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El filósofo Rubén Sierra-Mejía

Aleación de afectos

Es para mí un privilegio el estar aquí, esta tarde, en el homenaje que le rinde Salamina de Caldas, a la más relevante personalidad intelectual en las tres o cuatro últimas décadas de su historia.(*)  Y en lo personal, una oportunidad afortunada para expresarle a usted, Rubén Sierra-Mejía, en su ciudad natal, lo que le da una más entrañable significación, y un mayor entusiasmo, toda mi admiración por su obra como totalidad, por su pensamiento  como elucidación, por su magisterio como filósofo, y por su influencia como orientador.

Es toda una sociedad, todo un pueblo, que es el suyo, Caldas y Colombia, los que están representados aquí, en este Club, dándole  peso, gravedad, brillo y sonoridad a la  condecoración de un filósofo. No es la aleación de sus metales, sino la de los afectos, de las historias, de las lecturas, de las preguntas, de los asombros y de las devociones, etc., las que se fusionan en esa distinción. También la de las bienvenidas, la de las llegadas, la de las metas, la de los méritos,  es conmemoración, es gratitud, si se quiere, es culto, tómesela como una medalla de culto labrada por un Pisanello salamineño.


Rubén Sierrra-Mejía, Hernando Salazar-Patiño, Efigenia Sierra y Andrés-Felipe Londoño («La Patria», 09.VI.2016)



(*) Conferencia de ofrecimiento de homenaje, al imponérsele la “Orden Emilio Robledo-Correa” al Prof. Rubén Sierra-Mejía, en Salamina (Caldas, Col.), el 04 de junio de 2016.

 

Biografía intelectual

Hagamos un breve repaso de su curriculum, para la gente joven o pensando en ella, la que también está sorprendida y maravillada, por este acto inusual por no decir insólito en estas latitudes. Un acto social, mental y ciudadano, en torno a un filósofo.

Rubén nació en Salamina (Caldas, Colombia), el 12 de julio de 1937, en el hogar que formaron  don Luis Eduardo Sierra, cuyo espíritu filantrópico y la constante de una vida concebida como ejercicio cívico, (esta mañana) han sido consagrados en una placa en la que sus conciudadanos reconocen su deuda de gratitud para con él, acto que enaltece al pueblo mismo, y doña Efigenia Mejía, encarnación perfecta de la madre salamineña, que como las bíblicas de la tradición antioqueña, honró con 15 hijos a esta sociedad, por lo que pudo darse el lujo, poco común, de hasta aportarle filósofos al país. Porque Hernán Sierra Mejía siguió a su hermano por los caminos de ese bosque, por esas “sendas perdidas” de las que habló Martin Heidegger.  

Es en este medio, donde Rubén Sierra aprendió a leer, y qué gran lector fue y ha sido siempre y en el Colegio Pío XII, terminó el bachillerato, en 1958. Partió para Bogotá, a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad Nacional de Colombia, cuando se estaba comenzando a profesionalizar esta carrera, o como dice el mismo Rubén, cuando se  está asentando el proceso de “normalización” del trabajo filosófico, al que la contribución en Hispanoamérica de su maestro Francisco Romero, fue decisiva.

Formación filosófica

Ese proceso, iniciado con el Instituto de Filosofía en 1945, que contó con el apoyo de Rodrigo Jiménez-Mejía y el dinamismo  fundador  de Nieto-Arteta, Naranjo-Villegas, Rafael Carrillo, Cayetano Betancur, Danilo Cruz-Vélez, quienes provenientes de facultades de Derecho y con gran influencia de Ortega y Gasset,  van adentrándose, con otros que se suman a su impulso,  en las corrientes del pensamiento alemán más contemporáneo, la teoría pura de Kelsen, la fenomenología husserliana, la filosofía de los valores, Heidegger, “creando un clima propicio para la recepción de la filosofía del siglo XX”. Algunos de ellos fueron sus profesores, en buena parte serán después sus amigos y compañeros en la docencia. De sus posiciones y escuelas, Sierra Mejía nos dio años más tarde una muestra en la selecta compilación “La Filosofía en Colombia”.

