El extraño animal de los gitanos
“¿Qué tiene que ver Kant con el ornitorrinco? Nada.”
Umberto Eco. Kant y el ornitorrinco.
Es la tarde de un día caluroso y agradable en la pequeña ciudad de Königsberg. El filósofo Inmanuel Kant da su habitual paseo por sus calles y parques. Acaba de cumplir los 75 años y ha decidido no escribir más. Se siente satisfecho con su obra, en especial con su propuesta de las categorías racionales puras del conocimiento. De pronto escucha la voz agitada de su más brillante alumno, el joven Gunther Pierce de Maguncia, quien lo alcanza corriendo y le dice: “Herr Profesor, acabo de venir del circo de los gitanos que llegó ayer a la ciudad. Ellos encontraron en las lejanas tierras de Tasmania a un fabuloso animal que están exhibiendo. Tiene que acompañarme a verlo, pues de acuerdo con Aristóteles y con usted mismo, Herr Profesor, parece un animal imposible de clasificación racional”.
Kant se molesta, pero cede al entusiasmo de su alumno. Ambos llegan al circo y, en efecto, detrás de los carromatos hay una pequeña jaula, de color amarillo fosforescente, con un extraño animalito cuadrúpedo, de unos cincuenta centímetros de largo, que come con placidez una bolita de gusanos apeñuscados. Gunther habla con ansiedad: “Herr Profesor, mírele su hocico de pato, su pico de pájaro, su pelo de topo, su cola de castor, sus patas de rana, su espolón de gallo que expele un veneno de alacrán, sus dientes de rata, su frente de foca, sus ojos de canguro. Además, su domador me ha contado que es una hembra que pone huevos como un anfibio, pero alimenta sus criaturas con leche como un mamífero, pero no tiene pezones sino poros en el abdomen.”
Kant, mientras tanto, oye a su discípulo y observa con gran concentración el interior de la jaula. Su ceño se frunce y da la impresión de estar haciendo un gran esfuerzo intelectual. Gunther por fin deja de hablar, pero le hace una pregunta final: “Herr profesor, ¿Cómo explicar la existencia de este animal de acuerdo con sus categorías mentales de la razón pura?” Kant lo mira con desprecio y guarda silencio. Le da la espalda y vuelve a su casa. Entra furioso al estudio y abre el cuaderno de su diario personal. Allí escribe: “22 de Julio de 1799. Decepción total. Mi mejor alumno se ha trastornado. Hoy me ha llevado a un circo de gitanos y durante casi dos horas me ha mostrado una jaula vacía, mientras describía un animal inexistente, e imposible, que sólo veía él. Debo contarle al rector de la universidad y recomendar un examen siquiátrico”.
Unos años después Inmanuel Kant murió con la tranquilidad del deber cumplido. Otro alemán, Blumenbach, recibió un ejemplar disecado traído de Australia y lo denominó Ornythorynchus Paradoxus, que quiere decir “con el hocico de pájaro parecido a un pato”. Gunther Pierce murió, treinta años después, encerrado en un manicomio de Maguncia. Se afirma que siempre insistió ante los médicos, en vano, que él no estaba loco y jamás había tenido alucinaciones visuales o de otro tipo.