El ex libris
1
Claudia Patricia jaló la sábana hasta su mentón y volvió a abrir los ojos. Una inspiración profunda la convenció de que allí, pocos cientos de metros por encima del valle de Aburrá, el aire era más limpio y pacífico. Su vista abandonó las flores moradas de los sietecueros y recorrió la habitación: tres de las paredes de bahareque estaban cubiertas por estanterías llenas de libros, dos de ellas ennoblecidas por el ebanista y la tercera armada con tablones rústicos sobre ladrillos. Apartó las cobijas y a toda velocidad se puso la ropa interior y el vestido largo, de mangas hasta los codos; lo alisó y en puntillas corrió al baño. Sus pies desnudos apenas resintieron el paso del tapete a la baldosa; sonrió frente al espejo, feliz con su nuevo color de cabello, un castaño rojizo que ocultaba las canas. Recogió agua y lavó su cara; se peinó con las manos húmedas, ahuyentando el dolor de cabeza. Sonrió de nuevo y con el índice derecho acarició las hojas de la salvia que crecía en un matero de arcilla. Sintió la urgencia de la vejiga y cerró la puerta; en el almanaque de un almacén de productos agropecuarios flotaba un colibrí frente a un girasol enorme.
Los olores de la cebolla y el tomate alborotaron su estómago. Pensó en seguirlos pero se contuvo: en la vetusta silla de mimbre aledaña al ventanal permanecía la camisa masculina y le disgustó la imagen del velludo torso de Rigoberto sobre la cacerola con los huevos a medio cocinar. Caminó hacia una de las bibliotecas. Tras desechar los lomos de una extensa enciclopedia temática, concentró su atención en una colección de premios Nobel, los títulos y las firmas de los escritores en letra dorada. La curiosidad la llevó a revisar las letras rápidas de Yeats, la abstracción de Mauriac, las cuidadas caligrafías de Selma Lagerlöf y Eugene O´Neal, el alargadísimo final de Bernard Shaw. Se preguntó por qué Yasunari Kawabata no firmaba con ideogramas, pero la extrañeza frente al nombre de Halldór Laxness alejó tal inquietud de su mente. Con dificultades sacó la Antología esencial de Vicente Aleixandre: el nombre claro y grande, la V extendida y el apellido empequeñeciéndose hasta casi disolverse en una línea. Lo abrió y ubicó uno de los poemas favoritos de su padre, sus amados cuarto y quinto verso:
“Tu voz, que muerta vive, como yo que al pasar
aquí aún te hablo”.
Cerró el libro, conmovida, no sólo por los recuerdos, también por la coincidencia de que el ejemplar de Rigoberto tuviera el mismo poema subrayado. Era difícil que el desteñido trazo en tinta verde lo hubiera realizado el más popular de los libreros de usado de Medellín, pero…
Esperanzada, levantó la tapa forrada de azul. De inmediato reconoció el ex libris.
2
Después de una noche de llantos e ira, la ducha prolongada y los rituales del cuidado personal, incluido el corte traumático de las uñas de los pies, tranquilizaron a Claudia Patricia. El sol acariciaba las ventanas de su apartamento, así que se puso un pantalón de lino y una camisa ligera y descendió las cinco cuadras que la separaban del edificio en el que vivía su padre. Saludó al portero y llamó el ascensor. Ya dentro, se miró en el espejo: palidez y ojeras. Pensó que debía sonreír mucho. Salió al corredor del sexto piso y abrió la puerta.
“La vejez”, se dijo para explicar la desagradable mezcla de olores; también para añorar los hermanos que nunca tuvo y quejarse del futuro. Saludó casi a los gritos, sobrepasando la voz de un locutor radial, empeñado en demostrar su exquisita sensibilidad social.
–Buenos días; qué milagro verte –respondió su padre, el bastón golpeando la cerámica antideslizante del corredor.
–Vengo casi todos los días, papá. –Se acercó y lo abrazó. La barba mal afeitada le hizo cosquillas.
