«El aroma de la acacia»: realidad y ficción (Ensayo sobre la novela de Farid Numa)
Con El aroma de la acacia (Planeta, 2024), Farid Numa Hernández irrumpe con fuerza en el panorama literario colombiano, presentando una primera novela que se destaca tanto por su rigor documental como por su profundidad narrativa. El autor nortesantandereano se interna con pericia en uno de los capítulos más densos y fascinantes de la historia medieval: la trayectoria y caída de la Orden del Temple, simbolizada en la figura de su último gran maestre, Jacques de Molay. Esta apuesta literaria, ambiciosa y sólida, combina con destreza la ficción y la historia con un enfoque casi arqueológico en su búsqueda por desentrañar los engranajes del poder, la sabiduría, la fe y la guerra.
La novela ha requerido de una investigación meticulosa, recurriendo a fuentes primarias, documentos latinos y registros inquisitoriales que le han permitido a Farid Numa reconstruir con verosimilitud la estructura interna de los templarios: su ordenamiento económico, su disciplina monástica y militar, así como los factores que precipitaron su colapso ante las presiones del papado y la corona francesa. Pero lo que distingue esta magistral novela no es solo su fidelidad histórica, sino la forma en que esa información es narrada con una prosa envolvente, cargada de matices sensoriales, como el propio título sugiere. La acacia, símbolo de iniciación y secreto, actúa como un hilo sutil que entrelaza la ficción con la realidad.

A través de un universo narrativo coherente y cuidadosamente construido, Numa logra articular los conflictos fundamentales de la Edad Media: la pugna por la Tierra Santa, los roces entre religiones, los vaivenes de la idolatría y la economía, y el mestizaje que florece en las zonas de contacto. Lejos de idealizar a los templarios, Numa los expone en toda su complejidad, revelando tanto su fervor religioso como su ambición materialista. Con ello, el escritor logra lo que pocas primeras novelas alcanzan: iluminar un periodo histórico con inteligencia, sensibilidad y una voz narrativa madura.
El aroma de la acacia se impone, así, como una obra inaugural poderosa, en la que Farid Numa Hernández demuestra una capacidad admirable para fusionar el rigor histórico con el arte de novelar, entregando un relato que no solo informa, sino que también cautiva, incomoda y seduce.
Al adentrarse en las páginas de El aroma de la acacia, el lector no sólo accede a una novela histórica de cuidada ambientación, sino también a una obra profundamente erudita que induce a explorar mundos ajenos y, sin embargo, inquietantemente pertinentes a nuestro presente. El autor despliega un conocimiento profundo del periodo en el que se sitúa la narración —los siglos XII y XIII, durante las Cruzadas— sin que ese saber se convierta en un lastre. Al contrario, lo convierte en un combustible narrativo que estimula la curiosidad y da profundidad a una historia vibrante e intensamente humana.
Numa posee un don narrativo poco común en la literatura contemporánea en lengua española: su capacidad para conjugar precisión histórica con una prosa lírica, evocadora y a la vez directa. La novela fluye con una estructura original que no se encorseta en el formato clásico. Las escenas, cuidadosamente tejidas, se despliegan como actos teatrales o secuencias cinematográficas, revelando no sólo el talento del autor para el ritmo y la tensión narrativa, sino también una visión dramática de sus personajes, quienes están delineados con notable sensibilidad. Los diálogos, lejos de servir solo como mecanismos de avance, son momentos de revelación emocional y psicológica.
El trabajo documental que sustenta la novela es palpable en cada página. Sin caer en el exceso de datos ni en el didactismo, Numa recrea con rigor escenas que permiten al lector palpar los profundos cambios culturales y espirituales que enfrentaban comunidades religiosas heterogéneas: cristianos, musulmanes y judíos. Estas descripciones no solo nos educan, sino que nos conmueven, al recordarnos que los conflictos religiosos, las luchas por el poder y los movimientos migratorios no son temas del pasado, sino heridas abiertas en el presente.