De este centro, viajo Rubén a Alemania, el país genitor de la filosofía moderna, para llevar a cabo los  estudios de postgrado en la prestigiosa Universidad de Munich, capital de Baviera, La universidad de Friedrich Schelling, que ostenta decenas de premios nobel de distintas ciencias, con  nombres como los de (Wilhelm) Röntgen, Max Plank, (Werner) Heisenberg, Otto Hahn, para mencionar científicos, la de Max Scheller , quien allí enseñó, pero es que también era muniqués, la universidad donde se matriculó Teodoro Adorno y se galardonó a Jürgen Habermas, en la que dictó clases el marxista  Manuel Sacristán, pero también Von Hildebrand y  de la que fue alumno y profesor  hasta el filósofo y teólogo Joseph Ratzinger,  nos dicen de su calidad, en una ciudad tan significativa en la vida y en la obra de un novelista como Thomas Mann, que ha sido caro al pensador que homenajeamos hoy.

Sierra en Manizales

Después de llegar de Alemania, en 1966, Rubén Sierra-Mejía empezó a trabajar como profesor en la Universidad de Caldas, y sobre todo, a desempeñarse  como decano de la facultad de Filosofía. Es probable que en la historia de esta Universidad, se haya subrayado lo que fue su tránsito por estas aulas, al situar a los estudiantes y aun a los propios profesores,  ante las formulaciones, los problemas y los métodos, de la filosofía moderna y contemporánea, y al abocar la herencia schelleriana  de la antropología filosófica y la “Teoría del Hombre” de Francisco Romero. Trató de acompañarse de algunos colegas que se esforzaron por atender sus propósitos. Me place citar  los nombres de Guillermo Mina y Javier Vélez.  Digo pues sin ambages, que las enseñanzas y las orientaciones de Rubén, amojonaron un antes y un después en esta Facultad, en las que el rigor, el ir a los textos mismos como a las cosas pedía Husserl, superar la sensación de gueto, abrirse a la cultura universal y a la del siglo XX en particular,  fueron algunos de sus signos. Los que alcanzaron a marcar de cierto modo a la ciudad, sintetizados en ese comienzo de desprovincianización de Manizales, por esos años, proceso al que se aunaron los festivales internacionales de teatro.  Parodiando una frase memorable de la historia escolar, diría  que la permanencia de Rubén Sierra en la capital de Caldas fue  para nuestro provecho, un solo instante,  para sus proyectos,  demasiado.

En 1969 siguió Rubén Sierra su tarea en la Universidad del Valle, donde se debió reencontrar, y mi referencia no es un mero “acto lingüístico”,  con un amigo de Manizales,  del que se hizo todavía más allí, y quien llegó a ser un estudioso filósofo con una obra notable  en filosofía del lenguaje especialmente;  de mi generación más que de la suya y de sus intereses más que de los míos. Hablo de Adolfo-León Gómez, que murió en Cali el pasado 26 de septiembre. Creo que el evocar su nombre aquí, con palabras escasas, no con “palabras necesarias”, como fue el título que le dio Rubén al prólogo del primer libro de Adolfo-León: “Primado de la razón práctica”, bien puede hacer parte también de este homenaje.

Actividad profesoral

Ya en Bogotá, en la Universidad de los Andes y esencialmente, en la Universidad Nacional de Colombia, parafraseando su propio decir, asume decididamente “un  trabajo profesional y académico que se manifiesta ante todo  como actividad eminentemente profesoral, ya que es en la vida universitaria donde encuentra la  primera motivación su producción filosófica”.

A la que se agregan, sus actividades de conferenciante invitado a universidades de Venezuela, México, España, y Austria, la dirección por diez años, de 1976 a 1986, de la revista de filosofía “Ideas y Valores” que fundara Cayetano Betancur en 1951, de la Revista de la Universidad Nacional de 1985 a 1987. Y con Mario Cardona-Vallejo asumió también la dirección de la revista Gaceta de Colcultura, de 1992 a 1996, con el fin de hacerla más especializada, con debates contemporáneos de temas  universales, que más allá de su circunstancia, se mantuviesen permanentes con una continua vigencia.  

