrieron una profunda grieta en la cotidianidad familiar; instalaron y agudizaron condiciones adversas en la salud física, mental y social.[5]
La imposición de fronteras restrictivas para circular por lo público produjo un cambio drástico en el sentido de la cotidianidad. La casa hogar como lugar de llegada, de descanso y de encuentro con los más cercanos (pareja, padre, madre, hijos, hijas y demás parientes), giró hacia una experiencia pesada y opresiva. El encierro se constituyó en barrera e impedimento para las conversaciones familiares: se tornó tedioso y pesado por la prohibición de salir, de disponer de una espacialidad y distinción en los tiempos sociales individuales, escolares, laborales y sociales a propósito del encuentro con otredades.
La necesidad de la sociabilidad más allá de las fronteras familiares se trastocó. La imposición del encierro individual hizo visible la nostalgia de la circulación pública y su aporte a las dinámicas interaccionales y conversacionales; pero, además, produjo la pesadez de una rutina endogámica. Lo anterior marca una confrontación con la mitología cultural judeo cristiana occidental y moderna sobre la felicidad de la intimidad con la privacidad de compartir juntos la vida familiar: no solo porque el desgaste emocional “de la casa sin la esfera pública se constituye en una experiencia extremadamente opresiva” (Illouz, 2021), sino también porque el confinamiento detonó el escenario doméstico como un frente de guerra y campo de batalla para la sobrevivencia cotidiana.
La pandemia puso a la calle y lo público en paisajes vacíos y silenciosos. Al borrarse su significado nutricional para las conversaciones familiares, la puerta de la vivienda cambió de referente simbólico, pasando de ser un umbral de escape del escrutinio público y lugar de descanso y experiencia de la familiaridad, a ser un muro de contención, protección y aislamiento de las fuerzas externas, invasoras y amenazantes para el contagio y la muerte.
El confinamiento doméstico como estrategia de sobrevivencia familiar y social traduce la resonancia del vaciamiento de la familiaridad. Se produce un estallido emocional en las reglas, rituales e interacciones que soportan el mundo familiar: el agobio de la rutina y la sobreposición de acciones; el encierro, la ausencia de la proximidad física con otredades; las huellas de la memoria corporal de los abrazos; el aislamiento de y con distancia física de familiares cercanos.
Asistimos a un tiempo familiar aún más confuso. La paradoja de esta convulsión emocional producida por el confinamiento giró la sociabilidad y la interacción familiar hacia un vaciamiento y un agotamiento. La interrogación por la legitimidad de la ideología familística de la unión y la unidad; la evidencia de la fragilización, del desvanecimiento de los vínculos afectivos y de la erosión de la confianza se traducen en la expansión y persistencia de emociones básicas y primarias como el miedo, la rabia y la alegría conjuntamente con emociones morales y sociales como la culpa y la vergüenza, el enojo y la venganza.
Un paisaje familiar contradictorio, por demás, que circula en los medios de comunicación a través de la resignificación del discurso del cuidado y, en menor medida, por las denuncias de múltiples violencias y abandonos. Sin embargo, hay un afinamiento sobre la ficción del paraíso familiar: aparece la imagen emocional de “los abuelitos” y la obligación de protegerlos, de quedarse en casa y valorar la cohabitación con la familia en el hogar, con el despliegue discursivo de las lógicas de la economía de la felicidad, la psicología positiva y la moralidad emocional (Cabanas e Illouz, 2019). Una ficción que oculta o enmascara la realidad de las encrucijadas diarias, los dilemas entre la obligación y el agotamiento, el sufrimiento y el estar bien: es la paradoja entre morir de cóvid, morir de hambre, o matarnos entre todos.
La narrativa del cuidado familiar en los tiempos ambiguos del cóvid 19 pretende compensar la incapacidad del estado y la fragilidad institucional. Se delega en la disposición individual la contención del contagio y la felicidad de hacer y estar juntos, de reinventarse la vida cotidiana compartida y compensar la fragmentación del tiempo familiar, laboral y escolar propio de la normalidad anterior a la pandemia. Este repliegue doméstico moviliza la estrategia de huida y fuga y reconfigura la vida cotidiana en el hogar con la familia como red significativa de sobrevivencia vital en estos tiempos sociales.
Las resonancias del confinamiento doméstico no pueden generalizarse ni homogeneizarse. Hay diversidades de realidades familiares: esta pandemia ha permitido que en algunas organizaciones familiares se inicie, afine y confirme un curso vital de concertación, negociación y acuerdo sobre las diferencias y las diversidades entre sus integrantes en las condiciones del encierro. Es el escenario de actuación de los equipajes culturales construidos y dispuestos en la trayectoria de vida familiar lo que permite tramitar la experiencia del agotamiento emocional: una oportunidad de afianzar una habitabilidad familiar democrática.
El agotamiento emocional que trae el confinamiento también detona la complejidad y diversidad de las organizaciones familiares al hacer visible, en estas realidades, la presencia de un vaciamiento de la familiaridad. Las dificultades interaccionales por la ausencia de referentes conversacionales, la construcción de relaciones disimétricas, la negación o desconocimiento de la diversidad entre y de los integrantes de la organización familiar, como también el encapsulamiento de la individualidad por la presión de una cohabitabilidad compartida sin límite de tiempo. Son ecos de resonancia en la cotidianidad familiar, donde se descubre la realidad ficcional de la familia, la paradoja de los dispositivos ideológicos de la convivencia armónica y la unidad familiar, los dilemas morales y afectivos de la pertenencia, la obligación del cuidado y la asfixia de la individualidad; ecos que ponen en contacto corporal la circulación de los próximos más extraños.
