Cargando sitio

Ekpyrosis

Para mis amigas y amigos bibliotecarios de la Biblioteca General de la Pontificia Universidad Javeriana, un lugar que amo y en el que me siento en casa.

Comparto con ustedes fragmentos del diario que habría podido escribir en el Merv del siglo XIII, Yakur al-Himawi un geógrafo. Merv, ciudad del actual Turmekistán fue, junto con Bagdad, Damasco y El Cairo una de las más importantes capitales del Islam.

Merv, 1228

Completar esta investigación por la gloria de Alá, me llevará de esta ciudad de Merv a Bagdad y luego a Damasco. De las diez bibliotecas de esta ciudad me concentraré en la Damiriyah. El bibliotecario me dice que según el reglamento, puedo llevar a mi posada doscientos libros y que este de geografía que quiero copiar, me lo puede dejar por el tiempo que dice el reglamento: contará los folios y me aplicará el plazo de folio por día, término razonable para que yo pueda hacer la copia completa.

Treinta años más tarde, Sadeq, hace notas para un examen que debe presentar en la escuela de medicina, donde cursa estudios. Enfrascado en sus tareas no pone atención a las inquietantes noticias que dan cuenta del avance mongol. Este jovencito está en Bagdad y le falta recopilar información solamente en tres de las treinta y seis bibliotecas de la ciudad; este es un fragmento de un hipotético cuaderno de notas:

Bagdad, 1258.

Tengo que apresurarme. Me queda una semana para el examen y debo buscar otros libros en la biblioteca cercana al bazar. ¡Los días son tan cortos! Alá, el misericordioso se apiade de mí.


Nos dice Fred Lerner:


Cuando los mongoles asolaron las tierras musulmanas en el siglo XIII, destruyeron gran parte de las grandes ciudades de Asia y en 1258, la ciudad de Bagdad. En una sola semana la mayoría de las treinta y seis bibliotecas públicas de la ciudad fue destruida. En el Fihrist al’ulum o Indice de las ciencias, Al-Nadim había incluido una lista de libros que todo investigador de la Bagdad del siglo X conocía. De esa lista tan solo uno de cada mil sobrevivió hasta nuestros días los ataques mongoles. Manuscritos iluminados y exquisitos ejemplos de caligrafía fueron usados como combustible, mientras que las bellísimas encuadernaciones en cuero fueron a parar, literalmente a los pies de los mongoles, convertidas en zapatos. Investigadores y estudiantes fueron masacrados y las hordas mongolas continuaron su recorrido devastador hacia Siria, hasta ser detenidas en Egipto.
[[http://www.nationinstitute.org/tomdispatch/index.mhtml?emx=x&pid=578]]

Sadeq, nuestro hipotético estudiante de medicina no pudo terminar sus notas. Quizá cayó atravesado por una flecha mongola. Alá tuvo piedad de él. Contaban las gentes que el río Tigris se volvió negro con la tinta de los libros y las cenizas.[[Bagdad y Damasco habían comenzado a fabricar papel hacia el año 795. Legados de la ruta de la seda.]] En el año 476 arde la biblioteca de Bizancio. Mil años después (en 1544), el editor francés Etienne Dolet perece en la hoguera, junto con sus libros, en la plaza Maubert de París, por orden del Santo Oficio de la Inquisición. Habrá ekpyrosis en Roma: en 1555 se queman libros hebreos por orden y con la presencia del Papa Julio III y en 1559 una nueva quema de libros hebreos, es hecha por orden del Papa Paulo IV. Habrá hogueras de las vanidades y luego quema de libros perniciosos; los lectores del Quijote recordarán el trabajo hecho por el barbero y el cura en la biblioteca del Ingenioso hidalgo.

 

***

Como mis estudiantes de Derecho Romano, Tarik busca información e inspiración. El presentará sus exámenes de Historia del Derecho. Ha querido atender al llamado de las autoridades de la Universidad de Bagdad: las clases seguirán normalmente, no importa la amenaza que se cierne sobre la ciudad. Tarik se dirige al Museo Nacional de Irak y se para frente a la caja de cristal que contiene las tablillas donde se consignan las disposiciones del Código de Hamurabi, texto fundacional del Derecho. Escribirá Tarik esa noche,en el refugio antiaéreo:

Bagdad, abril 2, 2003

Es de noche y tengo miedo. Pero hoy he visto la Ley de Hamurabi. Saber que él recibió la ley aquí, en mi país, me hace pensar que puedo llegar a ser un buen abogado.

