«El aroma de la acacia» y la herencia de los Templarios
En el año 1118 fue creada la Orden del Temple. Para ese entonces la iglesia católica contabilizaba mayoría de edad y registraba una experiencia importante como organización religiosa y política; pero en lo militar era dependiente de las fuerzas europeas que poseían los reyes y señores feudales. Los papas conocían el manejo del poder político y económico, y para mostrar fortaleza de una Europa unificada, se creó la figura del Sacro Imperio Romano Germánico, como agrupación política situada en la Europa Occidental y Central; este nombre se tomaba el legado prestigioso del antiguo Imperio romano del oeste y con el adjetivo sacro se buscó legitimar su existencia como la voluntad divina en el sentido cristiano. El poder recayó en el emperador romano germánico desde la Edad Media hasta inicios de la Edad Contemporánea. La coronación de Carlomagno (742-814) como emperador de los romanos en el año 800 de la era cristiana, constituyó el ejemplo que siguieron los posteriores reyes, y la actuación de él, defendiendo al papa frente a la rebelión de los habitantes de Roma, lo que dio inició a considerarlo emperador protector de la iglesia; este Imperio debía asegurar la estabilidad política y la resolución pacífica de los conflictos mediante la restricción de la dinámica del poder. Soportada en este hecho los papas debían estructurar una organización fuerte, basada en la tradición religiosa, en las creencias y en el temor a Dios. Eran más de mil años generando una conciencia de aceptación, de adopción de fe y obediencia, que lograba alinear mandatarios de países muy poderosos, quienes aportaban una numerosa feligresía, repartida en diversos Estados del mundo; la Iglesia es un supra-poder y esto se lo ha ganado con tesonera labor desde el año uno, del siglo I d.C., cuando empezaron los apóstoles de Jesús, Pedro y Pablo, y desde entonces se ha caracteriza por ser una organización religiosa, social, jerárquica, cuyo liderazgo en cabeza del Papa, nadie pone en duda.
La Orden de los Caballeros Templarios
Había pasado un poco más de un milenio, cuando se presentó la creación de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón, para ese entonces la Iglesia estaba robusta y estable, pero demandaba fuertes ingresos para su proyecto de expansión y también requería una fuerza militar de apoyo acorde con su crecimiento como empresa, dentro de las exigencias de las economías europeas; así como el establecimiento de grandes monasterios y el reclutamiento de misioneros que eran enviados para convertir a Irlanda y los pueblos del norte de Europa. En Oriente, el Imperio bizantino conservaba la ortodoxia, mucho más después de las invasiones masivas del islam en la mitad del siglo séptimo. Estas invasiones devastaron tres de los cinco patriarcados; la captura de Jerusalén en primer lugar, a continuación, siguieron, Alejandría y, en la mitad del siglo octavo, Antioquía. Viene entonces un período de cinco siglos, de guerras y cruentos enfrentamientos por el poder entre el cristianismo y el islamismo en toda la vasta cuenca del Mediterráneo. Las batallas de Poitiers y Toulouse conservaron el oeste católico, a pesar de que Roma fue arrasada en 850, y Constantinopla sitiada. En el siglo XI, las tensas relaciones entre la iglesia griega sobre todo en el este, y la iglesia latina en Occidente, confluyeron en el Cisma de Oriente y Occidente, en parte debido a los conflictos, atribuidos a la autoridad papal.
Al tener poder económico y político, la iglesia convocó a gobernantes, reyes y señores feudales de la edad media para frenar el avance del Islam, entonces la estrategia dictaminó que se debía enfrentar el problema político a través de misiones militares y someter por la fuerza a los musulmanes, éstas acciones fueron denominadas Cruzadas, cuyo carácter eran expediciones y guerras religiosas, impulsadas por la Iglesia cristiana de Occidente en Plena Edad Media, y fueron organizadas con el objetivo de recuperar para la cristiandad la región de Oriente próximo conocida como Tierra Santa, bajo el dominio del islam desde el siglo VII.
