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«Divertimentos y espejismos», solo si cuidamos el lenguaje

En su reciente libro Divertimentos y espejismos, Andrés Calle-Noreña (Universidad de Manizales, 2017), profesor titular de la Universidad de Manizales, explora los códigos de la música, la pintura y el lenguaje verbal. Dado que tal tarea la emprende apelando a las herramientas de la semiótica y la lingüística, debe extrañar que yo haya aceptado el honor de presentar el libro sin ser experto en esas disciplinas. Eso tiene una explicación. Andrés no utiliza el entramado técnico especializado de la semiótica y la lingüística, sino que en Divertimentos y espejismos ellas deben “rebajar sus pretensiones de explicación y objetivación, ante las realidades de todo lo que merezca llamarse ‘lenguaje’ ”, como bien lo expresó Javier Domínguez en sus palabras escritas –esas sí autorizadas- de presentación del libro.

Lo anterior significa que Andrés pone la música y la pintura contra las tablas del uso comunicativo del lenguaje verbal. Y en ese forcejeo con la especificidad de cada una de las artes mencionadas y con los mensajes que el ser humano quisiera hacer visibles, su autor descubre que “hay puentes y también fronteras” (p.11). Y moviéndose entre puentes y fronteras se inclina más por descubrir los puentes que comunican las diferentes artes, que las fronteras que las separan. Y puedo afirmar ahora que ese interés común por el lenguaje como vía de acceso al mundo humano, real e imaginado, es el que me vincula como lector a Divertimentos y espejismos.

Algo más, el libro no presenta una tesis, ni demuestra hipótesis. Se propone plantear, dice su autor, un problema de problemas que es de interés de la filosofía, la ontología, la semiótica, la lingüística, la epistemología y la estética. El autor mismo fue consciente de “lo desbordante y pretencioso” de tal propósito, para decirlo con sus propias palabras, pero él mismo lo encontraba “congruente con la necesidad de recurrir a la complejidad” (p. 85) de los numerosos códigos que crea el hombre para comunicar y expresar su estar en el mundo, en medio de las cosas y de los demás hombres, el conjunto de todo cual constituye nada menos que el problema de los problemas, “la cultura humana” y sus infinitas formas de expresión. Para tranquilidad de Andrés Calle, ese es el problema que a él lo inquieta en su libro y lo recorre de la mano de la mención de algunos ejemplos tomados de la pintura, la música y el lenguaje verbal, pero no se mete en las honduras de las disciplinas que menciona, aunque acude al apoyo de varios de sus conceptos.

No de otra manera hubiese podido definir el centro de su estudio, cual es “tratar de entrar desde los códigos y los signos en estos campos cruzados, en estos divertimentos y espejismos; en los que un arte remite al otro; en que un código se transpone en otro y el lenguaje verbal dice de todos y de sí mismo; en que una sensación se transduce en otras; y se crean y recrean metalenguajes y se hacen fluir y permanecer las unidades de sentido de las culturas” (p. 32). El mundo es un hervidero de vida, de acontecimientos y amasijo de cosas en busca de modos reconocibles de aparecer. Antes que él asuma una forma determinada es el puro medio ambiente, el entorno desde donde pareciera que lo moviera siempre la voluntad de salir, de manifestarse y expresarse, una de cuyas formas privilegiadas de brotar a la presencia es el hombre. Por medio de éste a la vez el mundo habla, su lenguaje se hace imagen o palabra, porque sólo los hombres consiguen el alumbramiento del mundo, mientras que los animales no lenguajean; para usar palabras de Maturana y Varela, citadas en la obra (cfr., p. 35).

Por otra parte, de cada rincón de la tierra brotan diferentes maneras de pensar y de figurarse el mundo, vale decir, diversos modos de escucharlo, diversas miradas dadas a él, diferentes relaciones con él, distintas culturas. Quizás sea ésta una de las razones por las cuales Andrés afirme que las “producciones del pensamiento y el arte no son cosas distintas” (p. 88), o que “el pensamiento tiene que ver con transducciones entre imágenes y palabras, con todas las posibles expresiones del contenido o de las ideas” (p. 53).