Bagdad, abril 13, 2003

Mushin Hasan se toma la cabeza entre las manos. Tal vez llora en medio de los escombros, sentado en lo que queda de una vitrina que debió haber albergado un testimonio de lo que nos empecinamos en llamar civilización. Mushin Hasan es (¿era?) el director del Museo Nacional de Irak y la fotografía de su desconsuelo nos llega el lunes 14 de abril. Las noticias reportan que UNESCO desconoce si las tablillas donde se halla el Código de Hamurabi desaparecieron o no.[[[->http://www.themercury.news.com.au/common/story_page/0,5936,6292857%255E25778,00.html]

En el siglo XIII, el mundo árabe tenía el más importante sistema de bibliotecas públicas del mundo, abierto a ricos y pobres. Cuando el geógrafo Yakur al-Himawi visitó la ciudad de Merv en 1228, encontró diez bibliotecas, una de las cuales, la Damiriyah podía dar en préstamo a un solo usuario más de 200 libros a la vez. En las bibliotecas se facilitaba papel y tinta para hacer notas, pero si se deseaba copiar el texto se debía llevar lo necesario. El préstamo de libros era considerado un deber religioso para facilitar la diseminación del conocimiento; se calculaba que el usuario tardaría un día para copiar cada hoja y así se calculaba el tiempo de préstamo.]]

Bagdad, abril 14, 2003

La Biblioteca Nacional en Bagdad ha sido totalmente destruida. Fawaz Zuriekat escribirá en su diario:[[Ella es la contact person de la National Mobilization Committee for the Defense of Irak e International liason/Rebuilding Bagdad Library Campaign, iniciada hace varios años.]]

Abril 15

¡Y yo que había escrito a medio mundo esa carta invitándolos a donar libros a la Biblioteca Nacional de Bagdad! Le decía a la comunidad académica y amante de los libros, que con el embargo impuesto en 1990 y los daños resultantes de la Guerra del Golfo, a los investigadores y estudiantes de Irak se les estaba conculcando el derecho a la educación. Mi meta era enviar 800 títulos requeridos por académicos, universidades y bibliotecas, para comenzar a subsanar el atraso de más de diez años…

Alia Muhammad Baker, bibliotecaria de Basora. Una colega en la que pienso mientras termino estas notas, fotografiada por Richard Perry para el New York Times.

EKPYROSIS, purificación por fuego. Las bibliotecas, los libros ardiendo señalan la barbarie en diferentes épocas, levantan sus lenguas y cuentan de mongoles, inquisidores, nazis, fuerzas de la coalición. “Donde se quema un libro, pronto se quemará gente” escribió Heinrich Heine (1797 – 1856).

En 1950 se publicaba la versión inicial de Fahrenheit 451, una obra de Ray Bradbury que luego se haría famosa universalmente. Fahrenheit 451 novela cuya versión cinematográfica, dirigida por François Truffaut y protagonizada por Julie Christie y Víctor Kusak ofrece la imagen de un mundo que en ningún momento ha sido ficción hace parte de este pequeño inventario de ekpyrosis.

451 grados Fahrenheit es la temperatura a la cual el papel arde. En su relato de anticipación, Bradbury creó un mundo en el cual los libros y las personas que los poseen deben ser quemados. Un cuerpo de bomberos especialmente entrenado se encarga de hallar a quienes tienen bibliotecas o libros en cualquier cantidad y se encarga de liquidar el asunto prendiendo fuego a todos los materiales impresos que se hallen, castigando de paso a las personas que se han atrevido a desafiar la orden de no tener libros en su posesión.

Para los bomberos de Farenheit 451 y el estado al cual representan, los libros hacen infeliz a la gente porque fomentan la desigualdad, ya que hacen que cada persona piense de forma diferente a las demás. En la sociedad de Fahrenheit 451 está prohibido pensar. Un grupo de personas se ha organizado para resistir a la destrucción del conocimiento, de los libros: cada persona se encarga de memorizar alguna de las obras que han logrado escapar del fuego de los bomberos de la brigada Fahrenheit 451. En la versión cinematográfica se verá a un señor regordete y mal vestido que se presenta a los visitantes de la biblioteca humana así: “Yo soy El príncipe de Maquiavelo. Como usted podrá notar, no se debe juzgar un libro por su portada.” En el bosque están los demás libros vivientes, que día tras día se leen a sí mismos en el ejercicio de no olvidar.