–Sí, mija. Yo lo sé. ¿Y qué cuentas de nuevo?
–Nada; la misma vida –mintió–. ¿Hace cuánto no viene Marina?
–¿Por qué? ¿Esto está muy desordenado o qué?
–Un poquito. ¿Vendrá mañana? –Frunció la nariz un segundo.
–Yo creo que sí. –Parpadeó con fuerza, como si necesitara retirar alguna suciedad de los ojos–. Esa obsesión con la limpieza la heredaste de tu mamá.
–¿Quieres que te haga el almuerzo?
–Me encantaría, pero quiero colesterol, y saladito. Los domingos me doy esa licencia.
–… No hay problema, papá, pero, ¿si te estás tomando los remedios?
–Religiosamente.
–¿También los domingos?
–También. Cuando termina la misa televisada. Hace media hora –agregó mirando con dificultad los números del reloj de pulsera.
–¿Y qué colesterol tienes reservado para hoy? –Claudia Patricia le bajó el volumen a la radio.
–Tengo unas costillitas de cerdo, grasa pura –dijo con fruición–. ¿Te acuerdas lo ricas que le quedaban a tu mamá? –Miró hacia el retrato que colgaba de la pared, un rostro femenino de rasgos pequeños aún firmes.
–Claro que sí, pero las mías no son tan malas.
–¿Todavía estás compitiendo con ella?
–Todavía. –Obvió el tono de burla–. Las costillitas… ¿con ensalada?
–… Sabrían mejor con unas papitas criollas, pero bueno, con ensalada.
–También te puedo fritar las papitas.
–Perfecto. –Frotó las palmas de las manos.
–Me voy a poner a hacerlas. ¿Me acompañas?
–Ni más faltaba. –La siguió. No conseguía estirar las rodillas y el peso del tórax agobiaba su espalda, cubierta por un saco de lana.
–¿Y estos periódicos? –Señaló Claudia Patricia cinco bolsas plásticas que descansaban sobre la canasta de la basura.
–Para botar, mija. Ya me cansé de luchar con las gafas. He ido donde todos los optómetras que me han recomendado y ninguno me acomoda unas que sirvan. No debe haber en Medellín nadie que haya gastado tanto en lentes como yo. –Meneó la cabeza–. Y ya no puedo leer; ya no puedo –reiteró amargado–. A estas alturas de la vida me tocó resignarme a la radio y el televisor. Por fortuna el que me regalaste tiene la pantalla bien grande. –Apoyó las nalgas en uno de los bancos de la barra de la cocina.
–Pero lees antes de acostarte, como siempre. –Claudia Patricia cerró la nevera sin investigar qué era lo que olía tan mal.
–A veces sí y a veces no, pero es que el sueño tampoco me deja pasar de la primera página; me duermo con el libro abierto y despierto después, todo mancornado y con la luz prendida –se lamentó–. Estoy pensando muy seriamente en vender la mayor parte de la biblioteca y dejar lo mínimo, unos cincuenta libros. O nada. ¿Será que Rigoberto me da un buen precio?
–No creo, papá. Su negocio es comprar barato y vender caro. –Puso la zanahoria bajo el filo del cuchillo.
–Pero él siempre ha sido querido conmigo; lo voy a llamar.
Claudia Patricia recordó las llamadas perdidas en su teléfono móvil, los mensajes de voz.
–Tú amas esos libros. Recuerda lo mal que te pusiste cuando robaron en la casa.
–Es que me robaron joyas, mijita. Pero ahora… No puedo leer. Desde que me hicieron esa resonancia magnética ya no sirvo para nada.
–Papá: la resonancia magnética es un examen, nada más. No tiene ningún efecto. –Dejó de picar la lechuga–. Te la hicieron para saber si tenías algún problema en el cerebro, para nada más.
–Y lo tengo; estoy perdiendo la memoria, y el oído, y la vista, y el olfato –enumeró con indiferencia fingida.
–Eso es una exageración.
–¿Sí? ¿Y entonces por qué me estás gritando?