Rubén Sierra-Mejía fue director de la Biblioteca Nacional de Colombia 1988 a 1991, fundador de la serie “Biblioteca Filosófica de Colombia”, promotor y primer presidente de la Sociedad Colombiana de Filosofía, coordinador de varios coloquios de esta Sociedad y del Foro Nacional de Filosofía realizado en Bogotá, presidente  honorario del celebrado en la Universidad de Caldas en el 2009, Profesor Emérito y Honorario de la Universidad Nacional de Colombia y Doctor Honoris-causa de la Universidad del Valle y  de la Universidad de Caldas.

No es el momento, quizá tampoco el sitio, para hablar de cada uno de sus libros, o detenerme siquiera en algunos, así juzgue imprescindible recurrir a unos cuantos o a uno que otro de sus muchos ensayos en diversas publicaciones, para darle apoyo a este incompleto e imperfecto perfil, que pretendo de nuestro filósofo, paisano y amigo.

Obras publicadas

Su enumeración sumaria no abruma por su cantidad, que es ya de por sí extensa, sino por las virtudes mismas que le dan identidad propia en el marco de la escritura filosófica en Colombia y en América Latina.

Rubén Sierra es autor de los siguientes libros:                                                                
Ensayos filosóficos (1978)                                                                                       
Epiménides, el mentiroso (Selección, traducción y prólogo, 1980)                                       
La filosofía en Colombia (1985)                                                                                            
La responsabilidad social del escritor (1987)                                                                
Apreciación de la filosofía analítica (1987)                                                                                      
Carlos Arturo Torres (1989)                                                                                                  
La época de la crisis – Conversaciones con Danilo Cruz Vélez (1996)                                                                                                        
Obras de Carlos-Arturo Torres (Presentación, prólogo y  notas, 2001)                                                                                                     
Ensayos impopulares (Manizales: Universidad de Caldas 2002)

 

Traductor de textos de  E. Durkheim;  Leibniz; Rousseau; E. Gombrich y D. Eribon:  S. Rials; G. Jhonson y J. Symonides, vale decir, de escritos metafísicos, sobre el lenguaje, sobre la imagen, sobre los derechos humanos o sobre filosofía analítica. .

Y ha sido editor, con juiciosos ensayos suyos como prólogos,  de las siguientes obras:

Miguel-Antonio Caro y la cultura de su época (2002)                                                       
La filosofía y la crisis colombiana (2002)                                                                                  
El radicalismo colombiano del siglo XIX (2006)                                                                                 
La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas (2008)                                                        
República Liberal: sociedad y cultura (2009)
La Restauración Conservadora 1946-1957 (2012)

Y en esta labor, la última, es la que con la devoción de la amistad, del colegaje, del entusiasmo, de la lealtad, del reconocimiento, con cuidadoso empeño y sobreentendida admiración, hace entrega Rubén Sierra a la historia de la filosofía de lengua española, a Colombia, y a Caldas, de la edición de los seis volúmenes que integran la obra filosófica de Danilo Cruz-Vélez.

Autor, divulgador, impulsor, director, traductor, compilador, la intensidad de la actividad filosófica de Sierra Mejía, a pesar de los obstáculos para la investigación seria y reflexiva en este país, que él mismo ha denunciado con una libertad y una autoridad nada comunes y que ha logrado superar en ocasiones con encomiable esfuerzo, ha sido reconocida en forma unánime por sus colegas y por el país cultural, que lo señalan como un gran animador en el estudio del pensamiento colombiano y en poner al alcance de investigadores, de  estudiosos y hasta del lector o el oyente común, las que han sido sus áreas de interés: la filosofía analítica, la evolución histórica y gnoseológica de la filosofía en Colombia, el pensamiento político y las relaciones entre la filosofía y la literatura.

Cuando se lee  en el extenso libro biográfico  de Didier Eribon sobre Michel Foucault,  que “Foucault  se tomaba muy en serio su papel académico, inclusive tratándose de sacar de vez en cuando a la institución de los caminos trillados, “ no puede uno menos de pensar en esa similar actitud y labor de Rubén Sierra Mejía.