 

***

Imaginemos un mundo sin libros, un mundo sin la posibilidad de llevar consigo ese pequeño artefacto que enciende sus páginas aunque no haya luz eléctrica, que se deja recorrer a cualquier hora, que no hace ruido y cuyos personajes e ideas saltan de sus páginas para entrar en nuestra mente y ser parte de nuestra vida. Imaginemos un mundo en el cual se suprima la posibilidad de leer. No sólo en la novela de Bradbury puede ocurrir algo así: la censura, el costo de los libros, la falta de pedagogías conducentes a incentivar la lectura y las guerras, son algunas de las formas de hacer de Fahrenheit 451 una parábola de tiempos pasados y presentes.

Yo quería escribir sobre la quema de los libros. Nunca me imaginé que tendría que salirme de las páginas de Ray Bradbury para pasar a las que escriben hoy las “fuerzas de la coalición.” El dilema para quienes desde un país en guerra como Colombia, observamos lo que ocurre en Irak, es doble: dolor por lo de allá y dolor por lo de acá. Por eso, cuando visito la Biblioteca General de la Pontificia Universidad Javeriana o cuando subo a la de Teología, cuando uso mi carnet (me rehúso a escribir carné) de la Luis Angel Arango o me interno en las galería de la Biblioteca Nacional, o en las de Library of Congress, me digo cuán afortunada soy: los libros están aquí, van a estar aquí, dice mi fe. Y esa fe incluye el trabajo juicioso y paciente de quienes cuidan, catalogan, vuelven a poner en los estantes, limpian, ordenan los libros, mis libros.

Debo decir también que mi dolor se desdobla cuando llego a casa y retomo los libros que tengo en la mesa de trabajo, en la mesita de noche, en la sala. Me digo que mi papá, maestro de escuela y estudiante de Derecho en las noches, siempre pudo comprarme libros en las llamadas “agáchese” pero recuerdo que los miles de desplazados por la guerra que vivimos tienen tareas más urgentes que leer. Sinembargo, de repente se me aparece la figura del profesor que en Altos de Cazucá tiene una escuela en la que se recibe a todo niño desplazado que llega y retorna mi fe. Esa fe es mi propia ekpyrosis, mi purificación: a pesar de todo habrá libros y lectores ejerciendo ese acto anárquico del que nos ha hablado Hans Magnus Enzenberger: la libertad de la lectura. Nos dice el escritor alemán que:

Forma parte de esa libertad ojear el libro por cualquier parte, saltarse pasajes completos, leer frases al revés, alterarlas, reelaborarlas, continuar entrelazándolas y mejorándolas con las posibles asociaciones, recavar del texto conclusiones que el texto ignora, enfadarse y alegrarse con él, olvidarlo, plagiarlo y, en un momento dado, tirar el libro en cualquier rincón.[[Citado por Armando Petrucci en “Leer por leer: un porvenir para la lectura.” Historia de la lectura en el mundo occidental. Eds. Gugliemo Caballo y Roger Chartier. Madrid: Taurus, 1998.]]

Repaso esta cita y me pregunto si será que los agentes de la ekpyrosis saben que se puede ser tan feliz leyendo, y por siglos han querido castigarnos. Me digo que si supieran del gozo, después de quemar los libros nos quemarían a nosotros, como escribió Heine. Mejor no arriesgarnos, no les contemos. Sigamos con nuestra fe, agradezcamos el don, compartámoslo con nuestros estudiantes. Contémosles que tenemos estupendas bibliotecas en la Javeriana, que Bogotá tiene una red de bibliotecas, que tener una biblioteca personal es un acto de infinita libertad. Vayamos a la Biblioteca General y demos gracias por la estantería abierta, por permitirnos ejercer esa libertad. Mil gracias a todas y todos ustedes, bibliotecarios: ustedes guardan mi fe y me resguardan del dolor.

Compartir:
 
Edición No. 137