Es el lienzo familiar de la habitabilidad familiar en tiempos de la pandemia por el cóvid 19. Las marcas de tensiones, conflictos y violencias que se traducen en la información sobre violencia conyugal, parentofilial, feminicidios, crímenes pasionales, abuso sexual, maltrato y abandono de niños, niñas, adolescentes, mujeres y personas mayores; el deterioro de la salud mental, especialmente a través del incremento de la ideación, intento y hechos de suicidio, como también los altos registros de depresión por soledad y abandono se presentan en las fuentes de Medicina Legal, ICBF, Fiscalía General de la Nación, Ministerio de Salud y diversos medios de comunicación a partir del año 2020.
Además, se focaliza en este lienzo el rumor del dualismo de género en clave femenina. El confinamiento y la fusión de los tiempos en el ámbito doméstico han generado una especie de reciclamiento de la ideología familística en torno al lugar de la mujer, madre, esposa e hija. Los siguientes aspectos la enredan desde el miedo y el pánico de contagio en la moralidad emocional de la solidaridad, la abnegación y el sacrificio que se deriva del deber de cuidar a su familia: la crianza de niños y niñas, el cuidado de los parientes viejos o enfermos, la dinámica doméstica con ausencia de red de apoyo, el sostenimiento de la unidad familiar en un contexto de aislamiento y distancia física, el peso de la soledad de sus adolescentes y personas viejas. Incluso también enfrenta el señalamiento y juzgamiento de su desprendimiento e “irresponsabilidad” por no hacerlo o delegarlo; se la juzga por sobreponer, a su condición de esposa, madre o hija, su trayectoria como mujer. La autonomía e independencia quizás ganada para circular en otros espacios sociales se subsume en el lugar femenino de una lógica tradicional, que niega o desconoce la vida familiar como un proyecto de responsabilidad y ética del cuidado compartida simétricamente.
Por todo lo anterior, retomo mi invitación a la reflexión crítica en torno a la sospecha sobre la ideología familística, la economía de la felicidad y la psicología positiva que se despliegan en las estrategias de contención de la pandemia por el cóvid 19. Y, sobre esta base, afinar el lugar que tiene la familia no como la célula o núcleo de la sociedad, sino como una agencia fundamental para la formación de la democracia y la ciudadanía. En este camino provoco descifrar los dispositivos económicos, políticos e ideológicos que contienen las estrategias del capitalismo emocional y la manera como nutre la carga y el lugar simbólico que posee el mundo familiar en la vida social y subjetiva.
Bibliografía
Ariza, M. (2016). Introducción. La sociología de las emociones como plataforma para la investigación social. En: Emociones, afectos y sociología. Diálogos desde la investigación social y la interdisciplinar. Universidad Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Sociales. México.
Cabanas, E. Illouz, E. (2019). Happygracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. Editorial planeta. Bogotá.
Cortina, A. (2017). Aporofobia. El rechazo al pobre: un desafío para la sociedad democrática. Editorial Paidós. Barcelona.
Dubet, F. (2015). ¿Por qué preferimos la desigualdad? Aunque digamos lo contrario. Siglo XXI Editores. Argentina.
————— (2017). Lo que nos une. Cómo vivir juntos a partir de un reconocimiento positivo de las diferencias. Siglo XXI Editores. Argentina.
Duch, Il. (2018). Vida cotidiana y velocidad. Editorial Herder. Barcelona.
Duch, Il. Melich, J.C. (2009). Ambigüedades del amor. Antropología de la vida cotidiana 2/2. Editorial Trotta. Madrid.
Eco, H. (1982). En nombre de la rosa. Editorial Lumen. España.
Giddens, A. (1995). Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Ediciones Península. Barcelona.
Illouz, E. (8 de abril del 2021). Entrevista de Margarita Rodríguez para la BBC News Mundo.
Le Breton, D. (1998). Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones. Editorial Nueva Visión. Buenos aires.
Palacio, M. C. (2020). La familia: meditaciones sociológicas en tiempos ambiguos. Editorial Sílaba. Medellín.
Rosa, H. (2019). Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Editorial Katz. Buenos aires.
————– (2020). Lo indisponible. Editorial Herder. Barcelona
Sennett, R. (2011). El declive del hombre público. Prólogo de Salvador Giner. Editorial Anagrama. Barcelona.
Vallejo, I. (2021). El infinito en un junco. Siruela Biblioteca de Ensayo. Madrid.
[1] La finitud alude no al final de la vida sino a los procesos que la acompañan. Ver: Rosa, 2020; Dubet, 2017.
[2] La distancia entre los acuerdos globales y el desarrollo de los planes de vacunación –conjuntamente con diversas movilizaciones sociales– agudiza la grieta histórica de las desigualdades estructurales y múltiples (Dubet, 2015; 2017) como lo han denunciado las Naciones Unidas, la OMS y organizaciones internacionales defensoras de los derechos humanos. Sin embargo, se mantiene un despliegue sobre la urgencia de contener y mitigar las consecuencias del riesgo de contagio por las variantes, así como el diseño y puesta en marcha de estrategias de reactivación económica y, de cierta manera, un adoctrinamiento sobre estos planes de vacunación.
[3] La denominación de “gente buena” fue una expresión que circuló en el Paro Nacional de abril del 2021 para demarcar una distinción con respecto al señalamiento de los vándalos y las personas de la Primera Línea.
[4] La designación de los “discursos familísticos” se asocia, en el campo de los estudios de familia, con la carga ideológica que contiene, distinguiéndose de la denominación de “discursos familiares”.
[5] El Ministerio de Salud y los medios de comunicación han circulado informes respecto a las afectaciones de la pandemia en las condiciones de la salud mental en el país y el mundo. Los datos sobre los suicidios, intentos e ideación suicida se encuentran de manera explícita en los registros institucionales correspondientes al año 2020 y lo que ha transcurrido del 2021.