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El arte y el pensamiento: formas de vida en Gustavo Zalamea

La Naturaleza es pródiga en manifestaciones de belleza, por todas partes. Y la noción de Arte quizá se concibe y desarrolla a partir de ella. Las personas en su formación adquieren modo de expresarse, en forma de palabras, dibujos, pinturas, escultura, poesía, música, danza, teatro… En la historia de la Cultura acontecen figuras prominentes en los múltiples campos, que marcan época y tienen presencia por largos períodos, para estudio y emulación, desde las más antiguas épocas, con afloro excepcional en Grecia y Roma, en el Renacimiento,.. en la época moderna. Latinoamérica no ha sido una excepción. Colombia esgrime personalidades de singularidad en las artes, las ciencias, las letras, el pensamiento…

Un caso notable, al que me refiero en este escrito, es Gustavo Zalamea (1951-2011), dibujante, pintor, grabador, escritor, ensayista[1], docente, de impronta UN… Heredero de tradiciones universales, en los diversos campos, en especial en sus oficios de dibujante y pintor. Las historias del arte y de la cultura, no le son ajenas. De estirpe notable en las lides de la inteligencia. Nieto de Jorge Zalamea, hijo de Marta Traba y Alberto Zalamea, figuras de realce en las letras y las artes. Formado en Arquitectura, Antropología y Diseño. Con más de 40 exposiciones individuales en Colombia y en otras partes. Galardonado con premios y altas distinciones en diversas oportunidades en varios países. Su obra pictórica es de notable singularidad. Autor de libros, en especial con dibujos suyos (“Todas las instituciones”, “Los papeles de la tierra”, “Imágenes de libros” y la antología de poesía “Trenes” con grabados), en particular me refiero a dos de mi mayor cercanía: “Un diccionario de sabiduría” (Ed. Taller Arte Gráfico, Colección Impsat, Bogotá 1995), fastuoso libro en contenido y diseño, y “Mínimas huellas luminosas” (Ed. UN, facultad de Artes, Bogotá 2011), con un maravilloso diálogo de tú a tú con Marta Traba, dos entrevistas y un ensayo creativo sobre la “Medusa”.

El “Diccionario de sabiduría” tiene una estructura singular. Los dibujos y pinturas están acompañados de citas de sus lecturas, con amplio espectro, en las que se descubren sus influencias mayores, por ejemplo de Albert Camus. De manera consecutiva enuncia las páginas con una palabra, en estimación de sus preocupaciones por el pensamiento y la obra; así: Afecto, Acción, Árbol, Alegría, Amor, Ambición, Amistad, Belleza, Conciencia, Felicidad, Creación,… En el tema de la Belleza cita a Goethe, al Schlegel y al Génesis. Del segundo trae: “Es bello lo que es siempre excitante y sublime”. En Creación refiere las palabras de Camus: “Crear es dar forma al propio destino”. En la afinidad por el Color acude a Matisse: “El color, sobre todo, más aún que el diseño, es la liberación.”

Las pinturas, en todas las páginas, son una muestra fehaciente de maestría en el dibujo y en el manejo del color, con exuberante expresión en figuras, con actitudes dispuestas a la exaltación de lo humano, y reconocimiento explícito a pintores de su admiración: Leonardo, Rembrandt, Picasso, Botero, Cuevas, Bursztyn, Salcedo, etc.

La expresión de pensamiento no le es ajena. Al comienzo del libro señala cuatro tipos de lectura para la obra, en consonancia con la sensibilidad construida con la pasión y la memoria, la relación lector-espectador, lo moderno en artificios y ensamblajes, y el juego de variaciones con abigarrada red de enfoques. Al pie de sus dibujos/pinturas escribe en ocasiones, de su puño y letra, comprensiones de su bagaje intelectual. Así, en el espacio dedicado a la “Visibilidad”, dice: “El arte es una expresión indispensable para que nuestras comunidades aclaren su verdadera identidad, sus ambiciones y su destino. Un instrumento sensible de aprehensión de la realidad que debe tener una función significativa, capaz de descubrir los objetos en zonas y dominios que el análisis no puede alcanzar.” De este modo reivindica la idea social del arte, en el empeño de también ser expresión de ambientes y de ideales por materializar, con sentido de las comunidades reconocerse a sí mismas.