El filósofo escritor

Rubén Sierra es un filósofo, de eso no nos quepa duda, así lo discutan los dogmáticos que forman  una clerecía ortodoxa que convierte las disciplinas del pensamiento en compartimientos estancos, cuyas limitaciones encuentran un desafío en la concepción universalista, en la jerarquización de la cultura, en la vuelta hacia la realidad desde el horizonte filosófico, que con sello propio mantiene en la proyección de su quehacer  académico, y sobre todo en su estilo. Que es lo que nos atrae a los que somos considerados apenas como merodeadores de la filosofía,  a la que desembocamos desde y por la literatura, y que para no extremarnos en  los deslumbramientos que van  de Shopenhauer y Nietszche a la narrativa o el teatro de un Sartre, con Bergson y Euken, con Ortega y Marías, con Antonio Caso y Romero mismo, con Santayana y Bertrand Russel, tan estudiado y desentrañado por Rubén, filósofos que expresaron su pensamiento también como un arte literario, en los que la densidad del pensamiento es directamente proporcional al atractivo mismo del lenguaje en que están escritos, nos dieron los soportes para navegar más cómodos por todas las escuelas.

Porque Sierra-Mejía es un filósofo que sigue siendo escritor, como pocos dentro del campo de la filosofía colombiana y de América Latina, que con Danilo Cruz-Vélez, otro caldense que supo que el bien escribir proviene del bien pensar, han dado entidad a una forma del decir filosófico, digamos clásica, por el manejo del idioma, pero sobre todo, porque  con la magia de un  estilo transparente, preciso y por ello, hermoso, el proceso de esclarecimiento de la filosofía se reviste de una especial lucidez.

Es por eso que para esas relaciones entre la filosofía y la literatura, pocos en nuestro medio tan autorizados como Sierra para entrelazarlas, dilucidarlas, profundizarles y revelarles ese sentido que los encasillados no logran percibir. Nos ha dado adelantos en ensayos publicados en revistas,  en los consagrados a Borges, en el libro “La responsabilidad social del escritor”, al indicarnos cómo un “libro de Foucault, oculta tras su prosa brillante y alegre, pero rigurosa, un penoso trabajo de reflexión y sapiencia” y sabe que se echa en falta estructurar, orgánica o sistemáticamente, cuánto hay de filosófico, en los seres, las cosas, las tramas, las concepciones de un mundo muy humano, en aquellas obras literarias que de repente nos sitúan o nos desitúan en el por qué y el para qué del estar aquí.

La filosofía analítica

Por la manía  de etiquetar o circunscribir a los pensadores a una escuela o tendencia, a Rubén Sierra-Mejía  se le tiene hoy como representante de la Filosofía Analítica, por la difusión que de sus temas  ha hecho en los centros académicos, por las traducciones  de los filósofos ingleses que la desarrollaron, por su preocupación  por  despejar conceptos ambiguos o confusos, y lo que atañe a la filosofía del lenguaje, por el mismo libro en que trata de darle especificidad a lo analítico, lo que en un comienzo hizo que su tarea precursora fuera mirada con desvío por muchos de sus colegas. En ello trabajó a la par, quizá con más exclusividad, nuestro paisano y amigo  mencionado antes, Adolfo León-Gómez. Por cierta tradición intelectual francesa y mi temperamento, que sigue siendo, digamos “metafísico”, por lo que me atraen  todavía los problemas de conciencia y la imprecisión misma de los conceptos con los que se los aborda, o los universos simbólicos, aun leyendo a algunos de estos filósofos, incluido el “segundo” Wittgenstein,  y pese a la meridiana exposición que nos ofrece Rubén Sierra en su texto, en el que aprendí y aclaré más de lo que me proponía, confieso que me quedé sin decidirme a dar ese “giro lingüístico”, más allá del entender de qué se trata.  

