Cargando sitio

Don Quijote de la Mancha y la complejidad del mundo contemporáneo

En Pierre Menard autor del Quijote, Borges puso en boca de Pierre Menard esta frase: “El Quijote -me dijo- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor”.

Esa es la conclusión a la que conduce la empresa de Menard: escribir El Quijote sin copiarlo. Aunque las partes del Quijote que escribió Menard coinciden literalmente con el original, esa actualización resulta anacrónica. No en vano separan siglos a los dos textos. ¿Ocurre lo mismo con otra forma de actualización? ¿Tiene un clásico respuestas a la complejidad del mundo contemporáneo, sistemáticamente analfabetizado por los llamados medios de comunicación y los valores sociales (o antisociales) impuestos por el neoliberalismo? Precisamente esta analfabetización y su concomitante, el neoliberalismo, impiden que se repita el anacronismo de Pierre Menard. Pues la actual sociedad, la complejidad del mundo contemporáneo, es anacrónica, es decir, semejante a la que vivió Cervantes a finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, y que le suscitó esta exclamación: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga ninguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. (Don Quijote de la Mancha, primera parte, cap. XI).

La edad de hierro a la que alude Cervantes es la del comienzo de la decadencia del imperio español, la de la venalidad de los cargos públicos, la de explotación de los labradores por los desocupados ricos, la de la floración de los arbitristas (los primeros “economistas”), la de la paulatina extinción de la embriaguez del oro de las Indias. Fue la edad en la que dominaba la codicia y se había desterrado la solidaridad social. Los siglos dichosos (edad de oro, según Hesíodo) suscitan en Cervantes una ética de la solidaridad y una esperanza en la Utopía, en una edad dichosa. La presiente Don Quijote con su tarea de reparar injusticias, su defensa de los débiles y su lucha porque reinen en el mundo el heroísmo, la bondad, el amor y la justicia.

La complejidad de la sociedad actual es la suma de contradicciones, de un progreso que, como aseguró Walter Benjamin, es la catástrofe. Contra esa Nada (que es el capitalismo, según Max Weber) engendrada por “especialistas sin corazón y hedonistas sin espíritu” (Max Weber) solo cabe oponer de modo quijotesco (extemporáneo, para citar a Nietzsche) la ética de la solidaridad y poner de presente la meta de una “dichosa edad”. El Quijote de Menard fue anacrónico, pero la justificación de su empresa es una invitación a la lucidez en esta anacrónica edad de hierro y del yermo intelectual que ha difundido y la sustenta: “Pensar, analizar, inventar… no son actos anómalos, sino la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor lo que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.” ¿Pensaba Borges también en una edad dichosa?

Compartir:
 
Edición No. 129/130