Dice el filósofo alemán Boris Groys (en su libro Volverse público) que “el hombre interroga el mundo y es interrogado por él”, por ello la vida humana puede describirse como un diálogo sostenido con el mundo, de suerte que está determinada por las creencias y los presupuestos filosóficos que conforman sus interrogantes. Si creemos que Dios fue el creador, le formulamos preguntas y esperamos respuestas diferentes a quienes creen que el mundo es una realidad material en transformación; si creemos que el ser humano es solo racional intentamos participar de este diálogo de manera diferente a cuando recordamos que también es un cuerpo deseante.

Pero el mundo no es sólo el empírico, también la imaginación humana construye mundos a la medida de expectativas, ilusiones, temores y esperanzas de individuos y pueblos. Con esos mundos igualmente dialogamos, formulamos preguntas y damos respuestas diferentes. Habida cuenta de todo esto hay –afirma Andrés Calle- “pueblos que se definen en su cultura y en su práctica cultual como devotos de la representaciones icónicas de manera abigarrada, como los hindúes e iconoclastas”, otros del lenguaje poético, otros del concepto, u otros “centrados en la lectura de un libro, con representaciones solo alfa numéricas y con una concepción abstracta de Dios, como los musulmanes” (p. 81). Es de esta manera como las culturas se enriquecen, el pensamiento se hace más profundo y penetrante y el arte más atrevido.

Así, entonces, “la comunicación y la realidad dependen de las miradas, de las escuchas, de las aproximaciones, y de la interrelación política de los intérpretes, de la trayectoria de los pueblos” (p. 89), para ello juega un papel crucial la creatividad, la pasión por la analogía, por la metáfora, por la institución de nuevos códigos, la propuesta de nuevas correlaciones y transposición de signos. Que lo narrado pueda ser llevado a música, que ésta a la pintura; que la comunicación sináptica se transforme en figura, que el pensamiento en imagen, que la imagen en concepto, que los sueños transiten a la representación pictórica o cinematográfica, no son más que menciones ejemplares del infinito número de posibilidades de transposiciones a que nos conducen los divertimentos de Andrés Calle en su libro.

Pero es llamativo su intento por acercar la pintura y la música. Aquélla es una de las artes que claramente usa signos lingüísticos o imágenes con valor de íconos, mientras que a la música la podríamos considerar el arte de lo prelingüístico, que brota del sonido y el silencio más que de la palabra. Ella más bien se instala en el medio ambiente que vive del reposo-movimiento de todos los seres que lo constituyen; medio sin el cual no habría propiamente mundo, ni experiencia del tiempo, ni del movimiento, tan consustanciales a la forma musical. El autor aclara que su alusión a la música busca acentuar la posibilidad de que haya transposiciones de código entre el lenguaje verbal y las formas musicales, pero muy a propósito para sacar provecho como divertimento, como espacio abierto de libertad y creatividad, por ejemplo en lo original, nuevo e irrepetible que acontece en la improvisación, particularmente experimentado con las improvisaciones del jazz.

Los espejismos vienen de la pintura, quizás por su inocultable carácter ilusorio y engañoso como los espejos, pero este sentido se aplica a Platón, quien había comparado el arte imitativo con un espejo que duplica las cosas del mundo, mientras que en Hamlet, quien ante sus ojos mostró a Claudio su crimen, el espejo más que ilusión es reflejo real de lo que somos y nos insta a “cambiar la vida” tal como nos interpela el arte. Que el pensamiento privilegia el concepto, la lógica y la proposición enunciativa; que la pintura recurre a los recursos de la arquitectura como el claro oscuro y la perspectiva; mientras que la música, se dice, es la arquitectura de los sonidos, en tanto que la arquitectura comparte con la música ser instalación en el entorno; que la poesía les da raíces a todas las artes, etc.  

Todas esas interrelaciones, entre referencias y transposición de códigos y formas, son empeños de expresión y comunicación que vienen de la totalidad de lo que hay, de contextos infinitos. No obstante esa enorme riqueza de modos de anunciarse no es suficiente para hacer manifiesto todo el contenido del mundo físico y mucho menos del humano, o, para expresarlo con un afortunada imagen de Umberto Eco, son como galaxias expresivas de mucha riqueza que se correlacionan con nebulosas de contenido.

