Don Quijote en la transmodernidad latinoamericana
Nadie podría negar la presencia de Miguel de Cervantes en la cultura hispano-luso-americana. Más aún, puede decirse que su personaje, Don Quijote, ha inspirado y acompañado durante el siglo XVII a los humanistas de América, y permanecido hasta el presente como un símbolo profundo de nuestro devenir e idiosincrasia, en la etapa histórica que hemos dado en llamar Transmodernidad de América Latina. Tal el tema que me propongo esbozar en breves páginas, accediendo a la convocatoria, de índole quijotesca, del poeta Carlos-Enrique Ruiz.
1. La Transmodernidad latinoamericana
De América Latina puede decirse algo que se ha dicho siempre de España: nunca entró plenamente en la Modernidad, proyecto ciertamente fáustico que ha modificado con sus bienes y males la historia de la humanidad, generando la más formidable crisis de los tiempos.
América fue un mito en acción. Se ha hablado, legítimamente, de una doble conquista: a partir de 1492, avanzaron a un tiempo la parcial depredación de los pueblos autóctonos del continente, y el impulso de aproximación que originó nuestra sociedad irrenunciablemente mestiza. Es imposible comprender a América desde el puro occidentalismo que hace de ella un espacio vacío a ser colmado por sucesivos proyectos euroatlánticos, e igualmente entenderla desde un indigenismo antihistórico. Los aborígenes, que no vivían ya una Arcadia sino un proceso desigual, conducente al sometimiento de comunidades pequeñas por grandes imperios, poseían culturas teocéntricas, expuestas en mitos y cantares, relatos épicos, un primitivo teatro, danzas, y pinturas. El que llegaba, vestido de armas y astrolabios, era el humanismo español, entrante apenas en la Modernidad. De España vinieron el auto sacramental, la loa, el soneto, los libros de devoción espiritual, los catecismos, las gramáticas, los textos filológicos. Hispánico fue nuestro idioma, pero también una valorización de la obra del hombre, una tendencia hacia el descubrimiento del planeta, la aceptación de lo distinto, la creación de un derecho nuevo, una inclinación teórica, un modo de narrar, exponer y evaluar, un impulso hacia la traducción de lenguas. Todo ello se matizaría definitivamente con rasgos propios de la geografía y la cultura de esta parte del mundo, generando un sentido teándrico de la cultura; es decir, no el teocentrismo antiguo, ya superado por los europeos, ni tampoco el antropocentrismo que se acrecentó en los tiempos modernos. Los íberos no eran típicamente el Occidente, sino la latinidad amalgamante de pueblos.
Por mi parte suscribo, sin extremismos, la posición del poeta bilbaíno Juan Larrea quien afirmaba, en la pasada década del cuarenta, que España había practicado objetivamente una rendición de espíritu a las tierras conquistadas. Esto no significa clausurar el juicio histórico a la Conquista, sino por el contrario ahondarlo y superar sus apariencias, advirtiendo que es en el seno de la cultura hispánica donde surge ese temprano enjuiciamiento, tan audazmente que es capaz de fundar un nuevo derecho de gentes para el mundo.
La fusión iberoafroindígena dio origen a la transmodernidad de América Latina, en continuidad con el humanismo español, itálico, latino. La compulsa equilibrada de la documentación colonial muestra a las claras el paulatino avance de la cultura humanista sobre los excesos de los poderes civiles y eclesiásticos. Si bien en la práctica la actitud de los conquistadores no fue homogénea, una ingente labor filosófica, jurídica y educativa cumplida a lo largo de tres siglos matiza la leyenda negra de la Conquista, denunciando cambios fundamentales en la mentalidad europea y en la historia del mundo . A modo de ejemplo recordemos la bula Sublimis Deus (1537) anticipadora de las Nuevas Leyes de Indias – que inspiraron a Miguel Ángel Asturias, con el correr de los siglos, su obra Audiencia de los confines – en la irreversible proclamación de la humanidad del indígena.
