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El caballo del viento y la muchacha desnuda

Para Eyra, tan lejana y tan presente.

El día que escribí el primer poema comenzó mi desgracia.

Si bien es cierto que ya había leído varias veces a los poetas judíos de Toledo y a Blake, todavía no era capaz de confundir a la congregación con salmos de este tenor: Ecia vlume veldé, eninoc qu! que en idioma vulgar no era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por castigarme contra las tentaciones de la poesía, el prior del monasterio me mandó a refrescar el magín en el río.

No habiendo terminado de saborear el agua que a esa hora de la tarde era de vidrio, vi a unas muchachas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, flores, parte del paisaje -digo, es un decir.

Para comprobar si era real lo que veían mis ojos y no fantasías mías, presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez en extrañas aguas. Las muchachas al verme en tal estado comenzaron a gritar desde la orilla: «¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con lo que no ve!», porque a decir verdad yo parecía un tronco a la deriva contemplando las maravillas regadas a mi paso. Tan pronto toqué la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías. ¡Oh, hermosa muchacha!

-Alabada sea la paloma y el palomar de la dicha –le dije.

Ella me miró como si acabara de encontrar su dicha y desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero, para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios delante del espejo y nos dejaran solos para poder besarnos de la manera más deliciosa. ¡Válgame Dios!

Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella comenzó a cabalgar sobre mí cuerpo, corriendo como un diablo hacia ninguna parte, desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? Ella no quería detenerse, sólo huir hacia ninguna parte, sentadita sobre mi puñal de tormento con el pelo al viento, sin zamarros ni espuelas de plata.

Cuando sonaron las campanas para la víspera, cuando ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre el rocío, apareció el prior. Al verme en tal estado, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, desnudo y hambriento y con el seso perdido de un miserable Lázaro, me preguntó qué había pasado conmigo.

Todo se lo conté, pero fue como si no me oyera. En volandas me llevó de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de la biblioteca de la venerable congregación, para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.

Desde entonces, héme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan el caballo del viento y la muchacha desnuda.

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Edición No. 139