La filosofía “Latinoamericana”

Entre los asuntos más controversiales, hay uno en el que la posición tozuda y bien fundamentada de Sierra-Mejía ha sido útil para alinderar perspectivas nacidas  de ilusiones bien intencionadas, en la búsqueda de una identidad originaria y de un pensar propio. Es el tópico de la “filosofía latinoamericana” como supuesta tradición de un original examen del hombre y del mundo, que nos diferencia, o que debe diferenciarnos o darnos especificidades distinguibles de  las de la tradición occidental de la que estamos hechos. Pero es que un muy joven Rubén Sierra, ya había sentado su punto de vista, en un temprano análisis del que no debe o ni siquiera quiera acordarse, confrontando un libro del jesuita, Jaime Vélez Correa.

Decía así hace más de medio siglo el novicio filósofo: “La filosofía es una disciplina universal que no se deja encerrar en los estrechos límites de una nacionalidad. La originalidad que se pueda aportar debe ser reducida a solo la manera de abordar los problemas filosóficos. ¿Acaso América posee unos problemas  filosóficos diferentes a los de Europa y todo el Occidente y que nos han llegado como legado de Grecia? Se puede elaborar una sociología puesto que ésta es una ciencia particular, y nuestros problemas sociológicos son nuestros y tienen características propias, pero no una ciencia filosófica.” 

La respuesta a estos intentos del filósofo venezolano que  murió recién el 21 de diciembre de 2015, Ernesto Mayz Vallenilla –lo que me mueve a hacer esta mención póstuma- fue que “el único recurso al que pueden recurrir los latinoamericanos para ser originales y originarios en sus creaciones es entregarse a vivir lo más auténticamente posible su propio modo de ser”,: “por ser americanos, ya en nuestro ‘ser’ nos está dada la comprensión original de América’, sintetizó, y esa  conciencia histórica”   sólo puede revelarse pacientemente en el tiempo, de ahí que los amagos programáticos pretendidamente “originales” para redescubrir América o  reconquistar un pasado que no le pertenece,  son denunciados por él como ilusorios y equivocados”. No es muy diferente lo que siempre ha declarado Sierra al respecto.

 

Sin dejarse  arrastrar a esas discusiones que algunos le han planteado partiendo de las tesis de un Enrique Dussel, un Leopoldo Zea y hasta de un José Vasconcelos, no por pruritos elusivos sino por la inutilidad de una insistencia caracterizada por un cierto  anacronismo, que llamaría espacial, Rubén Sierra ha mantenido, no obstante, una definida coherencia en el sentido de la capacidad y probable necesidad que tiene el filósofo colombiano de abordar como  proyecto la historia nacional y las ideas que construyeron y aun, dividieron,  un modo de ser, lo que nos lleva a enfrentar y entender con mayor lucidez la realidad que hemos vivido como nación.

El pensamiento colombiano y la “crisis”

No han sido las últimas, pero sí de las  menos difundidas faenas intelectuales de Rubén Sierra,  la dedicada al pensamiento colombiano. Que venía de atrás, desde el trabajo que le consagrara  a José Eusebio Caro, el cual, lo digo, me fue en especial gratificante,  por los sentimientos  de admiración que este personaje me suscitara desde el bachillerato. La revalorización del  pensador Carlos-Arturo Torres, un colombiano  a finales del siglo XIX, que recordando a Bacon, comenzó a desnudar  las mitologías colectivas que se asentaban en la sociedad para impedir sus cambios y postuló por sobre todas las retóricas, la necesidad de una “literatura de ideas”. El otro Caro, Miguel-Antonio, quien tanto incidió en la mentalidad y en el carácter de la que fue y llegó a ser la república de Colombia, en su política, en su periodismo, en su cultura grecolatina e hispánica, como también en su belicismo partidista, es estudiado y expuesto por Sierra-Mejía bajo otras luces y desde otros ángulos. No es mera coincidencia, que estos tres grandes personajes orientadores en el pasado de un país que entre constituciones y guerras ha devenido  lo que es ahora, hayan tenido una muy honda sensibilidad de poetas.