Las primeras cruzadas, recayeron sobre los hombros de los señores feudales y soberanos de Europa Occidental, en particular los de la Francia, la dinastía de los Capetos y el Sacro Imperio Romano; pero también de Inglaterra y Sicilia, a pedido del Papa y, en principio, del Imperio Romano Oriental (bizantino). Las Cruzadas tuvieron lugar durante un período de casi dos siglos, entre 1096 y 1291, y condujeron al establecimiento de un reino cristiano en Jerusalén y la conquista temporal de Constantinopla. Los soldados llevaban la insignia de la cruz roja, dibujada o estampada en su peto.
El Templo del rey Salomón
Cuando le presentaron al Papa Inocencio II (Papa número 164 de la Iglesia católica, entre 1130 y 1143), el proyecto de funcionamiento de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón, le pareció ajustado a la realidad social que se vivía en el mundo europeo e islámico. Era necesario intimidar por la fuerza de las armas y para concretarlo, el sumo pontífice promulgó la bula Omne datum optimum, del 29 de marzo de 1139, por medio de la cual “se reconocía la Regla de la Orden (de los Templarios) y se concedía a sus miembros el botín conquistado a los sarracenos en Tierra Santa; además, se les liberaba del pago de los diezmos a los obispados correspondientes, no teniendo que responder de sus actos ante nadie, salvo ante el Papa”. Este proyecto era útil para todos: encajaba en el propósito general de las Cruzadas, que ya estaba en marcha.
La así llamada Orden del Temple, en su forma afrancesada, cuya estructura se conoce como la Orden de los Caballeros Templarios, fue una revolución al interior de la iglesia; en esa medida también ganaba amigos, pero también muchos enemigos. El nombre adoptado estaba ligado al lugar físico que el rey Balduino II de Jerusalén (1060-1131), les asignó como morada o sede. El Templo del rey Salomón, en términos físicos, es una edificación o lugar sagrado dedicado al culto religioso; a la veneración de una divinidad o a la práctica de rituales; pero también era un lugar de reflexión, donde se estudiaba o meditaba.
El conocimiento de las ciencias, fue otorgado al rey Salomón, por voluntad divina, según reza la Biblia: “Dios se le apareció en sueños y le dijo: pide lo que quieras que Yo te otorgue”. Pidió el don de la sabiduría, que le fue concedido y además gran poder y riqueza. La sabiduría de Salomón se manifestó sobre todo por sus famosos juicios y por sus memorables proverbios contenidos en el libro sagrado. Construyó el magnífico Templo de Jerusalén, ciudad que, debido al intenso tráfico comercial y religioso, fue un emporio de riquezas. El Templo era un lugar predilecto de poderosos y también de la feligresía, era tenido como sitio de veneración, también de los dedicados al estudio de las ciencias naturales y de manera especial a la Entomología, el estudio de los insectos, los cuales, para una mejor comprensión fueron seccionados en cabeza, tórax y abdomen, lo que permitió mayor profundización y conocimiento en su estructura. Dice la leyenda que por pedido del rey Salomón y como un homenaje a esta ciencia, se diseñó su templo, en forma similar a un insecto, estableciendo las divisiones o secciones como se le conoce en su arquitectura; por eso Entomología y Templo tienen la misma raíz griega: el Templum pasó de ser concebido como sitio donde se estudia la Entomología y es el lugar elevado desde donde la vista abarca la mayor extensión del cielo en todas las direcciones; así el Templum pasó a denotar la visión sobre la totalidad de la bóveda celeste, considerada como la mansión de los dioses y las constelaciones; era el sitio donde el augur, o sumo sacerdote adivinador, auscultaba el cielo para practicar su oficio de clarividente, hecho que lo hacía a partir del vuelo de las aves; de escuchar su canto, de observar su manera de comer; de contemplar las diversas clases de aves que surcaban el cielo, incluso la cantidad de ellas que surcaban el espacio celeste, en un momento determinado; así, el augur se llenaba de fantásticos argumentos y profería sus sentencias; de esta manera anunciaba los augurios, que recaerían en todo el reino.