Mi propósito es rescatar el humanismo como base del ethos americano, mestizo y universalista. No es éste el lugar de hacer la historia del humanismo, a veces confundido con erudición o tratamiento de textos, sino de precisar algunos aspectos claves para comprender la cultura latinoamericana.
La filosofía del Amor y la Belleza, herencia órfica transmitida por Platón y redescubierta en el siglo XV, puede ser considerada como la esencia misma del humanismo . Ese estilo humano, reconocido por la Patrística como sustancia y mensaje del cristianismo, era el fruto de una fusión heleno-hebreo-cristiana, abierta a otros pueblos, que se expandió en la cultura popular medieval, prosperó en los círculos espirituales de los trovadores, y se hizo método de vida en las órdenes religiosas. Figuras de alta espiritualidad como San Francisco de Asís, Joaquín de Fiore, Raimundo Lull, Íñigo de Loyola, Santa Teresa y San Juan de la Cruz encabezaron movimientos que fueron baluartes de un nuevo modo antropológico y vital. Herder habló más tarde de un proceso de hominización, adverso a otras tendencias históricas. Los actos de barbarie y genocidio cometidos por la civilización occidental no deben hacernos olvidar esa otra vía que alcanza su correlato filosófico y literario en las obras de Dante, Petrarca, Nicolás de Cusa, Ficino, Pico della Mirandola, León Hebreo, Moro, Erasmo, Vives, Cervantes.
Inicialmente no escindido en ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, ese modo de vida y pensamiento mantuvo una permanente convivencia con los mitos ancestrales, a los cuales recreó e interpretó. Podríamos llamarlo un pensamiento utópico si no fuese porque la voz utopía no surge hasta 1516, cuando Tomás Moro le dio ciudadanía intelectual con su obra Uthopy . Por entonces entraron en boga las utopías, formas de ficción historificante que entrañaban una crítica a la vida europea, y una velada referencia a nuevos ámbitos, aparentemente ideales o fantásticos, en que eran corregidos los vicios de la sociedad. La implicancia del Nuevo Mundo es innegable en esas obras utópicas, y especialmente en la de Moro, que convierte en relator al marinero Rafael Hythloday, participante de los viajes de Américo Vespucio.
Renovando viejos mitos clásicos y medievales, las utopías mantuvieron una doble relación, de proyección y retorno, con América. Conformaron la imagen de un no-lugar que era, por el contrario, un buen lugar: la eutopía, modulación imaginaria a la que el crítico chileno René Jara llama topotesia . Esta temática, que ha trascendido desde las crónicas y leyendas al arte y los movimientos políticos, ha sido fundante en la historia de nuestros pueblos.
La eutopía hispanoamericana es mucho más que un tópico literario: constituye un mito viviente que se relaciona con el personaje-símbolo cervantino, revelándose como núcleo de una identidad que amalgama a un conjunto de pueblos de variado color en un destino común. Tal idiosincracia, reconocible en sus diversas matizaciones, se ha venido perfilando en la dramática historia de América Latina, la fundación de las ciudades, la creación de leyes e instituciones y el despliegue de una ético-estética defendida por Martí, Darío, Alfonso Reyes, Pedro Henriquez Ureña, y larga serie de ensayistas.. Es también el tema subyacente en la tradición poética y novelística del subcontinente, desde las obras iniciales hasta el modernismo., para resurgir críticamente en distintos momentos de la última centuria, a veces como tema de discusión, torsión humorística o recreación exaltada.
Los humanistas coloniales – o indianos, como propone el uruguayo Alberto Methol Ferré – contribuyeron a conformar esa tradición., anterior y connatural a Cervantes, antes de ser derivada de él mismo. Pensemos por ejemplo en Bernardo de Balbuena, que delineó una suerte de utopía con su novela pastoril El siglo de oro en las selvas de Erífile (1608), y había publicado ya su Grandeza mexicana (1604), que no es a mi ver una mera descripción de las riquezas de México sino un compendio de doctrina humanista, anunciado por los misteriosos versos iniciales: Primavera inmortal y sus indicios / gobierno ilustre / religión y estado / todo en este discurso está cifrado. No en vano su autor, que conocía la honda relación del humanismo con el poetizar, dio a conocer esta obra juntamente con su Compendio apologético en alabanza de la poesía. Las defensas de la poesía prosperaron en América, desde Balbuena y la llamada Poetisa Anónima Peruana, hasta Andrés Bello, Bartolomé Mitre y sus continuadores.