Sus dibujos, de líneas precisas, con sombras que ayudan a perfilar volúmenes, rostros que se miran en disparidad, cuerpos con cabeza apenas delineada, o sin ella, la mujer y el hombre en expresión voluptuosa, delicada. Trazos rápidos de un decir categórico, entre enigmas y señalamientos para la libre interpretación. Y en un lugar discreto el homenaje a Marta Traba, la mamá, con la representación de su rostro y la máquina de escribir, a cuyo lado izquierdo hay una llave, quizá para significar la afanosa búsqueda de claves en la pintura, en la sostenida actividad crítica de ella. También en ese recuadro, asoma por la izquierda el boceto de la cabeza de un toro; se me ocurre, la representación del empuje y la capacidad de generar y sortear polémicas, de esa mujer memorable.

El manejo en general de los espacios con sus obras, es una especie de reminiscencia a lo expresado por Apollinaire: “La geometría es para las artes plásticas lo que la gramática es para los escritores.”

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Capítulo aparte merece su libro “Mínimas huellas luminosas”. La conversación entre Gustavo y Marta, la mamá, es entre dos solventes personalidades de las artes y el pensamiento. Comienza con una indagación sobre la exposición de Dennis Oppenheim, en Venecia, en 1998, la cual visitaron los dos, por aparte. Marta pone de presente su desinterés por las artes posteriores a 1970, en especial las anti-artes, pero no dejan de aparecer unos cuantos artistas de categoría, con obras de calidad. Advierte que la obra de Oppenheim conformada por piezas y maquetas, con alusión a los gustos de la clase media norteamericana, tiene vida y sentido del humor negro. Gustavo refiere la manera como ese artista en las obras expuestas hace ver una combinación de “irrisión, decoro, ternura y crueldad”, con risa de burla pero a la vez con sentido de proteger esas cosas; lo que le lleva a preguntarse “qué nos queda de la belleza moderna, del orden, la claridad, la precisión.”

A su vez, Marta vuelve a referirse al artista a quien identifica de ejercer la idea del arte ser de igual modo oportunidad de mostrar “lo turbio y desequilibrante, de la dispersión y el desorden”. Gustavo alude a la visita que hizo a Bogotá, a comienzos de 1999, Catherine David quien expresó el fin de tres ilusiones en el arte: la eternidad, la ubicuidad y la evidencia, para preguntarle a Marta si en realidad es posible la relación del arte con el público sin esas ilusiones. Ella asegura que el Arte está en crisis, pero con vitalidad  en “muy diversas dimensiones y territorios”, pero con la enorme dificultad cada vez de establecer marcos conceptuales.

La trascendental conversación prosigue con Gustavo al establecer que la expresión arte contemporáneo se refiere a lo más agudo del trabajo reciente en las formas tradicionales y en las experimentales, con la aseveración de necesitarse ilustración, con capacidad de seleccionar y identificar rutas en esos procesos. Marta prosigue en esta consideración ratificando la necesidad de seleccionar y que el socorrido “todo vale” lo que ha hecho es favorecer la mediocridad, confundiendo la democracia política con la calidad de las obras. Gustavo cita un ensayo de Elías Canetti, “La conciencia de las palabras”, donde se dice que el artista debe estar inmerso en su propio tiempo, pero a la vez ser síntesis de él y estar en contra del mismo, con la lucidez que le impida ser complaciente.

La conversación se sucede con sentido de complementariedad, sumando conocimientos e interpretaciones, con la exquisita sabiduría de estas dos personalidades, de capacidad comunicadora, con expresiones concatenadas que demuestran el ejercicio de ambos en la enseñanza. Gustavo manifiesta el interés en encontrar similitudes en procesos de creación individuales y colectivos. Aluden a la tarea de curaduría, que puede rescatar las obras con inteligencia y sentido, o puede hundirlas por la deficiente presentación en un salón o museo. Marta sabe que el curador puede darle importancia y coherencia a lo que se expone.