Por ello, el templo del rey Salomón, sitio asignado como sede a la Orden de los Templarios, estaba dividido en tres secciones, como si fuera un gigantesco insecto; con el correr del tiempo, la raíz tem pasó al latín como sec, presente en insecto, sección, disección. El Phylum Arthropoda incluye insectos, arácnidos y crustáceos, representados en el zodíaco por el escorpión y el cangrejo; este último se toma como símbolo del signo cáncer. Ahora bien, la estructura del templo del rey Salomón era rectangular, más larga que ancha, y sus tres secciones configuraban: El pórtico (Ulam), el santuario (Hejal o tabernáculo) y el lugar santísimo (Debir, o Sancta Sanctórum). Estas tres secciones integradas son las que se asimilan al enorme insecto que contiene el pórtico o la cabeza, el santuario o tórax y el abdomen (el Sancta Sanctórum); maravillosa fantasía que se nos ha legado a través de la ciencia.
A través del lenguaje y su herencia, se nos enriquece mucho más la vida: de Templario proviene Temple, que es el carácter o rigor en la formación de nuestra personalidad. La riqueza material hace referencias al lugar físico habitado por este rey sabio, conocido por sus leyendas, entre las mque sobresale que en ese lugar estaba enterrado el gran tesoro del que se afirma que fue encontrado por los primeros Templarios que hurgaron el piso palmo a palmo y que además lo encontraron, y por eso eran muy ricos, propietarios de joyas y objetos de singular valor. Salomón es la forma vernácula del nombre propio masculino hebreo que, en la Biblia es Shelomo, derivado de Shalom, cuyo profundo significado es la añorada, esquiva e inalcanzable paz entre seres humanos; por ello, también el Templo y su rey, eran guardadores del Arca de la Alianza, la fantástica armazón sobre la que también se tejen maravillosas leyendas.
Una empresa religiosa-militar a largo plazo
Desde cuando se constituyó la Orden del Temple, se partió de un concepto religioso como pobres caballeros que acompañarían y protegerían a los fieles que iban de Europa a visitar la Tierra Santa; pero fundamentalmente era una empresa religiosa con proyección militar que debía ser rentable a largo plazo.
¿Qué se podía hacer para mantener una institución cuyo encargo era conducir rebaños de ovejas, sumisos, pasivos y que simultáneamente aportaran recursos para sostener el armazón eclesiástico sin que se generaran conflictos mayúsculos en la lucha por el poder? Había que ensayar con esta idea de acoger en el seno de la Iglesia una congregación militar de clérigos, jóvenes soldados entregados a la fe y la causa religiosa, que se sumaban a la reconquista de los lugares sagrados o santos, que estaban en poder de los musulmanes. Este proyecto era viable y pronto empezó a dar los resultados que la hicieron admirable.
Desde siempre la Iglesia está ligada a la geopolítica, para que esto se diera, debía tener estabilidad y poder para incidir en las sociedades europeas, para ello requería encontrar apoyo en los aparatos militares de las naciones que jugaban el papel de potencias. Nada garantizaba que la Iglesia sobreviviera en el tiempo, no obstante, cuando se dio el surgimiento de los Templarios, ya había transcurrido más de un milenio; se tenía claro que para continuar como gran empresa hacia el futuro, el proyecto debía tener altos ingresos y gruesas ganancias; lograr esto era difícil; es probable que ya el tema estuviera debatido y aprobado en el Vaticano; tal vez por eso, Inocencio II colocó oídos atentos a la propuesta que le llegó a través de André de Montbard (1103-1156), leal templario, quien ejerció como quinto maestre de la Orden (1154-1156), y que estaba referida una congregación creada para ser en proyección una potencia militar, religiosa, política y económica. La Iglesia tenía enemigos por todos lados y las contradicciones internas no eran fáciles de manejar; la ecuación era mantener equilibrado el tema del poder político y el religioso, y simultáneamente capitalizar desde lo económico. La Orden hacía cuantiosos préstamos a los gobernantes y la nobleza. En esta línea obtenía jugosos ingresos, que también sería su perdición, pues Felipe el Hermoso, rey de Francia, en alianza con el Papa maquinó para deshacerse de ellos, y no cancelarles la voluminosa deuda contraída históricamente con el Temple, desde que la Orden canceló el rescate del rey Luis IX en el 1250 y que se acrecentaba año tras año.
