El florero de Llorente – Lectura prejuiciada de género para llegar al ramillete
Nos han contado que el 20 de julio de 1810 unos criollos llegaron a la casa de un español, que quedaba en la Plaza de Bolívar y le pidieron prestado un florero. Él dijo que no y ahí fue cuando gritamos la independencia.
Versión del 20 de julio de un estudiante colombiano de nueve años (1)
A las doce del día 20 fue don Luis Rubio a pedir prestado un ramillete a don José González Llorente, comensal del Fiscal Frías. Llorente lo negó con excusas frívolas, se le dijo que era para disponer la mesa que se preparaba en obsequio del diputado regio don Antonio Villavicencio y respondió que se c…en Villavicencio y en todos los americanos. El joven don Antonio Morales, su hermano don Francisco, y el padre de ambos, también don Francisco, administrador de Aguardientes, cayeron sobre el miserable Llorente, que aquí hacía el personaje de caballero, lo confundieron a golpes hasta que se entró en casa de Mallorquín su paisano
José Acevedo y Gómez
Don Luis Rubio, siguiendo el libreto preparado en la sede del Observatorio Astronómico, fue a pedir prestada una pieza decorativa a fin de tener una mesa bien dispuesta para recibir a un ilustre visitante. Se sabe que puede hablarse de libreto porque ningún detalle de lo ocurrido en ese día de mercado y en la muy bien situada esquina, fue casual.
Arturo Abella, un encantador cachaco, señala que resulta extraño eso de ir a pedir prestado un florero, cuando en la casa en la que se celebraría el agasajo a Antonio Villavicencio, la de José Sanz de Santamaría seguramente había piezas semejantes (121) (2). Abella nos invita a pensar en que habría pasado si Llorente hubiese prestado el florero y así,
De haberse efectuado el agasajo a Villavicencio, símbolos realistas habrían presidido esta nueva reunión de republicanos en agraz (122).
Resulta raro el gesto: señores pidiendo un florero para arreglar la mesa en la que se serviría «el refresco de Villavicencio.» (3) Una primera entrada permite señalar que los documentos en los que se da cuenta del incidente ocurrido hacia el mediodía del 20 de julio de 1810, viernes de mercado en Santafé no mencionan un florero sino un ramillete. Y no lo mencionan porque hacia 1810 la palabra florero se usaba de manera distinta a como la empleamos hoy.
Veamos:
Según el Diccionario de Autoridades
RAMILLETERO. Se llama también una especie de adorno que se pone en los altares, formado de una maceta o pié, y encima diversas flores de mano, que imitan un ramillete (III 486).
Por los estudios de artes decorativas sabemos que no solamente se encontraban ramilletes en los altares, sino en comedores y en salas de recibo. Una sala de casa señorial en el siglo XVIII lucía así:
SALA
Una o más antesalas daban paso a las salas o cuadras, que eran las estancias públicas de recibir…
OTROS MUEBLES
Los espejos, que se difundieron desde los años treinta, se combinaban con las pinturas enmarcadas en madera o carey. Completaban la decoración cajas, relojes, ramilleteros de plata y otros objetos, importados de Europa (sic) o de las Indias: escritorios de Alemania, Nápoles o Flandes, mesas de jaspes italianas, muebles chapeados en plata de Ausburgo, lacas japonesas o mejicanas (sic)
¿Qué hacían esos señores que luego llamaríamos próceres pidiendo prestado un ramillete o ramilletero? Los criollos pudieron ir a pedir prestado un ramillete o ramilletero para que al entrar en la casa de don José Sanz de Santamaría, don Antonio Villavicencio viera, a manera de recibo, la pieza que hoy conocemos como El florero de Llorente. Esta hipótesis resulta tranquilizadora: viendo en detalle la heráldica que exhibe el florero – llamémosle por ahora así- la pieza era absolutamente pertinente para escenificar lealtades a un monarca preso, si hemos de aceptar que los criollos aceptaban el mito del «Deseado,» un Fernando VII no servil sino víctima de Napoleón. Resulta más acorde con el decorum pedir prestada una pieza de recibo, para la sala, limen entre lo público –mundo público de los varones- y lo privado –mundo de las mujeres y demás no personas- .