Podemos recordar igualmente a otro gran humanista, Antonio de León Pinelo hijo de un judeoportugués que pasó al Río de la Plata y al Perú, de quien basta nombrar su obra El Paraíso en el Nuevo Mundo, que encendió la mente de españoles y americanos del siglo XVII, como lo sigue haciendo con lectores actuales que descubren su alucinante mapa invertido de América del Sur, en cuyo centro se ha dibujado un árbol del que nacen cuatro ríos, enmarcado en un círculo, y a su pie la leyenda: Locus Paradisi . Recordemos también que en su Epítome(1629), nuestro primer bibliógrafo Pinelo anota prolijamente las más de cuatrocientas obras dedicadas, por miembros de distintas órdenes religiosas, a traducir, comentar y organizar gramaticalmente las lenguas indígenas, algunas de ellas ya perdidas.
Quisiera subrayar que las obras de los humanistas comportan, además de su calidad expresiva aprendida en el culto de las formas, un ethos moral, jurídico y educativo. Tanto Alonso de Ercilla, como el menos famoso Martín del Barco Centenera, defendieron el derecho de los aborígenes. Por su parte el Inca, recóndito iniciador del Romanticismo, fue quien puso en acto la valoración de los pueblos periféricos a Europa, de su trato con la naturaleza y sus formas de organización comunitaria. Fecunda lección para sus lectores Rousseau y Montesquieu. Álvar Núñez Cabeza de Vaca, creador del tipo robinsoniano, inició el tema de los “naufragios”, anticipación quijotesca del fracaso mundano en beneficio del triunfo moral.
Sor Juana Inés de la Cruz hizo tempranamente la defensa de la Mujer ante una Iglesia intransigente. Solórzano Pereira, autor de Política Indiana, fue discípulo de Erasmo y Tomás Moro. El “Lunarejo” defendió, tardíamente, desde la culta Lima de los Virreyes, la lengua metafórica de don Luis de Góngora. Proclamaban, a menudo enfrentados con poderes civiles y clericales, la legitimidad del humanismo en América..
Por otra parte, la cultura popular ofrece su rico acervo de cuentos, refranes, teatro, romances y canciones, conservado oralmente y recogido por escritores ilustrados, como signo de la perduración de ese perfil moral y religioso integrador, que incorpora la negación, el juicio de la Providencia, la función de los mediadores, el poder salvífico de la fe, la desconfianza del fariseísmo.
Como lo han visto los mayores novelistas hispanoamericanos, intérpretes privilegiados de la historia, juntas vinieron la espada y el Evangelio, la imprenta y la pólvora, como luego la guillotina y las doctrinas libertarias (El siglo de las luces). . Había nacido la América Latina, nutrida en viejos legados, inevitable víctima de los excesos modernos, dispuesta a asumirse lentamente como sujeto matinal. Un genio de nuestras letras la denominó “la cándida Eréndira”.
2. La lección de Cervantes
España tuvo en los llamados Siglos de Oro a los mayores críticos de la incipiente Modernidad, así como de los pasos autoritarios de la mentalidad inquisitorial. El humanismo fue una nueva Iglesia, que ciertos estudiosos han considerado “cripto-reformista” aunque no se apartó de Roma. Su doctrina, difundida por filósofos como Erasmo de Rotterdam, o por poetas y novelistas como Miguel de Cervantes, consolidó la transmodernidad hispanoamericana a ambas orillas del Atlántico.