Para finalizar es oportuno aprovechar los divertimentos y espejismos de Andrés Calle para pensar en lo que somos actualmente. Andrés constata, con cierto optimismo, que “es un hecho que con las posibilidades de inter conexión, los usuarios sí tienen más contactos que los que nunca antes pudo tener ningún sujeto de una comunidad mediana, o dentro de una familia extensa, de una colectividad de fe, de una etnia densamente tejida” (p. 83). Y se pregunta si incide el que la cultura se distancie de la literalidad.

En la actualidad mantenemos un “diálogo” a través de internet muy diferente a las conversaciones que sostuvimos con el mundo a través de la religión, la filosofía, el arte y la ciencia. Acudo de nuevo a Boris Groys para recordar que si hoy queremos saber algo actuamos como usuarios de internet, si queremos responder a algo actuamos como proveedores de contenidos. Y ese diálogo es regulado por Google, que ocupa el lugar de la religión y la filosofía. Google, por ejemplo, define la pregunta legítima como la pregunta por el significado de una palabra individual y la repuesta legítima a esta pregunta como los contextos accesibles en los que aparece esta palabra. Google sustituye la potencialmente infinita proliferación de contextos del mundo por un motor de búsqueda finito. La suma de todos los contextos que se muestran es considerada aquí como el verdadero significado de la palabra.

Lo que da que pensar la nueva situación, en la que las palabras son sacadas de su contextos y convertidas en unidades, en nubes de palabras que estamos recibiendo como respuestas a nuestras preguntas, es si acaso no estamos llegando al final de un largo proceso iniciado por Platón, quien liberó las palabras de su sujeción a las gramáticas de las narrativas mítico poéticas para defender la noción de la verdad como si ese fuese el verdadero sentido de las palabras individuales: “la justicia”, “la bondad”, “la belleza”, en últimas, “la idea”. Pero estamos dejando de lado algo muy definitivo para el mundo humano: que la gramática es el medio a partir del cual se organizan los códigos en estructuras significativas necesarias para que se muestren las distintas miradas sobre el mundo. Ella es algo así como el soporte material en virtud del cual los contextos se salvan del peligro de convertirse en mera y única ficción subjetiva, por lo tanto, los puntos de vista que con ella salen a flote resultan relevantes para comunicarnos, para nuestra búsqueda de la verdad y el conocimiento, o para que se enriquezcan o puedan ser enriquecidos con la imaginación. Por eso si las palabras son arrebatadas de ese soporte, quedan como los datos, los bits, que ahora recibimos, o como imágenes que solo muestran más datos, y nada que pueda ser narrado.    

Por ello -afirma Groys- la liberación de las palabras individuales de sus vínculos sintácticos convierte la casa de la lengua en una nube de palabras. El hombre se queda lingüísticamente sin hogar. A través de la liberación de las palabras, el usuario de la lengua se embarca en una trayectoria necesariamente extra lingüística. En lugar de ser un cuidador de las palabras, como sugiere Heidegger, el hombre deja de hablar en el sentido tradicional del término y en cambio deja que las palabras aparezcan o desaparezcan en diferentes contextos, en una práctica completamente silenciosa, puramente operacional, extra o metalingüística en las que ya poco importa si dicen o no dicen algo o, como acontece ahora, si es verdad o mentira lo que ellas enuncian y más bien se convierten en piezas de manipulación y mero divertimento efectista.

Por lo que se ha dicho, se podrán dar cuenta de que el libro de Andrés Calle se nos ofrece como una provocación a meternos en estos vericuetos. Ello significa que fue exitoso su esfuerzo de llevarnos a plantear nuevas preguntas y a asomarnos a ámbitos que siempre han estado ahí, pero, en nuestro caso, permanecen un tanto inexplorados todavía. Por eso mismo expreso mis agradecimientos a su autor por ofrecernos la oportunidad de seguirlo en sus suscitaciones y a ustedes los invito a entrar, con la lectura de Divertimentos y espejismos, en ese interesante juego.

 

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Edición No. 185