Uno de los logros más notables de El aroma de la acacia es la manera en que se revive un periodo de gran convulsión histórica sin necesidad de forzar la épica. La fundación de la Orden del Temple, por ejemplo, no es narrada desde una fría cronología, sino desde la tensión existencial de aquellos hombres que, enfrentados al caos y a los peligros de los caminos a Tierra Santa, Jerusalén, optaron por entregarse a una causa mayor. Nombres como Hugo de Payens o Godofredo de Saint-Omer no son meros referentes históricos, sino personajes vivos, situados en un contexto donde la vida y la muerte, la fe y la guerra, se entrecruzan de modo constante.
A fin de defender a los peregrinos, que se desplazaban a la Tierra Santa, de los continuos ataques que sufrían, un grupo de nueve caballeros se comprometió en el año 1.118 a proteger los caminos y la seguridad de sus vidas. Este fue el germen de la Orden del Temple. “El primer jefe fue Payens (futuro primer Gran Maestre de la orden), secundado por de Saint-Omer” (p.202). En aquel entonces reinaba en Jerusalén Balduino II quien brindó su acogida a los “pobres soldados de Cristo” (p.202). Estos pasaron nueve años en Tierra Santa, alojados en un espacio del antiguo Templo de Salomón“e impidieron extraños al lugar” (p.202). Detrás de todo ello se advierte que el camino a Jerusalén no es, en la novela, una simple travesía geográfica. Es un símbolo del tránsito espiritual y humano, marcado por ineludibles asaltos, pérdidas, encuentros y revelaciones. Ayer como hoy, los bandidos —con otros nombres— acechan. Los trayectos, entonces como ahora, son zonas de conflicto y frontera. Y como sucede en todo gran relato, el viaje exterior se convierte en metáfora del viaje interior.
La prosa de Numa tiene una cualidad líquida, que permite al lector sumergirse con vivo interés en su mundo narrativo. No hay artificios innecesarios; no hay despliegue gratuito de virtuosismo. Sólo la palabra justa, la imagen precisa, el diálogo significativo. Es una escritura que fluye con la naturalidad del relato oral y la precisión de la reconstrucción histórica, y que se impone no por su grandilocuencia, sino por su capacidad de generar imágenes imborrables y emociones profundas.
El aroma de la acacia es una novela que combina con relevante maestría el saber y la pasión, la historia y el drama, la erudición y la emoción. Es una obra que, mientras nos transporta por los caminos medievales hacia diversos lugares, nos obliga a mirar de nuevo nuestro propio presente, y a entender que los grandes temas humanos —la fe, el poder, el afecto, la violencia— siguen latiendo con fuerza en cada época. Farid Numa ha logrado abrir una puerta a la historia viva, aquella que no pertenece al pasado, sino que sigue reclamando nuestra atención.
La novela al relatarnos los tres viajes emprendidos desde Marsella por los miembros de la Orden templaria, no solo nos ofrece una reconstrucción vívida y detallada de la geografía y la historia del Mediterráneo medieval, sino que, a través de una estructura narrativa dinámica y una riqueza literaria innegable, nos conduce por una travesía espiritual, intelectual y bélica a la vez. Los escenarios por los que discurren los templarios —Beirut, Alejandría, las pirámides de Giza, Jerusalén, las cumbres himalayas y San Juan de Acre— no son simples paisajes, sino espacios simbólicos, cada uno con su propia carga histórica, cultural, filosófica y espiritual. El autor transforma cada paso del viaje en una oportunidad para la reflexión, un acto de búsqueda, donde lo que está en juego no es solo la supervivencia y el dominio territorial, sino el acceso al saber y la construcción de un pensamiento crítico.
Desde el inicio en Marsella, puerto de partida y punto de confluencia de culturas, se vislumbra que estos viajes no fueran exclusivamente misiones religiosas o militares. Aunque la Orden no deja de organizar sus actividades religiosas ni de cuidar con celo la defensa de sus rutas, sus miembros llevan consigo otro tipo de armamento: el pensamiento, la curiosidad, el afán de entender el mundo. En este contexto, el Mediterráneo no es solo un espacio o un campo de batalla, sino un puente de conocimiento. En cada uno de los veintisiete capítulos, el autor mantiene una tensión dramática que insufla vida a los personajes y a sus conflictos internos y externos. No se trata simplemente de conquistar territorios, sino de habitar espacios donde debería florecer la ciencia, la filosofía y la espiritualidad.