Todos los temas del humanismo grecolatino se hallan en Cervantes, refundidos en la tradición medieval y renacentista, como supo verlo el erudito maestro Arturo Marasso . Alonso Quijano, que sigue los itinerarioas de la Odisea y la Eneida de una manera libérrima, parodia a los Palmerines y Esplandianes pero los reifica profundamente al proclamar la necesidad de que, en su tiempo, sigan cumpliéndose sus hazañas. En el fondo, Alonso Quijano el Bueno es un retrato profundo de Miguel de Cervantes, de sus dolores y vergüenzas, su pobreza, su cautiverio, sus afanes. Una vida dura y azarosa lo puso en contacto desde la infancia con la injusticia del mundo:: su padre era un médico que padeció prisión por deudas, y él mismo sufrió en la juventud acusaciones que lo llevaron a enrolarse como soldado en Italia; su mano quedó inutilizada en la batalla de Lepanto, y padeció por cinco años un cautiverio que fue su propio y anticipado descenso a la cueva de Montesinos. Inició su labor literaria entre penurias económicas y problemas legales que lo acosaron de por vida. En su trabajo de comisario o cobrador de impuestos, viajó por innumerables aldeas y conoció todo tipo de gentes: “Había tenido que hacer noche en ventas ruines e incómodas, en las que paraban toda suerte de caminantes, desde el noble señor y la dama principal hasta el tramposo titiritero o el más vil castrador de puercos,” dice Martín de Riquer . Se incubaba en él un intenso realismo que le permitió fusionar la realidad con el mito, y hacer de él la guía espiritual de la vida. Ponía en marcha la razón poética, reivindicada varios siglos después por María Zambrano como legado de la hispanidad.
Cervantes miró hacia América sin nombrarla. No es seguro que haya desconocido las andanzas del capitán Álvar Núñez que publicó en Zamora, en 1543, su Relación, convertida, en 1555, en Comentarios y Naufragios, ni que no oyera de los trabajos de Garcilaso, ese peruano hosco que se firmaba Inga, e interrogaba, a fines del 1500, a sus parientes venidos del Perú. En 1580 volvía Cervantes a España, y en el 82 le era negado un pedido para ocupar una vacancia en tierras americanas. Sí reconoce al Inca años después, ya publicados los Comentarios Reales, cuando escribía el Persiles.
Me han impresionado siempre algunas coincidencias de estos dos rigurosos contemporáneos, Cervantes y el Inca, que murieron en España con poca diferencia de horas y de millas, en aquella primavera de España. Ordenado sacerdote en 1600, el Inca murió en Córdoba el 23 de Abril de 1616, en igual fecha en que, en Valladolid, moría Cervantes. . Señalaré otra coincidencia, acaso más profunda y significativa: ambos conocieron la Filosofía del Amor en la obra del judeo-portugués Judah Abrabanel, que se firmaba León Hebreo, y redactó sus Dialoghi d’ amore (1535). en lengua toscana. Como es sabido el joven mestizo, aleccionado por el l humanista Pedro Mártir de Anglería, emprendió –no por vez primera en lengua española- la traducción de esos Diálogos, que en 1590.dio a conmocer en Madrid la imprenta de Pedro Madrigal En ese coloquio filosófico entre Filón y Sophia, se despliega la propuesta concreta de León Hebreo: ojalá nuestra era hiciera realidad tan antigua doctrina. La versión del texto revela los conocimientos que el Inca había adquirido sobre una vasta familia de filósofos y poetas, entre los cuales nombra a Avicena, Averroes, Maimónides, Platón, Aristóteles, Herodoto, Plotino, Julio César, Suetonio, Tácito, Flavio Josefo, Cicerón, Virgilio, Dante, Petrarca, Ariosto, Antonio de Guevara, Colón, el Amadis de Gaula …Por ese tiempo el peruano redactaba su obra vulgarmente conocida como La Florida, que con justicia ha sido considerada por Alberto M. Salas como la primera novela americana, y ya meditaba sus Comentarios donde tuvo ocasión de aplicar la doctrina humanista a una inédita valoración de los pueblos no europeos, premodernos. Trocóse nuestro reinar en vasallaje diría el Inca, elegíaco.
