«Don Arnoldo»
Hacía unos pocos días había quedado desempleado, después de trabajar durante 10 años en dos librerías que ocuparon, con distinto nombre, el mismo local: el 107 P del Centro Granahorrar. No era, realmente, la mejor época para estar mirando libros por ahí. Y, al mismo tiempo, si lo era. No tenía claro qué iba a hacer de mi vida a partir de ese momento. Llevaba 10 años como empleado y me enfrentaba, por primera vez, a la realidad de no tener un salario y empezar de nuevo. Decidí darme un mes sabático mientras dejaba que mi cabeza diera vueltas y vueltas hasta que decidiera mirar en una sola dirección para poder reanudar el camino. No es que estuviera perdido del todo, por supuesto. Siempre he tenido claro lo que quiero y pretendo ser: un librero. Eso. Lo que pasaba es que no veía la senda por la cual volver a marchar. No reconocía mis “marcas en la brecha”.
Esa mañana del 27 de abril de 1998 entré a una librería y me quedé mirando la mesa de descuentos: la que tiene los precios escritos. Así no hay posibilidad de conflictos ni malentendidos.
Un lomo ajado y con algunas letras borradas me llamó: “Arnoldo Palacios Las estrellas son neg as 19”
Lo tomé sutilmente para que no fuera a terminar de borrarse. Miré la carátula de color verde con una ilustración, en blanco y negro, de Alipio Jaramillo. Era ese: el libro del que alguien me había hablado, el del escritor chocoano que vivía en Francia desde hacía 49 años. La primera edición de Las estrellas son negras, publicada en Bogotá por la Editorial Iqueima en 1949. La primera novela de Arnoldo Palacios.
El escritor Arnoldo Palacios (der.) con el escritor-librero Álvaro Castillo-Granada
Lo abrí. En la segunda página tenía escrita una dedicatoria del autor: “A Francisco Villaveces López, un trabajador por la cultura nacional, un guardador del fuego; aquí un recuerdo de Arnoldo Palacios Bog. 27 de junio 1949”.
Pagué el precio que decía (no, no pedí rebaja, cosa rara…) y me fui, con él en mi mochila, camino a mi casa siguiendo el rumbo de dos rectas: una hacia el oriente y la otra hacia el norte.
Lo devoré de una sentada: sin pausa, sin tregua, como sólo se pueden leer ciertos libros que salen del alma del autor y llegan a lo más profundo de la nuestra. Como si los hubieran escrito para nosotros. Solo para nosotros. Una conversación entre dos, desde las entrañas. No sólo me conmovió la historia de Irra y Nive, sino que, también, me impresionó la destreza en el manejo de la oralidad y, por sobre todas las cosas, la tremenda modernidad que irradiaba ese texto. Es una novela que puede ser leída en cualquier tiempo sin dejar que el lector pueda apartarse de ella, ni sentirse apelado, conmovido e intrigado. ¿De dónde viene esta novela que no puedo olvidar? ¿De dónde viene este escritor que no había escuchado nombrar antes? Es una novela que se instaló en el tiempo del mito. Un eterno retorno. Un eterno presente.
Por esos días Arnoldo Palacios vino a Bogotá, invitado por el Ministerio de Cultura para recibir el Homenaje Nacional de Literatura junto a Darío Achury Valenzuela, Elisa Mújica y Héctor Rojas Herazo (a los dos últimos tuve, también, el inmenso honor y privilegio de conocer y tratar).
Por el periódico me enteré que el 3 de junio iba a estar en la Universidad Central, junto a Isaías Peña Gutiérrez, dando una lección conversada en la inauguración del XVI Taller de Escritores.
Allá estuve, muy puntual, en la última fila del auditorio.
Fue una charla prodigiosa, maravillosa, entrañable, llena de sabiduría y afecto.
Dos cosas me impresionaron ese día: su risa amplia, franca, total y la manera con que saboreaba las palabras cuando hablaba (sólo había conocido otra persona así: el profesor Howard Rochester). Gozaba contando. Gozaba hablando.
Cuando terminó la conversación me acerqué (como de costumbre) para pedirle que me firmara el libro. Tuve que esperar un buen rato pues una multitud de admiradores lo rodeaban. A cada uno de ellos, no importaba si llevaba libro o no, le prestaba atención, se la daba, como si no existiera el tiempo y estuvieran conversando a la sombra de un árbol o meciéndose en unos sillones. Cuando llegó mi turno le extendí mí primera edición de Las estrellas son negras y le dije:
-Don Arnoldo, ¿puede dedicármelo, por favor?