Se alude a experiencias fructíferas en el Museo de la Universidad Nacional de Colombia (en Bogotá) y a alguna versión del “Salón Nacional” (1998), convocado por Colcultura, que resultó fallida al considerar que se trataba de una “generación intermedia”, por lo cual Marta se preguntaba, intermedia entre quienes, señalándola de mediocre, con falta de claridad, ahogando las pocas obras de significación en ese contexto deprimente. Gustavo insiste en la producción artística ser un motor de la sociedad y no simplemente su reflejo.

En medio de la conversación, Gustavo trae una cita de obra de Pier Francesco Orsini, acerca del gran placer sensual que le producen los ojos, de manera superior a la percepción de los otros sentidos. Orsini dice: “Los ojos son para mí las compuertas por las cuales penetra en mi interior el río rumoroso y tornasolado del mundo.”  Marta aprovecha para referirse a la necesidad de la ampliación del “Museo Nacional” y se lamenta de que haya tanta gente desenfocada que sigue prestando atención al “elitismo”, como un artista-fantasma que impone su sesgada mirada del arte. Esto la conduce a plantear el tema de la calidad en la obra que la entiende “como el manejo sensible e inteligente de la materia y el espacio”, lo que no da lugar a improvisaciones, sino como producto de años en formación y labor, con paciencia y “refinamiento”.

Gustavo da paso adelante al plantear la necesidad de rescatar el “aura”, ese halo que identificaba a los ídolos, ajeno a las condiciones ambientales de un mundo consumista. Y en correspondencia reivindica la Utopía, entendida como “proyecto de construcción, imposible y maravilloso.” En esta línea de pensamiento sugiere también el retorno a lo sagrado, en la forma de admiración frente al misterio. Esto planteado por la necesidad de detenernos en la obra de arte para asimilar sus signos, sus mensajes, y tener la capacidad de conmovernos. En estas consideraciones, la ilustración de Gustavo le lleva a referirse a la “Antropología filosófica” de Ernst Cassirer, obra que califica de espléndida, para rescatar la obra a la manera de un enlace entre lo individual y lo colectivo, con multiplicidad de claves de interpretación, en conexiones o asociaciones.

Sobre el tema, Marta interviene para ampliar la posibilidad de interpretación del “aura” que ya no está solo en la obra, sino que se ha difuminado. De improviso piensa en Pedro-Manrique Figueroa, quien se anticipó (precursor) del “collage” en Colombia. Da otro paso, al expresar como indispensable que el arte tenga un absoluto, cimentado sobre nociones muy sutiles. A la vez que advierte como la obra de arte es vigente en función del tiempo, algunas quedan en el olvido y otras se renuevan en vigencia, con interpretaciones que se suceden y enriquecen su valor más duradero.

Gustavo toca el polémico tema “arte y política”, con referente en el “Salón Nacional” de 1998, que incorporó obras más propias de la gritería y de lo obvio, en contraste con obras clásicas de fortaleza en la expresión política que con el tiempo se va actualizando, con trasfondo en el sentido de la libertad. Cuestión que relaciona con el lenguaje; al usarse palabras adquieren sentido en un contexto. Al citar ejemplo de obra de alumno (Rodolfo Galindo) con ensamblaje de tapete rojo y tumba cavada en la realidad, en especie de analogía con el poder y la muerte. Ejemplo que le lleva de nuevo a considerar el mito, para hacer notar que las gestas significativas en la historia de la humanidad han tenido en el fondo una dimensión mítica. Estas consideraciones lo llevan decir, con profunda convicción, que “el arte tiene que ser, necesariamente una pasión.”

El diálogo concluye con intervención de Marta con alusión a Anselm Kiefer, pintor/escultor alemán, nacido en 1945, reconocido por su trabajo neoexpresionista, vertiente del arte surgida en los 80 del siglo pasado. Artista que trabajó con temas de la cultura alemana, para desembocar en tópicos más globales, resultado de sus viajes por el mundo, como la mitología, la historia, la religión, la simbología, con preocupación central por el destino del arte, la cultura, la mente humana y la espiritualidad. Marta alude a sus trabajos sobre las pirámides mayas, por representar para él la conexión o encuentro entre la vida y la muerte. Califica su obra como una manera de resistir respecto a lo generalizado del arte espectáculo, más apegados estos artistas a lo que llama “chamanismo auto-promocional”. Por el contrario, Kiefer es más proclive al “carácter esencialmente lingüístico del arte”, distante de los compromisos y veleidades sociales. Aprecia su trabajo por el carácter simbólico, con rescate en conexiones de la memoria común, en la forma de hacer evidente la fuerza del universo.