Cervantes, por su parte, reconoce a León Hebreo como maestro en la doctrina del amor, cuando dice en el prólogo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicada quince años más tarde, con esa peculiar ironía que le permite a un tiempo declarar sus propias fuentes y burlarse de los abusos eruditos:: …Si tratárades de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo que os hincha las medidas… Incluye a León Hebreo en una nómina que arranca de las Sagradas Escrituras, y continúa con las obras de Homero, Plutarco, Ovidio, Virgilio y Fray Cristóbal de Fonseca .
Por esos tiempos ficción y realidad no competían sólo en las páginas de Cervantes, alternaban en la historia misma. En 1605, simultáneamente con la primera parte del Quijote, se publicó la ya mencionada obra del Inca, Historia del Adelantado Hernando de Soto, Gobernador del reino de la Florida; el crítico Hugo Rodríguez Vecchini señala en ambas obras el surgimiento de un yo crítico que se superpone al yo testimonial. . Nos hallamos en tiempos de llamativo desarrollo de la personalidad, tanto a través de la vida mística, literariamente comunicada, como a partir de experiencias conmocionantes de actores individuales y grupales, que generan nuevas formas de expresión narrativa.
La aventura de América nutrió la imaginación de los escritores españoles hasta construir uno de los elementos más pregnantes de su imaginario. Cervantes, mientras parodiaba y revitalizaba la caballería andante, vino a crear un personaje tragiocómico, mítico y real, de textura hondamente autobiográfica. Era la historia misma la que se había encargado de producir una indisoluble conjunción del Mito y la Realidad. Su Caballero de la Triste figura no es, sin duda, la imagen de un conquistador de ultramar, osado y desprendido de su territorio de origen, pero comparte con él una dimensión: la “locura”, la entrega al Mito, la trabajosa edificación de la eutopía.
Las tres salidas al mundo de Don Quijote se dan en círculos próximos; el hidalgo pobre y delirante es –como el personaje de su detractor Lope de Vega- un peregrino en su patria, movido por el afán de encarnar el espíritu del caballero. Quien roza este tema se halla con una motivación espiritual que excede los márgenes literarios: se trata de un compromiso ético, un pacto, tácito o expreso, con valores que son proclamados en el discurso novelesco, o se plasman en gestos y aventuras. .
Los episodios del Quijote refunden e historifican la tradición homérica, platónica, virgiliana, romancesca. Su lectura ha de hacerse, como lo aconsejaba la hermenéutica tradicional, en los diferentes niveles histórico, alegórico, moral y anagógico o espiritual . Una amplia exégesis practicada a lo largo de varios siglos ha permitido a la cultura hispánica reconocerse a sí misma en ese espejo estético.
Con Cervantes, y más concretamente con el Quijote, surge ese espíritu nuevo al que podemos llamar espíritu del Barroco, que permite la presencia del escritor en la obra, nota impensable desde una literatura puramente mítica. Se cumple la historización de la obra ficcional, el vivo contacto del autor con el lector y la definitiva apelación, a través de la escritura, al compromiso histórico.
Con el Quijote su obra se puso en acto de modo ejemplar la tradición clásica asimilada por la Edad Media y el Renacimiento dentro del cristianismo; el humanismo no sería ya onjeto de erudición literaria sino filosofía de vida y construcción histórica.
Crístico llamó a Don Quijote otro “delirante caballero”, don Miguel de Unamuno. Ciertos comentaristas han visto en su lucha la representación de polémicas teológicas y filosóficas de su tiempo; otros visualizan en él al desafiante adversario de las fuerzas oscuras de la Inquisición, las disolventes tendencias de la burguesía, la soberbia de los bachilleres. Se ha hablado a menudo de una obra hermética, doblada, secreta o misteriosa. Lo que trasciende de su imagen, incluso en los niveles populares de su difusión, es su entrega al Amor y la Justicia, base de un ideario individual y comunitario que se hizo carne y letra en el humanismo americano.