–No te estoy gritando –bajó el volumen de la voz y respiró profundo–. Lo único que yo sé es que tú todavía estás muy entero y que amas tus libros y a tus autores, eso es todo.
–¿Y qué me ganó? Los ojos ya no me sirven –frunció la boca e impostó la voz–: “Hablamos de que morimos, pero no lo creemos”.
Claudia Patricia tardó unos segundos en reaccionar:
–Yo te puedo leer. También Marina.
–Marina no sabe leer, ya hicimos el ensayo, y además, a mí no me gusta que me lean –afirmó incómodo, y trató de enfocar la vista en las colinas de El Poblado–. Con la plata de la venta de esos libros me puedo comprar una silla de ruedas, que ya la estoy necesitando.
–A la silla de ruedas nunca vas a llegar, papá, no exageres. Y esos libros te van a hacer tanta falta como los que te robaron de la casa; eso es lo único que yo digo.
–Me acostumbré a vivir sin tu mamá –enfatizó–. Eso sí es duro: envejecer solo –le tembló la voz. Tras unos segundos se sobrepuso–. Le debí aceptar la propuesta matrimonial a Isabelita López.
–¿Te propuso matrimonio?
–Pues sí; prácticamente. Como a los seis meses de la muerte de Estela. Y con lo amigas que eran.
–Sí, eran muy amigas –asintió Claudia Patricia–. Ahora tendrías un montón de hijastros y de nietos.
–¿Te imaginas? Los nietos de Alejandro Villegas, con lo feo que era –respingó la nariz y se rascó la calva–. De todos modos a mí nunca se me pasó por la cabeza casarme con una vieja tan loca.
–Te he dicho mil veces que te vengas a vivir conmigo. –Partió en dos mitades un tomate maduro.
–Y yo te he contestado miles de veces que no. Con tus visitas tengo para que se me agote la paciencia.
Claudia Patricia encendió la hornilla de gas sin hacer ningún comentario.
3
Dos días después Claudia Patricia aceptó una llamada de Rigoberto. La tensión de hablar como si nada hubiera ocurrido se mantuvo hasta el final, cuando la invitó a almorzar al restaurante del Museo de Antioquia, una edificación cercana al Art Decó que ocupa toda una manzana en el centro de Medellín.
Claudia Patricia atravesó la plaza donde la gente se toma fotos junto a las esculturas de Fernando Botero y aguardó más de lo necesario para cruzar la calle. Rigoberto la esperaba al final de la escalinata, con un florero cilíndrico entre las manos. Dentro, un bambú se sostenía entre las esferas de tierra artificial teñidas de fucsia.
–Hola. –La besó en la mejilla y se lo entregó.
–Gracias. –Lo recibió y se quedó de pie, como si no supiera hacia donde caminar.
–¿Quieres almorzar afuera o adentro?
La temperatura era agradable, pero a esa hora el ruido del tráfico hace incómodo sentarse bajo las sombrillas situadas en el amplio corredor que rodea la primera de las tres plantas del antiguo Palacio Municipal.
–Adentro. –Claudia Patricia se dirigió hacia una de las puertas. Su falda y su camisa, diferentes tonos de azul, reflejaban seriedad y eficiencia, también su chaqueta.
Rigoberto pidió media botella de vino tinto y llenó las copas.
–¿Quieres ordenar ya?
–Sí, tengo un poco de prisa.
El mesero anotó el pedido y se retiró.
–Este restaurante es muy agradable… Es el sitio adecuado, creo yo. –Rigoberto juntó las manos como si necesitara ocultar su nerviosismo–. Te invité porque creo que debemos hablar.
–¿De qué?
Rigoberto sonrió, consciente de que no le iban a facilitar las cosas:
–A ver… Yo creo entender que piensas que lo que pasó entre nosotros fue un poco inapropiado, o precipitado –seleccionaba con mucho cuidado las palabras, como cuando vendía a un cliente una supuesta rareza bibliográfica–, pero quiero que sepas que yo no lo creo así. –Bebió de la copa–. Sé que nunca habíamos hablado mucho, pero yo siempre te miraba, estaba pendiente de ti… En otras palabras, siempre me has interesado. –Aguardó un comentario que no llegó–. Lo cierto es que tú debes estar pensando que nos dejamos llevar por el efecto María Conchita Alonso…
–¿El qué?