Esta conversación o diálogo, muestra el carácter de estas dos personalidades de recia formación académica e intelectual, con bagaje en oficios de estudio y reflexión, con sólidas bases en la historia de la cultura, en especial del arte, y en la capacidad de transmitir interpretaciones, en contextos amplios, sin ninguna atadura a escuelas o formas restrictivas de valoración.

El libro que nos ocupa, “Mínimas huellas luminosas”, sigue con dos entrevistas, una con Eduardo Serrano (2000) y la otra con Javier Mejía (2007). En ambas se evidencia la superioridad en bagaje de conocimientos y de criterios de Gustavo sobre quienes fungen de reporteros. Me detengo a resaltar algunas apreciaciones, bien estructuradas, del personaje que ocupa este escrito.

  • “La cultura hace el arte, el arte a su vez transforma la cultura por cuanto tiene el poder de modificar la forma de ver y de sentir y de pensar de una sociedad.”
  • “Me encantaría ser a la vez artista y crítico –de hecho a veces lo he intentado-, pero es claro que un verdadero intelectual tiene que ser un lector y un escritor de tiempo completo.”
  • “Sin duda, veo el arte como una fuerza transformadora.”
  • “… me enorgullece ser profesor, intento hacerlo lo mejor posible… Procuro transmitir información interesante, problematizar, ayudar a comprender el contexto, realizar ciertas indicaciones técnicas, sugerir y proponer metodologías, pero, ante todo, posibilitar la puesta en conexión, la puesta en relación de diversas ideas, de diversos materiales y de diversas gentes.”
  • “Yo he llegado a la Universidad un poco tarde, después de veinticinco años de trabajo profesional en el ámbito del arte… He podido mantener el ritmo de mi producción y al mismo tiempo, en la Universidad Nacional de Colombia, he realizado (entre otras muchas cosas) una actividad que me apasiona: la creación y coordinación de exposiciones.”
  • “La actividad del artista es una actividad pública y por lo tanto puede influir, modificar, contaminar. Cataliza y precipita.”
  • “… sí creo que aunque las preocupaciones formales y las preocupaciones conceptuales son siempre motores claves en la conformación de una obra, ahora mismo, en el mundo que nos toca vivir, estas no son suficientes. En el fondo está la cuestión ética. ¿Es útil este artificio? ¿Hace menos feroz a la gente? ¿La hace más sensible? ¿La gratifica?”
  • “Para mí lo que realmente importa es que tanto los artistas como los críticos puedan tocar una cuestión clave: el cómo iniciar a otras personas en el descubrimiento del arte, en la chispa que inicia el incendio.”
  • “Probablemente hay dos (o más, véase al coleccionista) Gustavo Zalamea. Uno expresionista, que está siempre cerca de la abstracción,… otro constructivista que se inclina por la vertiente del orden y la claridad de la composición… Lo que si me importa es que cada pieza pueda articularse dentro de un conjunto construido con delicadeza y coherencia.”
  • “… me encanta llevar la contraria… Me encanta que una persona cualquiera pueda encontrar un sentido en los trabajos que realizo.”
  • “La pintura tiende a tener un grado cero de velocidad, un grado cero de espacio y de tiempo… La pintura tiende a congelar el tiempo, a negarlo, a ilimitarlo, a intensificar una vida interna desligada de la experiencia, de la contingencia inmediata y efímera.”
  • “… todo sale del mar y todo vuelve a él. El mar es origen de la creación y la transformación, imagen de la vida y de la muerte al mismo tiempo. Es un poder oscuro. Los monstruos salen de sus profundidades: productos del subconsciente, mortales o vivificantes.”
  • “Lo que más me interesa del dibujo, en los trabajos recientes (desde 1998), es su inmediatez, la sensación de fragilidad que puede provocar, fragilidad ilusoria…”
  • “… los dos años dedicados a la dirección de la Escuela de Artes Plásticas (junio de 2004 a julio de 2006) fueron intensos y productivos: la Escuela vivió un período de discusión importante con una plena participación, y se tocaron asuntos relacionados con su filosofía, su pensamiento, sus planteamientos pedagógicos, su mapa curricular, sus proyecciones.”
  • “Yo creo que las utopías son hermosas y necesarias, que hay que conocerlas y cultivarlas, y que también hay que saber que no pueden imponerse por la fuerza a los demás (pienso en los bloqueos de los edificios en la Universidad Nacional de Colombia: claro que la protesta puede justificarse, pero impedir a un profesor impartir sus clases es un acto de violencia que la anula y destruye). Me parece que con la suspensión de actividad académica la Universidad se va muriendo: la protesta y las clases pueden hacerse simultáneamente, y ambas pueden enriquecerse.”

