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El arte o como ser justos con las cosas humanas

Para superar la extrañeza del mundo y ordenar la caótica multitud de estímulos que el hombre primitivo recibía de la naturaleza, les imprimió orden mediante figuras imaginadas. Primero la danza, el canto, el mito y la palabra poética le daban forma a los sonidos, al ritmo incesable del mundo natural y a sus fuerzas indomables; después el dibujo, el moldeado de diferentes materiales y las construcciones para el abrigo de los hombres iban capturando en configuraciones estables los estímulos elegidos como los más determinantes para su impulso vital, para su voluntad de vivir.

Cuando los hombres, más precisamente los poetas, comenzaron a darles nombre a las cosas éstas surgieron en su mundo, fueron cosas para el hombre; al otorgarles, además, nombres divinos, también poblaron ese mundo de dioses. Las primeras palabras fueron las de la poesía y el mito porque surgieron del ritmo del mundo, cuyos acentos y pausas, dice Octavio Paz, “están cerca aún del golpe del tambor, de la ceremonia ritual y del talón danzante que hiere la tierra”. El poetizar, la poiesis, el traer a la presencia, es por ello la fuente de todas las artes, porque le entrega las cosas al hombre, sin las cuales nada podría hacer, ni crear Mediante gestos elaborados en la danza e imágenes materializadas en símbolos lingüísticos y plásticos los hombres componían su sentido de la realidad. En sus obras también se mostraban sentimientos, emociones y pasiones, tanto como distintos modos de ver el mundo y sentir la existencia. Para aquellos hombres no había dos mundos contrarios: uno mágico y otro real; ilusión y realidad eran lo mismo y no existía ese otro mundo que les arrebatara la ilusión, como cuando los adultos increpan a los niños que juegan a “ser” tigres, leones, reyes, princesas o lo que su disfraz sugiere, “ya nos más ruido”, “es hora de acostarse”, según muestra Gombrich en su clásica Historia del arte. Todos los miembros de la comunidad “toman parte en los ritos y danzas ceremoniales con sus fantásticos juegos de ficción”. El hecho de tener que depender de las circunstancias, de las cosas y la realidad ya dada y a la vez de contar con la posibilidad de configurarlas en el mundo del arte a la medida de las necesidades humanas, le permitía a cada hombre en particular, sin distinción, disfrutar de su cultura, de la existencia. Y en la medida en que en sus obras de arte se reconocía y confiado atendía a lo que ellas decían, adoptaba múltiples puntos de vista para ver, apreciar, gozar las cosas y enfrentar las penosas experiencias que de manera inevitable depara la existencia. Sólo los poetas griegos, no los filósofos, comprendieron que para hacer soportable la vida tuvieron que crearle al hombre sus dioses, como nos lo recuerda Nietzsche; dioses que al enfrentar experiencias semejantes a las dadas en la existencia humana sirvieron como espejo en el que esa vida mortal y dura se asoma transfigurada, bella y tolerable.

Desde cuando el valor del arte como fuente de verdad, de aclaración de la realidad y sabiduría fue cuestionado por Platón, vale decir, por la filosofía, su poder vinculante cedió el paso al conocimiento racional, a la verdad lógica y al concepto y, entonces, el ser del hombre comenzó a concebirse escindido entre una parte emocional, pasional, corpórea, la cual debía reprimirse y acallarse en beneficio de la parte racional, pensante y consciente, en la que recae todo el peso definitorio de lo humano. La existencia unitaria cayó en la mayor dispersión y las cosas verdaderas no podían seguir siendo las de todos los días, las que tiene que enfrentar el hombre para vivir, en medio de las cuales sufre, espera, goza y teme. La verdad abandona las cosas particulares y pasa a residir en lo que se dice de ellas, en el enunciado lógico. La vida humana en el mundo también queda en entredicho porque la capacidad de conocer y razonar se impone a la particular manera de pensar y enfrentar ese mundo, como era evidente en la palabra mítico-poética y, en general, en el arte.

La nueva mirada de la filosofía y la ciencia no le hace justicia a las cosas en su singularidad y tampoco reconoce las pautas morales y las guías prácticas que regulan la vida individual, para elevar a primer plano la acción basada en el conocimiento de principios unitarios, homogéneos y enunciados generales justificables. Como la vida visible en el mito y el arte es la vida que transcurre entre la dicha y la desdicha, sometida a diario a circunstancias inesperadas y sorprendentes, enfrentada a situaciones individuales dadas en condiciones particulares, el nuevo saber se reconoce incapaz de hablarle a una vida así y, en consecuencia, la pregunta por la vida buena, por la felicidad, la resuelve con la condición de negar esa vida para ir hacia un ámbito trascendente: al más allá, al mundo del concepto o la norma universal.