En Europa, la filosofía, especialmente la francesa, a raíz de la guerra y en la postguerra, los llamados existencialistas, los filósofos marxistas y los cristianos, hicieron del “engagé”, del compromiso, una postura filosófica y aun política. La Escuela de Frankfurt, implicó los estudios sociales, los antropológicos y al mismo psicoanálisis, para situar sus reflexiones en el centro mismo de los problemas contemporáneos, y Michel Foucault, desestructuró los estatutos científicos y de poder, en  genealogías, arqueologías e historias, que socavaron y sacaron a la luz los subsuelos mismos del saber.

Esa revisión de la evolución de las ideas en el siglo XIX, la había iniciado, el historiador Jaime Jaramillo Uribe,  otro pensador de nuestras raíces antioqueñas, de mis lares familiares, pero creo firmemente que la de Rubén Sierra, con otro objetivo y desde su disciplina, macerada por aconteceres de mayor complejidad, puede ser una percepción más clarificadora de los que somos y por qué lo somos, más objetiva, y más digna de meditación y quizá de cambio. Serían los dos extremos que se juntan. No la de la sola academia como tal, porque la mirada desde arriba conlleva en la aplicación el foco ya nublado, ni la de la comunidad a ras de suelo que detecta bajo sus pies la sismicidad social en su propia corteza histórica, pero a la que los maniqueísmos someten a todos los sesgos, y tampoco es la distante, la de la “república aérea” de los políticos que señalara profético el gran Bolívar, sino  la que más allá de sociologías, psicologías o antropologías sociales, estadísticas o cuadros comparativos, nos ayude a enfrentarnos ante el espejo que nos diga de qué está hecha el alma colombiana y cuáles son hilos con los que está tejida nuestra retaciada historia.

La propuesta de no darle la espalda a la realidad y enfrentarla desde la filosofía, de “pensarla conceptualmente”, además de novedosa, por esa separación invisible de la academia con las experiencias humanas del medio, acostumbrada en Colombia, ha implicado un inteligente empleo de las herramientas filosóficas con las que podemos interpretar la llamada “Crisis”, característica del operar nacional y al fenómeno mismo de la violencia, no para encontrar con ellas soluciones, mas sí desbrozar las supersticiones, los fanatismos, los prejuicios, con los que se ha encubierto, de forma pasional, la debida aprehensión objetiva de los sucesos y de lo que nos sucede. El coloquio organizado por Sierra sobre “Filosofía y Crisis”, resultó constituir una imperiosa necesidad inclusive en los países de América Latina.

Autobiografías filosóficas

Este es, bien puede ser, Rubén Sierra-Mejía, un anticipo a la celebración de sus 80 años, un tópico común en todas partes del mundo con los filósofos y los pensadores, aunque  todavía le falta mucho para llegar a esa edad: Un año, un mes y una semana, y sí, más de cuatrocientos días si partimos de la fecha de nacimiento

Ojalá ese deseable próximo acto, lo sea con participación de los salamineños, de los caldenses, de los filósofos del país y de los del exterior que lo conocen, lo han leído, lo han sopesado y lo han admirado, con ponencias, con publicaciones,  o conferencias sobre su obra y lo que se estila, un volumen de carácter filosófico, que tematice, medite, discurra o polemice a partir  de su obra, o de tópicos que se deprenden de su pensamiento o de las investigaciones que ha emprendido, o han embargado sus compromisos docentes de investigador. He conocido parecidas sobre distintos filósofos, y entre muchas se me viene de repente la publicación que la Universidad Intercontinental  de México, con la presentación de un filósofo colombiano, Carlos B. Gutiérrez, hizo sobre  la obra y el pensamiento de Hans Gadamer en homenaje a su centenario en vida. Aunque quisiéramos que también Rubén alcance esa edad, nuestro testimonio bien podemos darlo veinte años antes.  