Gustavo Zalamea escribió un ensayo, intitulado “El horror de la belleza, la belleza del horror – Una divagación sobre la Medusa”, para la “Bienal de Bogotá, Cohabitaciones”, en su octava versión,  publicado en el catálogo del Museo de Arte Moderno, en enero del 2008. Ensayo publicado al final del libro en cuestión: “Mínimas huellas luminosas” (2012). Entresaco algunos de sus pensamientos:

  • “En el arte se pueden recorrer caminos inversos: se puede ir de la mariposa iridiscente y luminosa –el artista moderno- a la oruga casi invisible –el activista-, del vuelo que produce una miríada de reflejos a la oscura y oculta labor de la chiza.”
  • “… medusar es encantar (labor que la historia de occidente, en ciertos momentos, parece haber confiado a los artistas, a los museos y, ahora, a los últimos críticos sobrevivientes y a los muchos curadores), [es] fijar, recortar, convertir en piedra con la ambición de eternizar, posar sobre las personas y las cosas una mirada amorosa y mortífera.”
  • “En el mito, la Medusa muere decapitada por el héroe, Perseo. Quizá se podría postular que la decapitación del artista moderno va a producir centenares de miles de pequeños monstruos actuando dentro de una sociedad informe, dentro de ‘lo real’, desplazados y tatuados –los artistas modernos que persistan actuarán sólo como zombies, fantasmas sin rumbo.”

Acerca de la manera de intervenir Gustavo en los problemas de la Universidad Nacional de Colombia, durante sus desempeños en la dirección de la Escuela de Artes Plásticas fomentó el debate, con respeto a las diferencias, pero en busca de claridades que permitieran seguir adelante. Así, cuando los estudiantes se rebelaron por la adopción de los “créditos” en el sistema académico, difundió pronunciamiento, hacia finales del 2005, con la síntesis de sus exposiciones en diálogos con los estudiantes. En uno de los apartes dijo, con claridad absoluta y conocimiento en contexto internacional: “La Universidad la hacen interesante sus alumnos profesores. El problema no está en cuántos créditos va a tomar sino cuántos cursos importantes va a asistir, a cuántos conciertos y exposiciones va a concurrir, en cuantos seminarios va a participar, cómo va a vincularse a diversos proyectos, qué es lo que va a proponer./  Llamo a toda la Escuela a mantener viva la reflexión, sosteniendo una idea básica: la Universidad tiene que permanecer abierta, con sus edificios abiertos y con su administración en funciones.”

Gustavo Zalamea murió el 12 de julio, a las 10 pm, cuando se encontraba en viaje de estudio y trabajo por la región amazónica, víctima de lo inhóspito del ambiente. Su trayectoria vital fue caracterizada por el intenso estudio, las lecturas asiduas de los más diversos autores y el sostenido trabajo en el oficio del diseño, el dibujo, la pintura, el grabado, con obra que ha sido valorada en los más calificados niveles. Además, fue destacado profesor en la Universidad Nacional de Colombia, a donde ingresó en 1994 por el concurso internacional de méritos, programa 125 años, creado por Antanas Mockus en su rectorado, para conmemorar esos años de la re-fundación institucional. Igual fue docente en la Universidad de los Andes.