Pero el hombre como ser individual en el mundo siempre busca vivir de la mejor manera posible, que tenga más sentido, feliz en medio de la contingencia, del dolor de las circunstancias y, sobre todo, vivir como ser humano pleno. Y entre los conceptos fundamentales para comprender nuestra condición humana están la alegría, la tristeza, la justicia, el amor, la amistad, las fantasías, los deseos, los temores y esperanzas, la enfermedad y la muerte. Entre todos ellos, según Ursula Wolf1 , el de justicia es puramente normativo y se refiere a un ideal de convivencia social que aún no ha sido perfectamente realizado en ninguna parte y por eso no se puede definir con ninguna descripción concreta. Para hablar de justicia es necesario entonces darle un contenido preciso al concepto, pero no podemos hacerlo a partir de lo que tenemos, por tanto, es preciso acudir a la actividad creativa para crear ese contenido. Es por ello una labor propia del arte, aunque la sociedad procura crear instituciones justas. La filosofía y la política acuden a los elementos normativos, mientras los no normativos, como los sentimientos, las emociones, los modos personales de ver y sentir el mundo sólo pueden darse a conocer a través del arte, el que, por tanto, integra esos elementos en la obra, donde se muestra lo justo para el hombre de carne y hueso, quien sabe, además, que sin experiencia de lo penoso, de lucha, de esfuerzo no hay felicidad, ni gozo; no hay, en últimas, vida y eso mostraron los griegos con su sentido trágico de la existencia. Aunque la estética negativa de Adorno se fundamenta en esa evidencia, el arte también supera la contingencia y lo negativo de la vida, se ofrece como reino de conciliación. En él también se resaltan aspectos positivos de la vida que pasan inadvertidos en la rutina diaria y penetran ámbitos infranqueables para el saber general de la filosofía, únicos ámbitos en donde le puede hacer justicia a la naturaleza de las cosas y del hombre.

El arte es justicia poética porque abre la posibilidad de conservar las condiciones que hacen de las cosas, cosas para el hombre, y preserva la condición humana en su individualidad. En la experiencia estética se unifica la dispersión en que caímos y mientras Kant encontró en la forma bella la unión del mundo natural y el moral, nosotros vemos en el arte la opción de incluir también las formas feas sabiéndolas bellas por su sentido, por su significado para nuestras vidas. La belleza interior del arte contemporáneo que se ofrece bajo formas extrañas, chocantes a veces, hace brillar el carácter enigmático de la vida misma y a partir de las cosas que ya sabemos y hemos vivido, se hace a propósito incomprensible, contraviniendo la percepción estética tradicional. Una manera de enfrentar la comprensibilidad ilustrada llevada a puro concepto fijo y establecido.

Al reconocer en las obras de arte otras culturas y gozar de ellas, se reconocen otros mundos, otras miradas sobre las mismas cosas; la pluralidad de la mirada sobre el mundo natural y humano que los griegos mostraron tan vívidamente en sus dioses, nosotros la vemos y seguimos encarnando en las obras de arte. Cuando en la vida misma se nos cierran oportunidades de gozar de la libertad, del derecho de opinar, de amar, de sentir; de llevar una vida digna y reconocida en su singularidad, sólo el arte se ofrece como el medio en el cual todo ello puede ser realizado. El arte compensa lo que en la vida fáctica nos impide ser felices. Pero lo hace no a la manera de una simple compensación sublimada como quien dice calmar sus necesidades con la entrega obsesiva a la ciencia, a la filosofía, al poder, al dinero o a cuantas salidas sustitutivas haya inventado el hombre para calmar la inseguridad y los temores personales. La compensación que representa el arte no se queda en el ornamento estético, en ser el adorno de la vida o en tener algún alcance ético o moral, sino que afecta la vida práctica misma cuando presenta en un objeto concreto –la obra de arte– ante nuestros ojos, experiencias significativas no atendidas hasta ahora. En la obra de arte se asoma lo que cada uno de nosotros es y el modo como ese nuestro ser se muestra a los demás sin que nosotros mismos nos hubiése mos dado cuenta de ello, el retrato y la fotografía no son la copia de personas y cosas sino significativos “modos de aparecer” ellas en el mundo.

Las obras son cosas entre las cosas, son cosas que materializan el pensamiento. Habitan la cabeza y el corazón del hombre y de allí brotan como creación destinada a estar en el mundo humano como una cosa que pone a vibrar los sentidos, la sensibilidad, los sentimientos. “Es pensamiento en imágenes que no renuncia a la razón” (José L. Molinuevo), mientras que el saber de los conceptos pareciera consistir en conocimiento universal que renuncia a la imagen; y como el hombre necesita respuestas concretas para su estar en el mundo como individuo distinto a los demás, sólo las ha de encontrar en una cosa singular, única y duradera como la obra de arte. Hacer justicia a la naturaleza humana es comprender que el ser hombre no corresponde a mera existencia dada para el “conocimiento” del mundo, ni orientada a enseñorearse con él; el hombre es ser “pensante”, vale decir, un ser entregado en “cuerpo y alma” a vivir con las cosas y por eso la poesía es la más humana y menos mundana de las artes, porque está más cerca del pensamiento y del sentimiento, con su música. El arte atrapa el instante que se nos escapa; surge de Mnemosyne, del recuerdo como madre de las musas y por ello conserva incluso lo que soñamos y aún no tenemos.

as obras de arte son objetos que confieren al artificio humano la estabilidad sin la cual el mundo no podría ser un hogar de confianza para los hombres, objetos que cuando eran útiles para el culto pedían su conservación y no el consumo; y si ahora pueden carecer de utilidad por ser únicos, no intercambiables, es porque desafían la igualación como factor común, como el dinero. Si la obra entra en el comercio es para no usarla2 , es para descubrir en ella el carácter duradero de lo que es justo para las cosas y el hombre, sin tener que atender a normas que anulen las diferencias. A ningún objeto como a la obra de arte le asientan tan bien los años, tanto que en ningún otro sitio aparece con tanta pureza y claridad el carácter duradero del mundo de las cosas, es como si “algo inmortal realizado por manos mortales, ha pasado a ser tangiblemente presente para brillar y ser visto, para resonar y ser oído, para hablar y ser leído” (Arendt).

1 WOLF, Ursula. El arte, la filosofía y la pregunta por la vida buena. Revista Estudios de Filosofía. N° 11. Medellín: Instituto de Filosofía, febrero de 1995; p. 231
2 Cfr. ARENDT, Hanna. La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993; pp. 184ss.
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Edición No. 147