Es particularmente revelador el paso por Alejandría, descrita no solo como una ciudad comercialmente pujante, sino como una auténtica meca del saber. La mención de los “famosos matemáticos, geómetras, astrónomos, médicos, alquimistas y filósofos” (p.99) destaca la vocación intelectual de la urbe y la fascinación que despierta en los viajeros templarios. La enumeración precisa de su riqueza material y humana —doce mil mercaderes de aceite, cuatro mil palacios, cientos de teatros y baños— (p.p. 95, 96) no responde al simple afán de pintar un cuadro exótico, sino que subraya la potencia civilizatoria de Oriente, desmontando así prejuicios sobre su supuesta barbarie. Los lugares visitados por la Orden, lejos de ser espacios belicosos, (p.213) eran verdaderas fuentes de saber (p.210), y esto transforma nuestra mirada de lector y del propio personaje templario.
Así, el viaje trasciende el plano físico para adentrarse en lo metafísico. En palabras del narrador, “las tinieblas han cubierto el universo, pero en sus entrañas germina la semilla del conocimiento, la luz fuente del saber, renovación del mundo” (p.115). Esta frase encierra el núcleo del relato: el saber como antídoto frente a la oscuridad, como llama que arde incluso en tiempos de guerra y destrucción. En este sentido, la novela no sólo reconstruye un período de intensos enfrentamientos culturales y religiosos, sanguinarias guerras, sino que propone una lectura alternativa del Medioevo como una época en que el saber viaja, se mezcla, se transmite y se renueva.
Además, estos tres viajes por el Mediterráneo representan el comienzo de una búsqueda más profunda que la simple expansión de la Orden templaria. A través de una escritura sólida y vibrante, Numa logra combinar sabiamente la aventura épica con el drama interior de sus personajes en constante aprendizaje. El Mediterráneo se convierte en aula en territorio donde se entrelazan el acero y el espíritu. Y es precisamente en ese entrelazamiento donde la novela encuentra su mayor fuerza: en mostrar que incluso en los tiempos más oscuros, la luz del conocimiento nunca deja de buscar su lugar en el mundo.
La figura de Jacques de Molay, último Gran Maestre de la Orden del Temple, suele asociarse a los conflictos políticos, las cruzadas, y el trágico final de los templarios. Sin embargo, en la novela emerge una dimensión distinta: la del hombre movido por la curiosidad, el asombro, y el deseo genuino de comprender el universo. Molay no sólo caminó tierras extranjeras en busca de riquezas o poder; lo impulsaba una sed interior de saber, una inquietud que lo llevó a mirar el mundo con ojos de explorador y espíritu de alquimista.
Su viaje a Alejandría, “la ciudad del saber”, no fue casual ni superficial. Molay perseguía una quimera: la Piedra Filosofal (p.96), símbolo ancestral de la sabiduría suprema, la transmutación no sólo de los metales sino del alma humana. En ese anhelo, compartido por el grupo de estudios esotéricos (p.71), se percibe un interés profundo por rescatar la sabiduría de civilizaciones antiguas. No se trataba de una nostalgia arqueológica, sino de una esperanza firme en que el conocimiento perdido entre las arenas del tiempo podía reactivar las potencialidades ocultas del ser humano.
En este primer viaje hacia las raíces del saber no se dirigió al azar. Molay y sus compañeros escogieron con precisión después de Alejandría su próximo destino: el legado milenario de los faraones Keops, Kefrén y Micerinos. Las pirámides, más allá de su imponente presencia física, representaban un código arquitectónico y simbólico que los templarios se propusieron descifrar. Lo que Numa describe con detalle –la perfección geométrica, la alineación con el eje de la Tierra (p.183)– no fue mera admiración por una técnica, sino un reconocimiento a la madurez científica de los antiguos egipcios, cuyo conocimiento desafiaba los límites de su tiempo.