3. La herencia cervantina en América
He intentado destacar la preexistencia de un ethos humanista, destilado durante siglos en la cuenca mediterránea, como antecedente y posibilidad de la mestización hispano-luso-afro-indígena.. Y esa mestización se producía en los momentos en que Europa iniciaba un rumbo conducente a la ruptura entre mito y razón. La América mestiza llegó a ser, en el decir de Carlos Fuentes, el espejo enterrado de una Europa fáustica.
La razón poética, acorde con un estilo vital y filosófico, se ha afirmado en la cultura de nuestros pueblos como centro de la persona que hizo posible la fusión de aborígenes contemplativos, religiosos, ligados al suelo, con soldados y letrados transmisores de un humanismo ético, artístico y científico. Se afirmaba, a través de esta filosofía, un doble y creciente compromiso: la transformación de la persona humana, y la construcción de una comunidad justiciera. Se iniciaba también una reformulación paulatina de las artes, en el momento creativo y autoconsciente del Barroco. Con el tiempo se puso de manifiesto la distancia del arte, que engendraba su propia teorización, con respecto a crecientes tendencias niveladoras o mecanicistas acordes con proyectos supuestamente universales. .
El designio de venir a América, negado a Cervantes, no pudo ser impedido a la más alta criatura de su ingenio. No me estoy refiriendo obviamente a la Primera Parte del libro, de cuya edición consta que el Nuevo Mundo recibió una alta cuota de ejemplares, sino a una difusión imaginaria más amplia, notable en distintas etapas de su historia. Anterior al genio cervantino pero imposible de ser comprendido sin él, el humanismo ibérico, alcanzaría su simbolización profunda en la figura de Don Quijote.
En un intento de síntesis me atrevería a asentar los siguientes rasgos que caracterizan, sin abolir sus matices diferenciales, a la identidad cultural latinoamericana.
a) América no rechaza las conquistas de la Modernidad, las considera instrumentales a su estilo de vida.
b) La cultura latinoamericana rescata el valor de la vida contemplativa, y ve en el quehacer artístico una zona fundamental de la vida humana
c) El arte afirma una continuidad profunda con valores éticos y solidarios, que se contraponen a la visión analítica, clasificatoria, niveladora, prevaleciente en modernos proyectos de ordenación mundial, o a conceptos de un arte autosuficiente. ..
d) En la literatura, temporariamente invadida por formas de un realismo positivista y descriptivo, ha triunfado el realismo cervantino, que es mágico, suprarreal, mítico.
e) La novela es claro ejemplo de la persistencia humanista en América. La presencia del autor y el lector en la obra como sujetos reales , así como la modelación profunda de los personajes y el tiempoespacio son signos de una visión histórica que anula la distancia del epos y la vida real.
f) La inclusión del autor y su obra en el texto (construcción en abismo) señala la pervivencia de una visión antigua y medieval, recobrada por el artista barroco: el tema del Gran Teatro del Mundo, de raíz cosmológica y teológica.
América Latina se ha expresado por sus poetas y novelistas La creación literaria es uno de los ámbitos más favorables para explorar una idiosincrasia cultural que se acrecienta desde las primeras crónicas y relaciones, hasta hacerse consciente planamente en las novelas del ciclo del Descubrimiento. La figura de Don Quijote es emblemática de esta modalidad literaria y su acogimiento en América, absolutamente predecible, se hizo evidente en escritores del siglo XIX , apenas superadas ciertas oleadas anti-hispánicas acordes con la emancipación, por ejemplo en el argentino Juan Bautista Alberdi (Peregrinación de Luz del Día en América, 1878) y el ecuatoriano Juan Montalvo (Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, 1882); unos años más tarde, en plena época modernista, el venezolano Tulio Febres Cordero dabha a conocer Don Quijote en América o La cuarta salida del Ingenioso Hidalgo de la Mancha. Caracas, 1905 .
La lección del Quijote, difundida en los distintos niveles de la cultura americana, ha sido incorporada por numerosos escritores argentinos del el último siglo, entre los cuales bastará recordar a Alberto Gerchunoff, Roberto J. Payró, Arturo Cancela, Leonardo Castellani, Leopoldo Marechal, y aún el díscolo Julio Cortázar, que dio ejemplos extremos de aquella escritura desatada preconizada por Cervantes..
