Cargando sitio

El encierro

A Oscar Martín

Carl Martin no entendía qué tan grave habían sido sus actos para que lo tuvieran encarcelado. El estar algunas horas detrás de los barrotes, en una celda maloliente y fría, le producía una mezcla de extraños sentires: miedo, nauseas y ansiedad. Él no podía reconocerse a sí mismo, sus piernas le temblaban y las manos le sudaban. Carl se sabía un hombre aguerrido, y sin temores, aún en momentos en que su existencia había corrido peligro a cada segundo. Pero, la cárcel, el encierro, lo tenía sumido entre el asombro y la desesperación. En realidad, lo más angustiante era el desconocimiento de los cargos en su contra, y la sentencia que le dictaminarían; de ahí su desconcierto e incapacidad para conciliar el sueño.

Carl era un hombre alto, de porte erguido, tez trigueña, ojos almendrados, cejas pobladas y de notables triceps y biceps. A pesar de ser una persona enigmática, y de pocas palabras, agradaba visualmente a sus vecinas por su desarrollo muscular. El revuelo que Carl había causado entre ellas era por el parecido que le encontraban con Sylvester Stallone. La señora Laura Smith y otras vecinas chismorreaban que no se podían sustraer de admirar ese monumental vecino, y si él lo quisiera se dejarían conquistar sus corazones. Sinembargo, estas habladurías no pasaron de ser más que simples curiosidades morbosas y gozo contemplativo detrás de las persianas. Ahora, donde Carl notó que su presencia no pasaba desapercibida era en el café Starbucks. Allí acostumbraban a reunirse las estudiantes de la universidad. Siempre había chicas que lo asediaban y se las ingeniaban para sacarle conversa: le preguntaban la hora, le pedían la azucarera, una servilleta y por supuesto le formulaban preguntas seductoras, o capciosas, por su peculiar estructura física. Carl apenas les sonreía, o les era indiferente, lo cual suscitaba mayor interés. ¿Será fisiculturista o entrenador de un gimnasio o profesor de educación física?, eran las conjeturas de rigor.

Claro, cuando Carl vestía camisetas de manga corta y en sus triceps se apreciaban los tatuajes grabados de los helicópteros hawk, afloraban más incógnitas en las deslumbradas admiradoras que circulaban por el Starbucks. ¿Será soldado u oficial de la armada nacional? Evidentemente, Carl sabía del éxito que le proporcionaban sus músculos con las damas. Pero aún así, últimamente evitaba involucrarse con desconocidas pues ya se había agarrado a trompadas varias veces con aparentes pretendientes y, en esos enfrentamientos a puño limpio, siempre noqueaba a sus desafiantes. Algunas veces lo multaron y en otras logró escapar antes de que llegara la policía de la localidad.
A fin de prevenir más calamidades Carl ya no poseía armas y no había vuelto al polígono a hacer sus prácticas de tiro. Se dedicaba la mayor parte del tiempo a trabajos domésticos en su casa: remodelando la cocina, los baños y manteniendo a una pulgada de altura la grama del jardín. El resto del tiempo caminaba por los alrededores, levantaba pesas, corría en el tredmill y veía películas de acción.

Pero su mayor obsesión era la grama y, en efecto, la casa daba la apariencia de estar bordeada por una rectangular alfombra verde. No se veía un tallo más largo que otro, ni estigma de flor silvestre que produjera un quiebre en la uniformidad del césped. Este orden geométrico, y casi poético, lo había adquirido Carl cuando estuvo en misión especial en Tikrit. Allí, cuando no hacía guardia en la garita, era uno de los encargados del cuidado del jardín en la llamada “zona verde” donde se encontraba ubicado el cuartel general de su división. En Tikrit, Carl adquirió los saberes de los fertilizantes, insecticidas, herbicidas y del riego, que se convirtieron más que una destreza en una obsesiva pasión.

Este delirio por la jardinería Carl lo trajo consigo mismo, aquel mayo cuando regresó a New Haven, y lo convirtió en un solemne ritual. Con ojos apasionados y pasmosa naturalidad, él se levantaba a las dos de la madrugada a cortar el césped del jardín de su casa. La escena se repitió las semanas siguientes y Carl Smith se convirtió en una pesadilla para la gente. Una de sus vecinas, Darlene Grasso estaba harta de perder el sueño por culpa del apuesto vecino. Ya no podía tolerar más que ese enloquecido la despertara cada lunes o viernes a horas inusuales. Una cálida noche de junio, antes de que brotaran las primeras luces del alba, Darlene corrió en sus pijamas tailandesas a casa de Laura Smith -quien vivía al frente de Carl-, para compartirle su desazón, y pedirle un consejo de cómo acabar con el estruendo que hacía el vecino a tempranas horas de la madrugada. Laura, un tanto recatada y sin sugerencia alguna, optó por regalarle unas cuantas tabletas de Ambiem a Darlene para que durmiera profunda; sinembargo, el rugido de la podadora siguió creándole sobresaltos y desvelos.

Para nadie era placentero tener en la vecindad a un residente desconsiderado. Lo paradójico era que Carl siempre se creyó un ciudadano respetuoso y prudente. Aparte, se sentía un patriota consumado e incondicional con su país -una forma muy peculiar de ocultar el impertinente bullicio que ocasionaba con su maquinaria. En el balcón de su casa ondeaba continuamente la bandera multicolor; pero cuando había nevadas copiosas, o lluvias torrenciales, la bajaba y la doblaba con tal precisión que la reducía al tamaño de un pañuelo para guardarla en la gaveta de la ropa interior. En definitiva, la meticulosidad y disciplina de Carl poco a poco se reflejaron inversamente en el vecindario: desencanto entre las damas e inocultables ojeras en los rostros de chicos y grandes.

Cuando Carl Martin fue arrestado en plena actividad del deshierbe dio la casualidad de haberse oído, minutos antes, una detonación en los alrededores del vecindario. A los pocos segundos, lo sorprendió la intempestiva frenada de la patrulla de policía frente a su casa. Carl encandilado por las linternas de los dos policías se levantó con un puñado de ramas en una mano y el palustre en la otra. Uno de los policías, le pidió que soltara lo que tenía en las manos y se acercara a la patrulla. Sin oponer resistencia con los brazos en alto se dejó requisar y les explicó a los agentes del orden que no tenía armas, ni siquiera un alfiler. Luego de ser esposado, le indicaron que entrara en la patrulla sin darle oportunidad de apagar el motor de la podadora. Sin entender lo que estaba ocurriendo, con voz trémula Carl preguntó sobre el motivo de su arresto. El agente más corpulento lo miró con desdén y le respondió: hay una querella en su contra y en la penitenciaría le aclararán los detalles.

Mientras la patrulla de policía iba emprendiendo la marcha hacia el presidio, y de fondo se escuchaba el rugido de la podadora, Laura Smith observaba y leía descorazonadamente tras la ventana de su alcoba el letrero colgado del poste de la luz: “se prohíbe tocar el claxon o hacer ruido en este vecindario”.

Compartir:
 
Edición No. 152