La reacción de Capocaccia, uno de los templarios, al llegar a las pirámides lo dice todo: “Hermanos, ¡ahora sí estamos donde soñamos y siempre lo anhelamos!” (p.129). Este grito, cargado de emoción casi mística, no responde a una conquista material, sino a la realización de una búsqueda espiritual. En esa cumbre de piedra, los templarios sentían estar tocando una verdad antigua, contenida en proporciones, medidas y enigmas.
Estas construcciones no eran solo tumbas ni monumentos funerarios; eran el testimonio de una visión del mundo en la que el conocimiento era un acto sagrado. Las pirámides, por su forma, su orientación y sus misteriosos compartimientos, reflejan una conciencia cósmica en la que cada bloque de piedra encierra un fragmento de sabiduría. Comprenderlas no era, para Molay, un acto de simple erudición, sino una manera de acercarse al orden secreto de la naturaleza.
La pirámide de Keops, en particular, fue escenario de una exploración meticulosa. Con la ayuda de Narusdin y el auxilio de antiguos textos árabes como los de Al-Yurasmi, junto a los templarios Geber, Cheville y Molay emprendieron una labor tan física como intelectual (p.140). Al girar la piedra y la losa, y acceder a uno de los recintos ocultos (p.141), no sólo rompieron una barrera arquitectónica, sino que penetraron simbólicamente en el corazón de una civilización que había sabido unir ciencia, espiritualidad y arte.
Así, en este viaje por los confines del Mediterráneo, Jacques de Molay se revela como algo más que un caballero cruzado: es un explorador del saber, un puente entre el pensamiento esotérico occidental y la herencia científica oriental. El relato de Farid Numa nos recuerda en la novela que el verdadero conocimiento no se halla acumulando libros o riquezas, sino cruzando las fronteras de la aprensión, adentrándose en lo desconocido, y reconociendo en los legados del pasado “la luz” para comprender el presente. La historia de Molay y su grupo fue, entonces, la historia de la curiosidad humana en su forma más elevada: no aquella que se conforma con saber cómo funcionan las cosas, sino aquella que se atreve a preguntar por qué.
En El aroma de la acacia, los templarios se enfrentan a una revelación profunda cuando, hacia el final del capítulo IX y en los dos capítulos subsiguientes, se internan en los secretos velados en las pirámides de Egipto, específicamente en las de Kefrén y Micerinos. En sus salas ocultas, se nos describen como si hubieran sido auténticas bibliotecas selladas, depósitos sagrados de un conocimiento antiguo y hermético. La narración sitúa a los templarios ante documentos, papiros y jeroglíficos que revelan no sólo los motivos iniciales de la construcción de las pirámides (p.183), sino que también los introducen en una tradición alquímica que trasciende el entendimiento europeo de su tiempo. Se nos presenta a los templarios como recolectores de un saber disperso, como una suerte de selección o florilegio de textos antiguos ignorados u olvidados por la tradición occidental (p.p.142,143). Estos documentos no eran simplemente arqueológicos, sino que constituían instrucciones y enseñanzas que aludían directamente a la legendaria Piedra Filosofal. Justamente, lo que buscaban los alquimistas medievales en retortas y laboratorios oscuros, los templarios lo escudriñaban bajo la arena egipcia: una ciencia sagrada codificada en la arquitectura, en la disposición astronómica de las pirámides y en su misma materia.
Este conocimiento —que fusiona física, espiritualidad y simbología— se muestra en su apogeo en el descubrimiento de un laboratorio oculto bajo la pirámide de Keops (p.161), que no solo contenía extraños instrumentos y fórmulas alquímicas desconocidas en Europa, sino que también manifestaba un espacio de iniciación sensorial. Este recinto se nos detalla cómo en ese microcosmos en el que se podía experimentar directamente con elementos que arrojaran luz, sabiduría. No era un simple lugar de análisis, sino una cápsula destinada a transformar a quien entrara en ella, afinar su sensibilidad, potenciar sus sentidos, hacerlo capaz de «leer» la realidad en claves simbólicas y naturales.