Fue en ese momento, en ese instante, en que empecé a llamarlo “Don Arnoldo”. Jamás le volví a decir de otra manera. ¿Por qué decirle “Don” a alguien que lo que menos hacía con los demás era establecer una distancia, un abismo aparente de respetabilidad o señorío? Me lo pregunto ahora que regresé de la funeraria a donde fui a despedirme y decirle “Buen descanso, Don Arnoldo. Gracias por todo. Hasta siempre, compañero” porque ayer, doce de noviembre de 2015, me llamó al celular José Luis Díaz-Granados, mi amigo, para decirme con voz entrecortada que Arnoldo Palacios, Don Arnoldo, se había muerto.
No podía dejar de decirle “Don” a alguien que transmitía, al mismo tiempo, cercanía, clase, elegancia, honor, dignidad, amabilidad, generosidad y señorío. Muy pocos hombres transmiten esto. Es algo parecido a la certeza, al asombro, a la verdad. Algo que se siente y no puede ser de otra forma. Se sabe.
Todo esto me lo reveló Don Arnoldo desde el primer momento. Y lo asombroso es que esta certeza no me alejaba sino me acercaba. Me hacía sentir un igual, un par, un amigo, un compañero.
-¡Pero si esta es la primera edición! Yo no la tengo. La perdí. Te propongo algo: te la cambio por 10 ejemplares de la nueva edición del ministerio, me dijo abriendo los ojos y los brazos como si intentara abarcar la distancia que hay entre París y Cértegui. Sonriendo con todo el cuerpo. Sonriendo.
-Le propongo otra cosa mejor: yo le prometo, le doy mi palabra, que se la voy a conseguir. No se preocupe. Este ejemplar es muy importante para mí. Yo soy librero y sé que me volverá a llegar. Yo se la voy a regalar.
Y nos estrechamos las manos en un apretón que era un trato.
Hablamos un rato sobre la novela, la literatura y su vida (que eran y son la misma cosa).
Me escribió: “Para Álvaro Castillo gran lector y por ende gran amigo de quien escribió estas páginas sangrantes de dolor y repletas de alegría dentro de la existencia y frente al futuro permanente. En recuerdo de este encuentro en la Universidad Central. Santafé de Bogotá 3 de junio de 1998”.
Este primer encuentro empezó a dibujar, de manera extraña, una historia que hizo que continuáramos encontrándonos cuando venía a Colombia. Algo muy parecido a la complicidad: la certeza de que podíamos vernos para conversar.
A él ha sido al único escritor que le he pedido que me re-dedique un libro. ¿Por qué? No sé. Tal vez como una manera de homenajearlo y celebrar, al mismo tiempo, la vida que nos daba la oportunidad de encontrarnos otra vez. Me lo volvió a dedicar cuatro veces más:
La segunda: “Amigo Álvaro, aquí agrego otro testimonio de cariño y admiración por el poeta y propagador de la palabra, 7 años después. Bogotá, 24 de febrero de 2005”.
La tercera: “Qué gusto hacerte este nuevo regalo de mi firma al amigo-hermano Álvaro con todo cariño. Bogotá, 26 de agosto de 2009”.
La cuarta: “Para Álvaro Castillo Granada para la 4ª. edición de este libro, mejor dicho, mi cuarta dedicatoria, con gran orgullo del amigo. Bogotá, 17 de enero de 2012”.
La quinta: “He aquí la 5ª. de esta dedicatoria en este ejemplar, dedicado como recuerdo de un admirador fiel de nuestra amistad. Mi abrazo. Mayo 22 de 2014”.
Los encuentros/reencuentros se sucedieron en diferentes lugares a lo largo de dieciséis años. A la librería vino dos veces, acompañado de sus sobrinos Saily y Eloy (quien partió antes que él). Alguna vez le mandé por correo alguno de los textos que escribo y me dijo que yo era un poeta. Afirmación que desmentí inmediata y tajantemente, como corresponde.
En el 2000, por fin, apareció otro ejemplar de la primera edición de Las estrellas son negras que empaqué inmediatamente para que volara por correo certificado a París. Y allá llegó. Cumplí mi promesa.
Hablando de regalos librescos otra vez tuve el privilegio de regalarle un ejemplar de Cuentistas colombianos, antología de narrativa que publicó Gerardo Rivas Moreno en las Ediciones El Estudiante, el 25 de mayo de 1966. Ahí está un cuento suyo: “Entre nos hermano”.
Me escribió: “Homenaje del amigo a Álvaro Castillo por haberme ofrecido otro ejemplar de este libro y edición ya agotados. Santafé de Bogotá, 22 de octubre de 1999”.