Hay un texto suyo que me ha inquietado por el título,  que no he podido leer, porque no ha pasado por mis manos el libro en el que está y que incluye a otros autores. Es el que tituló “Tarea Inconclusa”, en el que usted describe la trayectoria de su trabajo intelectual. No sé si por tratarse sólo de éste sea similar al corto y escueto que  Hume  llamó “Mi  propia vida”.  Las “Confesiones” roussonianas tienen  la sensibilidad de su autor y la de su tiempo, “El Discurso del método” de Descartes, entrevera elementos autobiográficos, como el “Ecce Homo” de Nietzsche, y en Ortega hay un interés deliberado en ofrecerlos en el inconcluso “Prólogo para alemanes”. Casi todos los escritos de Unamuno tienen contenidos de su obsesiva subjetividad, y son varios los filósofos que nos han dado retrospectivas sobre su vida. Mi generación sintió lo que se dice un estremecimiento con “Las Palabras” de Sartre, por la dilacerada frialdad, que era más bien inteligente o aparente lejanía en la presentación de su infancia. “Un filósofo en los bosques” de  Thoreau, surtió a los hippies y a los buscadores de la naturaleza, de justificaciones a su fe. Y tenemos la “Autobiografía filosófica” de Jaspers que nos dice tanto de él como de Heidegger.

Perdóneme  Rubén Sierra, no lo tome como una petición, a la que no tengo ningún derecho, solo que me voy a permitir la imprudencia de en voz alta pensar con el deseo, y este sería el que ojalá dejara a las gentes que vienen, el trasunto vital de su discurrir desde que intuyó las señales de que trasegar por la filosofía sería su destino. Su mismo maestro Bertrand Russell añadió una “Autobiografia” a su inmensa producción, en la que nos dijo  para introducirnos al resto: «Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad”. Usted conoce lo demás. No ha pasado mucho tiempo en que me deleité con la que escribió Feyerabend muy poco antes de morir y a la que le puso el preciso e irónico título de  “Matando el tiempo”, y con la vanidosamente alegre de Fernando Savater, más periodística que “razonada” como subtitula a “Mira por dónde”.

Es fácil deducir que me gusta este tipo de libros, que incluye los diarios y las correspondencias. María Zambrano clasificaba “La Confesión”, como un género literario. Y hay quien creyó encontrar en las memorias de Simone de Beauvoir un método filosófico. Podría seguir mencionando las “Confesiones profesionales y de trasterrado de José Gaos  reunidas en “Materiales para una autobiografía filosófica”,  las “Memorias entre dos mundos”que Mario Bunge escribe a los 95 años para decirnos que sigue la controversia del siglo XVIII entre la Ilustración y el oscurantismo, éste compartido ya por las izquierdas, o la resolución del español Gustavo Bueno, quien dijo recién cumplió 80 años que tenía urgencia en resolver muchos asuntos. Y a la misma edad Michel  Serres se siente eufórico por tocarle ser protagonista de los cambios de las nuevas generaciones.

Memoria

Sé que considera que hablar de sí mismo tiene mucho de impudor, pero que también, basta ser sincero, y después de esto, y es frase suya, ¿qué importa el fracaso?  De él está, Rubén, salvado por la limpieza de su escritura, que jamás se manchará por lo mucho que tiene usted todavía para decirnos. No es para recordarle que su conocido  M. Scheller se consideró alguna vez “un animal filosófico que necesita escribir”, sino que usted nos indicó que para Popper,  sobre todo, la plena conciencia del yo puede surgir  solamente a través del lenguaje.

Aquí lo acompañan Rubén Sierra-Mejía, la fervorosa audiencia de sus paisanos, con la alegría del reencuentro con Salamina, y con su memoria, reburujada ahora hasta en los más escondidos y olvidados recovecos por los que quedan de sus contemporáneos, y con los ojos muy abiertos y el espíritu expectante en su asombro, de los más jóvenes, que rememorarán entre ellos y le contarán a los que vengan, la intransferible experiencia de haber tenido a un filósofo, a su filósofo, al más destacado, riguroso y severo, también al más claro, con que cuenta el país que empiezan a vivir, y que merced a sus obras, lo van a entender y a conocer mejor. 


Rubén Sierra-Mejía en su conferencia al recibir el homenaje en Salamina, Col., el 04 de junio/ 2016 
(Ref.: «La Patria», 09.Vi.2016)

 

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Edición No. 179