En el conjunto de galardones que obtuvo, vale mencionar el Primer Premio en el XXX Salón de Artistas Colombianos (1986), Premio Simón Bolívar por su trabajo en la revista “La Prensa”, medalla en la V Bienal Americana de Artes Gráficas, Premio Nacional de Diseño Gráfico por el logo del Museo Nacional (1993), entre otras significativas.

No es posible pasar de largo sin hacer alusión a sus obras de reflexión sobre Bogotá, con símbolos impactantes, diseñadas a la manera de tarjetas postales, en proceso desde los años 80 hasta comienzos del siglo actual. Estuvieron en exposición en la Galería Sextante (Bogotá, 1994) y en el Museo Siglo XIX (Fondo Cultural del Café, Bogotá 1995). Obras que acompañó con texto suyo: “La ciudad es la utopía”. Postales hechas sobre fotografías de lugar emblemático de Bogotá, con superposición de otros elementos, a la manera de fotomontajes. Con reproducciones de unas mil copias, en formato 11×15.5 cms., distribuidas sin costo alguno. Están los casos de “Palacio de Justicia. Documento (1994)”, la edificación víctima de holocausto, con un tanque de guerra encima; “Memoria del Palacio de Justicia -Hielo y Sangre- (1993)”, con el mar de hielo que anega la Plaza de Bolívar, con una vena de sangre que la recorre serpenteante por su centro y un cielo enlutado. Y está otra de la ciudad con la ballena sumergiéndose en ella. Esa obsesión por la ciudad capital se plasmó en una primera exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, bajo el lema “La Plaza 1979-1999”, con sucesivas exposiciones en Caracas, Quito y dos galerías en Bogotá (Diners y Galería Santafé).

Obras que son un grito, una reflexión sobre la fragilidad de la ciudad, con una sociedad indefensa. Una consideración urbana que clama por la vida, en respeto de las diferencias.

El eminente filósofo, Prof. Rubén Sierra-Mejía (1937-2020), escribió la siguiente valiosa apreciación sobre la obra “Palacio de Justicia. Documento, 1994” (fotomontaje; tarjeta postal de 10.7×15.3 cms.), sobre la cual anota las dificultades de interpretación, “ de implacable denuncia”, y en consecuencia refiere los motivos que la originaron:

…, el fotomontaje de Zalamea es, de todas, la obra que está más explícita e inextricablemente ligada a un hecho trágico de la historia de Colombia: la toma del Palacio de Justicia de Bogotá por un grupo guerrillero y la reconquista posterior por el ejército nacional. Por la naturaleza de ese vínculo, es ésta la obra que presenta mayores dificultades al observador inocente, aquel observador que carece de los conocimientos necesarios para comprender las intenciones de los artistas y desentrañar el sentido profundo de sus obras. Dos hechos consecutivos en los que, guerrilla y gobierno expresaron con sus acciones militares su desprecio por la razón al acudir a las armas como único medio de entendimiento, llevando al holocausto, sin consideraciones distintas a las de mostrar fuerza, a más de un centenar de personas, entre ellas a los magistrados de las altas cortes del país. El fotomontaje de Zalamea es implacable en su denuncia: el Palacio de Justicia, disminuido hasta el límite de lo posible, y encima de él un gigantesco tanque de guerra que lo aplasta. La obra es de una asombrosa fuerza acusadora y de un significado inequívoco: las armas militares por encima del derecho. La sentencia en el frontón de la puerta principal del Palacio, “Colombianos: las armas os han dado la independencia; sólo las leyes os darán la libertad”, permite además leer la obra de Zalamea como una salvaje palinodia cantada por el Estado colombiano. Pero ¿podrá alguien que ignore este acontecimiento ignominioso de la historia de Colombia captar todo su simbolismo y la intención del artista de dejar un testimonio de rechazo a la violencia privada o estatal? ¿No podrá entenderse como una simple boutade?   [Cf.  Rubén Sierra-Mejía. “Arte y testimonio”. En “La filosofía y la crisis colombiana”, Ed. UN, Bogotá 2002 (pp. 291-292) ]

              

 

 

 

 

En la foto: María-Elsa, Federico y Patricia Zalamea

 

 

[1]  Con el ensayo “Arte en Emergencia” ganó primer premio en concurso convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo (Bogotá, 2000).

 

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