El conocimiento como riqueza
Uno de los aspectos que más llamaba la atención de la Orden, era la ampliación de los límites del conocimiento, pero como fuente de riqueza no solo espiritual, sino también material. Quien poseyera el conocimiento, tendría mayores capacidades para ensanchar su horizonte; crear más riqueza e incluso, obtener más victorias militares, en las nuevas guerras que eran el modus vivendi de la época. En su conjunto, la propuesta del grupo de jóvenes franceses entregados a la causa religiosa, rindió frutos: los caballeros hábilmente diestros en el oficio de la guerra se hicieron rápidamente a los conocimientos y a los saberes ancestrales. El conocimiento como poder que proporciona capacidades y habilidades para influir, tomar decisiones, y alcanzar nuevas metas. Cuanto más se sabe, más posibilidades se tienen para actuar de manera asertiva en diversos ámbitos de la vida. A esto se le agregaron nuevos conocimientos esotéricos que simultáneamente fueron implementados, tales como la simbología, geobiología, el hermetismo y la arquitectura sagrada; igual la magia cósmico-telúrica; en fin, no habría terreno vedado para el conocimiento, del que no fueran portadores la Orden y sus aliados, por eso una de las ciudades objetivo fue Alejandría, la urbe del saber, pero el país maravilla por excelencia era el alto Egipto, conocido como Schmau, o la tierra de la cebada, hacia donde dirigieron su galera, flameando la bandera templaria (Ib. 66).
En Egipto conocieron al notable investigador Geber Arabis, cuya fama traspasaba las fronteras del Imperio de Bizancio, amplio conocedor de las pirámides y los misterios que encerraban, sin compartir con nadie esa información, él los invitó a visitar e investigar en las tres pirámides, Keops, Kefrén y Micerino. Fue una experiencia inédita para los Templarios, quienes quedaron maravillados con los conocimientos de los trashumantes del desierto del Sahara; fue el clímax en la aventura del conocimiento; fueron un taller viviente discutiendo de manera permanente sobre diversos temas que abarcaban la materia y los cuatro metales que se anidan en la tierra. Esa es la sensación que quiere darnos Farid Numa, sobre la dinámica de la Orden y los Arcanos del Universo, en su exploración permanente sobre filosofía, teología, matemáticas, y ampliación de los conocimientos sobre Alquimia, el trazado y diseño sobre el Arte y las técnicas constructivas. (Ib. 175).
La economía a gran escala
Los Templarios movieron la economía europea y mediterránea a gran escala, se dice que fueron la piedra angular sobre la que se cimentó la economía de Occidente y una categórica apreciación: que fueron los padres de la banca en Europa, y otra más exagerada: “ninguna otra institución medieval ha hecho tanto para el auge del capitalismo”, —afirma Desmon Seward. (Aracil 15: 2023). Las fuentes de sus ingresos eran varias: las indulgencias, el comercio de inmuebles y su patrimonio que convertían pronto en dinero, propiedades rurales, joyas y dinero.
El bancuum
En las zonas portuarias de Europa existía un establecimiento llamado bancuum dedicado básicamente a la compraventa y cambio de mercancías y que después se convirtió en el sitio donde se realizaba el depósito, cambio y préstamo, que con el trascurrir del tiempo asumió el rol de banco o entidad bancaria. En la medida en que los Templarios fueron acumulando riquezas, tomaron esta misma práctica emulando a banqueros, le inyectaron un novedoso sistema de práctica acumulativa y movimiento al dinero, hasta el punto que se hicieron indispensables para el ejercicio los préstamos entre nobles, reyes y gobernantes, y los hicieron copartícipes del rol que vinculaba el movimiento de capitales, el comercio y la banca, que incluía a comerciantes, pasando de la inicial piedad cristiana, hasta la implementación de los préstamos usureros. De esta manera se fueron convirtiendo en potencia comercial económica y militar, con posesiones inmensas, en castillos enormes y con una flota que le sirviera para sus funciones comerciales y militares, embarcaciones que también fueron convertidas en oficinas bancarias flotantes para mantener resguardados los ahorros y el capital que tenía su asiento en negocios para viajeros. En todo esto se mezclaba astucia, habilidad mercantil y sutil inteligencia para crear una banca y un sistema financiero en Europa y en la cuenca del mediterráneo (Numa: 32).