Sabemos por José Acevedo y Gómez que los señores sí querían la pieza para adornar una mesa y así, una explicación al gesto de mujeres ejercido por varones (hacer planes decorativos) es la heráldica que exhibe el ramilletero y quizá, el costo de la misma: una pieza de porcelana, salida de la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro (4). Sinembargo, es más bien el estatuto teatral del acto del préstamo, el que permite entender que una escena como la del ramillete resulta propia de la estética del teatro español de la época que abunda en travestismo: mujeres vestidas de hombres y hombres de mujeres hacían las delicias del público en toda comedia de capa y espada que se ofrecía en los corrales de comedias. Aunque el travestismo aquí sería gestual, no deja de ser un dato interesante para una lectura en clave de género.
Si el florero no es florero, la metáfora tampoco puede ser metáfora
Como las lenguas son entidades vivas, aquí en Colombia, antiguo Nuevo Reino de Granada, hoy decimos “florero de llorente” – nótense las minúsculas – para señalar el pretexto esgrimido para comenzar una pelea. Así usada la expresión, no es metáfora. Veamos por qué.
Según Demetrio Estébanez en su Diccionario de términos literarios:
Metáfora.Es un procedimiento lingüístico y literario consistente en designar una realidad con el nombre de otra con la que mantiene alguna relación de semejanza.
…
Desde la retórica grecolatina (Aristóteles, Quintiliano, se viene considerando la metáfora como una comparación implícita, fundada sobre el principio de la analogía de dos realidades, diferentes en algunos aspectos y semejantes en otros. En toda comparación hay un término real, que sirve de punto de partida, y un término evocado al que se designa generalmente como imagen (661).
El agua es como un cristal
Corrientes aguas, puras, cristalinas (Garcilaso de la Vega)
Metáfora sería, por ejemplo, la que emplea Acevedo y Gómez en su carta a Montúfar, cuando le reporta al quiteño sobre lo ocurrido el 20 de julio y sobre su éxito como orador, en agosto de 1810. Casi sin pudor le escribe:
Luego que tenga lugar escribiré esta oración que aunque desnuda de las flores de la elocuencia creo que abrazó los puntos esenciales para que el pueblo usase con moderación de sus derechos y se fijase la suerte de todo el Reino…
Si “el florero de llorente” no es expresión metafórica ¿qué tipo de tropo literario es? Con la advertencia del disminuido tratamiento con minúsculas en la frase, aparece el fenómeno de la muerte de una metáfora, que entra en el habla cotidiana y que recibe el nombre de catacresis.
Acudiendo al mismo Estébanez:
Catacresis. Término de origen griego (katachresis de kata – chrao: aprovecharse de, servirse) con el que se designa un tropo consistente en el uso traslaticio de una palabra o expresión para designar una realidad que carece del término apropiado para denominarla. En este sentido se produce catacresis en una serie de expresiones y metáforas lexicalizadas que se emplean sin conciencia de que sean tales metáforas, p.e., «bocamanga», «brazo de mar», «hoja de papel», «pata de la mesa», etc. (144).
Así que nos hemos servido de un ramillete al que convertimos en florero, quizá en las celebraciones de 1910 cuando se puso la placa en la casa esquinera donde ocurrió el incidente. Hemos añadido el apellido del dueño del artefacto, pero en la expresión en uso, el apellido ha perdido su carácter de sustantivo propio y por eso podemos escribir, con justificación ortográfica de uso: “mi llegada después de las tres de la mañana, en estado alicorado, fue el florero de llorente para que mi mamá me diera cantaleta por una semana”, aunque el ejemplo propio de un método de gramática, esté absolutamente distanciado del habla diaria.
El Florero de Llorente ha sufrido una deturpación lingüística, hasta convertirse en florero de llorente. Su vaciamiento de sentido, su transferencia al estatuto inofensivo de giro del habla, particularmente en medios políticos y en medios radiales –que en estos tiempos vienen siendo lo mismo -, puede ser motivo de reflexión para el Bicentenario. El florero de llorente entra así en el repertorio de formas orales que se emplean en el habla corriente, tal como en la narración de eventos deportivos, en los que, por ejemplo, se emplean figuras literarias que sólo se emplean en esos contextos. En las carreras ciclísticas los locutores dicen aún: “los héroes que en sus caballitos de acero desafiaban el sol canicular.” Al emplear cadenas catacréticas, hacen grata la radio deportiva.