El personaje templario, Capocaccia, en uno de los pasajes, al preguntar embriagado de emoción: “y si alargo mi mano, ¿podré tocar el sol?” (p.161), representa un momento clave de epifanía colectiva. Su exclamación no es una simple metáfora de ambición o éxtasis, sino que da cuenta de un estado de conciencia alterada, posiblemente provocado por la arquitectura misma del lugar. Las pirámides, por su alineación con las estrellas y su misteriosa geometría, parecen ejercer un efecto no sólo físico, sino espiritual, sobre los templarios, transformándolos en antenas humanas receptivas a una programación simbólica. Así, la novela sugiere que estas estructuras pudieran ser máquinas proféticas, diseñadas para activarse únicamente bajo ciertas condiciones mentales, espirituales y con la predisposición de individuos sedientos de saber.
Numa nos expone que este conocimiento no era meramente vivencial. Egipto albergaba una ciencia sagrada destinada no a todos, sino a aquellos que pudieran aprender a través de los sentidos. Esta forma de curiosidad exigía no sólo observar, sino afinar la percepción al punto de que cada sentido operara como una vía de conexión con lo imaginario. En este contexto, los templarios no eran únicamente buscadores del saber, sino iniciados en una forma de ver, oír y tocar lo que permitía percibir y asimismo transmitirmensajes. El «lenguaje de los dioses» no era una lengua hablada, sino un modo de vibración, una forma simbólica de comunicación que exigía al iniciado una transformación interna.
Es por ello por lo que la figura de Jacques de Molay y su «camino de la búsqueda de la luz» (p.162), se convierte en emblema de esta tradición oculta. Al igual cuando afirma que “la sabiduría no se vendía” (p.363), resume toda una ética del conocimiento: no se trata de ocultar el saber, sino de merecerlo, de afinarse espiritualmente hasta ser capaz de interpretarlo y comunicarlo sin costo material. La sabiduría como la luz implicaba también responsabilidad; y el conocimiento no se transmitía como doctrina, sino como vibración sensible, como experiencia transformadora. Por lo tanto, lo que se heredaba no eran fórmulas, sino estados de conciencia.
Cabe agregar que, en El aroma de la acacia a través de sus personajes, el autor desplaza la mirada desde lo material hacia lo trascendente, recordándonos que el oro verdadero no brilla en lingotes, sino en la conciencia iluminada de quien ha logrado comprender su conexión con el universo. Un ejemplo claro de este enfoque es el pasaje en que se relata cómo, en los subsuelos del Templo de Salomón en Jerusalén, Jacques de Molay y el maestro Ubaldo Amical anhelaban encontrar el Santo Grial junto a antiguos documentos reveladores de ocultos misterios (p. 204).
Este episodio, que evoca una escena casi mítica, es más que una búsqueda arqueológica o mística; es una metáfora de la búsqueda interior. El Santo Grial (p.204), aunque tradicionalmente concebido como la copa utilizada por Jesucristo en la Última Cena, no es presentado por Numa como una mera reliquia histórica, sino apreciado como un símbolo alquímico. Para los templarios, y según lo transmite el autor, el Grial encarnaba la posibilidad de alcanzar una transformación espiritual profunda. Era la representación de la unión entre la conciencia personal y la conciencia cósmica, la correspondencia entre el ser humano y la sabiduría, lo cual constituye la verdadera alquimia espiritual.
En este contexto, el Santo Grial no representaba para los templarios una copa de oro, según nos lo relata Numa, sino un estado del ser. Esta «copa interior» podía contener la luz del espíritu, y quien la encontrara, encontraría también la paz, la sabiduría y la inmortalidad del alma. Así, el subsuelo del Templo de Salomón no es solo un lugar físico, sino una metáfora del subconsciente humano, donde yacían ocultos los más profundos misterios y verdades. Jacques de Molay y el maestro Amical no cavaron simplemente las piedras, sino la memoria espiritual de la humanidad. Aunque según se rumoraba en la aristocracia francesa, los templarios habían redescubierto los secretos del Templo de Salomón, incluyendo un tesoro que no solo era material, sino un documento de inigualable riqueza espiritual nunca visto por esas sociedades: el Libro de la Creación, el primero sobre la sabiduría de la Cábala que regulaba las emociones de la vida cotidiana. (pp. 232, 237).