–El efecto María Conchita Alonso –sonrió y se apresuró a explicar–: así le dice un amigo a estas situaciones, a la situación del sábado: “Una noche de copas, una noche loca” –citó la canción–. Pero yo no creo que ese sea nuestro caso.
–¿No?
–No. Por lo menos yo no lo siento así.
–Y entonces, ¿cuál es la situación?
–Bueno, tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, hay cierta confianza, algunos gustos comunes…
–¿Si?
–Sí.
–¿Y qué quieres, entonces? –Lo interrumpió Claudia Patricia y cruzó las piernas. Trataba de recordar si María Conchita Alonso era cubana, venezolana o de Miami.
–Voy a ir al grano: lo que quiero es que me dejes tratar de que nos acerquemos, de me quieras. –La miró a los ojos–. Entiendo porque saliste corriendo de mi casa, no tengo muy buena fama, lo sé, y además hace frío y es vieja –sonrió y se recostó en el espaldar de la silla–. Lo cierto es que lo que yo quiero contigo es construir una relación, pensar en que formalicemos algo.
Claudia Patricia tomó su copa:
–¿Formalizar?
–Es una manera de decirlo. –Incorporó el tronco y apoyó los antebrazos en la mesa–. Yo ya no soy un hombre joven y me gustaría sentar cabeza, compartir –recalcó–, y tú has sido siempre mi sueño inalcanzable. Hasta ahora. Mi amor platónico –agregó.
–¿Platónico? –Bebió.
–Hasta el sábado, sí –sonrió sin malicia, acariciándose la barba canosa, muy corta–. Yo siempre he sabido de ti, a través de tu padre, siempre te he visto… No somos extraños y lo que pasó el sábado, no sé, de alguna manera lo prueba. ¿Por qué crees que abrí mi cuenta en tu banco?
–Para no tener que hacer fila.
–¡Las filas! Tú eres la gerente, no una de las cajeras. ¿Crees que sólo he ido al banco las veces que te he saludo?
–No lo sé.
–Yo voy mucho, todos me conocen. Y te miro. Y cuando se presentó la posibilidad de que bailáramos, yo sentí que era mi momento.
–Entonces fue una trampa –protestó Claudia Patricia. Rigoberto había ido el sábado en la mañana a su oficina para invitarla a un concierto de música cubana. Quedaron de encontrarse a las nueve de la noche en un bar restaurante del barrio Carlos E. Restrepo.
–¡No! –Rigoberto levantó las manos–. No. Una oportunidad; eso es todo. Había magia en el ambiente. –Respiró ansioso y la miró–: ¿Crees que podamos?
–¿Qué? –Su zapato negro se balanceaba desde hacía un minuto.
–Nada especial… Salir, que te pases a veces por la librería, ir al cine. Que conversemos.
–¿Y el sexo? –preguntó Claudia Patricia tras unos segundos.
–Eso puede esperar.
–¿Por qué? ¿Te disgustó algo?
–No, claro que no. Fue una noche maravillosa –sonrió–. Es sólo que no te quiero presionar.
–Ya estoy crecidita como para dejarme presionar, te lo aseguro.
–Lo sé, lo sé muy bien, no me malinterpretes.
–¿Y nuestra cantante será María Conchita Alonso?
En medio de los vaivenes sentimentales de los últimos días, Claudia Patricia escuchó, con la sensibilidad exacerbada, algunos de los discos compactos que había heredado de su madre, los más románticos, y varias veces cantó con Olga Guillot:
“La noche de anoche
revelación maravillosa
que me hace comprender que yo he vivido
esperando por ti”.
La mano derecha de Rigoberto atravesó el campo visual de los dos:
–No, claro que no. Olvídate de María Conchita Alonso.