Grandes maestres de la Orden de los Templarios
Desde Hugo de Payens, quien aparece registrado como el fundador de la Orden, (1118-1136), el segundo es Robert de Craon (1136-1149); el quinto, André de Montbard (1154-1156), el décimo, Gérard de Ridefort (1185-1189), y de manera sucesiva, los expertos han reconstruido una lista de los 23 grandes maestros, el último de los cuales es Jacques de Molay (1292-1314), es quien se convierte en objeto de trabajo magistral del analista y escritor Farid Numa Hernández, quien con tesonera labor se dedicó a desentrañar en la historia de la Edad Media, aspectos concernientes a la personalidad de Jaques de Molay y la Orden de los Templarios. Gracias a este voluminoso compendio, titulado El Aroma de la Acacia, podemos introducirnos en los temas sagrados de la Orden y desentrañar lo que para la historia aparece como enigmático; pero que gracias a este libro se van develando muchos de los misterios que aparecían definitivamente encerrados en la historia. El autor nos conduce de la mano y nos lleva por los vericuetos de su magistral investigación, con la que se ilumina el camino y se vislumbra la esperanza.
El suplicio de Jesús
Esta historia, dice Farid, empieza el 13 de octubre de 1307, con el suplicio de Jacques de Molay, clavado en una tosca cruz de madera de Acacia, en una lúgubre mazmorra del Temple de Paris, cuando el gran inquisidor de Francia Guillaume Imbert, estaba ensañado en hacerle confesar sus “crímenes de herejía”, que lo llevarían a largos años de prisión y finalmente a la hoguera.
El suplicio es similar a los padecimientos de Jesús el Nazareno, en el grueso madero, con las palmas de sus manos atravesadas por grandes clavos, Jacques mostraba su pecho tatuado con largas cicatrices, dejadas en su cuerpo por el filo de lanzas y espadas; muchas heridas, ya sanadas, las había ganado en las 27 batallasen las que había participado, arriesgando la vida frente a los sarracenos, pues era uno de los combatientes de primera línea de la Orden de los pobres caballeros de Cristo, del Templo de Salomón. Ahora estaba allí tendido soportando vejámenes, con la piel en carne viva, y el sudor sanguinolento que corría por su cuerpo, al que le habían propinado 33 latigazos, el mismo número de la edad de Cristo.
Para contarnos esta historia Farid Numa recurre a un narrador extradiegético que cuenta en forma de hipertexto la crudeza de la vida de este personaje entregado de corazón a la causa religiosa, soportando sufrimientos para los que estaba predestinado, sin otras posibilidades, que al igual que Jesús, era una causa noble de servicios humanitarios, pero que solo obtendría como beneficio el suplicio y finalmente la muerte. Por un lado, corre la historia contando el suplicio y el dolor del ser humano, por otro lado, es el narrador que quiere hacernos sentir el placer de la vida de Jacques entregado a su causa, con la espada defendiendo su vida. En cualquier momento se interrumpe una historia para volver a cargar con otra hiriendo el cuerpo inerme del monje-guerrero, en cualquier caso, la historia siempre será perturbadora, aún en los momentos más sosegados de Jacques.
La Alquimia, ciencia liberadora de los tormentos
Desde la antigüedad los seres humanos se aferraron a la Alquimia como ciencia para solucionar los múltiples problemas que los han agobiado, desde siempre. Raymundo Lulio, el fraile franciscano que se une a la expedición de los templarios en Egipto, se preciaba de haber avanzado en estos estudios y siempre tenía a flor de labios las posibilidades que la Alquimia les brindaba para sacarlos de apuros, a sus compañeros de los atolladeros. Ya habría escrito el libro La clave universal, tratado indispensable para comprender el arte de la Alquimia en su conjunto; después escribió Del mercurio de los filósofos y De la quintaesencia del oro y de la plata, y afirmaba sin reticencias: “El sol es el padre de todos los metales y la luna la madre” (Ib. 178), pero la alquimia seguía siendo el rompecabezas de los seres humanos y la posibilidad de ser un elemento que tuviera soluciones ante todas las dificultades; el pensamiento siempre se proyectaba buscando el asidero en lo que sería la tabla de salvación para todos los problemas. Por eso Jacques, frente al suplicio no tuvo más cabeza que pensar en sus grandes interrogantes: ¿Qué me pasa? ¿por qué no he logrado alcanzar el arte de la alquimia para liberarme de este tormento? (ib).