La novela que nos relata Numa, entreteje con maestría la tensión entre el poder religioso y económico de la Orden del Temple; pero al final se impone la ambición de la corona francesa en tiempos del rey Felipe IV. El relato no solo reconstruye con rigor documental los acontecimientos que desembocaron en la caída de los templarios, sino que además ofrece una estructura narrativa circular que intensifica el dramatismo y la fatalidad de los hechos. Desde el introito que se titula “el suplicio” de Jacques de Molay, hasta el penúltimo capítulo cuando el Gran Maestre muere en la plazoleta de Notre Dame. Numa sabiamente nos guía en sus últimos siete capítulos por un espiral de feroces batallas, intrigas, traición, codicia y justicia divina.
El conflicto central radicaba en la creciente deuda que la aristocracia francesa, bajo el reinado de Felipe IV, había contraído con la Orden del Temple. Lejos de honrar sus compromisos, la respuesta del monarca fue orquestar una campaña de desprestigio y aniquilación contra los templarios que, paradójicamente, habían sido sus prestamistas y protectores militares. Como bien lo señala Numa, los templarios no solo acumularon riqueza material, sino también una autonomía religiosa y una presencia militar que aún podía rivalizar con la de los propios ejércitos reales. (p.322,329,340). Esta amenaza latente al poder absoluto del Rey Felipe IV fue el detonante de una de las persecuciones más infames de la historia medieval.
En el otoño de 1307, Felipe IV, con la complicidad del papa Clemente V, dio inicio a la cacería de los «Pobres Caballeros de Cristo» (los templarios), arrestando a decenas de ellos bajo acusaciones de “herejía, simonía, sodomía y traición” (p. 347). El proceso judicial, plagado de torturas y confesiones forzadas, fue una fachada para legitimar el saqueo de los bienes de la Orden. La culminación de esta tragedia se realiza con la ejecución de Jacques de Molay, quemado vivo el 18 de marzo de 1314 en Notre Dame (p. 386). Antes de morir, el Gran Maestre Maloy lanza una profecía que marcará la historia con un halo de leyenda: anuncia que tanto el papa como el rey comparecerán ante el tribunal divino en menos de un año. Y así ocurre: Clemente V muere en abril de ese mismo año, y Felipe IV en noviembre.
La novela de Numa no se limita a relatar estos hechos con sólo interés histórico; su mérito literario radica en la estructura simbólicamente circular que articula todo el relato. El introito abre con la imagen de Jacques de Molay clavado en una cruz de acacia, símbolo de su martirio y de la flor que, según la tradición, representa la inmortalidad del alma. Esta misma flor reaparece en el penúltimo capítulo, cuando el Gran Maestre Maloy, en sus últimos instantes, inhala su fragancia antes de ser consumido por las llamas. Este recurso no cierra el ciclo de la tragedia, sino que le otorga un carácter mítico, reforzando la idea de que la barbarie se perpetúa y que los actos de injusticia traen consigo consecuencias inevitables.
En resumen, Farid Numa nos ofrece una obra extraordinaria que amerita leerse con especial atención, por su audaz revisión de la historia, por la riqueza del lenguaje, por su asombrosa percepción para el detalle de la vida y de la mente, por la representación del espacio y el tiempo, y por las pasiones consustanciales de muchos de sus personajes que no son aspectos descriptivos. Ese vaivén del que somos presa los lectores es justamente el arte de Numa quien nos invita, no sólo a leer, sino releer el Aroma de la Acacia no como un registro histórico fijo, sino como una construcción viva; espejo de una vasta realidad social, política, religiosa, legal y de costumbres. Vista de esta manera, Numa nos revela cómo el poder absoluto, cuando se ve amenazado, es capaz de recurrir a la calumnia y la violencia para mantener su dominio. La maldición de Jacques de Molay, lejos de ser un simple mito, encarna una verdad actual: los crímenes del poder, tarde o temprano, encuentran su castigo.