–Está conversación es muy incómoda. –Claudia Patricia se cubrió los ojos con la mano derecha.
–Pero no tiene por qué serlo.
–Hablemos de otra cosa –tosió Claudia Patricia–. Mi padre quiere vender su biblioteca. –Miró la canasta con pan que había dejado el mesero.
–¿Y por qué?
–Porque ya no puede leer; cada vez está más impedido. Se la pasa oyendo radio y viendo televisión, al mismo tiempo y con los dos aparatos a todo volumen –se quejó.
–Como lo siento –dijo Rigoberto, compungido–. Pues si la quiere vender, yo se la compró. Es una buena biblioteca, tiene maravillas ahí. –Tomó un pan y lo partió.
–Y eso que lo mejor se lo robaron hace años.
–Sí. Me acuerdo de lo deprimido que estuvo.
–Yo todavía estoy furiosa con los ladrones –enfatizó Claudia Patricia.
–¿Quién no estaría furioso? –Meneó la cabeza Rigoberto.
–Y eso que la mayoría tenían el ex libris que mi mamá diseñó… Es una serigrafía. Los que te piensa vender ahora también la tienen adherida.
–Ese no es un problema. A los buenos lectores les parece un detalle bonito. Podemos ir a su apartamento, cuando quieras, para avaluarla. También para conversar un rato, o leerle; me gusta mucho leer en voz alta. Y podemos cocinarle algo especial, algo que lo sorprenda.
–¿Eres tan buen cocinero?
–Casi todo se puede aprender en los libros.
–Es hipertenso.
–Hay muchas recetas que no le harían daño.
–¿Y le pedimos la bendición? –Con el índice derecho acariciaba las hojas alargadas del bambú.
–Puede ser –sonrió.
–¿Siempre avalúas personalmente las bibliotecas que vas a comprar?
–Procuro hacerlo. –Levantó los hombros–. A veces me ofrecen lotes de libros tan baratos que acepto lo que me piden con sólo dar un vistazo, pero no es lo habitual.
–¿Y si son libros robados?
–Ese es el riesgo que siempre se corre en este negocio. Es muy difícil controlar el origen de los libros. Muy difícil –reiteró–. Sé muy bien que en la biblioteca de tu padre no hay ningún libro robado.
Claudia Patricia sacó del bolso la Antología Esencial de Vicente Aleixandre:
–Este es el ex libris.
Rigoberto tomó el libro:
–No le veo problema, aunque no es de los más discretos, tiene algo hollywoodesco. –Se detuvo unos segundos en las siete letras–. Un gran poeta Aleixandre. Sus amigos se burlaban de él, decían que tenía una mala salud de hierro. –Pasó las hojas deteniéndose apenas en tres o cuatro páginas–. Le habían sacado un riñón siendo joven, por una tuberculosis, y se encerró por eso, a cuidarse, pero sobrevivió a muchos de sus contemporáneos. Dicen que se sorprendió mucho cuando ganó el Premio Nobel. –Cerró el volumen de tapas azules y levantó la vista–. ¿Es de tu padre?
–Sí.
–Está en muy buen estado. –Parecía sopesarlo–. ¿Cuándo quieres que vayamos a mirar la biblioteca?
–Voy a preguntarle cuándo puede.
–Será un placer. En la librería lo extrañamos mucho, sobre todo yo. Es un gran conversador y un hombre culto. Muy buen declamador –impostó la voz sin propósito de burla.
–Sí –asintió pensativa–. ¿María Conchita Alonso es venezolana o de Miami?
–No tengo la menor idea –sonrió Rigoberto–. ¿Por qué?
–Por nada. Era muy sexi. Un poco vulgar.
–Un poco. –Asintió como si se disculpara.
–¿De verdad quieres la bendición de mi padre?
–Eventualmente. Se va a quejar de que te estoy apartando de su lado –dijo como si fuera un comentario sin importancia.
–Seguramente.
–No sería así, por supuesto.
–Claro que no –sonrió Claudia Patricia.