Buscando el Arca de las Alianza
Cuando la enorme edificación les fue entregada, se pusieron a la tarea de encontrar el tesoro contemplado en las leyendas, entre ellos el Arca de la Alianza. Comprobaron que en el 615 antes de nuestra era, los caldeos venidos de Babilonia, comandados por Nabucodonosor II asediaron a Jerusalén y arrasaron el primer Templo construido por el rey Salomón. En las centurias siguientes la ciudad y el templo fueron blanco de feroces e incesantes ataques (Ib. 219). Destrucciones y reconstrucciones se volvieron constantes, como se tenía la certeza que allí estaba guardaba el Arca de la Alianza, sellaron el túnel y las posibles entradas que conducían hasta sus laberínticas grutas evitando la posibilidad que fuera atacado en su interior. Cuando le tocó a los Templarios, adelantar la cuidadosa excavación y acceder a las tres galerías para rescatar los objetos sagrados. (Ib. 219). Todo el lugar subterráneo era una intrincada galería de túneles y cada espacio estaba marcado por leyendas sagradas. Pero la obsesión del Franciscano Raymundo Lulio era la de tocar la madera de Acacia del Arca. En su febril excavación llegaron al Sancta Sanctorum el templo subterráneo que la contenía. Por fin apareció ante sus ojos; no lo podían creer, el Arca de la Alianza, estaba allí, imponente en el” Santo de Todos los Santos”, irradiaba incandescencia, envuelta en un aura celestial; suspendida en el aire en el silencio dorado de la luz divina. ¡Desde hacía mil doscientos años! Este fue el deseo fantástico de una magistral literatura que supera la realidad y hacia donde ha querido llevarnos el autor.
La guerra no es el camino
Finalmente, Tierra Santa se perdió para el mundo cristiano, en el año 1291 en la gran batalla de Acre fue derrotado el mundo cristiano (todos los ejércitos, órdenes militares, caballeros cruzados) por el gran ejercito musulmán convocado para la “Yihad” o “guerra santa”. Una lamentable sentencia quedó en el corazón de los Templarios. Reflexionaron: “se demostró que la guerra no es el camino, casi doscientos años de lucha se perdieron en tan solo seis semanas. Las victorias militares son pírricas; nunca podrán celebrarse como auténticos triunfos. Es la hora de cambiar de estrategia para difundir la palabra de Cristo. (Ib. 332). A lo que hay que agregar: la historia de los siglos siguientes demostró que el esfuerzo no fue en vano, promovieron una dinámica del capital que sigue vigente, mucho más perfeccionada en los bancos, incluso en el manejo teórico del capital financiero con las disposiciones y las fórmulas que lo rigen hoy se ha cimentado y cada evento de la iglesia se difunde a través de canales que utilizan diversos medios. Los títulos de propiedad de las encomiendas, castillos, fuertes, edificios y negocios del Temple, letras de cambio, pagarés, hipotecas, haciendas, casas, edificios, palacios y reliquias sagradas, entre muchos otros, provenientes de la Orden y guardadas celosamente son ejemplos vigentes, que permiten continuar con una pista de bienes y haciendas que se continúan hoy día, a través de diversas instituciones. En cuanto a los ejércitos de las naciones, también conservan en su interior divisiones religiosas que promulgan ejercicios integrados a sus actividades castrenses, con las que se cimientan las acciones ideológicas de los soldados y sus legiones.
Se difunde el saber y las ciencias en todas las formas y se sigue desarrollando por el mundo; saber que fue adquirido inicialmente en las expediciones a la India, Alejandría, las pirámides y lo dejaron como valioso legado por el mundo como riqueza material y espiritual.
Traición, desolación y muerte
La Orden del Temple fue acabada porque los intereses económicos y políticos del rey de Francia Felipe IV y del pontífice Clemente V, los condujeron a tomar decisiones en contra de la institución. Acusados sus miembros de alta traición, herejía, simonía, sodomía, renegar de la Santa Cruz y juzgados por siniestros pecados, fueron condenados por la corona de Francia y la iglesia cristiana, su alma de vida, hasta cuando el castigo los llevó a la ruina, la desolación y la muerte.
Bibliografía
Numa F. (2024). El Aroma de la Acacia. Editorial Planeta Colombiana.
Aracil M. (2022). El libro Negro de los Templarios. Plutón Ediciones, X, s. L. Impreso en España.