Una de esas mañanas en que fui a visitarlo le mostré como una curiosidad las fotocopias de unos artículos suyos que había encontrado en el semanario Sábado durante la pesquisa que me encomendaron para buscar los artículos que Héctor Rojas Herazo había publicado allí.
“¡Cuando yo empezaba!”, fue lo que exclamó cuando los vio. Algunos los recordaba nítidamente. Era como si el tiempo no hubiera transcurrido. Todo estaba ahí en su memoria. Otros no. Me los extendió y añadió con una sonrisa cómplice:
-Pero yo escribí más…
-¿Más? Y le propuse suicidamente: “Don Arnoldo, ¿a usted no le gustaría que hiciéramos un libro con estos artículos?
Dijo de inmediato que sí. El título fue lo que llegó primero: “Cuando yo empezaba”, por supuesto.
Volví a sumergirme durante meses en los años 1944-1949 de Sábado. Encontré quince textos. A estos se le añadieron comentarios sobre su obra publicados en esas fechas, y tres textos posteriores que conversaban entre sí y entre todos. La ayuda de Saily fue permanente: se encargó de mantener la comunicación por correo electrónico y la revisión y corrección de los originales. Patricia Forero también brindó su mano en la traducción del francés al español del texto “La marca de hierro”. Hasta cuando el 20 de enero de 2009, día de su cumpleaños ochenta y cinco, apareció Cuando yo empezaba, publicado por Ediciones San Librario, en una edición de 150 ejemplares numerados, diseñado en Santa Clara (Cuba) por Leonardo Orozco.
La mañana en que recibió el primer ejemplar de su libro fue maravillosa. Desayunamos patacón. Tomamos tinto. Brindamos con vino. En un momento me dijo casi en secreto: “Lo mejor de este libro es que lo hicimos entre todos. Es una obra de todos”. En la primera página del libro me escribió: “Para Álvaro Castillo Granada ¡Lo inusitado! Al poeta y escritor, amigo íntimo del hombre, mi amigo, este libro que él ha reunido con mis páginas sueltas de mis comienzos y que me revelan a mí mismo a mi escritor. Ha llegado esta edición como mensaje de próspero y feliz año nuevo 2010. Un abrazo”.
Y nos reímos, todos, porque no era posible estar con Don Arnoldo y no reírse.
Lo de menos era si la situación era graciosa o no. Lo fundamental era que se reía, nos reíamos, celebrando la vida y el privilegio de estar en compañía de seres queridos y amigos. Amaba la vida como nadie que he conocido.
En octubre de 2009 se presentó en Cali (y después en Bogotá) un nuevo libro suyo largamente anunciado y esperado: Buscando mi madredediós (Universidad del Valle, Cali, 2009). No pude estar presente, desafortunadamente, en ninguno de los lanzamientos.
Por supuesto, sobra escribirlo, un ejemplar llegó a mí y me lo dedicó así: “Mi querido Álvaro Castillo Granada: Este libro sí no es “Cuando yo empezaba”, mucho menos cuando yo termina. Te lo dedica como testimonio tuyo, creador y realizador del precioso volumen, del concreto texto, testigo de “Cuando yo empezaba”, que me imprimiste como homenaje a mi persona. Bogotá, 25 de marzo de 2010”.
Me dio su testimonio sobre el encuentro que tuvo en Bogotá con Pablo Neruda en 1968 (hace parte de mi investigación sobre los días colombianos del poeta). Y también me contó de cuando lo vio en Varsovia en 1950. Y cuando conoció a Salvador Allende en 1970. Y de cuando y cuando y cuando… No paraba de contar historias. Tenía un millón en su cabeza. Todas las que escuchó en su infancia, las que vivió en su juventud en Bogotá, las que lo estaban esperando en Europa… Y las contaba riéndose, como si fueran lo más natural del mundo, lo más obvio, lo más frecuente porque, al fin y al cabo, su vida estuvo atravesada, marcada, dibujada por el entrecruzamiento del destino y el azar. Algo que sólo podía comprender aquel que salió un día de la selva y la lluvia rumbo a París para encontrarse con que el mundo es más grande de lo que cualquiera se imagina y que es posible recorrerlo andando armado de unas muletas, ¡hasta llegar al Polo Norte!, con la mirada altiva y la sonrisa llameante, comprometiéndose hasta la raíz con los suyos, con todos, sin olvidar que la vida es una aventura irrepetible que no se puede desperdiciar. Y esa oportunidad vale la pena compartirla con los demás, con los demás, “entre nos hermano”. Y mejor si es sonriendo.