El arte rescata la verdad de las mentiras de la historia, ha dicho Carlos Fuentes. Una novela clave para comprender el dramático destino de América Latina es Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo, que nos presenta el tema simbólico de Juan y Pedro, visto el uno como el hijo bastardo y abandonado del otro, despótico y duro. Gabriel García Márquez ha creado un personaje inolvidable, totalmente quijotesco, el Coronel, adherido a su ilusión y su empeño hasta el punto de rechazar lo elemental y práctico de la vida. Por su parte Alejo Carpentier, iniciador del ciclo de la nueva novela histórica,) profundiza con El arpa y la Sombra(1979) el mito de Cristóbal Colón, rechazado en un juicio de beatificación, y reserva a los escaldas, es decir a los novelistas, el priviliegio de recoger en las contingencias históricas la fuerza constituyente de mitos que en otras latitudes se dieron por concluidos. En las últimas décadas Abel Posse, Homero Aridjis, Carlos Fuentes, Reinaldo Arenas, Napoleón Baccino y muchos otros escritores hicieron el balance de la eutopía americana, a veces indecisos entre el rescate de su propia identidad y el toque escéptico transmitido por las postrimerías de Occidente
La razón poética, propuesta no sólo teórica sino antropológica, queda como síntesis admirable de la creación cervantina en la afirmación doctrinal de Leopoldo Marechal, Héctor A. Murena, Ernesto Sábato, Juan Liscano, José Lezama Lima, Julio Cortázar y Eduardo Azcuy , en nómina que desde luego merecería ser ampliada. . .
El ethos latinoamericano, complejamente conformado como heredero y enjuiciador del Occidente, se muestra agudamente crítico de ltendencias históricas deshumanizantes. Ante el proyecto mundial de ordenación y nivelación de las naciones, facilitado por la revolución tecnológica, nuestros creadores e intérpretes culturales prolongan la pasión de Don Quijote, en un mundo confuso y alienante…
Notas/Bibliografía
Juan Larrea: Rendición de espíritu. Cuadernos Americanos, México, 1944
Remito a los fundamentales trabajos de Silvio Zavala, Edmundo O’ Gorman, Rómulo Carvia y amplia serie bibliográfica sobre el tema
Véase Ernst Cassirer: Individuo y cosmos en la filosofía del Renacimiento, traducción de A. Bixio, Emecé Editores, Buenos Aires, 1951; Eugenio Garin: La revolución cultural del Renacimiento, trad. De Domènec Bergadà, Grijalbo, Barcelona, 1981.
Tomás Moro: Utopía. Con la noticia, juicio y comentario de Francisco de Quevedo y Villegas. Lima, 1969.
René Jara: Los pliegues del silencio. Narrativa latinoamericana en el fin del milenio. Episteme, Valencia, 1996.
Antonio de León Pinelo: El Paraíso en el Nuevo Mundo. Reed. Lima, 1943.
Arturo Marasso: Cervantes. Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, 1947.
Martín de Riquer: Aproximación al Quijote. Salvat, Barcelona, 1955.
Con motivo de los Quinientos años de América sugerí a las Academias, sin ningún eco, que esa efemérides del idioma fuese compartida entre el español y el americano.
León Hebreo: Tres diálogos de amor. Traducidos por el Inca Garcilaso de la Vega. Espasa Calpe, Buenos Aires, 1947.
Miguel de Cervantes Saavedra: Prólogo a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Hugo Rodríguez Vecchini: “Don Quijote y la Florida del Inca”, en Revista Iberoamericana. 120-121, 1982.
Graciela Maturo: La razón ardiente. Aportes a una teoría literaria latinoamericana, Biblos, Buenos Aires, 2004.
Para Febres Cordero véase María del Carmen Pettinari de Mollo: “Don Quijote en América”, Primeras jornadas Cervantinas, Instituto Superior Juan III, Bahía Blanca, 1981.
Eduardo A. Azcuy: Juicio ético a la revolución tecnológica, Editorial Acción Cristiana, Madrid, 1994