El escritor nunca calla
Con este título publicó Orlando Mejía-Rivera, en septiembre del 2001, un artículo dedicado a Rafael Gutiérrez-Girardot, en su columna “Biblioteca de Babel”, del diario “El Tiempo” sección: Café, en cuyos principales apartes dice: “Los aportes del intelectual boyacense son de distinto orden. Como ensayista ha logrado una obra de gran rigor investigativo, donde su erudición y capacidad de asociación crítica le ha permitido explorar el pensamiento de escritores latinoamericanos como Sarmiento, Andrés Bello, César Vallejo, etc., y relacionarlos con las ideas de autores como Hegel, Musil, Nietzsche, no para deducir que el pensamiento latinoamericano es epígono de las ideas europeas, sino para hacer entender que, como lo supieron Reyes y Borges, nosotros somos cosmopolitas culturales, herederos de distintas tradiciones y por ello dice Gutiérrez: la llamada originalidad de Latinoamérica no puede reducirse al folclor o a lo regional, pues sin el cosmopolitismo lo regional no adquiere expresión universal.
“Gutiérrez exige a los intelectuales del continente seriedad y la disposición para superar esas tendencias, de herencia española, a la simulación y a la entrega de la independencia intelectual a favor de prejuicios políticos o ideologías de clase. Aquí aparece el panfletista y el crítico feroz que no utiliza eufemismos para decir lo que piensa, dispuesto a no hacer concesiones a ningún poder, desenmascarando a los seudoinelectuales y a los burócratas culturales que, sorbre todo en Colombia, han prostituido la inteligencia y han contribuido a ese turbio maridaje entre politiquería y escritura. Textos como los agrupados en su libro “Provocaciones” en donde, por ejemplo, ataca a íconos casi sagrados como Ortega y Gasset y Octavio Paz, deben ser leídos como un ejercicio escritural del panfleto, género literario llevado a su perfección por Swift y Voltaire, y que Gutiérrez-Girardot reactualiza en las letras hispanoamericanas, cuya tradición panfletaria está presente en autores del pasado como Juan Montalvo y Vargas-Vila.
“El pensador Gutiérrez-Girardot, tan poco querido por esos escritores oficiales que han recibido su prestigio social, gracias a sus genuflexiones ante los poderosos, es un gran paradigma de lo que ha sido y debe continuar siendo el intelectual en la sociedad: un ser transparente y autónomo, para quien la estética y la ética son una unidad de pensamiento y actos de vida; un crítico insobornable, dispuesto a preferir la denuncia al silencio cómplice, pues como decía Joseph Roth: “en el escritor la mentira empieza cuando se calla”. El maestro Gutiérrez-Girardot nunca ha callado, su figura de hombre recto y auténtico buscador del “saber” brilla, casi solitaria, en un contexto histórico contemporáneo en que los intelectuales se han acobardado o han vendido sus conciencias y sus mentes a los distintos poderes que ejercen su dominio sobre la sangre y el sudor de los inocentes.”
Con este título publicó Orlando Mejía-Rivera, en septiembre del 2001, un artículo dedicado a Rafael Gutiérrez-Girardot, en su columna “Biblioteca de Babel”, del diario “El Tiempo” sección: Café, en cuyos principales apartes dice: “Los aportes del intelectual boyacense son de distinto orden. Como ensayista ha logrado una obra de gran rigor investigativo, donde su erudición y capacidad de asociación crítica le ha permitido explorar el pensamiento de escritores latinoamericanos como Sarmiento, Andrés Bello, César Vallejo, etc., y relacionarlos con las ideas de autores como Hegel, Musil, Nietzsche, no para deducir que el pensamiento latinoamericano es epígono de las ideas europeas, sino para hacer entender que, como lo supieron Reyes y Borges, nosotros somos cosmopolitas culturales, herederos de distintas tradiciones y por ello dice Gutiérrez: la llamada originalidad de Latinoamérica no puede reducirse al folclor o a lo regional, pues sin el cosmopolitismo lo regional no adquiere expresión universal.
“Gutiérrez exige a los intelectuales del continente seriedad y la disposición para superar esas tendencias, de herencia española, a la simulación y a la entrega de la independencia intelectual a favor de prejuicios políticos o ideologías de clase. Aquí aparece el panfletista y el crítico feroz que no utiliza eufemismos para decir lo que piensa, dispuesto a no hacer concesiones a ningún poder, desenmascarando a los seudoinelectuales y a los burócratas culturales que, sorbre todo en Colombia, han prostituido la inteligencia y han contribuido a ese turbio maridaje entre politiquería y escritura. Textos como los agrupados en su libro “Provocaciones” en donde, por ejemplo, ataca a íconos casi sagrados como Ortega y Gasset y Octavio Paz, deben ser leídos como un ejercicio escritural del panfleto, género literario llevado a su perfección por Swift y Voltaire, y que Gutiérrez-Girardot reactualiza en las letras hispanoamericanas, cuya tradición panfletaria está presente en autores del pasado como Juan Montalvo y Vargas-Vila.
“El pensador Gutiérrez-Girardot, tan poco querido por esos escritores oficiales que han recibido su prestigio social, gracias a sus genuflexiones ante los poderosos, es un gran paradigma de lo que ha sido y debe continuar siendo el intelectual en la sociedad: un ser transparente y autónomo, para quien la estética y la ética son una unidad de pensamiento y actos de vida; un crítico insobornable, dispuesto a preferir la denuncia al silencio cómplice, pues como decía Joseph Roth: “en el escritor la mentira empieza cuando se calla”. El maestro Gutiérrez-Girardot nunca ha callado, su figura de hombre recto y auténtico buscador del “saber” brilla, casi solitaria, en un contexto histórico contemporáneo en que los intelectuales se han acobardado o han vendido sus conciencias y sus mentes a los distintos poderes que ejercen su dominio sobre la sangre y el sudor de los inocentes.”