Para recuperar el Florero de Llorente – con mayúsculas – como pieza decorativa es bueno regresar a la flor que ha puesto de realce el trabajo de restauración emprendido por el Ministerio de Cultura de Colombia y la Universidad Externado de Colombia. Al hacerlo, emerge la historia de un viaje que se inició en la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro. Así relata José del Corral la historia de la fábrica de porcelana: (5)
Carlos III, que antes de reinar en España lo hizo con la ayuda de España- en Nápoles-Sicilia, se casó con María Amalia de Sajonia, hija de Augusto III, en 1738. Una nieta, pues, del primer monarca que dispuso del secreto de la porcelana. Pero esto fue un secreto muy bien guardado y cuando Carlos creó en Nápoles la Fábrica de Porcelana de Capodimonte, que habría de alcanzar gran fama, ignoraba todavía el secreto de la utilización de caolín. No obstante, también él guardó secretos de fabricación y el taller napolitano se construyó con una sola puerta para así reservarlos mejor.
Cuando Carlos hereda, por la inesperada muerte de su hermanastro Fernando VI, el trono español, al venir a España se trae consigo los instrumentos, las maquinarias, los operarios y hasta gran cantidad de pasta de la fábrica de Capodimonte, que queda así desmantelada.
Prácticamente se embarcó la fábrica napolitana entera, nada menos que en tres navíos, Madonna delle Grazie, Vergine del Lauro y Santa Lucia, con los operarios y sus familias, unas 225 personas, el utillaje y 422 arrobas de pasta de porcelana.
Todo ello llegó al Parque del Buen Retiro, residencia real, debido a las obras del actual Palacio Real, y se instala añadiendo construcciones a lo que había sido Ermita y palacete de San Antonio de los Alemanes, regalo al rey Felipe IV de la colonia portuguesa en Madrid –Portugal todavía español- y principalmente de aquel gran intrigante y osado que se llamó Miguel Cortizo.
La así nacida Real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro, que tenía adjuntos un taller de piedras duras y otro de trabajos en bronce, comenzó a funcionar en el parque madrileño (138-9).
La extensión de la cita se justifica porque se trata del lugar de procedencia de la pieza que llamamos el Florero de Llorente. La familia del pintor Epifanio Garay (1849 – 1903), basada en el reconocimiento que hiciera José María Espinosa (1796 – 1883) entregó el artefacto al Museo Nacional de Colombia en el Florero de Llorente. Con ese acto que habría implicado la restitución icónica, se produjo el ingreso a las colecciones que nos dejan ver los procesos de invención de la nación y que también proveen figuras del habla que nos unifican.
NOTAS
Agradezco a la profesora Balbina Martinez Caviró y al personal del Instituto Valencia de Don Juan en Madrid, España, por haberme albergado para examinar las piezas de porcelana de la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro en el verano de 2008.
(1) Alejandro Soto Millán, junio 13, 2009. Entrevista personal.
(2) Véase El florero de Llorente.
(3) En la carta citada en la Historia de Colombia de Henao y Arrubla, fechada el 21 de julio de 1810 se lee:
Ayer 20 fueron a prestar un ramillete a don José González Llorente para el refresco de Villavicencio, a eso de las once y media del día, en su tienda, en la primera calle real, y dijo que no lo daba y que se c. en Villavicencio y en todos los americanos; al momento que pronunció estas palabras le cayeron los Morales, padre e hijo; se juntó tanto pueblo que si no se refugia en casa de Marroquín lo matan.
Henao y Arrubla añaden la dirección de la casa y entre paréntesis dicen: señalada hoy con el número 11-10, carrera 7ª , y con una placa de mármol que se colocó en los festejos del Centenario en 1910. Además, apocopando la palabra grosera ponen entre paréntesis suprimimos la expresión indecorosa (340).
(4) La Real Fábrica, debido a la crisis económica, fabricaba piezas para la venta. Sinembargo, su producción continuaba siendo suntuaria, tal como lo informa Balbina Martínez.
(5) Véase La vida cotidiana en el Madrid del siglo XVIII. Madrid: La Librería, 2000.
OBRAS CITADAS
Abella, Arturo. El florero de Llorente. Bogotá: Antares, 1960.
Casa Museo del 20 de Julio. Guión Museográfico, 2008.
Henao, Jesús María; Arrubla, Gerardo. Historia de Colombia para la enseñanza secundaria. Bogotá: Voluntad, 1967.
Martinez Caviró, Balbina. Porcelana del Buen Retiro. Escultura. Madrid: Instituto Diego Velásquez, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1973.
Museo de Artes Decorativas Madrid. Casas Señoriales del Siglo XVIII. Colección permanente, 2008.
